jueves, 24 de septiembre de 2026
Hospital Británico
domingo, 13 de septiembre de 2026
(...) el mismo río
Estrenada durante la pandemia (2022) y concebida durante el pozo más hondo del macrismo (2016/2018), (...) el mismo río afina una mirada íntima de la naturaleza: la luz delicada del sol que baña las costas fluviales de un fulgor esencial, el rumor del viento que inspira a los poetas, el canto de los pájaros oído desde el interior de los árboles, las gotas de lluvia sobre las hojas. El Río de la Plata se convierte en portador de sentidos históricos y cósmicos que aún nos desvelan. El mismo río menciona el fluir heraclíteo del tiempo, el renacer inagotable de la physis y el dolor de los cuerpos arrojados. Mouján proviene de una tradición de cine militante (autor de Los resistentes, El Pulqui, Las Palmas, Chaco) que en el refinamiento de su oficio sabe hacer aparecer el amparo del cielo ante una tierra desolada.
(...) el mismo río anticipa la maestría que se despliega años más tarde en Dice que. Ya no resulta tan raro que la recepción de la crítica no sepa reconocer esa humilde maestría.
Actualmente la película es accesible a través de la cuenta de X @inforealDcine.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Rancho Merlo Blues
viernes, 28 de agosto de 2026
CIN3FILI4: los rostros
jueves, 25 de junio de 2026
El disparo de la memoria: sobre Para hacer una película solo hace falta un arma

En la Argentina actual la destrucción de la memoria audiovisual se consolida como una de las pocas políticas de estado. La inexistencia de una cinemateca nacional funciona como síntoma de una hostilidad persistente que se agrava con una decisión política reciente: el despido de Paula Félix-Didier, que estuvo a cargo de la dirección del Museo del Cine durante 18 años haciendo un trabajo reconocido y respetado. Parece que el proyecto dominante en la nación odia el cultivo de la memoria.
En este contexto aparece una película: Para hacer una película solo hace falta un arma. La aparición de unas latas de películas oxidadas sirve como disparo de una epopeya en el sentido propio de la palabra, no una épica cualquiera sino una cadena de hazañas e infortunios que traspasan una y otra vez desde el mundo de los vivos al de los muertos, de la ficción al documento, ida y vuelta, cuyo desenlace realiza en acto en la propia película la pervivencia de una cinematografía íntegra en su incompleción. En esas latas del comienzo aparecen los restos vivos pero heridos de una corriente juvenil de los años sesenta y setenta, un movimiento que permaneció olvidado hasta que alguien las encuentra en un viejo depósito de la Universidad Nacional de Córdoba. Son rollos de 16 mm que sobrevivieron a los hongos, a la humedad y al borramiento de la dictadura.
Con pedazos de películas apenas identificables por medio de etiquetas adheridas solo en algunas latas, en correlación con papeles amarillos mecanografiados y guardados por años en cajones de la universidad, Santiago Sein podría haber empezado una tarea aplicada de rescate de la memoria de esos años de fuego, pero decide algo más: una película que se piensa a sí misma en el proceso de narrarse, la restitución de una época que aguarda en las latas, el montaje como resurrección de una generación que vence en su pulsión artística y militante al polvo y los aparatos de exterminio.

















































