miércoles, 29 de julio de 2026

Efecto Nolan: de Oppenheimer a La Odisea

De la fisión nuclear al naufragio homérico

Las primeras secuencias de Oppenheimer delatan la clausura prematura de una fórmula. Christopher Nolan despliega su acostumbrada pirotecnia de cortes de cuatro segundos e inserts de chispas y ondas expansivas, amalgamados con los pomposos violines de Göransson, motor de combustión interpuesto para fabricar urgencias artificiales. Sacudidos en un calesita mundana de cortes de pelo, bigotes, canas, arrugas, ojeras, demacrados más gordos que hace un rato, mientras viran las escalas cromáticas que fechan del ocre en color decolorado al blanco y negro azulado: la dificultad inicial de lectura (se) agota rápido y dura para siempre. Como si se tratara del trailer de una película que se estrena la semana próxima, en la que veremos en orden cronológico lo que ahora vemos revuelto: discusiones conversas, jugadas de pizarrón, teorías fisicas, intrigas geopolíticas, ofensas raciales, complejos de inferioridad, insinuaciones sexies, psicoanalisis al paso, hinduismo, mucho cinismo y ninguna flor. ¿Cuál de todas estas cosas sería la que vamos a jerarquizar? ¿Qué eje organiza el todo? ¿La cuántica o la psicopatía? 

Nolan podrá decirnos al oído: es que viste todo desde la mente abotagada del tipo que hizo lo necesario para que la bomba anduviera, de modo que su memoria se parece a lo que yo supongo que es la teoría cuántica: un montaje abotagado.

La Odisea es, como Oppenheimer, Inception, Tenet o Interestelar, una huevada ampulosa, basada en ideas intrincadas sobre la entropía invertida o el fin de la edad de bronce. La tesis organizadora es "el flagelo de la guerra", o "a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo". Extenuante el esfuerzo mental que habría que hacer para ligar la cantidad de detalles, nombres y conexiones necesarios para que cada secuencia conserve algún sentido.

En este parque de atracciones el tema es un mero pretexto. El elenco opera bajo la lógica del actor como reloj humano. Figuritas repetidas -Matt Damon, Cillian Murphy, Robert Pattinson o Casey Affleck- giran en un carrusel donde sus cuerpos intercambiables vestidos con escafandras, trajes militares o harapos antiguos funcionan como señalética de diseño: un indicador temporal para que el espectador ensamble el mapa sin detenerse a pensar en la sustancia.

Quizá sea Dunkerke el único caso en el que Nolan moderó y moduló su habitual dispersión narrativa en un sobrio diseño de solo tres tiempos superpuestos en un acorde menor, propicio a dejar fluir la emoción. En cambio, La Odisea agrava la inflación. Nolan está envalentonado por haber logrado el presupuesto requerido para garantizar el gigantismo que él supone necesario para navegar los mares de la epopeya fundacional. Su ancho de bastos es la cámara IMAX a full que en las películas anteriores solo pudo usar de a ratos. IMAX es el santo y la seña: los espectadores no quieren las peripecias de Homero sino las escalas descomunales de una cámara que amenaza con tragarte junto a las sirenas y el grandulón bobo de un solo ojo. Para que todos digan qué bien filmado, qué bárbaro.

Nolan opera mediante lo que David Bordwell denominó "linealidad fragmentada": esquemas convencionales y predecibles que se fracturan artificialmente en el montaje para obligar al espectador a mantenerse ocupado uniendo las piezas. El espectador se entretiene en descular no ya el sentido sino el mero orden del relato. Lo que se produce en pocos minutos y a lo largo de todo el metraje es un aplanamiento de todas las capas sin ninguna jerarquía de sentido. La ciencia o el mito son en su cine solo invocaciones, guiños para incluir a los que nunca volverán a preocuparse por asuntos semejantes. El pequeño requisito es haber leído antes una sinopsis de La Odisea sólo para saber si Circe viene antes o después del Caballo. El reduccionismo psicologista es idéntico a Oppenheimer: el viaje mítico y la dimensión colectiva de una civilización quedan aplastados para encajar en la neurosis de manual de un individuo con trastorno de estrés postraumático.


El propósito declarado de Nolan de filmar en celuloide y respetar la imagen analógica funciona como marketing del fetichismo material, un egotrip auteurista frente al imperio digital de la época. La trampa es evidente: el montaje es tan triturado que anula la posibilidad de un principio de realismo. La gigantografía IMAX es una promesa experiencial que solo alcanza a un porcentaje menor de los espectadores globales, mientras la mayoría consumirá la versión híbrida que traduce la imagen a lo digital, comprando tan solo una ilusión analógica.

El daño colateral más grave de la cruzada de Nolan es artístico. Al aceptar que su obra sea un polimorfo que cambia de forma según la pantalla, Nolan derriba el pilar que separaba al cine de la televisión y de la industria audiovisual: la precisión del plano. Si el director más taquillero de la industria le muestra al mundo que un plano puede cortarse un 40% arriba y abajo sin que la película muera, le extiende un cheque en blanco al algoritmo del streaming para que altere el plano a los efectos del consumo. Nolan, sin quererlo, legitima la idea de que el cine es contenido maleable y no una estructura cerrada. Amenaza letal para jóvenes cineastas: no importa que pases horas afinando la geometría de un encuadre, el mercado lo va a estirar, encoger o recortar para que encaje en el smartphone o la sala disponible del multiplex.

miércoles, 22 de julio de 2026

Volvió la campaña antiargentina

¿Hay otra campaña antiargentina en el exterior, desatada por el Mundial, como en el 78?

Existen antecedentes a los que habría que prestar atención y se olvidaron rápido. Hace pocos meses Messi estuvo en una escena montada por Trump en la que amenazaba con aniquilar la civilización iraní en una noche. Se ve que para los argentinos hay cierta memoria selectiva para algo tan reciente pero ¿cómo creemos que cayó en el mundo musulmán esa sonrisa algo despistada de Messi? Porque yo recuerdo que en ese momento muchos nos preguntamos si Messi entendía de qué estaba participando. Algunos futboleros salieron a preservar a Messi de su propio descuido. Con eso no estoy diciendo que esa percepción de un Messi cómplice sea justa, pero trato de ponerle algo de racionalidad a esta reacción que ahora escala como "defendamos a la Patria de la campaña antiargentina". 

Las ofensas a la historia argentina también hay que buscarlas en el discurso de Milei en Davos, delirio paranoide, misógino, homofóbico, que expresa la voz más extrema y abyecta de la derecha global, mucho más ofensiva que esa "conspiración woke" que ahora se tiende a identificar como nuestro enemigo declarado. ¿La sociedad argentina no debe asumir que la investidura presidencial nos implica a todos, que haber votado varias veces a Milei nos afecta colectivamente? Para emprender una lucha anti colonialista primero habría que identificar las propias miserias nacionales. 

El gesto de Lo Celso y los otros pibes de la selección que la semana pasada levantaron la bandera de Malvinas es histórico y enaltecedor, pero aparece en el contexto de otras señales problemáticas. La bandera por Malvinas hizo un recorrido extraordinario desde la prohibición de la FIFA respaldada por el propio gobierno argentino. Algunas personas escribieron el cartel y lo llevaron a escondidas para arrojarlo en la cancha y fue levantado por los jugadores, en un espíritu que se remonta al Maradona de 1986 y en los días previos al partido estaba flotando. La filiación maradoniana hizo que los jugadores argentinos se pusieran en esa línea que ahora vuelve a aparecer en las canchas argentinas: son varias las hinchadas que empezaron a levantar la bandera de Malvinas en un proceso indetenible. 

La semana pasada apareció inmediatamente la objeción ideológica de izquierda en el sitio web Jacobin. Bhaskar Sunkara, fundador de la versión estadounidense de Jacobin, cuestionó la bandera de la Selección argentina afirmando que "Las Malvinas son argentinas" había sido la consigna de una dictadura militar que asesinó a miles de activistas y procuró salvarse mediante una aventura irredentista. Sunkara replicó así la perspectiva de una izquierda anglosajona, que interpretó el gesto de los jugadores como una manifestación prodictadura de chauvinismo reaccionario. Ante eso, Jacobin América Latina plantó una postura adversa y publicó un ensayo de Martín Mosquera titulado "Malvinas y la cuestión nacional". Argumentó que limitar el reclamo a 1982 es un error analítico que regala la causa al nacionalismo reaccionario. Lamentablemente ese interesante debate interno de sitios como Jacobin es arrasado por la lógica de polarización del algoritmo. 

Ayer apareció Pedro Rosemblatt desde Gelatina a decir que para él cualquier argentino, incluso milei, le resulta preferible a todo extranjero, incluso "los zurdos". Un claro retroceso en la dinámica reactiva del ideal de los nacionalismos "puros". La dinámica futbolera del mundial y la de los algoritmos tienden a reducir problemas contradictorios a posiciones básicas, reactivas e irracionales.

"Primero está la patria, después está la ideología" -dice Rosemblatt a los 10 minutos de este programa- "seas peronista, seas de izquierda, seas de derecha, no me importa. Yo prefiero a cualquier argentino, aunque sea gorila, aunque sea libertario, que a cualquier progre español, que a cualquier zurdo chileno. No tengo ninguna duda: primero la patria y después, mucho después, la ideología, la doctrina, el partido político, el movimiento...". 

Nadie de los que está en esa mesa le plantea el más mínimo debate, porque todos están capturados por reaccionar a "la campaña antiargentina". 

viernes, 17 de julio de 2026

Nadie sabe lo que puede una sábana

Las repercusiones en la prensa internacional por el cartel "Las Malvinas son argentinas", exhibido por los jugadores de la Selección Argentina después de la semifinal del Mundial 2026 que dejó a los inlgeses fuera de juego, se dividen  entre la indignación y demandas de castigo en el Reino Unido y el foco en el debate reglamentario o la épica deportiva en el resto de Europa y América. Mientras el equipo de Messi y Scaloni se prepara para disputar el domingo el campeonato mundial, el gesto político posterior a la victoria escaló a un conflicto de nivel diplomático y deportivo.

La prensa británica y sus principales tabloides reaccionaron con  dureza frente a la pancarta que sostuvieron Giovani Lo Celso, Cristian Romero y Lisandro Martínez, con el acompañamiento o el consentimiento tácito del resto del plantel:

- The Sun tituló en portada "Arrogancia de Argie" y calificó el cartel de "repugnante" y "deplorable", recordando que la población de las islas votó masivamente a favor de seguir siendo británica.

- Daily Mail recalca que la exhibición violó directamente la prohibición que la FIFA había impuesto en la previa del partido, considerando el acto como una provocación.

- BBC Sport siguió de cerca el reclamo formal del gobierno británico ante la FIFA. Algunos medios ingleses replicaron la postura del secretario de Comercio, Peter Kyle, quien tildó el gesto de "totalmente inapropiado". También se hicieron eco de declaraciones políticas extremas, como las del líder liberal demócrata Ed Davey, que exigió que los jugadores sean excluidos de la final. Exasesores conservadores pidieron revocarles a los jugadores involucrados las visas de trabajo en la Premier League.


Fuera del ámbito británico, la cobertura de los medios europeos puso la lupa en el reglamento estricto de la FIFA, aunque sin el tono de agravio personal de los ingleses:

-L'Équipe (Francia) optó por centrar su atención en lo futbolístico, elogiando la vigencia de Messi. Bajo el título "Lo volveron a hacer" destacó la capacidad de remontada del equipo, minimizando el impacto de la pancarta en su crónica principal.

- Diario AS (España) advirtió: “Argentina se la jugó” por desafiar las normativas de la FIFA, porque la acción podría empañar o complicar la antesala de la gran final debido a una inminente sanción.

Los medios latinoamericanos abrieron un debate sobre los límites de los mensajes de identidad nacional en el deporte. CNN en Español lo trata de manera neutral, describiendo el trasfondo de la disputa histórica por las islas; se pregunta si la FIFA debe castigar un reclamo soberano que forma parte de la Constitución Argentina. TeleSUR destaca el  respaldo popular en redes sociales hacia la Selección por sostener la causa latinoamericana, marcando la contradicción entre las restricciones corporativas y el sentir popular.

En las señales deportivas de alcance regional (como ESPN o Fox Sports Latam) el enfoque predominante fue comprender al plantel argentino, cuestionando la hipocresía de las autoridades del fútbol. Compararon la actual respuesta airada con la liviandad con la que la UEFA y la FIFA manejaron históricamente los mensajes políticos europeos en las canchas, como los gestos pro-ucranianos. Ninguna federación sudamericana (la CBF de Brasil, la FCF de Colombia o la FPF de Perú) emitió comunicados condenando el gesto.

La prensa internacional coincide en recordar que el artículo 34.3 del reglamento del torneo prohíbe taxativamente la exhibición de cualquier mensaje político, religioso o personal. En el Mundial 2014 los jugadores agitaron un cartel idéntico antes de viajar a Brasil y la FIFA aplicó una multa de US$ 33.000 a la AFA. La FIFA aplica de manera estándar multas de entre US$ 5.000 y US$ 40.000 por introducir la política en los estadios.

¿Y con eso que?

La reacción indignada de la prensa amarilla y de la dirigencia británicas solo verifica el impacto que logró la decisión de los jugadores de plantar el reclamo por Malvinas en el escenario global de mayor alcance: no hay evento de cualquier tipo, no solo deportivo, que reúna audiencias tan descomunales de todo el mundo. Ni existen portadores de un mensaje que conciten mayor atención que los jugadores de fútbol, sobre todo si son vencedores y más todavía si acaban de derrotar a un país poderoso. Ningún reclamo hecho por vía diplomática sobre la soberanía de Malvinas podría provocar el efecto de la sábana pintada a mano, que se convierte en objeto radiactivo para el poder corporativo mundial y también local. Una gambeta de la hinchada argentina coronada por los jugadores termina reponiendo el espíritu maradoniano y reivindica la insolencia del díscolo Alberto Rattin, muerto hace unos días, que en el Mundial de 1966, jugado en Inglaterra, se atrevió a manosear un banderín inglés. Las amenazas de sanción son la respuesta esperable de los que manejan las instituciones, pero es imposible disciplinar el sentimiento popular con el declinante poder colonial. ¿Cuántos  miles de dólares vale una mojada de oreja así? 

La asimetría entre las herramientas diplomáticas tradicionales y el impacto de un gesto espontáneo en el evento más visto del planeta es precisamente lo que define el fenómeno de la cultura futbolística argentina. Para la AFA o para los jugadores, una sanción económica de decenas de miles de dólares es un costo marginal insignificante en comparación con el valor de posicionar el reclamo en las portadas de los diarios globales. En términos de marketing político o concientización, comprar una audiencia de miles de millones de personas por esa cifra sería una ganga imposible de conseguir por vías instituidas. La indignación del establishment británico y la rigidez de la FIFA parten de una premisa falsa: que el fútbol puede aislarse de la historia y el contexto social de quienes lo juegan. Las amenazas de la FIFA y de los políticos ingleses son mecanismos de autodefensa. Las instituciones necesitan disciplinar estos actos porque le temen al precedente. Si el fútbol se acepta abiertamente como una plataforma de reivindicación de los pueblos oprimidos o en disputa, el control del espectáculo se les escapa de las manos. Su respuesta es siempre burocrática y se mide en fajos de dólares. La reacción furiosa de los tabloides de Londres demuestra que el objetivo de la jugada se cumplió.

La máquina de cortar boludos

El cartel de "Las Malvinas son argentinas" expuso otra vez las contradicciones del gobierno de Milei. La combinación entre un plantel indócil al libreto corporativo, los escándalos de corrupción locales y el debate de la Ley de Tierras en el Senado generan un cimbronazo político indisimulable. El incidente muestra al mileísmo en offside. Esperaron el Mundial para usarlo de cortina de humo para salir del clima de escándalos de corrupción como $LIBRA o Adorni. Intentaron instalar que los peronistas hacían una campaña anti-selección, respaldándose en recortes out of context de figuras que no son voceros orgánicos del peronismo. 

Milei sostiene una reivindicación acrítica de la figura de Margaret Thatcher, uno de los personajes mas repudiados por el pueblo argentino como responsable del crimen de guerra contra los tripulantes del Crucero ARA General Belgrano en 1982. La vigencia del reclamo popular por Malvinas lo empuja hacia una posicion extremadamente incómoda: ¿cómo aprovechar la euforia mundialista con una narrativa propia, pro-norteamericana, pro-israelí y pro-británica, antinacionalista y anti soberanista, cuando los máximos idolos populares, en su momentum, se hacen eco los reclamos históricos? ¿El gobierno va a respaldar las posibles sanciones?, ¿va a reprocharle al equipo de Messi con la misma agresividad con que trata a los dirigentes peronistas? ¿va a volver a reivindicar los derechos británicos? Y si la selección es recibida por una multitud conmovida, sea cual fuera el resultado del domingo, ¿cómo capitalizar la movilización después de dejar a los jugadores sin defensa ante las amenazas corporativas? 

La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva coordinó con el FBI y la FIFA la prohibición  de ingresar insignias de Malvinas, asumiendo el rol de gendarme de las corporaciones deportivas. La vicepresidenta Victoria Villarruel rompió el libreto oficial y celebró el cartel: “Nos prohibieron ingresarlas al estadio, pero se olvidaron de que las llevamos en la sangre”, lo que generó un duro cruce de chats  con Bullrich, que la acusó de maleducada. El oficialismo pretendía tratar ayer en el Senado la llamada "Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada", bautizada por la oposición como la "ley de extranjerización", cuyo fin es eliminar el tope del 15% para la compra de tierras rurales por parte de capitales extranjeros. El debate quedó descalzado. Tratar un proyecto que abre el territorio nacional a fondos privados de procedencia incierta en el mismo instante en que el país vibra con un sentimiento anticolonial se volvió inviable. Ante la falta de votos garantizados en medio del clima patriótico propiciado por el triunfo deportivo y el cartel viralizado, la estrategia de los Milei es aguantar el cimbronazo de la final del domingo. Esperan que em agosto, una vez que baje la espuma,  la agenda económica diaria (inflación, tarifas y el invierno) vuelva a atomizar a la sociedad y se retome la rosca fuera de los reflectores.

La ultraderecha gobernante supuso siempre que la línea de los jugadores comandados por Messi mantendría una asepsia renuente a asumir cualquier desafío al poder corporativo. Confiaron en que "Messi no es Maradona". Fogonearon la dicotomía: el Maradona "rebelde, político y plebeyo" contra el Messi "prolijo, familiar, corporativo y mudo". Esta construcción buscó formatear un héroe digerible para las lógicas de mercado y el individualismo meritocrático. Ahora la desesperación de figuras como Eduardo Feinmann, al descubrir que esa frontera no existe, los pone en evidencia. Cuando Messi y los otros jugadores validan el cartel de Malvinas, admitiendo que para el sentir popular el enfrentamiento con Inglaterra se impregna de connotaciones más hondas, se activa para los admiradores de Thatcher un efecto criptonita. Messi dice ante uno de los tantos micrófonos que requirieron su palabra: "Yo soy feliz de poder regalarle esta alegría a la gente. Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar, que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando. En la vida nuestra lo que nos tocó siempre es poder regalarle estas alegrías a ellos, estar en una final del mundo una vez más, meter dos finales del mundo seguidas, volver a meternos entre los mejores...". Feinmann desde su púlpito en Mitre y A24 comenta alarmado: "Ahora sí, ya Messi es Maradona, porque dijo que la gente la pasa mal y no llega a fin de mes".

Todo lo que puede una sábana de hotel pintada a mano.

miércoles, 15 de julio de 2026

Obsession (Curry Barker, 2026): un vértigo imprevisto

Primera parte 

I

El éxito descomunal de Obsession radica en el acierto de haber democratizado el horror a través de una máxima modestia material y moral. Nunca se logró tanto con tan poco: esta frase no solo aplica al milagro del presupuesto de 750 mil dólares frente a los 426 millones recaudados hasta ahora -lo que la convierte en la película low budget más taquillera de todos los tiempos-. Aplica sobre todo al laconismo figurativo del mal que plantea la película.

"Deseo que Nikki me ame más que a nadie..." le pide Bear al tronquito: es una expresión de un narcisismo tan básico y universal que cualquier espectador se descubre a sí mismo habiendo deseado algo parecido en algún momento de la vida. Es la fantasía romántica más tóxica pero a la vez más extendida: el deseo de ser el centro absoluto del universo de la otra.

Al despojar al principio detonante de toda pátina de malicia refinada o de sadismo, Obsession logra lo aterrador: muestra que para desatar el desastre más absoluto no se necesita ser un psicópata ni un "monstruo moral". Solo alcanza con un instante de debilidad egocéntrica cruzado con una total inmadurez. Bear no es un maldito; es un pibe común que aprieta enter sin medir las consecuencias, y uno se horroriza porque sabe que podría haber formulado exactamente el mismo deseo genérico.

En la historia del cine de terror, los objetos malditos suelen ser imponentes, góticos o amenazantes: la configuración de los lamentos de Hellraiser, el libro de los muertos de Evil Dead o los muñecos poseídos cargados de iconografía siniestra. Obsession rompe con esta regla al presentar un objeto de una simplicidad algo cómica, un simil tronquito que al salir de la caja de cartón rústico emite unos ruidos de juguete y lucecitas infantiles, una estética de la modestia y lo vagamente cómico.

La pareja protagónica, Inde Navarrete y Michael Johnston, son sencillamente extraordinarios. Curry Barker, el director, es un muchacho de 26 egresado de youtube al que habrá que prestar suma atención.

II

El impacto que Obsession desató en el plano sociocultural, al convertirse en un fenómeno de masas sin precedentes por su manera orgánica e incalculada de instalarse como la película de bajo presupuesto más exitosa de la historia y, a pocos meses de su estreno, una de las 10 películas de terror más convocantes en términos absolutos, requiere una interpretación más cuidadosa: ¿qué elementos cinematográficos hay en la obra de Curry Barker que puedan considerarse estímulos no espurios ni meramente marketineros de tal conmoción? ¿Por qué la película convoca en masa a una generación de nativos digitales que no vivió la experiencia del terror del siglo xx y ahora hace su aprendizaje de la potencia inquietante del cine? 

De pronto aparece una película que se gana el merecimiento de que la generación Z y la más joven generación Alfa vayan a hacer su experiencia iniciática en el encanto incitante de la sala oscura, el templo que los que crecimos en el siglo anterior damos casi por perdido. Criados bajo la lógica del clip y la sobreexplicación digital, con el auge de comunidades como ObsessionTok, acostumbrados a consumir datos lineales y contenido masticado, el encuentro con una obra de terror analógica genera una ansiedad y una seducción viscosa que permiten conjeturar los motivos del impacto de una película que no se destaca por el exceso de gore ni por un marketing milimétrico. 

La dinámica de comunicación digital moldeó el boca a boca que convirtió a la película en hito, considerando la curva sorpresiva de la asistencia del público de la primera a la tercera semana de exhibición: en esa subida se anticipa el shock cultural que provoca la envidia de un Hollywood que ya no es capaz de movilizar personas sin apelar a las franquicias fatigadas. 

Lo muy interesante de Obsession se reconoce en sus aspectos anómalos y ello no remite principlamente a la sociología de la comunicación de los jóvenes. Podría encuadrarse bajo la mirada de una crítica cinematográfica clásica. No se trata solo de un producto diseccionado por miles de youtubers y tiktokers que andan a la pesca de la presa de las "escenas eliminadas" o "el final explicado", o descuartizan las escenas en clips de 20 segundos en los que se aísla el detalle inequívoco: lo usual de esta época. Eso efectivamente está pasando: rápidamente se trató de disciplinar la ambivalencia oscura y el fuera de campo peligroso que instaura con armas de puro cine el joven Barker, para traducirlos en prospectos de corrección política que detectan los momentos incómodos y los neutralizan. Pretenden postular las claves edificantes que diferencien cuándo el protagonista Bear se transforma en un macho abusador, a pesar de que el personaje en pantalla no se parece para nada a eso. O dictar cuando Nicky, la chica que tanto miedo da en pantalla, tiene que pensarse en términos de pobre víctima que pide ayuda, o desdoblarla en una Nicky real e inocente y una Nicky-fantasma-perverso que responde a la voluntad del macho. Estas lecturas proliferan, para reducir el horror a una fábula para principiantes sobre el abuso y el consentimiento. 

Si la película fuera, como esta proliferación adoctrina, una receta para tomar el veneno del cine en dosis que eviten su toxicidad -un peligro que la cultura actual esquiva obsesivamente- e instruyera sobre las maneras correctas de iniciarse en el sexo y el amor -tópicos que Obsession reaviva-, es probable que la atracción aluvional que ejerce no terminara de entenderse. Además de esa dimensión sociológica, la obra de Barker puede ser disfrutada y analizada con armas críticas, con la misma seriedad que se ganaron Vértigo o El exorcista. Podría incluso conquistar el interés de la generación adulta que añora la vuelta a las salas porque se siente cautiva de las plataformas on demand. Esto será motivo de una continuación de esta nota.




(continuará)

jueves, 2 de julio de 2026

Los caminos que Cristina propone no llevan a su libertad sino a nuestra derrota


Todo el despliegue que se hace desde San José 1111 abona la idea de que Cristina prefiere perder y por eso no se dedica a construir un candidato propio sino a minar a Axel. Eso es lo imperdonable. 

¿Por qué no señala un candidato y va a internas? En cambio, a lo que se dedica es a "inundar el terreno de mierda" (como dice Stve Bannon): lo pone a Pichetto a hacer campaña, manda a Berni y Moreno a descalificar a Axel, algunos de la Cámpora piden "Cristina presidenta", sin explicar cómo eso sería viable y otros quieren poner en marcha un "operativo clamor" para poner a Máximo como candidato. También están los que dicen que negocia con Massa para que vuelva a ser candidato. 

2+2=4. Si hacés todos esos movimientos juntos es que estás dispuesta a todo lo necesario para que Axel pierda. Porque Massa vuelve a perder, Máximo candidato va a quedar tercero o cuarto detrás de Myriam Bregman. Tener como voceros a Berni, Moreno e Ishii te muestra que no le interesa sumar a nadie sino que no cuenta con mejores referentes para hacerle daño a Axel. Hay una sola lógica para interpretar todos estos movimientos simultáneos de Cristina: quiere que pierda el peronismo

Yo quiero que ella esté libre pero el camino que ella propone no lleva a su libertad sino a nuestra derrota. 

Se equivocó fiero cada vez que decidió sola quién es el candidato. Desde Insaurralde 2013 no pega una y fue capaz de elegir a los tipos más infumables sin dejar crecer a una dirigencia joven kirchnerista: tragamos sapos a rolete: Scioli, Insaurralde, Alberto, Massa. ¿No te parece que su rol como conductora ya caducó? ¿Vamos a seguir esperando que nuestra suerte quede en manos de su dedo muy falible? ¿No está claro que es la artífice de todas nuestras derrotas desde hace más de 10 años? 

El sofisma de la Cámpora es traficar una candidatura de ellos bajo la aparente consigna "Cristina Presidenta", sin mostrar ninguna conexión lógica entre la consigna y la táctica. Solo los que no quieren pensar no pueden ver que es un camino ineludible hacia la derrota. 

Axel es el primer candidato en 15 años al que votaríamos con confianza y justo ahora Cristina despliega un abanico para impedirnos votarlo. Los cristinistas tienen que abrir los ojos porque están aferrados a una ilusión caduca.

miércoles, 1 de julio de 2026

Yo lo vi, me sonrió y se volvió a marchar

Cómo nos golpea la muerte. No digo esa pavada de "se mueren todos los buenos" porque al final nos morimos todos. No se debe moralizar la muerte. Pero Melingo murió exactamente el día en que se cumplía un año de la muerte de mi mamá, así que la noticia me encontró en modo luto. 

Además Daniel Melingo es un artista especial, de esos que se meten en la memoria íntima. 

El año pasado cuando volví a los recitales en medio del duelo fui a ver a Melingo al CCK. Mucho antes lo conocí una tarde en el Auditorio Kraft, en medio de una performance llamada "Juicio al doctor Moreau". Esa primera velada también vi por primera vez a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro, Fernando Noy, las Bay Biscuits... en el público estaba, cómo no, Charly. Un espectáculo teatral dada… dadaísta con canciones. Ahí escuché por primera vez a Andrés cantando Tristezas de la ciudad, por ejemplo. Me estaba introduciendo en el underground ochentista previo al fin de la dictadura. Unos meses antes había visto por primera vez en el Teatro de la Cortada a los Redonditos de RIcota, cuando el sótano de Venezuela todavía no era el Parakultural y Patricio Rey todavía no eran "el Indio". Mi fascinación por Melingo era casi secreta. ¿Quién más le estaría prestando atención en ese momento? Poco después aparecieron Los Abuelos de la Nada y los mejores temas de los Abuelos eran los de Melingo. Y lo mismo con los Twist, que aparecieron un tiempo después: los mejores temas eran los de Melingo. Particularmente uno del segundo disco, La máquina del tiempo, que cerraba el lado A, titulado "Viéndolo", un homenaje a Viendo a Biondi y uno de los temas "distintos" de los Twist, sin comicidad ni parodia, donde Melingo exploraba en una textura del dream pop que en el 81 sonaba a algo que solo con el correr de los años se iba a comprender. Cuando a mediados de los 80 tuve que hacer mi primer corto en 16 mm para el CERC puse "Viéndolo" en la banda de sonido. No me equivoqué: difícilmente se convertiría en hit un tema tan exquisito pero 40 años despúes sigue sonando exquisito, sobreviviendo con más lozanía que cualquier otro de los Twist. 

Después de que en los 80 Melingo pasara a formar parte de la banda de Charly solista vino un apagón de él, desapareció por años. Hizo Lions in Love, donde retomaba ese impulso vanguardista de Viéndolo. Después me enteré que estuvo un tiempo internado en el Borda y reapareció con los Tangos Bajos. Con el correr del tiempo, ese artista que siempre había quedado en la segunda línea de la atención de todos pasó a convertirse en figura por sí mismo. En la última década brilló como uno de los mejores de toda la escena. Su despliegue integral, como cantante, como letrista, como instrumentista y como performer lo volvió único en su especie. Alrededor suyo giraba un universo. No es verdad que se mueran solo los buenos: nos morimos todos, pero en estos años la muerte no nos está dando tregua: hay un patrón en los que partieron: Gabo, Palo, el Indio, ahora Melingo: ellos configuraban el espíritu de estos años, poetas oscuros. Lo que se está yendo es el espíritu que animó la noche porteña de la segunda mitad del siglo 20, cuyo resplandor todavía nos alcanza.

Puedo ver una luz en la oscuridad
La siento venir, no la ve ningún hombre más
Decís que esté callada, que no haga caras raras
También quisiera verlo pero no puedo ver nada
Qué placer, qué placer siento al ver lo que nadie ve
Y vos estás de nuevo diciendo cosas raras
Se esfuerza mucho el cuerpo, se nubla la mirada
Muy cerca de mí puedo ver una luz brillar
Por más que me lo expliques yo no lo voy a entender
No se ve
Yo lo vi, me sonrió y se volvió a marchar
Soy feliz, ahora sé que soy inmortal
Por más que me lo expliques yo no lo voy a entender
Por más que me convenzas yo no lo voy a creer
No se ve, no se ve
Puedo ver una luz en la oscuridad
La siento venir, no la ve ningún hombre más
Puedo ver una luz en la oscuridad
La siento venir, no la ve ningún hombre más
Yo no lo veo, padre Bormann
¿Ceguera?
¿Acaso mis ojos no pueden llorar?


sábado, 27 de junio de 2026

El poder desgasta… a quien no lo posee

por Lidia Ferrari

Giulio Andreotti, uno de los máximos exponentes de la democracia cristiana italiana que gobernó casi 50 años en Italia, escribió un libro: Il potere logora... ma è meglio non perderlo. El poder desgasta… pero es mejor no perderlo. Su frase más famosa es “El poder desgasta… a quien no lo posee”. Uno de los problemas del kirchnerismo, pero más precisamente de Cristina, fue que, si es cierto el decir de muchos, no importaba tanto en el 2015 perder las elecciones porque pensaban regresar después de cuatro años. Craso error, enorme error. Perder el gobierno en un país donde, como decía la misma Cristina, acceder al gobierno no es acceder al poder, fue crucial y trágico para los argentinos. Los que vinieron después, con todo el poder real detrás, hicieron añicos tantas conquistas obtenidas. Cristina no asumió esa derrota. Volver con AF fue un triunfo de ella que rápidamente se convirtió en derrota al convertir al elegido en su enemigo. Otra derrota que culminó en la peor de todas, el acceso al gobierno de Milei. La década ganada se convirtió en década perdida, también por la propia mano. 

La frase de Andreotti calza con esta situación argentina, pero también podríamos hablar del desgaste que supone no resignarse a perder lo que se ha perdido. En Latinoamérica hubo un López Obrador que supo generar una sucesión imprescindible para impedir el acceso al gobierno de los enemigos del pueblo. CFK no está al margen de lo que ha sucedido en el país desde 2015. No es la culpable, pero,  a pesar de no haber vuelto a la presidencia, continuó siendo la líder del movimiento peronista. El enojo de una masa considerable de sus seguidores proviene precisamente de eso, de no hacerse cargo de los propios reveses, adjudicándoselos a otros. La terriblemente injusta condena a prisión que sufre hizo resurgir, como es lógico que sea, la solidaridad del pueblo que lidera. Pero no puede opacar los trágicos problemas que está sufriendo el pueblo argentino desde 2015. Todo lo que ese pueblo tiene para agradecerle parece estar rifándose en pos de empeñarse en un rol que no calza bien: liderar sin construir una genuina sucesión, y ver los errores ajenos y no los propios. 

Por eso recordé la frase de Andreotti, ningún santo de devoción. El poder desgasta cuando no se lo tiene. Pero negar que se lo ha perdido produce mayor desgaste, pues carcome la astucia de una gran líder política. 

Postdata: Escribir esto duele, pero hay que enfrentar la realidad, porque lo que importa no es ni Cristina ni nadie en particular, sino el desastre en el que se está hundiendo la Argentina por obra de la entrega del país al saqueo. Por esa razón era imprescindible que Macri no accediera al gobierno ni Milei tampoco. 

jueves, 25 de junio de 2026

El disparo de la memoria: sobre Para hacer una película solo hace falta un arma


En la Argentina actual la destrucción de la memoria audiovisual se consolida como una de las pocas políticas de estado. La inexistencia de una cinemateca nacional funciona como síntoma de una hostilidad persistente que se agrava con una decisión política reciente: el despido de Paula Félix-Didier, que estuvo a cargo de la dirección del Museo del Cine durante 18 años haciendo un trabajo reconocido y respetado. Parece que el proyecto dominante en la nación odia el cultivo de la memoria. 

En este contexto aparece una película: Para hacer una película solo hace falta un arma. La aparición de unas latas de películas oxidadas sirve como disparo de una epopeya en el sentido propio de la palabra, no una épica cualquiera sino una cadena de hazañas e infortunios que traspasan una y otra vez desde el mundo de los vivos al de los muertos, de la ficción al documento, ida y vuelta, cuyo desenlace realiza en acto en la propia película la pervivencia de una cinematografía íntegra en su incompleción. En esas latas del comienzo aparecen los restos vivos pero heridos de una corriente juvenil de los años sesenta y setenta, un movimiento que permaneció olvidado hasta que alguien las encuentra en un viejo depósito de la Universidad Nacional de Córdoba. Son rollos de 16 mm que sobrevivieron a los hongos, a la humedad y al borramiento de la dictadura.

Con pedazos de películas apenas identificables por medio de etiquetas adheridas solo en algunas latas, en correlación con papeles amarillos mecanografiados y guardados por años en cajones de la universidad, Santiago Sein podría haber empezado una tarea aplicada de rescate de la memoria de esos años de fuego, pero decide algo más: una película que se piensa a sí misma en el proceso de narrarse, la restitución de una época que aguarda en las latas, el montaje como resurrección de una generación que vence en su pulsión artística y militante al polvo y los aparatos de exterminio. 


Con unos fragmentos encontrados pueden hacerse muchas cosas y Sein juega a hacerlas. Unas manos vacilantes abren las latas y aparecen rollos llenos de herrumbre, examinados a trasluz hasta montarse en el mecanismo por el que la vida dormida empieza a primero a despertar y en seguida a conectar presentes pasados y futuros. Las películas en la película aparecen en su materia raída, la banda magnética y las perforaciones, sus marcas de serie de negativo y su manipulación trabajosa. Desde esa materialidad enlaza un presente maltrecho, éste, con aquel otro ahora intenso que Para hacer... declara abolida toda posición teológica de la cinefilia. 



En este presente roto donde la mendacidad avanza, toda leyenda heroica puede negarse a la melancolía y erguirse desde unos cuerpos frágiles y vivos. No hay edad titánica a la que nos sea lícito evocar si nos conectamos en la continuidad de las plazas. Por eso, cuando al cabo del trayecto recuperan la cámara expropiada por el terrorismo de estado y la moviola descompuesta se repara, el grupo de aquellos jóvenes cineastas que sobrevivió a la dictadura va junto al equipo de la película a filmar la marcha del 24. Aparición con vida ahora significa no un milagro religioso sino una tarea del presente.

miércoles, 24 de junio de 2026

Intentos de un canon cinematográfico periférico I

Periferia de la luz: el llamado de las sombras
   

La caída de la casa Usher. Jean Epstein, 1928

I walked with a zombie. Jacques Tourneur, 1943

La hora del lobo. Ingmar Bergman, 1968

El ejército de las sombras. Jean Pierre Melville, 1969


Invasión. (Hugo Santiago, 1969)

Asalto al precinto 13. John Carpenter, 1976

En un año con trece lunas. Rainer Werner Fassbinder, 1978

JLG/JLG, autorretrato en diciembre. Jean Luc Godard, 1994

Confesión. Aleksandr Sokurov, 1998

I don't walk to sleep alone. Tsai Ming-liang, 2006

Autohystoria, Raya Martin, 2007

Morrer como um homem. Joao Pedro Rodrigues, 2009

An elephant sitting still. Hu Bo, 2018

3SCOMBROS. Raúl Perrone, 2021

La terminal. Gustavo Fontán, 2023

Alguna vez un amigo me encargó armar mi propio canon cinematográfico para publicarlo en su sitio web. Mi pensamiento quedó trabado en el choque que se produce entre la noción de canon y los criterios exclusivamente personales. Hace poco se me ocurrió el concepto de canon periférico -más bien: una serie indefinida y siempre abierta de listas-, lo que no hace referencia a una localización geocultural, ni tampoco a listas de películas de segunda selección, sino a modos más caprichosos o contingentes para agrupar películas que considero que improbablemente ingresen a canon alguno.

Empiezo por esto: películas cuya potencia expresiva se halla en que exploran en el límite de la visibilidad, en las que las sombras invaden el plano y provocan la actividad de la retina. Quiero pensar en la singularidad de la experiencia de percibir las sombras proyectadas en salas inmensas y oscuras. Considero que estas 15 películas son en todos los casos obras maestras y me agradaría que algún lector sintiera curiosidad por verlas. 

Más adelante sigo.