
César:
Éramos todos compañeros y este conflicto abrió tanto las aguas, por algo. Hablábamos con Quintín de Raya Martin y charlábamos amablemente de Dylan con Tomás Abraham. La política había muerto y la historia se había terminado. Formábamos parte del mundillo cultural y a los sumo íbamos a calentarnos un poco discutiendo sobre la última de Wong Kar-wai. Una vez olvidada la libertadora y la revista Sur, muerto el perro se acabó la rabia. Y nos prometíamos algún día hacer una revolución alegre, nosotros, la clase media, y, muerto Nesutadt, Fernando Peña hubiera sido nuestro programa radial de la mañana y Alejandro Rozitchner nuestro filósofo de cabecera. Leíamos a Foucault y Deleuze, citábamos a Serge Daney y venerábamos a Luis Filipelli, el director espiritual del Nuevo Cine Argentino desde ese polo cultural que es la FUC de Manuel Antín: estos detalles nos permitían conservar cierto aire
cool que nos diferenciara de
Haciendo Cine y del Pro porque, si no, se hacía un poco difícil diferenciarnos. Y que Beatriz Sarlo escribiera en la
Viva o compartiera la redacción de
La Nación con Diego Batlle y Morales Solá, todo eso sería totalmente anecdótico, total,
ADN,
Ñ,
Radar,
La Lectora Provisoria, qué más da, si
La nación edita la
Rolling Stone y Alan Pauls es un tipo de prosa tan elegante que da gusto leerlo. Siempre iríamos al Malba a festejar las
boutades de Fogwill, qué tipo este, se le ocurre cada cosa, jajajj
:D. Total siempre podríamos ponernos serios y correctos en un mano a mano con Diana Maffia en el Instituto Hanna Arendt y la mesa interreligiosa, el episcopado, una feminista y un mapuche.
Pero se interpuso la política, qué cagada. Y tenía que ser con estos impresentables de los peronachos, vos viste lo que es Hugo Moyano, y para colmo la yegua y Tristán, que ni siquiera han sido montoneros, que se llenaron de guita durante la dictadura, porque así fue, se rajaron de La Plata y se fueron a la Patagonia, con la expresa idea de hacer guita. ¿No podría haber sido de otro modo, con gente más decente, no te digo Zamora porque ese un buen día se fue, pero digamos un Binner, un tipo que viste lo que es, yo si se presenta lo voto, que nos abriera una casa de la cultura y que nos juntáramos a hablar de la revolución alegre y la empresa de vivir? Hasta hubiera sido preferible Chacho Álvarez, que se hizo fórmula con De La Rúa pero siempre conservó la elegancia. Pero no, tuvieron que ser la yegua y ojitos los que revivieran el odio que creíamos sepultado, justo ahora que el precio de la soja se disparó por las nubes y los uruguayos nos aconsejan que nos queramos.
Y tenía que ser justo Hebe que los apoyara, qué lástima, si nos daba tan bien para prócer, una vez que la política hubiera muerto todos nos levantaríamos a aplaudirla cada vez que ella entrara, en reconocimiento a todo lo que había hecho en sus buenos años, cuando nosotros la alegre clase media estábamos hibernando bajo la alfombra del living, te acordás? Ella y las locas que salieron a hacer frente al poder más sangriento que el país conociera, el que puso a Videla en el sillón de Rivadavia, el que aplaudió de pie a Martínez de Hoz en la Rural, qué locas estas minas, a quién se le ocurre hacerle frente a ese poder mientras nosotros en la alfombra y Quintín era referí bombero y Tomás un muchacho recién egresado de la Sorbonne importaba a su maestro directo, el genial Foucault, en nuestro algo alicaído ambiente cultural. ¿Tenía Hebe que apoyar a esos mamarrachos impresentables, la yegua y ojitos, cuando hubiera estado tan bien que se juntara con De Angeli, este hombre tan bonachón, tan simpático, tan limpito, tan gauchito, tan candidato a representar a la nueva política una vez que Blumberg y el rabino Bergman nos defraudaron a todos? Vos sabés que la habríamos vuelto a aplaudir a la Hebe si se hubiera sacado esa foto con De Angeli en vez de volverse loca otra vez, como cuando salió a la calle en la época de Videla, la loca, qué le costaba, si total ya estaba Vilma Ripoll, vos sabés cómo la querríamos a Hebe si no se hubiera vuelto loca otra vez, si ya no jodía a nadie. Pero ahí está la loca otra vez, otra vez tenemos que salir a decirle esa señora y salir a decirle terrorista como en los buenos tiempos en los que ella salía a la calle y nosotros en las alfombras, te acordás?
Y no, ahora ya no puedo juntarme con Quintín a hablar de Raya, que querés, la política, que había muerto, al tercer día resucitó (lástima que no fue aquella vez que salimos todos por el corralito, lástima que no surgió ningún líder más pulcro de la asamblea barrial de Palermo o de Almagro, si hay gente tan linda entre nosotros, lástima que tuvieron que ser estos peronchos, clientelistas y mafiosos, no gente sana como vos y yo).
Y con Tomás, no es que escriba en
Perfil, no, si después de todo Jorge Fontevecchia también ha sido un perseguido de la dictadura. Yo creo que ya nada va a ser igual entre nosotros, porque entre él y yo se interpuso la política, qué cagada, se interpusieron Tamborini y Mosca, la tradición republicana que lamentablemente no prevaleció en el 45, se interpuso Braden, Alfredo Palacios, Rodolfo Ghioldi, Ezequiel Martínez Estrada, Victoria Ocampo, López Murphy, Marcos Aguinis, Joaquín Morales Solá, Vicente Massot, Gabriel Muro, el rabino Bergman, el cardenal Bergoglio y el vicario Baseotto, se interpusieron Tulio Halperín Donghi, Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui (quién iba a decir que volveríamos a escribir estos nombres tan anticuados, qué lástima, con lo bien que estábamos), y Leonardo Favio, Enrique Santos Discépolo, Evita Duarte (qué cosa, que Evita se interpusiera entre nosotros), Néstor Perlongher, Germán Rozenmacher, Nicolás Casullo, Norberto Galasso, Horacio González, Laura Klein, Ricardo Forster, John William Cooke, Alejandro Dolina…¡la Tota Santillán!, Daniel Santoro, David Viñas, Lucio V. Mansilla y los indios ranqueles. Y la loca de Hebe.
Así que creo que ya nada va a ser lo mismo. Formábamos parte de lo mismo, o de casi lo mismo. Pero volvió el odio y la historia no había muerto. Y la historia no siempre vuelve de una manera pulcra, a veces se vale de mamarrachos, porque Dios escribe derecho con líneas torcidas.
Oscar A. Cuervo