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viernes, 10 de febrero de 2017

Los ojos sin rostro y Z 32: el horror

Z 32 como film de horror

Z 32 / Les yeux sans visage / La piel que habito *

Otro tramo de la entrevista que le hicimos a Avi Mograbi en 2008 sobre Z 32 **:

- Quería hacerle una pregunta desde el punto de vista formal. El efecto de enmascaramiento digital de las caras del soldado y su novia en determinado momento se vuelve siniestro. En una escena, la mano del soldado pasa por delante de la cara y notamos que no habíamos estado viendo la cara verdadera del soldado. Y nos preguntamos cuál es la cara real. Es un momento terrorífico de la película.

- ¡Muy bien! [risas]

- Nunca vi que un recurso de la tecnología digital produjera un efecto tan siniestro.

- Estoy muy contento por eso que me dices, porque la idea de la máscara empezó como un obstáculo. Cuando me acerqué por primera vez al soldado y le pedí que participara en la película, él me dijo que sí pero que no podía mostrar la cara. Empecéa pensar cómo iba a hacer un largometraje en el que no se vieran sus expresiones. ¿Ensombrecer el rostro? ¿mostrarlo en silueta? ¿pixelarlo? No tenía ni idea. En principio no había pensado en el ocultamiento del rostro. Por convertirse en un obstáculo, se transformó en una herramienta creativa y también en una parte muy importante del contenido de la película.

- En filosofía existe el concepto de "obstáculo epistemológico", que aparece al principio como un impedimento pero termina siendo de una gran productividad.

- Es siempre así. Pasa en todas mis películas, llego a un punto en que ya no puedo avanzar y me siento acorralado... y al final termino volando como Superman. No, no como Superman, voy cavando como Bugs Bunny.

- Así Z 32 se transforma de una película testimonial a una película de terror.

- Es interesante, porque una de las películas que vi como parte de mi investigación fue Le yeux sans visage (Ojos sin rostro) de Georges Franju, un film de horror acerca de una mujer que desfigura su cara en un accidente. Es hija de un cirujano plástico y él va matando a chicas jóvenes para sacarles la cara y ponérsela a su hija. Bueno, no son films similares, pero el efecto que produce el enmascaramiento es que cualquier persona puede estar detrás de la máscara. En una proyección en Tel Aviv, después de la película, un amigo se me acercó y me dijo que creía haber visto al protagonista entre el público. Pero él no estaba. Uno se pregunta: ¿será este o aquel? Y puede ser cualquiera.

* En La piel que habito, película posterior a la realización de esta entrevista, Almodóvar también cita Les yeux sans visage.

** Mañana sábado a las 19:30 se proyecta Z 32 en el ciclo Los cines posibles, Alvarez Thomas 1093.

Avi Mograbi: "Aunque no lo parezca, Israel es un estado democrático, al menos en relación con los ciudadanos judíos"

Z 32, este sábado a las 19:30 en "Los cines posibles", Alvarez Thomas 1093


por Oscar Cuervo

En la primavera de 2008, el cineasta israelí Avi Mograbi vino a Buenos Aires a presentar una restrospectiva de sus documentales, en cuyo marco se estrenó su película hasta ese momento más reciente, Z 32 (que mañana sábado 11 de febrero a las 19:30 veremos en el ciclo "Los cines posibles", en Red Colegiales, Alvarez Thomas 1093). En esa ocasión pudimos hacerle una entrevista para revista La otra (n° 20). La entrevista la hicimos Corina Setton y yo.

Mograbi es un crítico tenaz de las políticas que el estado de Israel vino sosteniendo por décadas contra la población palestina y un partidario de que el conflicto se resuelva por vías pacíficas, mediante el establecimiento de un estado único en el que convivan ambos pueblos: "El Israel actual es un estado judío en el que habitan palestinos -decía Mograbi en otra nota concedida por esos mismos días-. Estos no tienen los mismos derechos que los judíos. Se trata, en otras palabras, de un estado que libra una guerra contra parte de su propia población. Este estado debe dar lugar a otro, donde árabes y judíos tengan iguales derechos. El nombre de ese país es lo de menos".

Mograbi resalta la militarización de la sociedad civil: "El servicio militar es un factor central en la identidad israelí, en cada familia hay un soldado". Su crítica a esta naturalización del belicismo no es solo discursiva: tanto él como su hijo han sido objetores de conciencia y se negaron a integrar las filas del ejército, lo que les trajo varios conflictos judiciales.

El rasgo más sorprendente e incómodo de sus películas es su capacidad para mostrar la naturalización del racismo y el militarismo en una sociedad que se precia de ser moderna y civilizada. Las vejaciones y los crímenes a los que son sometidos los palestinos son aceptados como parte de la normalidad por la mayoría de la sociedad. Solo una pequeña minoría se opone. Por eso, sus películas no necesitan elevar nunca el tono de sus denuncias: su efecto resulta revulsivo por solo mostrar situaciones normales de la vida cotidiana en Israel. Como ciudadano judío, Mograbi goza de toda la libertad para hacer películas muy críticas. Puede exhibirlas en salas pequeñas o en canales de cable. Lo curioso es que, sin sufrir ninguna censura, los graves hechos que muestran no producen tampoco mayores debates, no escandalizan ni llegan interpelar a las mayorías que aceptan este estado de cosas. ¿Cómo puede sostenerse esta disociación entre una pretensión de democracia y una práctica en la que se violan los derechos humanos de parte de la población?

Lo que en Argentina de 2008 nos llamaba tanto la atención es que una sociedad pudiera convivir con autocomplacencia con el racismo y los crímenes sistemáticos de estado. Secamente, Mograbi nos bajó a la tierra: "Es lo mismo que la democracia norteamericana, por ejemplo". Y es verdad. Lamentablemente, desde 2008 hasta hoy, Israel es cada vez menos una excepción: el occidente "civilizado" se uĺtra-derechizó. En nuestra propia sociedad, hoy gobernada por el macrismo, salieron del closet numerosos sectores racistas, xenófobos, y reivindicadores del terrorismo de estado de la última dictadura. Basta con ver cómo gran parte de la población blanca consiente la abolición del estado de derecho en la provincia de Jujuy. El capitalismo parece ir asumiendo cínicamente su incompatibilidad con el ejercicio de la igualdad ante la ley.


Acá va una parte de nuestra entrevista a Mograbi:

- El título Z 32 se refiere al número de archivo del testimonio del soldado israelí y este testimonio se lo da a una organización no gubernamental llamada "Rompiendo el silencio". ¿Se trata de un soldado raso?

- Sí, se trata de un soldado raso. En esa ONG por lo general los que prestan testimonios son soldados, pero hay también algunos oficiales que atestiguan. La ONG no cuenta con apoyo estatal en absoluto. El estado de Israel está tratando de detener sus actividades. Cuando se publicaron los testimonios, los militares, en vez de investigar las denuncias, interrogaron a los miembros de la organización.

- ¿El protagonista es consciente de estar aportando un testimonio que cuestiona al ejército israelí?

- Claro. Y una de las cosas absurdas de esta situación es que, antes de ser reclutado, el soldado había votado a un partido de izquierda.

- Esto significa que tenía de antemano una conciencia crítica hacia la política de estado.

- Sí, pero evidentemente al reclutarse se volvió una máquina de guerra, tal como quería el estado. Parece que su punto de vista político quedó superado por el entrenamiento militar que recibió.

- Es difícil entender esa combinación: que tenga una conciencia política previa y sin embargo se preste a esa función.

- Es que en Israel hemos desarrollado la capacidad de vivir sin practicar los valores en que creemos.

- ¿Qué porcentaje de la población estaría dispuesta a apoyar una paz con los palestinos?

- Bueno, mi amigo Luis, Eyal Sivan, yo... [risas]. No, es un sector realmente tan pequeño... La mayoría dice que quiere la paz, pero cuando preuntas por el costo que están dispuestos a pagar para que la paz se realice, es otra cosa. Cuando llegas al tema del derecho de los paelstinos a volver a su tierra, de retirar todos los asentamientos en territorios ocupados, te das cuenta de que la gente decía querer la paz por sus ventajas, pero sin hacer lo necesario para que la paz se alcance.

- Las operaciones militares como las que la película muestra, ¿son conocidas por el grueso de la población?

- La historia de Z32 fue publicada en el segundo diario más leído de Israel, tuvo una nota de 4 páginas en una revista del fin de semana, que es la más leída, y sin embargo no hubo ningún debate público sobre el tema.

- ¿Este operativo militar es considerado un delito por el sistema jurídico israelí?

- Sí, por supuesto, si alguien pudiera llevarlo a la justicia, es un delito. Pero el sistema jurídico militar no tiene ningún interés en que suceda, porque se tendrían que acusar a sí mismos.

- ¿Es decir que no hay una justicia independiente del poder militar?

- No. Absolutamente.

- ¿Esto no sería una de las claves para considerar que no es una democracia en sentido pleno?

- Es lo mismo que la democracia norteamericana, por ejemplo. Aunque no lo parezca, Israel es un estado democrático, al menos en relación con los ciudadanos judíos.

- Se puede pensar que la película es una interrogación acerca de la conciencia humana: ¿hasta qué punto un hombre es conciente de su responsabilidad?

- Bueno, pienso que el film se trata de eso en dos sentidos: por un lado, desde la perspectiva de un soldado, qué quiere decir ser un buen soldado, y el buen soldado es el que no rehusa las órdenes; pero también se trata de lo que significa vivir con algo que has hecho como soldado. Pero por otro lado se trata de la conciencia del cineasta, porque también él es un miembro de la sociedad: qué significa vivir con estos hechos que alguien hace en tu nombre, qué significa vivir en una sociedad en la que estos hombres están libres sin pagar el precio por lo que hicieron. Y también se pregunta si tienen que pagar ese precio, porque están mandados por el Jefe del Ejército, el Ministerio de Defensa, gente que nosotros hemos votado en un proceso democrático. ¿Qué estamos esperando de ellos? En Israel en cada familia hay un soldado. No son cuestiones abstractas, son cosas muy concretas con las que hay que vivir todos los días.

- Parecería haber una disociación: saben lo que hacen, pero puede que no lo sientan. ¿En las familias generalmente no se habla de estos temas?

- Algunos hablan y otros no. Porque el servicio militar es un factor central en la identidad israelí, que en muchas familias se discute y se lo hace libremente. Pero no puedo decir lo que pasa en todas las casas.

- Z 32 lleva a pensar en la posibilidad de un cine político que no baje línea sino que plantee preguntas.

- Eso me pone muy contento, a pesar de que en el fondo soy un bolchevique y solo hago lo que me pide el partido [risas]. Pero yo espero que la película sea un tipo de bolcheviquismo sofisticado, que permita que el público participe reflexionando.

- Al verla, sentíamos que cuando el soldado le pregunta a la novia si lo perdonaría por los asesinatos en los que ha participado, esa pregunta se dirigía también a mí: si yo lo perdonaría.

- Por supuesto que el film quiere llamar la atención del público acerca de esta cuestión y que el espectador tiene que preguntarse cómo respondería a ese pedido. Uno de los momentos que más me gusta es cuando la chica mira a la cámara por un rato: es difícil evitar la sensación de que ella te está mirando a ti.

- Pero también cuando usted canta a cámara, cuando se hace la pregunta sobre si la película puede albergar un asesino, pasa algo parecido.

- Claro, yo miro a los ojos del espectador. No veo mucho, pero es lo que intento.

- La exhibición de la película en Israel ¿se hace en circuitos independientes o marginales?

- Sólo en cinematecas, para un público muy pequeño, unas 3000 personas. Lo van a pasar en un canal de cable que coprodujo el film. El rating de este canal es bajo, pero las películas se pasan muchas veces y a la larga las terminan viendo la misma cantidad que si la pasaran en un canal comercial. Pero la diferencia es que si se pasara en un canal comercial, a la mañana siguiente todos estarían comentando lo que vieron.

- Es decir que no habría una censura directa pero podría considerarse una censura comercial.

- Yo no lo llamaría censura. Porque la única preocupación de los canales comerciales es el dinero. Para mí la censura implica una decisión conciente.

- Tanto usted como su hijo se declararon objetores de conciencia. ¿Eso está penado por la ley?

- Sí, pero es un delito menor, porque el estado no quiere meterse mucho en eso, para ellos es peligroso. Les preocupa que los objetores de conciencia se vuelvan héroes para la izquierda. Cuando mi hijo rechazó hacer el servicio, crearon el sistema en que el objetor decide cuánto tiempo quiere estar en la cárcel. Mi hijo tuvo que permanecer tres semanas. Entonces empezaron el proceso otra vez, le volvieron a exigir que se enliste, pero él se negó de nuevo. Y lo mandaron a la cárcel otras tres semanas. Así pasaron meses, entrando y saliendo. Entonces mi hijo dijo "basta", fue a hablar con el psiquiatra del ejército, tuvo una entrevista de 15 minutos y así terminó el proceso. Desde ese momento el ejército decidió no volver a meterse en el tema y dejar una puerta abierta para que el que quiera pueda ir al psiquiatra. Y así lo hacen ahora los que quieren objetar su reclutamiento.

- ¿Son muchos los que se rehusan?

- Muy Pocos.

- ¿Es un estigma rehusarse?

- No. Yo era profesor de la universidad y no tuve problemas por eso. Fui objetor durante la segunda guerra contra Líbano en el 82. Hasta alguna gente que apoyaba la guerra me decía que yo había hecho lo correcto. Pero seguían apoyando la guerra. Lo que nos lleva otra vez a ese viejo asunto de cómo los israelíes pueden vivir sin practicar sus valores.

jueves, 9 de febrero de 2017

Asesinos civilizados: el horror y la intimidad

Los cines posibles VI: Z 32 (Avi Mograbi) / Este sábado a las 19:30 en Alvarez Thomas 1093


por oac

Z 32 (Avi Mograbi, Israel, 2008) se centra en el testimonio de un joven soldado israelí que relata su participación en un operativo organizado por el ejército de su país contra un puesto policial palestino. El operativo culminó con el asesinato de varios policías palestinos. El golpe comando se hizo en represalia por el previo asesinato de unos militares israelíes por parte de combatientes palestinos, aplicando el principio del “ojo por ojo, diente por diente”. Pero los palestinos masacrados no tenían nada que ver con el asesinato previo de los militares israelíes. Según el sistema jurídico vigente en Israel, estos hechos configuran un acto criminal, pero paradójicamente la acción es organizada y ejecutada por fuerzas del estado.

El núcleo de la película reside en un acto de confesión: el propio soldado le cuenta a su novia su actuación en el golpe comando, y lo cuenta en la intimidad en la que la pareja se filma a sí misma (son los personajes reales los que aparecen; Mograbi les dejóo una cámara para que se filmen a sí mismos). Paralelamente, el propio director se pregunta sobre su posición ética y política en su doble condición de cineasta y ciudadano frente a los hechos narrados y a su protagonista, un asesino confeso. En su propia intimidad, él debate estos dilemas con su esposa, que discrepa abiertamente con sus decisiones.


Los hechos narrados están a varios grados de separación de nosotros. El asesinato de los policías palestinos ocurrió un tiempo antes: el soldado lo cuenta para la cámara y ante su novia. Mograbi dialoga con el soldado y vacila, como responsable de la película, con su mujer. Y a la vez expone su conflicto para la cámara, es decir: para nosotros. Así, la película debe señalar la distancia que nos separa de estos hechos al mismo tiempo que el espacio continuo que nos une a ellos. Somos parte del mundo en el que estos hechos ocurren. Por eso, el corte ilusorio que separaría lo que se ve en la pantalla y lo que pasa de este lado queda abolido.


Z 32 no cede a la tentación de fomentar la cómoda indignación del espectador ante el relato de un crimen de estado por parte de uno de sus ejecutores. En lugar de eso, pone en marcha un sutil dispositivo en el que cuatro distintas voces (la del soldado y la de su novia, la del cineasta y su esposa), se alternan y dialogan, se superponen y contradicen, se preguntan y vacilan sobre la el estado de conciencia en el que un individuo puede realizar un acto así y en el que una sociedad puede consentirlo. El resultado no apuesta a representar la condena del acto, condena inobjetable en el plano jurídico. El propósito de la película es abrir una instancia diferente de la jurídica (que va por sus propios carriles), instancia específicamente cinematográfica que no conduce ni a un juicio de culpabilidad (con sus agravantes y atenuantes) ni a la fácil indignación moral que deja al espectador cómodo, del lado del Bien. Acá el cine no "representa" para una mirada externa, sino que hace presente la responsabilidad política de quien mira. 

¿Qué puede hacer el cine ante estos hechos aberrantes? Algo, piensa Mograbi. ¿Qué le cabe al espectador cuando participa de una experiencia cinematográfica así? El documental contemporáneo -lo podemos reconocer en The Halfmoon Files (Philip Scheffner) o en El país del diablo (Andrés Di Tella)- replantea el problema del cine como praxis política, donde la narración de los hechos es solo uno de los niveles de una disputa que implica a varios actores, que incluye el acto de hacer la película y también el de verla.


En manos de un cineasta más rutinario o más inclinado a la sentencia moral, la historia referida podría dar lugar a un documental de valor testimonial, pero Mograbi la transforma en una experiencia incómoda y también una reflexión sobre el ser de la imagen cinematográfica. En primera persona, se pregunta -y nos pregunta- por su propia posición ante el personaje que retrata y lo hace cantando una sonata compuesta por su hijo. Canta:

Es una colaboración que tal vez esté un poco fuera de lugar
Mi esposa me pide que no lo filme aquí en esta sala
Ella dice:
«Esto no es material para una película,
no entiendo adónde conduce todo esto
¿por qué ayudar al soldado e encontrar su camino?
Es una fábula asquerosa
un musical que no vale un centavo:
El hace de pecador arrepentido,
tú el supuesto observador
que sacarás tajada de otra película profunda».

No se trata de una interrogación retórica: vemos que la mujer le pide que no traiga al soldado en la casa que ellos comparten; seguidamente vemos al soldado testimoniando ante la cámara. El propio film cuestiona el límite de lo público y lo privado: Mograbi presta su casa -su película- para que el soldado rompa el silencio, no con el fin de que se redima, sino para hacernos participar de una conciencia más profunda, que contenga la voz de ese Otro (el terrorista de estado) que el punto de vista jurídico se limita a reducir a objeto judiciable. No se trata de indignarse ante el ejecutor del terrorismo estatal (posición que parece asumir la mujer de Mograbi). No se trata de juzgar, ni de condenar ni de absolver, sino de algo más difícil: comprender. Pero comprender no debe confundirse con ninguna especie de exoneración: el culpable no dejará de serlo al confesar(nos) su crimen. Comprender es responsabilizarnos como destinatarios de este relato. ¿Qué puede hacer un espectador? Algo.


[SPOILER] Hay un obstáculo difícil para concretar la película: el soldado no puede aparecer a cara descubierta contando la acción criminal en la que participó, porque eso lo expondría no sólo ante los familiares de los palestinos asesinados - y por ende a un posible acto de venganza-, sino también ante el ejército israelí que resulta cuestionado por su testimonio. El protagonista se auto-incrimina por partida doble, quedando en una posición intolerable para el resto del mundo. Al comienzo, Mograbi aparece frente a cámara probándose una media que oculta sus rasgos, pero llega a la conclusión de que así no se puede hablar ni respirar bien, no es un buen recurso para filmar el testimonio. De ahí en adelante la película ensaya diversos modos de ocultar la cara del testigo: con un efecto blur, con un fuera de foco, mediante encuadres elusivos, con máscaras digitales cada vez más eficaces. En determinado momento parece que el ocultamiento cesa y que al fin vemos al soldado con su propia cara descubierta. Vemos a un muchacho de rasgos amables, que se expresa con espontaneidad y con un tono amable. Pero de pronto se produce una especie de lapsus visual: el muchacho gesticula y al mover las manos atraviesa eso que creíamos que era su cara y advertimos que se trata de una capa incrustada entre el verdadero rostro y la superficie de la pantalla, que esa cara que se nos había hecho familiar es un fantasma digital. Lo amigable entonces se vuelve siniestro y Z32 deja de ser sólo un testimonial para transformarse en una película de horror. Y no se trata de un horror ajeno al sentido político del film, sino del que se siente cuando detrás de un rostro conocido aparece súbitamente Otro. [FIN DEL SPOLIER]


Z 32 es así un documental sobre el terrorismo de estado y una película de terror. Y a pesar de esto, la película tiene una tonalidad amigable y luminosa, por momentos un ligero tono de comedia y hasta algunos episodios musicales. ¿Cómo pueden conjugarse todos estos elementos y hacer con ellos una película política y autorreflexiva? Poque Z 32 es varias cosas a la vez: una película sobre cómo la sociedad civilizada (Israel es un punto de condensación del horror contemporáneo) convive con el propio terror; una película donde la intimidad de dos parejas (la del soldado y su novia y la del cineasta y su esposa) ven afectadas sus relaciones por el contexto político; y una película que se pregunta qué puede hacer el cine con todo eso. 

domingo, 12 de enero de 2014

Cómo aprendí a vencer mi miedo y amar a Arik Sharon

La muerte del líder político israelí, quien había sido retratado en una película de Avi Mograbi



Después de permanecer en un coma profundo durante 8 años, ayer murió en Tel Aviv el ex Primer Ministro israelí Arik Sharon. Fue comandante de las fuerzas armadas de Israel desde su creación en 1948 y tuvo una participación destacada en la Guerra del Sinaí, la Guerra de los Seis Días, la Guerra de Desgaste y la Guerra de Yom Kippur. Su prestigio como estratega militar le valió en Israel los apodos de "Rey de Israel" y "León de Dios". En 1981 llegó a ser Ministro de Defensa y desde ese cargo comandó la participación israelí en la guerra del Líbano. Durante esa guerra se produjo la atroz matanza de miles de refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila. Esta masacre fue considerada un acto de genocidio por la Asamblea General de las Naciones Unidas. La masacre fue llevada a cabo materialmente por las milicias cristianas falangistas libanesas, pero la acción fue alentada y apoyada militarmente por las fuerzas israelíes dirigidas por Sharon. La operación produjo una conmoción política en Israel, con una movilización de 400.000 personas convocada por el movimiento pacifista y la oposición al gobierno del Primer Ministro Menahem Beguin, quien se vio obligado a crear una comisión investigadora ad hoc. Unos meses después, la comisión declaró que la masacre se pudo realizar por las "graves negligencias" del estado mayor israelí y recomendó el cese de Sharon como Ministro de Defensa. Sharon tuvo que renunciar pero volvió a la función pública una y otra vez durante los años siguientes. Finalmente, como candidato del partido de derecha Likud (en coalición con otros partidos neoliberales), fue electo Primer Minsitro en el año 2001 y ratificado en 2003. En 2005 renunció al Likud por las presiones de los sectores más derechistas de la coalición y creó un partido más moderado, el Kadima.

Lejos de ser un entendido en la historia política israelí y el conflicto en Medio Oriente, todo lo que conozco al respecto lo aprendí de grandes cineastas como Eyal Sivan, Ari Folman y Avi Mograbi, a quien conocí personalmente cuando vino a Argentina en 2008 para participar en el DocBsAs.

Precisamente, el primer largometraje de Mograbi se titula Cómo aprendí a vencer mi miedo y amar a Arik Sharon (How I Learned to Overcome My Fear and Love Arik Sharon, Israel, 1997). Mograbi, quien se autodefine como un "marxista postmoderno", creó con sus películas un formidable dispositivo cinematográfico que renovó el documental político contemporáneo. La innovación de Mograbi es tanto formal como material, ya que consiste en incorporarse como personaje/cineasta al campo político que expone, cuestionando todo el tiempo su propia posición en relación con los personajes retratados e interrogando al propio espectador. Para lograrlo, Mograbi apela a recursos de la comedia, aún cuando muchas veces los temas tratados son más bien trágicos, lo que provoca una inquietud políticamente estimulante. En Cómo aprendí a vencer mi miedo y amar a Arik Sharon se declara en cámara un acérrimo opositor a las políticas de Sharon, pero se decide a seguirlo durante la campaña electoral (que finalizó con el triunfo de Netanyahu, hombre de Sharon) para hacer una película. La gracia corrosiva del film consiste en que, a medida que se acerca a su personaje, Mograbi empieza a notar con preocupación el riesgo de sucumbir ante el carisma del líder que políticamente repudia.

La muerte de Sharon es un buen pretexto para acercarse a este cineasta tan singular. Acá dejo una versión completa de esta película. Los subtítulos están en inglés, pero los que tengan apenas unos rudimentos de este idioma pueden seguir la película sin demasiada dificultad. Super-recomendada.

jueves, 17 de octubre de 2013

La fiesta del cine documental: Pescado Rabioso, Avi Mograbi, Claude Lanzmann, Wang Bing, Nicolas Philibert, Jean-Marie Straub, Jean Luc Godard, Claire Simon... en el DocBuenosAires



Es uno de los mejores momentos de cada año para los que amamos el cine. En las últimas décadas el cine documental cobró un impulso creativo notable. Tanto que, desde sus premisas de límites un tanto difusos (el registro de acontecimientos y personas de la realidad extrafílmica), consiguió expandir la potencia del cine a secas: el cine. El documental mostró ser un óptimo instrumento de investigación formal, trabajo poético, cuestionamiento epistemológico e intervención política. En litigio con la prepotencia del discurso científico, la disociación entre la vida pública y la privada, el autoritarismo de la imagen televisiva y la indiferencia de la proliferación tecnológica, el documental es el lugar de resistencia de la mirada a escala humana. El DocBuenosAires lo percibió antes que nadie en estas tierras. Y ahora, en su 13° edición, se convirtió en una amable tradición de la primavera porteña. Hoy empieza otra vez: hasta el sábado 26 de octubre.

Sedes: Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martí, Cine Arte Multiplex de Belgrano, la Alianza Francesa de Buenos Aires, la Fundación Proa y la Universidad del Museo Social Argentino.

- Hasta que la locura nos separe, de Wang Bing. Con una cámara HD desapercibida, el director de la extraordinaria Tie Xi. Al oeste de los raíles documenta ahora la vida cotidiana en un asilo mental aislado del sudoeste de China.




- La casa de la radio, de Nicolas Philibert: el notable documentalista francés hace una película sobre la radio. Dice: “Una razón por la cual tanta gente ama la radio, incluso yo –aunque no me haya dado cuenta de esto hasta mucho tiempo después de haber empezado a amarla–, tiene que ver con la falta de imágenes, con la naturaleza invisible de los que hablan en ella, al igual que los innumerables lugares a los que nos lleva para continuar siendo invisible”.

- Tres cortos de Jean-Marie Straub que documentan las maneras de decir los textos: Un conte de Michel de Montaigne, La madre (basada en el cuento homónimo de Cesare Pavese) y Chacales y árabes (basado en ¡KAFKA!).

- Una película no de sino con Godard: Jean-Luc Godard, el desorden expuesto (de Céline Gailleurd y Olivier Bohler). Películas, imágenes de archivo y entrevistas con Godard resurgen del pasado y proponen una nueva lectura del cineasta y su relación con el arte moderno.

- La nueva de Avi Mograbi: Una vez entré a un jardín. Un viejo conocido nuestro (gracias al Doc lo entrevistamos personalmente en su última venida a Buenos Aires) y uno de los más interesantes cineastas políticos contemporáneos. Alí es un palestino de Saffuriya, un pueblo cerca de Nazareth, y un refugiado en su propia patria desde 1948. Pasó la mayor parte de su vida adulta en Tel-Aviv, casado con una judía con la que tuvo a su hija Yasmin. Mograbi y Alí empiezan juntos la preproducción y la búsqueda de locaciones que atestigüen la historia perdida que comparten. Empiezan a aparecer cartas de Beirut, filmadas en Súper 8. Las cartas cuentan la historia de amor y de pérdida entre un hombre y una mujer, separados cuando se volvieron a trazar las fronteras de Medio Oriente. Una vez entré a un jardín fantasea con un “antiguo” Medio Oriente, donde las comunidades no estaban divididas con líneas étnicas y religiosas.



- Claude Lanzmann: una referencia tan ineludible como enojosa para el documental contemporáneo, el realizador de la canónica Shoah insiste con su obsesivo combate contra el concepto de la "banalidad del mal", acuñado por Hanna Arendt cuando presenció el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalem. Oscilando entre la autoridad y el autoritarismo, Lanzmann quiere inhibir la posibilidad de ver el mínimo atisbo de banalidad en el proyecto nazi. Ahora rescata una de las entrevistas que habían quedado afuera de Shoah: en El último de los injustos Lanzmann dialoga con el rabino Benjamin Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del gueto de Theresienstadt sobre el rol que jugó Eichmann en la creación del gueto de Theresienstadt.

- Claire Simon: la directora francesa viene a la apertura del DocBuenosAires para presentar sus dos nuevas películas, vistas recientemente en Locarno: el documental Geografía humana y la ficción Gare du Nord, las dos filmadas en una gran estación ferroviaria parisina.

- Pescado rabioso, una utopía incurable, de la argentina Lidia Milani muestra el reencuentro del grupo, después de 38 años en el recital “Spinetta y las bandas eternas” en de diciembre del 2009. La cámara espía los ensayos y las situaciones que se producen: chistes, abrazos, música y profundas charlas con los integrantes de Pescado Rabioso acerca del significado de volver a tocar juntos, recordando qué pasaba en Argentina en los comienzo de los años 70 y con la sensación de que un cambio se estaba produciendo en el mundo.

Y hay mucho más. Y la programación completa se puede consultar acá.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Venganza por uno de mis ojos

Un cine del malestar


por Oscar Cuervo

"Creo sinceramente -dijo ayer la Presidenta en la Asamblea General de las Naciones Unidas- que impedir el ingreso de Palestina puede ser visto tal vez por algunos como algo beneficioso para el Estado de Israel. Pero déjenme decirles, desde la autoridad que nos da ser un país que ha sufrido el flagelo del terrorismo internacional, que impedir que Palestina forme parte de esta Asamblea es seguir dándoles coartadas a los que ejercen el terrorismo”. El discurso fue en ese momento interrumpido por aplausos. Y Cristina siguió: "Que Dios ilumine a quienes tienen que tomar esta trascendental y estructural decisión en el mundo para lograr mayor equilibrio. Y que Palestina pueda tener este año su asiento número 194; estoy segura de que así vamos a contribuir a vivir en un mundo no solamente más seguro, sino también en un mundo más justo”.

Cristina seguro sabía (como todos sabían) que Estados Unidos hará uso de su poder de veto para impedir el reconocimiento del Estado Nacional Palestino: Obama había reiterado poco antes “el compromiso inquebrantable de Estados Unidos con la seguridad de Israel”; lo que traducido en palabras directas quiere decir: negarle al pueblo palestino el derecho a tener una nación reconocida por el mundo. Las llaves de ese reconocimiento siguen estando hoy en manos de poquísimos.

Hace un par de días decía Jorge Asís en su página web:

"'Porque el proyecto tiene que pasar por el Consejo de Seguridad'. Y por ahí Palestina, con seguridad, no pasa.

"Estados Unidos anima el llamado Cuarteto para la Paz para el Medio Oriente. Junto a la dividida Unión Europea, Rusia y la ONU. El Cuarteto toma, al boceto de reconocimiento, como una 'decisión unilateral'. Para retomar el diálogo dilatador que lleva -para Palestina- dos décadas de postergaciones, con los tratados de Oslo y Camp David incluidos. Mientras Israel -consideran- profundiza la política colonizadora con asentamientos extendidos.

"Sin rigurosa contabilidad, a esta altura, ya suman alrededor de 140 países que se encuentran dispuestos a proporcionarle, a Palestina, el objetivo institucional que procura su máxima autoridad.

"Estado soberano, independiente y autónomo".

El conflicto paelstino-israelí, desgraciadamente, parece que nunca pasa de moda. Cuando este invierno programé los dos ciclos de cine que estamos proyectando ahora (los viernes "Una vida en canciones" en Zorzal Mané, barrio de San Telmo; los sábados "Políticas del cine" en La Tribu, Almagro) no me di cuenta de que en una misma semana íbamos a proyectar Venganza por uno de mis ojos de Avi Mograbi (este sábado en La Tribu) y Vals con Bashir de Ari Folman (el viernes 30 en San Telmo). De modo que estamos a punto de empezar una semana (no calculada, cruzada de un barrio a otro) de cine palestino-israelí. Menos que menos podía saber, cuando programé los ciclos, que esta misma semana el tema volvería a avivarse a partir de la propuesta palestina en la ONU y el veto norteamericano.

No estoy del todo seguro de cuál es razón, pero siempre que se toca este tema en los ciclos de cine que programo se desatan las discusiones más ríspidas. Pasó en los años anteriores, cuando vimos Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel (el extraordinario y monumental diario de viaje realizado por el israelí Eyal Sivan y el palestino Michel Khleifi), tanto como cuando fue el turno de Z32 (la última hasta el momento de Mograbi) o la misma Vals con Bashir. Es, indefectiblemente, un tema sensible y los ánimos siempre se crispan.


Quizá deba confiar en el cine mismo: porque estas películas (la gran mayoría de las que hemos pasado son realizadas por cineastas israelíes que asumen una posición muy crítica hacia las políticas del estado de Israel) evidencian estar hechas desde el malestar.

Y Avi Mograbi parece ser un especialista en el tema del malestar. Sus películas no despiertan demasiadas certezas -de hecho, puede considerarse una prueba viva de que el cine político no tiene que estar necesariamente fundado en certezas-; tampoco producen conmiseración ni odio. Más bien es el malestar la sensación más persistente. Un cine de la incomodidad, lo cual refuta que el cine político facilite el confort de las consignas proclamadas, en primer lugar, a los que ya están convencidos. La impresión verdaderamente inquietante que causa la visión de sus películas es que la cosa sigue sucediendo mientras miramos la pantalla y una vez que la película termina: películas filmadas en el más molesto presente; que la solución dista de estar cerca; que la madeja está muy enredada y los intereses para mantenerla así son muy fuertes. Y sobre todo: que una sociedad moderna, culta, con acceso a la información y necesidades básicas satisfechas, puede consentir formas brutales de humillación a un pueblo oprimido. Avi Mograbi es ese "comunista postmoderno" (como se definió cuando lo entrevistamos hace unos años), un israelí al que le va  más o menos bien, pero se siente mal con los suyos, y que de ese malestar supo hacer un cine a su medida.

Ninguna consideración sobre el cine político contemporáneo podría dejar de lado a Mograbi, dada su decisión de colocarse en un filo inestable: entre lo público y lo privado, entre el documental y la ficción, entre la observación de los otros y una incómoda auto-exhibición. ¿Narcisismo? ¿Honestidad descarnada? ¿Retórica pensada para molestar a sus semejantes? Mograbi siempre camina por el borde. Como una escena persistente en su cine: en ese punto de cruce que cada mañana los palestinos tienen que atravesar para ir al trabajo, para llevar a sus hijos a la escuela o a sus ancianos a un médico, y que dará lugar a ásperos roces con las fuerzas del ejército israelí. En esos puntos de cruce se coloca el cuerpo y la cámara de Mograbi con su densa materialidad, con el lente apuntando hacia esos compatriotas que no quieren ser filmados, mientras hacen lo que Mograbi detesta ver.

Este sábado a las 19:30 en Lambaré 873, Venganza por uno de mis ojos, de Avi Mograbi (2005).

jueves, 15 de octubre de 2009

Cómo aprendí a vencer mis miedos y a amar a Arik Sharon



Avi Mograbi
por Jean-Louis Comolli

“De film en film, Avi Mograbi, cineasta israelí, construye una obra sin paralelo en el cine mundial. Obrar, abrir. Cuatro películas hechas de ecos y rebotes, como una fuga musical: Cómo aprendí a vencer el miedo y a amar a Arik Sharon (1997), Feliz cumpleaños Sr. Mograbi (1999), Agosto, antes de la explosión (2002) y Venganza por uno de mis dos ojos (2005). Cada película en el presente de la situación política y militar en Israel, pero también en el presente afectivo, es decir a la vez comprometido y distanciado, del hogar Mograbi, lugar de debate político y de la casa Mograbi, pequeña empresa familiar de producción cinematográfica.
Siempre se trata de un film por hacerse, lo que se llama por convención un documental, aquí y ahora, sobre el momento y la situación, Israel y Palestina, la ocupación militar y la Intifada, la religión y la política, la colonización y los atentados. Pero, antes que nada, se trata de Mograbi, sus semejantes y sus otros... otros y semejantes que interpretan por turnos el papel de demonios tentadores. Y el cineasta se debate, por teléfono, con estas voces que le demandan que filme o lo disuaden de filmar; Mograbi duda, ¿filmar a pesar de todo?, ¿no filmar a pesar de todo?

La película que vemos es la historia de las dificultades encontradas al hacerla, dificultades que harán el film indispensable e imposible. O casi. Todo Mograbi cabe en ese casi. Porque, a pesar de todo, habrá un film. Al borde del renuncia. O más bien sobre los bordes, a partir de dos bordes (al menos): del interior de Israel, del interior de la Palestina ocupada. Mograbi está animado de una inestabilidad fundamental que lo empuja a atravesar las fronteras interiores, exteriores, simbólicas, mentales, pero también estilísticas, en una serie de idas y vueltas que oscilan en torno a la detención y la espera en el check point. La mezcla explosiva de agitación e inmovilidad que caracteriza sus films resuena (o razona) con la presión maníaca que nace exactamente allí donde Mograbi quiere filmar...” (Jean-Louis Comolli, Cahiers du Cinéma, noviembre 2005).



Avi Mograbi, el director israelí que menos le gusta a Ariel Sharon
por Horacio Bernades, Página 12, 26/04/2002

Convencido de que su país debería devolverle a los palestinos los territorios ocupados (y también de que políticos como Netanyahu o Sharon jamás lo harán), a estas cuestiones ha dedicado Mograbi toda su filmografía. Sus documentales no se parecen a ningún otro, ya que no sólo están narrados en primera persona, sino además actuados por el cineasta, que no tiene pruritos en fusionar ficción y documental, realidad y comedia, crítica y sátira. En la retrospectiva pueden verse sus tres últimas realizaciones, y la buena noticia es que el festival las reprograma de aquí al domingo. Se trata de How I learned to overcome my fears and love Ari Sharon (De cómo aprendí a vencer mis miedos y amar a Ari Sharon, 1997), Happy Birthday, Mr. Mograbi (1999) y August: A moment before eruption (Agosto: un momento antes de la erupción, 2002).

Filmadas en video –lo cual incrementa su efecto de “película casera”–, todas las películas de Mograbi empiezan con el realizador hablando a cámara, siempre envuelto en algún dilema de difícil resolución. El que habla no es exactamente el realizador, en verdad, sino más bien el personaje que Mograbi decidió encarnar, y que –aunque siempre se trata de un documentalista– varía de película en película. En How I learned..., Mograbi se confiesa obsesionado por la figura del actual primer ministro Ari Sharon, emblema de la derecha israelí. Decidido a filmar la campaña para primer ministro de 1996 (que finalizó con el triunfo de Netanyahu, hombre de Sharon), el personaje–Mograbi tiene al principio todos los recelos posibles hacia Sharon, pero de a poco no podrá evitar simpatizar con este halcón con piel de paloma, hasta que el final lo encuentre bailando como un perfecto imbécil, durante un acto de apoyo a Netanyahu.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El sábado en La Tribu, Z 32

El excepcional documental de Avi Mograbi es la segunda película del ciclo "Palestinos e istaelíes en el cine contemporáneo"


por oac

El film Z 32, de Avi Mograbi (que proyectaremos este sábado a las 19:30 en Lambaré 873) está centrado en el testimonio que da un joven soldado israelí acerca de su participación en un operativo organizado por el ejército de su país contra un puesto policial palestino. En el operativo asesinan a varios policías palestinos. Esta acción se hizo en represalia por el anterior asesinato de unos militares israelíes, según el principio del “ojo por ojo, diente por diente”. Los palestinos masacrados ni siquiera tenían que ver con el asesinato previo de los militares israelíes. Según el sistema jurídico vigente en Israel se trata de un crimen, pero la acción es organizada y ejecutada por fuerzas del estado.

A pesar del dramatismo del episodio, Z 32 adopta tono de ligera cotidianeidad: el propio soldado le cuenta a su novia lo que hizo, en una situación íntima en la que la pareja se filma a sí misma (son los personajes reales los que aparecen). Hay varios motivos para estimar la excepcionalidad del film, pero el decisivo es este: Mograbi no cede a la tentación de estimular la cómoda indignación del público ante el relato de este crimen de estado por parte de uno de sus ejecutores. En lugar de eso, pone en marcha un sutil dispositivo en el que cuatro distintas voces (la del soldado y la de su novia, la del cineasta y su esposa), se alternan y dialogan, se superponen y contradicen, se preguntan y vacilan sobre la el estado de conciencia en el que un individuo puede realizar un acto así y en el que una sociedad puede consentirlo.



Corina Setton y yo le hicimos una entrevista a Mograbi el año pasado cuando vino a presentar su película en el DOCBSAS/08:

- Las operaciones militares como las que la película muestra, ¿son conocidas por el grueso de la población?

- La historia de Z32 fue publicada en el segundo diario más leído de Israel, tuvo una nota de 4 páginas en una revista del fin de semana, que es la más leída, y sin embargo no hubo ningún debate público sobre el tema.

- ¿Este operativo militar es considerado un delito por el sistema jurídico israelí?

- Sí, por supuesto, si alguien pudiera llevarlo a la justicia, es un delito. Pero el sistema jurídico militar no tiene ningún interés en que suceda, porque se tendrían que acusar a sí mismos.

- ¿Es decir que no hay una justicia independiente del poder militar?

- No. Absolutamente.

- ¿Esto no sería una de las claves para considerar que no es una democracia en sentido pleno?

- Es lo mismo que la democracia norteamericana, por ejemplo.

- La exhibición de la película en Israel se hace en circuitos independientes o marginales.

- Sólo en cinematecas, para un público muy pequeño, unas 3000 personas. Lo van a pasar en un canal de cable que coprodujo el film. El rating de este canal es bajo, pero las películas se pasan muchas veces y a la larga las terminan viendo la misma cantidad que si la pasaran en un canal comercial. Pero la diferencia es que si se pasara en un canal comercial, a la mañana siguiente todos estarían comentando lo que vieron.

- Es decir que no habría una censura directa pero podría considerarse una censura comercial.

- Yo no lo llamaría censura. Porque la única preocupación de los canales comerciales es el dinero. Para mí la censura implica una decisión conciente.

- ¿Generalmente en las familias no se habla de estos temas?

- Algunos hablan y otros no. Porque el servicio militar es un factor central en la identidad israelí, que en muchas familias se discute y se lo hace libremente. Pero no puedo decir lo que pasa en todas las casas.

- Parecería haber una disociación: saben lo que hacen, pero puede que no lo sientan.

- Veamos qué pasa con la novia del soldado. Por un lado cognitivamente ella puede decirle: lo que hiciste fue un asesinato. Pero sigue con él, no se va, incluso participa en el juego que él le plantea de contar su historia. Tiene vergüenza, pero lo intenta igual. Y toda su participación en la película tiene que ver con su ligazón con él.

- ¿El protagonista es conciente de estar aportando un testimonio que cuestiona al ejército israelí?

- Claro. Y una de las cosas absurdas de esta situación es que, antes de ser reclutado, el soldado había votado a un partido de izquierda.

- Esto significa que tenía de antemano una conciencia crítica hacia la política de estado.

- Sí, pero evidentemente al reclutarse se volvió una máquina de guerra, tal como quería el estado. Parece que su punto de vista político quedó superado por el entrenamiento militar que recibió.

- Es difícil entender esa combinación: que haya una conciencia política previa y que sin embargo él se preste a esa función.

- Es que en Israel hemos desarrollado la capacidad de vivir sin practicar los valores en que creemos.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Palestinos e israelíes

El nuevo ciclo de cine de La otra
Comienza el próximo sábado
Hoy lo anticipamos en la radio




Sábado 3 de octubre: Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel (2002), dirigida por Eyal Sivan y Michel Khleifi.



Sábado 10 de octubre: Z 32 (2008), dirigida por Avi Mograbi.



Sábado 17 de octubre: Cómo aprendí a vencer el miedo y amar a Arik Sharon (1996) dirigida por Avi Mograbi.



Sábado 24 de octubre: Vals con Bashir (2008), dirigida por Ari Folman.

Medio oriente: esa zona caliente del mundo donde los conflictos son no necesariamente otros que los que nosotros vivimos. Quizá sean los mismos, sólo que más explícitos.

La televisión no puede ayudarnos a comprenderlo. El cine contemporáneo puede: no para contar la cantidad de cadáveres, no para reproducir los discursos de ocasión de los líderes mundiales, sino para sumergirnos en la vida cotidiana de los territorios ocupados, un espacio y un tiempo donde la guerra y la paz ya no son discernibles.

Hoy en
La otra.-radio anticipamos el ciclo en diálogo con José Miccio (ver nota en revista La otra 21). FM La Tribu, 88.7. Medianoche.

jueves, 7 de mayo de 2009

Hablando de documentales



por Oscar A. Cuervo

Mientras en Buenos Aires se está proyectando la retrospectiva del cineasta israelí Avi Mograbi, acá en el MARFICI el asunto del cine documental centra la atención de los debates. La competencia internacional de este festival está íntegramente dedicada al documental lo cual también permite apreciar a cuán distintos objetos cinematográficos se puede llamar de esta manera.

Ayer participé de un interesante debate sobre las perspectivas del género documental en el siglo XXI. En la mesa también estaban los cineastas Jorge Goldemberg y Patricio Coll (directores de Regreso a Fortín Olmos, que aún no vi), Leandro Colás (director de Parador Retiro) y el suizo Daniel Künzi (de quien se está exhibiendo aquí una retrospectiva).

Mi participación se centró en proponer algunas hipótesis (quizá no demasiado originales, pero justas desde mi punto de vista) y brindar algunos ejemplos. Mi idea es que no existen algo así como dos conjuntos de objetos a los que podamos llamar con propiedad "películas de ficción" y "documentales" respectivamente. Se trata más bien de dos etiquetas bajo las cuales se agrupan distintos tipos de películas, clasificación que fracasa cada vez que aparece un film de categoría indecidible (lo cual es afortunadamente cada vez más frecuente).

Creo que la distinción entre ficción y documental es un intento, conceptualmente fallido pero a su modo eficaz, de dar cuenta de dos fuerzas que impulsan las posibilidades cinematográficas en direcciones divergentes: por un lado, la capacidad de registro mecánico del aparato cinematográfico (que deja impresas huellas de luz sobre una película); por el otro, su caracter de experiencia alucinatoria, la que se desencadena en el momento de la proyección: a pesar de que la pantalla sólo recibe imágenes fijas, vemos imágenes móviles; además, el espectador de cine se coloca en una posición que alguien denominó de submotricidad: está sentado en una butaca, inmóvil, en silencio (esto no vale para los pochocleros), en una sala a oscuras, ante una pantalla de dimensiones enormes (esto no vale para la visión de películas en un monitor). Ello lleva a la experiencia cinematográfica hacia una especie de onirismo.

Capacidad de registro y cualidad alucinatoria son dos fuerzas en pugna, presentes en cualquier film, aunque en algunas películas predomina el peso del registro y en otras lo alucinatorio. Quizá en este predominio de uno u otro descanse la distinción que en las primeras décadas del siglo XX quedó fijada en los "géneros" documental y ficción. Quizá por razones industriales la producción de films de ficción tomó la delantera en seguida y el documental quedó relegado a un lugar marginal (hasta el punto en que muchos espectadores prefieren pensar que sólo las ficciones son "películas"). Y sobre esta reducción se sobrepuso otra: la ficción adoptó el modelo narrativo de la novela del siglo XIX, mientras que el documental tomó como modelo al discurso científico. Por eso se multiplicaron con el correr de los años los documentales con "voice over", una palabra desencarnada que desde el fuera de campo fija el sentido de lo que vemos. Más adelante, a medida que la televisión fue ganando terreno, los documentales de divulgación científica (histórica, biográfica, geográfica, zoológica) fueron encontrando en el cuadrado televisivo su hábitat natural. Y finalmente, el modelo científico del documental se encontró con su hermano bastardo: el documental periodístico de entrevistas (llamado cine de talking heads).



Obviamente que estas mutaciones (en realidad empobrecimiento) fueron impulsadas por las condiciones de producción y consumo de las imágenes cinematográficas y no por la exploración de sus posibilidades artísticas. Hablamos aquí de la corriente principal, idea que continuamente puede ser puesta en jaque por muy respetables excepciones. Lo cierto es que nada de esto impide que en toda película siga existiendo esa capacidad de registro y esa pulsión alucinatoria.

Pero en las últimas décadas se empiezan a producir ciertos movimientos: por un lado el agotamiento del modelo narrativo industrial, extenuado en sus rutinas (lo que lleva al mainstream a recurrir a zagas, trasposiciones de historietas, series televisivas y bests sellers, tanto como a las remakes de films exitosos); por el otro, un auge del registro documental, facilitado por los avances tecnológicos (cámaras de video y luego digitales) que hacen que filmar sea cada vez más fácil y económico. Esto puede explicar que en la producción independiente -aquella que no está necesariamente atada a los circuitos de distribución comercial- el llamado documental tenga una presencia cada vez más descollante.

Después de proponer estas hipótesis, un poco como corolario de esta idea de las dos tendencias (registro y alucinación), señalé algunas posibilidades interesantes que ofrece el cine del siglo XXI:

- En primer lugar, una mutación del modelo que se distancia de la ciencia y se acerca a la forma poética. El mejor ejemplo que se me ocurre es el film alemán The Halfmoon files, que descubrí precisamente en un MARFICI anterior. Lo que aparece en películas como esta es una interrogación dirigida hacia la materia misma con que se construyen los "documentales": los documentos. ¿Qué es un documento? parecen preguntar películas como The Halfmoon files (también otras como Tarnation, o los films de found footage de Bill Morrison). Lo que en el modelo científico se supone que es simplemente el registro sobre un soporte material de un hecho o un acto objetivos, en films como Halfmoon.. o Tarnation aparecen con un espesor propio y resistente: por lo general, en el documento sólo tendemos prestar atención al acto documentado (lo que se deja ver en el rectágulo de la pantalla) y se nos pierde de vista el acto mismo de la documentación (el fundamento de lo que vemos y que siempre queda fuera de campo).

Así, The Halfmoon files parte de un archivo de registros lingüísticos y etnográficos depositados en un museo alemán, para terminar descubriendo en qué condiciones fueron realizados estos registros: los que aparecen en estos documentos hablando en lenguas extranjeras y practicando ceremonias religiosas son prisioneros de un campo de concentración de la Primera Guerra, el Campo de La Medialuna, en el cual los científicos alemanes hacían "investigaciones de campo". El film retrocede desde lo que vemos en esos documentos hacia lo que no vemos: los documentalistas/captores de sus objetos de estudio. Nos lleva a pensar no en las culturas exóticas documentadas, sino en la voluntad de poder de los documentalistas. El narrador presenta a este film como una historia de fantasmas, porque quiere ponerse en contacto, a la distancia, con esas personas reales cuyas voces y rostros quedaron impresos en los documentos. Mientras la ciencia sólo pretende ver en ellos ejemplos, "casos" particulares de Tipos Generales (la famosa aspiración a la generalidad de la Historia, cuando se escribe con mayúsculas), The Halfmoon files quiere hacer emerger la singularidad de ese prisionero desconocido que una tarde de 1916 fue obligado a dejar la huella de su voz sobre un disco de pasta. Si la idea de "objetividad" encuentra serios escollos epistemológicos en el ámbito mismo de la investigación científica, una película como The Halfmoon files puede ser comprendida como la venganza de la poesía contra la ciencia.



- La otra posibilidad interesante es la de aquel cine basado también en el registro de hechos reales, pero donde se pone en cuestión el lugar desde el cual se enuncia: films que presentan el revés de la trama, la cocina donde todo director/editor decide qué recorte hace del registro de los hechos, cómo los encuadra y organiza, qué es lo que deja afuera de la pantalla. El ejemplo más a mano de esto es precisamente la filmografía de Avi Mograbi. Si Avi está permanentemente preocupado por el conflicto palestino israelí, estos films no son meramente un reflejo de este conflicto, sino la puesta en acto de la preocupación personal de un cineasta israelí culto, burgués, de ideas progresistas, en continuo debate con sus connancionales acerca de la cuestionabilidad de la política israelí. Mograbi no "cuenta" simplemente lo que va pasando en relación con este conflicto, sino que hace películas donde se pregunta (y le pregunta al espectador) qué puede hacer como cineasta al respecto.

La inteligencia de Avi es que para autocuestionarse (Nicolás Prividera dice en M que ser de izquierda es hacerse autocrítica y que quien no se autocritica no es de izquierda) acude a resoluciones estéticas siempre nuevas, que derriban las barreras entre lo público y lo privado: aparece en su propio living, dialogando con el espectador (a veces cantando, como en Z32), o hasta discutiendo con su esposa sobre la pertinencia de su punto de vista. Además, cada escollo en el terreno de la documentación de los hechos es transformado por Mograbi en una oportunidad para exhibir esa dificultad fáctica como una parte más del problema (por ejemplo, la necesidad de enmascarar digitalmente el testimonio de un soldado de elite israelí que confiesa haber participado en crímenes de guerra). Estos films son políticos en sentido eminente, no porque bajen línea o porque llamen a los espectadores a pasar a la acción (como si se tratara de un sermón religioso que aconseja a otros salvarse mediante obras de caridad), sino porque la película misma se coloca en el corazón del problema, o quizá mejor: se vuelve ella misma problema político/artístico. Se ubica en esa zona turbulenta en la que caen las distinciones férreas entre lo objetivo y los subjetivo, lo privado y lo público, lo personal y lo político.

En el debate posterior a la mesa, un asistente se dirigió a los realizadores de Regreso a Fortín Olmos para manifestar que él conocía personalmente Fortín Olmos y que sentía que no estaba objetivamente reflejado en el film, sino inclinado a ilustrar una tesis política que los cineastas llevaban de antemano. No vi aún la película, por lo que no puedo decir nada sobre ella. Pero se me ocurrió lo siguiente: esta objeción parece partir del supuesto (para mí profundamente equivocado) de que "hay" un Fortín Olmos objetivo, que queda del otro lado de la pantalla, al que se puede acceder fácilmente trasladándose físicamente hacia allá, donde se encuentra la verdad de la realidad objetiva; que los cineastas son mediadores de esa realidad, que si son honrados deberían abstenerse de manipular los documentos allí recogidos, y que el espectador es el que, si todo esto sucede felizmente, ve el Fortín Olmos real a través de la película.

Mi intervención en ese intercambio consistió en señalar que para mí no es esa la manera más precisa de pensar la política de un film. No se trata de un viaje físico o imaginario a Fortín Olmos a través del vehículo fílmico, porque hay un hecho político al que tenemos acceso directo cuando vemos un film político: y ese hecho es el film mismo. Que un cineasta me convoque a ver su film es un hecho político completo y concreto: es su mirada y es mi mirada, un diálogo de miradas y a veces un duelo de miradas. La idea de una "no-manipulación" es un postulado precisamente ideal, mientras lo concreto es la experiencia de lo que la película me muestra y lo que yo soy capaz de ver en ella, tanto más polémica cuanto menos se pongan de acuerdo la mirada del realizador (que no es otra cosa que el primer espectador de una película) y la del que podríamos llamar espectador segundo, es decir: el que ha sido convocado a ver.

El realizador recorta, orienta, ordena y a veces hasta manipula (en un sentido tramposo). Pero en toda película siempre hay mucho más que lo que el director puede ver. Un cineasta deja muchas más huellas que las que quiso dejar y es capaz de detectar (el ejemplo más típico es M). Y ese es precisamente el poder del espectador: ver no sólo lo que el director ha recortado, sino el recorte mismo y el acto de recortar.

(Ah, y a veces llegan cartas...)

miércoles, 29 de abril de 2009

Z32: el auténtico cine político no apela a la indignación



por Oscar A. Cuervo

Por fin se estrena en Buenos Aires Z32
, el último film de Avi Mograbi, centrado en el testimonio de un joven soldado israelí sobre su participación en un operativo organizado por el ejército de su país contra un puesto policial palestino. En el operativo asesinan a varios policías palestinos. Esta acción se hizo en represalia por el anterior asesinato de unos militares israelíes, según el principio del “ojo por ojo, diente por diente”. Los palestinos masacrados ni siquiera tenían que ver con el asesinato previo de los militares israelíes. Según el sistema jurídico vigente en Israel se trata de un crimen, pero la acción es organizada y ejecutada por fuerzas del estado.

A pesar del dramatismo del episodio, el film está narrado en un tono de ligera cotidianeidad: el propio soldado le cuenta a su novia lo que hizo, en una situación íntima en la que la pareja se filma a sí misma (son los personajes reales los que aparecen).

Hay varios motivos para estimar la excepcionalidad del film, pero el decisivo es este: Mograbi no cede a la tentación de estimular la cómoda indignación del público ante el relato de este crimen de estado por parte de uno de sus ejecutores. En lugar de eso, pone en marcha un sutil dispositivo en el que cuatro distintas voces (la del soldado y la de su novia, la del cineasta y su esposa), se alternan y dialogan, se superponen y contradicen, se preguntan y vacilan sobre la el estado de conciencia en el que un individuo puede realizar un acto así y en el que una sociedad puede consentirlo. El resultado no apuesta a sobreactuar la condena del acto, condena perfectamente justa en la dimensión jurídica, sino a incluir al espectador en el cuadro, no como juez sino como parte del problema. Es una forma más genuina de hacer un cine político que la de bajar línea y más productiva que la de golpear bajo: Mograbi inquieta y hace pensar.

Este episodio en manos de un cineasta más rutinario, o incluso más inclinado a la sentencia moral, podría dar lugar un documental de valor testimonial, pero en manos de Mograbi se vuelve una experiencia incómoda y también una reflexión sobre el ser de la imagen cinematográfica. Mograbi se incluye a sí mismo -cosa común en su filmografía- como el cineasta que en primera persona se pregunta -y nos pregunta- por su propia posición ante el personaje que retrata y lo hace cantando una sonata compuesta por su hijo. Canta, refiriéndose a la propia película que vemos:

Es una colaboración que tal vez esté un poco fuera de lugar
Mi esposa me pide que no lo filme aquí en esta sala
Ella dice:
«Esto no es material para una película,
no entiendo a donde conduce todo esto
por qué ayudarlo (al soldado) e encontrar su camino
«Es una fábula asquerosa
un musical que no vale un centavo:
El hace de pecador arrepentido,
tú el supuesto observador
que sacarás tajada de otra película profunda».

Y no se trata de una interrogación retórica: vemos que la mujer le pide que no filme al soldado en el propio hogar de ellos; seguidamente vemos al soldado situado en ese living testimoniando a cámara. Mediante el film mismo, Mograbi cuestiona el límite de lo público y lo privado, presta su casa (y su película) para que el soldado rompa el silencio, no con el fin de que se redima, sino para hacernos participar de una conciencia más profunda, que contenga la voz de ese Otro (el terrorista de estado) que el punto de vista jurídico se limita a reducir a objeto judiciable. No se trata de indignarse ante el ejecutor del terrorismo estatal (posición que parece asumir la mujer de Mograbi). No se trata de juzgar, ni de condenar ni de absolver, sino de algo más difícil: comprender.

Hay otro rasgo notable en Z32, la originalísima forma en que el director resuelve un difícil obstáculo para realizar la película: el soldado no puede aparecer a cara descubierta contando la acción criminal en la que participó, eso lo expondría, no sólo ante los familiares de los palestinos asesinados, sino también ante el ejército israelí que resulta cuestionado por su testimonio. Al comienzo, Mograbi aparece probándose una media que oculta sus rasgos, pero llega a la conclusión de que así no se puede hablar ni respirar bien. En adelante, la película ensaya diversos modos de ocultar la cara del testigo: efecto blur, fuera de foco, encuadres elusivos, máscaras digitales cada vez más perfecctas. En determinado momento parece que el ocultamiento cesa y que finalmente vemos al soldado a propia cara descubierta: vemos a un muchacho de rasgos amables, que se expresa con frescura. De pronto se produce una especie de lapsus visual: el muchacho gesticula y al mover las manos atraviesa eso que creíamos que era su cara y advertimos que se trata de una capa incrustada entre el verdadero rostro y la superficie de la pantalla, que esa cara que se nos había hecho familiar es un fantasma digital. Lo amigable se vuelve siniestro y Z32 deja de ser sólo un testimonial para transformarse en un film de horror. Y no se trata de un horror ajeno al sentido político del film, sino del que se siente cuando detrás de un rostro conocido aparece súbitamente el Otro.

Acompañando el estreno de Z32 se llevará a cabo una retrospectiva completa de su director en la sala Leopoldo Lugones:

-Lunes 4: Venganza por uno de mis dos ojos (Nekam Achat Mishtey Eynay; Israel/Francia, 2005). Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 17, 19.30 y 22 horas (100’)

-Martes 5: Cómo aprendí a vencer el miedo y a amar a Arik Sharon (Eich Hifsakti L'fahed V'lamadeti L'ehov et Arik Sharon; Israel, 1997). Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 17, 19.30 y 22 horas (62’).

-Miércoles 6: Feliz cumpleaños, Señor Mograbi (Yom Huledet Same'ach Mar Mograbi; Israel/Francia, 1999). Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 17, 19.30 y 22 horas (77’).

-Jueves 7: Agosto: un momento antes de la erupción (August: A Moment Before the Eruption; Israel/Francia, 2002). Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 17, 19.30 y 22 horas (72’).

-Viernes 8: Cómo aprendí a superar mi miedo y a amar a Arik Sharon (Eich Hifsakti L'fahed V'lamadeti L'ehov et Arik Sharon; Israel, 1997) Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 16 y 17.30 horas (62’)
-Z-32 (Israel/Francia, 2008). Dirección: Avi Mograbi. A las 19.30 y 22 horas (81’)

-Sábado 9: Feliz cumpleaños, Señor Mograbi (Yom Huledet Same'ach Mar Mograbi; Israel/Francia, 1999). Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 16 y 17.30 horas (77’)

-Z-32 (Israel/Francia, 2008). Dirección: Avi Mograbi. A las 19.30 y 22 horas (81’).

-Domingo 10: Agosto: un momento antes de la erupción (August: A Moment Before the Eruption; Israel/Francia, 2002). Dirección: Avi Mograbi. A las 14.30, 16 y 17.30 horas (72’)
-Z32 (Israel/Francia, 2008). Dirección: Avi Mograbi. A las 19:30 y 22 horas (81’).

-Viernes 15, sábado 16, domingo 17, viernes 22, sábado 23 y domingo 24: Z-32 (Israel/Francia, 2008). Dirección: Avi Mograbi. A las 19.30 y 22 horas (81’).