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jueves, 7 de noviembre de 2019

Godard - Truffaut - Prividera: La Nueva Ola, JP y el cine del presente




Podría tejerse una trama en la que los cineastas Jean Luc Godard y François Truffaut y el actor Jean Pierre Leaud conformaran un triángulo escaleno, cuya figura condensaría las tensiones, amores, odios y disputas políticas desatados por la irrupción de la nouvelle vague, cuando el cine, en medio del siglo xx, llegó a su mediana edad. Es decir, cuando la inocencia del cine fue puesta en cuestión. ¿Cómo ser inocente respecto del cine después de Truffaut y Godard, primero como críticos, en seguida como cineastas? La modernidad es la admisión de que la inocencia se ha perdido, sin poder ya volver a la infancia. Así es como la piensa Godard todavía a la altura de sus Historia(s) del cine.

Precozmente dijo Godard -y no cesa de repetirlo- que cuando ellos escribían crítica ya estaban haciendo cine, así como cuando empezaron a filmar seguían haciendo crítica. Truffaut y Godard, jóvenes turcos, los textos que ellos escribían en Cahiers du cinéma insuflaron con su iracundia las revueltas juveniles del mayo francés. Truffaut y Godard, autores de las dos obras fundacionales de la nouvelle vague: Los cuatrocientos golpes (Truffaut, 1959) y Sin Aliento (Godard, 1960, con una idea argumental en la que participó Truffaut).

Escribir Truffaut y Godard unidos por una conjunción produce escalofríos. ¿Acaso no empezaron juntos? ¿Acaso no dice el propio Godard, cuando una chica le pregunta, al final de Une vague nouvelle, si conoció a Truffaut: "Sí, él fue mi amigo"?

Sin embargo, a principio de los años 70 los caminos de Godard y Truffaut se habían bifurcado hasta volverse inconciliables, como dos modos de entender la "política de los autores" que se batían en abierta beligerancia.




La presencia icónica de Jean Pierre Leaud fue primero la encarnación de la inocencia asediada en Los cuatrocientos golpes. Con el correr del tiempo, se constituyó en el emblema de toda la nouvelle vague, de su insolencia juvenil, de su angustia, su neurosis, su politización y su aburguesamiento, destinado a contener una totalidad imposible. El rostro de Leaud fue terreno de una disputa en la que batallaron Jean Eustache, Luc Moullet, Pier Paolo Pasolini, Bernardo Bertolucci, Tsai Ming-liang y Albert Serra, entre otros.

Pero los dos principales contendientes de la disputa por J. P. siempre serían Truffaut y Godard.

Tres años después de que Truffaut lo hiciera encarnar a Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes, la película cuya figura de niñez asediada logró casi eternizarlo, el cineasta decide retomar al personaje en un mediometraje titulado Antoine y Colette, que formaba parte de El amor a los veinte años, uno de esos largos de episodios de varios autores, típicos de los 60. Quizás pueda situarse en Antoine y Colette el comienzo de la mutación de Antoine Doinel en el joven burgués que amaba a todas las mujeres, un borramiento de las marcas históricas reconocibles todavía en Los cuatrocientos golpes. En Antoine y Colette Jean Pierre Leaud corporiza el lado luminoso de la nouvelle vague, aéreo, romántico, tenazmente joven, angustiado, amigo de los padres de las chicas cuyo amor no le correspondían. ¿Sería Antoine y Colette el signo precoz de la incompatibilidad entre Truffaut y Godard? Cuando poco después Godard convoca a J. P. Leaud en Masculino, Femenino, Made in USA, La chinoise, Weekend, será para politizar esa figura cuyas aristas ríspidas Truffaut quiso limar a través de la saga de Antoine Doinel: Besos robados, Domicilio conyugal, El amor en fuga. 

En determinado momento, la guerra entre Godard y Truffaut se hizo abierta.

Cuando en 2018 un ya anciano J.P. Leaud estuvo en Buenos Aires para asistir a una proyección de Los cuatrocientos golpes en el MALBA, a Nicolás Prividera se le ocurrió intervenir en esa disputa por la historia de la modernidad cinematográfica que pasa por el cuerpo del actor cuya imagen quedó fijada a la de Antoine Doinel: de ahí sale su corto Yo maté a Antoine Doinel. Prividera se suma a esos otros autores que batallaron en torno al ícono Leaud/Doinel.

"La modernidad no tendría nostalgia, no adoraba una imagen del pasado y odiaría mirarse en esa vieja juventud, como si estuviera viva medio siglo después. Porque siempre creyó que aún había un futuro posible, aún latiendo entre ruinas" dice la voz que narra en primera persona el corto de Prividera. No habla solo de la nouvelle vague, sino también del llamado "nuevo cine argentino" (el de los 90).

Este sábado vamos a ver Antoine y Colette de Truffaut junto con Yo maté a Antoine Doinel. En el contexto de las Historia(s) del cine de Godard. También vamos a proyectar Una vague nouvelle, el capítulo de Godard en el que se detiene a repensar el lugar que terminó ocupando la nueva ola francesa en la historia del cine. Poema ensayo, Une vague nouvelle puede oírse como una elegía por un futuro pretérito, una derrota generacional en la que Truffaut vuelve a ser nombrado como su amigo. Un ajuste de cuentas.




Pero ¿es admisible hablar de fracaso?

En un pasaje clave de Une vague nouvelle aparece un Godard ya maduro -todavía no anciano- conversando con una pareja de jóvenes:
Chico: Eso fue la nueva ola, la política de los autores: no los autores, sino las obras.
JLG: Su amigo tiene razón, señorita, primero los trabajos, luego los hombres.
Chica: Usted no tiene corazón, señor.
JLG: Podemos filmar el trabajo, señorita, no los corazones.
Chica: No sé, ahora son tiempos de desempleo, señor.
JLG: ¿Y quién está sin trabajo, señorita? Son tiempos en los que ha demasiadas manos pero no hay suficientes corazones, sí, tiempos sin corazón pero no sin trabajo. Cuando una época está enferma y no tiene trabajo para todas las manos es una nueva exhortación la que ella nos dirige a nosotros: la exhortación a trabajar con nuestros corazones en lugar de usar nuestras manos y todavía no conozco ninguna época en la que no haya trabajo para todos los corazones.


¿No hay en nuestra época de desempleo trabajo para todos los corazones?

sábado, 6 de febrero de 2016

Andate Lopérfido (Los estados generales del cine argentino)


Ahora que cineastas como Hugo Santiago, Mariano Llinás, Matías Piñeiro, Santiago Mitre, Julia Solomonoff, Laura Citarella y Tamae Garateguy, entre otros, tuvieron el valor cívico de sumarse al repudio y pedido de renuncia del negacionista Lopérfido al Ministerio de Cultura de la ciudad de BA, me pregunto si los cineastas argentinos serían capaces de gestos como los de Godard, Truffaut, Resnais, Marker, Chabrol, Rivette, Lelouch *, etc., para evitarnos el disgusto de tener que cruzarnos en los pasillos del próximo BAFICI con este personaje nefasto, promoviendo algún tipo de acto de repudio. ¿O acaso los estados generales del cine argentino hacen inconcebibles actos de valor cívico y conviviremos con la lacra negacionista?

El festival de Cannes de 1968, su 21a. edición, empezó el 10 de mayo de 1968. Su ceremonia de clausura estaba programada para el 24 de mayo. Pero terminó antes, a causa de los disturbios del Mayo francés que ocurrían en ese mismo momento. La suspensión fue promovida por los grandes exponentes del cine francés de aquel entonces, justo los que llevaron al cine francés a su momento más glorioso. Los artistas entendieron que un acontecimiento artístico, cultural y político no podía seguir como si nada mientras el país estaba políticamente convulsionado. Hacer como que no pasaba nada era, de hecho, ser cómplice del statu quo. Hay ocasiones en las que el silencio es complicidad.



En las asambleas que los cineastas compartían con estudiantes trabajadores e intelectuales, se discutían todos los aspectos de la producción y creación cinematográfica: nuevas formas de producción, lenguajes, temáticas. En esos debates colectivos se desafió la organización capitalista de la industria del cine. Este estado asambleario se denominó “Estados Generales del Cine Francés”. En sus convocatorias proclamaban: “sea usted técnico, intérprete, crítico o espectador, si quiere la REVOLUCION, por, para y en el CINE, venga a militar a los ESTADOS GENERALES DEL CINEMA”.

El 13 de mayo, los estudiantes invadieron el festival y provocaron la anulación de muchas proyecciones. Durante unos días se discutió su continuidad. El 18 de mayo, varios directores (los arriba mencionados y otros más), junto a referentes del campo cultural, tomaron el hall del festival y exigieron su suspensión, en solidaridad con los estudiantes y obreros reprimidos durante las manifestaciones. Estos hechos coincidían con la convulsión que había producido entre los cineastas franceses el despido de Henri Langlois, director de la Cinémathèque française, por decisión del ministro de cultura André Malraux. Langlois siempre fue considerado un padre y una figura clave para la generación de la nouvelle vague. Su cinefilia se formó en la Cinemateca que el dirigió durante años.



Los organizadores de Cannes se negaban a suspenderlo. Ante esa negativa, Louis Malle, Monica Vitti y Roman Polanski renunciaron como miembros del jurado. Alain Resnais, Carlos Saura y Miloš Forman retiraron sus películas de concurso. François Truffaut, Jean-Luc Godard y otros cineastas llegaron a colgarse sobre la pantalla en que se proyectaban las películas para interrumpir las proyecciones. La presión fue tan intensa que el Festival se canceló el 19 de mayo.

Estos acontecimientos dieron lugar a la creación de un evento paralelo al Festival oficial que declaraba su oposición a todo tipo de censura o presión política. Impulsada por Pierre-Henri Deleau, se llamó la Quincena de los Realizadores y comenzó a funcionar en 1969.

Hoy la ciudad de Buenos Aires tiene un Ministro de Cultura negacionista, que en declaraciones que fueron repudiadas por organismos de DDHH y personalidades de la cultura argentina e internacional sostuvo que el número de desaparecidos durante la dictadura “fue una mentira que se construyó en una mesa para obtener subsidios que te daban” (sic). El comunicado de repudio a los dichos de Lopérfido sostiene que estas declaraciones son "un claro intento de banalizar y restar importancia a las atrocidades cometidas en esos años, como así también de arrojar un manto de descrédito sobre los organismos y las políticas de derechos humanos. Si de cifras se trata, el compromiso debería ser el de profundizar y expandir la investigación sobre cada uno de los delitos cometidos por el terrorismo de estado, determinando responsabilidades y complicidades, lo cual sólo se logra poniendo a disposición recursos y políticas. Además, en dicha entrevista, el Ministro se refirió a un enfrentamiento 'entre dos bandas armadas', reflotando para nuestro asombro la peligrosa y perimida 'teoría de los dos demonios' según la cual la violencia de las guerrillas de aquellos años resulta equiparable al exterminio sistemático de todo tipo de disidencia por parte del Estado".

Entre quienes repudiaron las afirmaciones de Lopérfido y exigieron su renuncia figuran Judith Butler, Alain Badiou, Slavoj Zizek, Etienne Balibar, Néstor García Canclini, Sylvia Molloy, Josefina Ludmer, Pilar Calveyro, Alan Pauls, Darío Grandinetti, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Graciela Speranza, María Moreno, Mauricio Kartun, Daniel Link, Esteban Buch, Hugo Santiago, Roberto Jacoby, Gustavo Beytelman, Graciela Montaldo, Marcelo Cohen, Alejandro Grimson, Rafael Spregelburd, Agustín Alezzo, Alberto Kornblihtt, Américo Cristófalo, Gonzalo Aguilar, Mario Bellatin, Mariano Llinás, Ricardo Manetti, Santiago Mitre, Julia Solomonoff, Fernando Noy, Jorge Gumier Maier, Matías Piñeiro, María Pía López, Marta Dillon, Daniel Divinsky, Paula Maffia, Maristella Svampa, Félix Bruzzone, Dardo Scavino, Mariana Enríquez, Graciela Taquini, Agustina Muñoz, Analía Couceyro, DJ Trincado, Ricardo Manetti, Diego Trerotola, Tamae Garateguy, Nahuel Pérez Biscayart, Nora Fisch, Laura Citarella, entre muchos otros.

Pese a la ola de repudios que su presencia en el cargo de Ministro de Cultura de CABA produce, Lopérfido aún no renunció. Si no lo hace antes de que el BAFICI comience, es posible que los asistentes y participantes del festival de cine tengamos el enorme disgusto de tener que cruzarnos en las proyecciones con este repudiable funcionario. Tal como dice la nota:

"Como ciudadanos argentinos y extranjeros a quienes nos ligan fuertes vínculos con la cultura y la historia argentinas y con la producción cultural de la Ciudad de Buenos Aires, las múltiples instancias en que habitualmente participamos de políticas culturales públicas se ven gravemente afectadas por un posicionamiento como el del Sr. Lopérfido en su rol de ministro de cultura de dicha ciudad. Nuestra confianza y nuestro respeto por las iniciativas públicas del Gobierno de la Ciudad, y por extensión del Gobierno Federal, resultan lesionados por expresiones públicas como la del Ministro de Cultura, a quien ustedes avalan permitiendo que permanezca en su cargo".

Para adherir a la nota, clickear ACÁ.


martes, 28 de octubre de 2014

¿Me estás hablando a mí?

Héroe frente al espejo


Baisers volés, cine francés, comedia romántica, 1968, François Truffaut, Jean-Pierre Léaud.

Taxi Driver, cine norteamericano, psycho-noir, Martin Scorsese, Paul Schrader, Robert De NIro.

Sendas escenas detienen el avance de la narración para que los protagonistas se replieguen sobre sí mismos, se tilden en su mismidad. El galán neurótico y el héroe psicótico. El género se ha vuelto imposible.



jueves, 22 de julio de 2010

¿Por qué podría una habitación ser verde?

Visión del mal nº 9



¿A qué alude el verde del título? ¿con qué puede asociarse el color verde?

La Chambre Verte
Francia, 1978, 93 minutos
Director: François Truffaut
Guión de Truffaut, sobre el relato "El Altar de los Muertos" de Henry James
Actores: Jean Dasté y Nathalie Baye
Fotografía: Nestor Almendros - Música: Maurice Jaubert

A François Truffaut se lo recuerda como el niño desvalido de la nouvelle vague, el huérfano que impregnó un sabor agridulce a la formidable renovación del cine moderno producida en la mitad del siglo XX. El creador de Los cuatrocientos golpes, quien le dio vida a ese personaje inoxidable que es Antoine Doinel, su alter ego, su criatura, su niño adpotado (Jean Pierre Leaud).



Las películas de Truffaut se recuerdan con una sonrisa triste, portadoras de una ternura recatada que ya no es fácil de hallar.La tristeza de su desamparo siempre fue luminosa. O casi siempre: porque Truffaut tuvo su lado oscuro. Ya en Los cuatrocientos golpes el pequeño Antoine tenía su secreto altar privado consagrado al escritor Honoré de Balzac.



Antoine le encendía velas y una vez, accidentalmente el altar se incendió. Ese germen de culto mortuorio pujaba por salir en cada película de Truufaut. Pero sólo eran ráfagas, perfumes. Hasta que hizo La habitación verde, el film maldito de Truffaut, que habla de un pasado que no termina de pasar, pero tampoco queda: se va poniendo verde.

Dice Jorge-Mauro de Pedro en "La habitación verde. El morador de cementerios", Miradas de cine nº 36:



"En la más extrañas de sus películas, alejada de homenajes cinéfilos, reconstrucciones de época o experimentos que pasaban por la coctelera diversos géneros, el Truffaut actor —tan hierático como de costumbre— se mete en la piel de Julien Davenne, humilde redactor de un diario de provincias. Su cometido allí consiste en la elaboración de necrológicas, tarea esta por la que demuestra un denodado y desacostumbrado interés, rehuyendo en lo posible fórmulas banales o expresiones desgastadas por el uso.

(...) Truffaut trata de elevar un nuevo altar pagano, de reconstruir la capilla de la memoria (y para ello utiliza, entre otras, instantáneas de sus amigos desaparecidos en la vida real). Los paralelismos con su oficio de cineasta resultan evidentes: las fotografías de los difuntos, la luz que emana de las velas, la penumbra de su habitación verde.... la imagen, la claridad que surge de las entrañas del proyector, la oscuridad de la sala. El cine convertido en liturgia, la memoria colectiva como bálsamo de la muerte, igualmente presente y no por ello menos temida.

Pero también encontramos reflejos en La habitación verde de su oficio de crítico. De aquél alborotador que cargaba contra los vivos (a su entender, vergonzantes herederos de una tradición brillante) y entonaba cánticos fúnebres por los ya desaparecidos o por los moribundos (los últimos representantes del clasicismo norteamericano, arrinconados por un espectador desconocedor del pasado).



Dice Christian Busquier en Mabuse:

En La habitación verde, como en el relato El entierro prematuro de Poe, la tragedia es de uno. Y la tragedia tiene una dimensión abismal, en cuyo centro late un corazón negro.

Desde ese corazón (que ya no respira vida), se establece un recorrido, un mapa de relaciones (idas y vueltas), que buscan profundizar en la naturaleza del amor y en lo que el hombre está dispuesto a padecer (por propia voluntad) en consecuencia. Como en toda autopsia, el escalpelo atraviesa las partes donde puede hallarse la clave al misterio: ¿Es el hombre (como género) un ser idiota por naturaleza, o simplemente, su obsesión por el amor es lo que lo hace vulnerable y lo somete a todo tipo de flagelos? En todo caso, es el hombre, una criatura ávida de sensaciones y sensible. León Bloy escribió: "El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor." Cada palabra tiene un peso bien definible, y estas, encierran el peso de una gran verdad.

Olivier Assayas completa la idea: ".En cada uno de sus filmes, incluso en los que poseen la apariencia mas tranquila, se juega algo muy violento."