jueves, 2 de julio de 2026
Los caminos que Cristina propone no llevan a su libertad sino a nuestra derrota
miércoles, 1 de julio de 2026
Yo lo vi, me sonrió y se volvió a marchar
Cómo nos golpea la muerte. No digo esa pavada de "se mueren todos los buenos" porque al final nos morimos todos. No se debe moralizar la muerte. Pero Melingo murió exactamente el día en que se cumplía un año de la muerte de mi mamá, así que la noticia me encontró en modo luto.
Además Daniel Melingo es un artista especial, de esos que se meten en la memoria íntima.
El año pasado cuando volví a los recitales en medio del duelo fui a ver a Melingo al CCK. Mucho antes lo conocí una tarde en el Auditorio Kraft, en medio de una performance llamada "Juicio al doctor Moreau". Esa primera velada también vi por primera vez a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro, Fernando Noy, las Bay Biscuits... en el público estaba, cómo no, Charly. Un espectáculo teatral dada… dadaísta con canciones. Ahí escuché por primera vez a Andrés cantando Tristezas de la ciudad, por ejemplo. Me estaba introduciendo en el underground ochentista previo al fin de la dictadura. Unos meses antes había visto por primera vez en el Teatro de la Cortada a los Redonditos de RIcota, cuando el sótano de Venezuela todavía no era el Parakultural y Patricio Rey todavía no eran "el Indio". Mi fascinación por Melingo era casi secreta. ¿Quién más le estaría prestando atención en ese momento? Poco después aparecieron Los Abuelos de la Nada y los mejores temas de los Abuelos eran los de Melingo. Y lo mismo con los Twist, que aparecieron un tiempo después: los mejores temas eran los de Melingo. Particularmente uno del segundo disco, La máquina del tiempo, que cerraba el lado A, titulado "Viéndolo", un homenaje a Viendo a Biondi y uno de los temas "distintos" de los Twist, sin comicidad ni parodia, donde Melingo exploraba en una textura del dream pop que en el 81 sonaba a algo que solo con el correr de los años se iba a comprender. Cuando a mediados de los 80 tuve que hacer mi primer corto en 16 mm para el CERC puse "Viéndolo" en la banda de sonido. No me equivoqué: difícilmente se convertiría en hit un tema tan exquisito pero 40 años despúes sigue sonando exquisito, sobreviviendo con más lozanía que cualquier otro de los Twist.
Después de que en los 80 Melingo pasara a formar parte de la banda de Charly solista vino un apagón de él, desapareció por años. Hizo Lions in Love, donde retomaba ese impulso vanguardista de Viéndolo. Después me enteré que estuvo un tiempo internado en el Borda y reapareció con los Tangos Bajos. Con el correr del tiempo, ese artista que siempre había quedado en la segunda línea de la atención de todos pasó a convertirse en figura por sí mismo. En la última década brilló como uno de los mejores de toda la escena. Su despliegue integral, como cantante, como letrista, como instrumentista y como performer lo volvió único en su especie. Alrededor suyo giraba un universo. No es verdad que se mueran solo los buenos: nos morimos todos, pero en estos años la muerte no nos está dando tregua: hay un patrón en los que partieron: Gabo, Palo, el Indio, ahora Melingo: ellos configuraban el espíritu de estos años, poetas oscuros. Lo que se está yendo es el espíritu que animó la noche porteña de la segunda mitad del siglo 20, cuyo resplandor todavía nos alcanza.
sábado, 27 de junio de 2026
El poder desgasta… a quien no lo posee
por Lidia Ferrari
Giulio Andreotti, uno de los máximos exponentes de la democracia cristiana italiana que gobernó casi 50 años en Italia, escribió un libro: Il potere logora... ma è meglio non perderlo. El poder desgasta… pero es mejor no perderlo. Su frase más famosa es “El poder desgasta… a quien no lo posee”. Uno de los problemas del kirchnerismo, pero más precisamente de Cristina, fue que, si es cierto el decir de muchos, no importaba tanto en el 2015 perder las elecciones porque pensaban regresar después de cuatro años. Craso error, enorme error. Perder el gobierno en un país donde, como decía la misma Cristina, acceder al gobierno no es acceder al poder, fue crucial y trágico para los argentinos. Los que vinieron después, con todo el poder real detrás, hicieron añicos tantas conquistas obtenidas. Cristina no asumió esa derrota. Volver con AF fue un triunfo de ella que rápidamente se convirtió en derrota al convertir al elegido en su enemigo. Otra derrota que culminó en la peor de todas, el acceso al gobierno de Milei. La década ganada se convirtió en década perdida, también por la propia mano.
La frase de Andreotti calza con esta situación argentina, pero también podríamos hablar del desgaste que supone no resignarse a perder lo que se ha perdido. En Latinoamérica hubo un López Obrador que supo generar una sucesión imprescindible para impedir el acceso al gobierno de los enemigos del pueblo. CFK no está al margen de lo que ha sucedido en el país desde 2015. No es la culpable, pero, a pesar de no haber vuelto a la presidencia, continuó siendo la líder del movimiento peronista. El enojo de una masa considerable de sus seguidores proviene precisamente de eso, de no hacerse cargo de los propios reveses, adjudicándoselos a otros. La terriblemente injusta condena a prisión que sufre hizo resurgir, como es lógico que sea, la solidaridad del pueblo que lidera. Pero no puede opacar los trágicos problemas que está sufriendo el pueblo argentino desde 2015. Todo lo que ese pueblo tiene para agradecerle parece estar rifándose en pos de empeñarse en un rol que no calza bien: liderar sin construir una genuina sucesión, y ver los errores ajenos y no los propios.
Por eso recordé la frase de Andreotti, ningún santo de devoción. El poder desgasta cuando no se lo tiene. Pero negar que se lo ha perdido produce mayor desgaste, pues carcome la astucia de una gran líder política.
Postdata: Escribir esto duele, pero hay que enfrentar la realidad, porque lo que importa no es ni Cristina ni nadie en particular, sino el desastre en el que se está hundiendo la Argentina por obra de la entrega del país al saqueo. Por esa razón era imprescindible que Macri no accediera al gobierno ni Milei tampoco.
jueves, 25 de junio de 2026
El disparo de la memoria: sobre Para hacer una película solo hace falta un arma

En la Argentina actual la destrucción de la memoria audiovisual se consolida como una de las pocas políticas de estado. La inexistencia de una cinemateca nacional funciona como síntoma de una hostilidad persistente que se agrava con una decisión política reciente: el despido de Paula Félix-Didier, que estuvo a cargo de la dirección del Museo del Cine durante 18 años haciendo un trabajo reconocido y respetado. Parece que el proyecto dominante en la nación odia el cultivo de la memoria.
En este contexto aparece una película: Para hacer una película solo hace falta un arma. La aparición de unas latas de películas oxidadas sirve como disparo de una epopeya en el sentido propio de la palabra, no una épica cualquiera sino una cadena de hazañas e infortunios que traspasan una y otra vez desde el mundo de los vivos al de los muertos, de la ficción al documento, ida y vuelta, cuyo desenlace realiza en acto en la propia película la pervivencia de una cinematografía íntegra en su incompleción. En esas latas del comienzo aparecen los restos vivos pero heridos de una corriente juvenil de los años sesenta y setenta, un movimiento que permaneció olvidado hasta que alguien las encuentra en un viejo depósito de la Universidad Nacional de Córdoba. Son rollos de 16 mm que sobrevivieron a los hongos, a la humedad y al borramiento de la dictadura.
Con pedazos de películas apenas identificables por medio de etiquetas adheridas solo en algunas latas, en correlación con papeles amarillos mecanografiados y guardados por años en cajones de la universidad, Santiago Sein podría haber empezado una tarea aplicada de rescate de la memoria de esos años de fuego, pero decide algo más: una película que se piensa a sí misma en el proceso de narrarse, la restitución de una época que aguarda en las latas, el montaje como resurrección de una generación que vence en su pulsión artística y militante al polvo y los aparatos de exterminio.

miércoles, 24 de junio de 2026
Intentos de un canon cinematográfico periférico I
La caída de la casa Usher. Jean Epstein, 1928
I walked with a zombie. Jacques Tourneur, 1943
La hora del lobo. Ingmar Bergman, 1968
El ejército de las sombras. Jean Pierre Melville, 1969
Asalto al precinto 13. John Carpenter, 1976
En un año con trece lunas. Rainer Werner Fassbinder, 1978
JLG/JLG, autorretrato en diciembre. Jean Luc Godard, 1994
Confesión. Aleksandr Sokurov, 1998
I don't walk to sleep alone. Tsai Ming-liang, 2006
Autohystoria, Raya Martin, 2007
Morrer como um homem. Joao Pedro Rodrigues, 2009
An elephant sitting still. Hu Bo, 2018
3SCOMBROS. Raúl Perrone, 2021
La terminal. Gustavo Fontán, 2023
Alguna vez un amigo me encargó armar mi propio canon cinematográfico para publicarlo en su sitio web. Mi pensamiento quedó trabado en el choque que se produce entre la noción de canon y los criterios exclusivamente personales. Hace poco se me ocurrió el concepto de canon periférico -más bien: una serie indefinida y siempre abierta de listas-, lo que no hace referencia a una localización geocultural, ni tampoco a listas de películas de segunda selección, sino a modos más caprichosos o contingentes para agrupar películas que considero que improbablemente ingresen a canon alguno.
Empiezo por esto: películas cuya potencia expresiva se halla en que exploran en el límite de la visibilidad, en las que las sombras invaden el plano y provocan la actividad de la retina. Quiero pensar en la singularidad de la experiencia de percibir las sombras proyectadas en salas inmensas y oscuras. Considero que estas 15 películas son en todos los casos obras maestras y me agradaría que algún lector sintiera curiosidad por verlas.
Más adelante sigo.
viernes, 5 de junio de 2026
P3RR0N3 SH0TS
A los 20 minutos de CIN3FILI4 se oye un disparo cuando la pareja joven discute en medio de la calle. En el diálogo sincopado, Ana y Braulio se gastan una y el otro sobre cómo cumplen con los estereotipos de "las y los estudiantes de cine", pero la riña acaba abruptamente cuando ellos están face to face en primer plano cerrado y suena el bang! fuera de cuadro. Él empieza a caer y termina sobre la calle en posición fetal. Ella se da vuelta, mira a cámara y todo lo que empuña son sus propios dedos, como si de ahí hubiera salido la bala. El juego metanarrativo remite al clásico noir Double Indemnity o a su relectura modernista en Último tango en París. Como efectivamente se trata de una cita, Braulio en la escena siguiente sigue vivito y coleando.
Unos seis minutos después, el chico está sentado solo en un bar y se oye el alarido de una mujer y un disparo, otra vez fuera de cuadro. El sale cámara en mano a buscar la escena. Después de deambular un rato por las calles de Ituzaingó se para y empuña su cámara. Hasta ahí todo fue en blanco y negro, pero la subjetiva de cámara nos deja ver el cuerpo muerto de un hombre en color. En una película muy conversada nadie hablará nunca de uno ni de otro disparo, pero es evidente que riman entre ellos.
Hasta ahora nunca leí acerca de los disparos en el cine de Perrone, a pesar de que aparecen con insistencia desde la primera trilogía de los 90 y a lo largo de toda su filmografía, hasta la serie de P3ND3JO5, RAGAZZI, SEAN ETERNXS en el nuevo siglo y cada vez más suenan en un espacio off que no altera la suerte de los personajes principales. Por eso quedan en una zona preconsciente de la percepción y es difícil que un espectador reintegre con su memoria esa violencia estruendosa por un momento y luego muda.
Es tan persistente Perrone en el recurso y pasa tan desapercibido que ya creo que se trata de un signo estructural de primer orden en su obra. Una especie de rúbrica de autor invisible. O algo más, especialmente en este último opus donde a la muerte lúdica le sucede la otra. Todos hablan de la cinefilia pero nadie menciona la muerte.
sábado, 23 de mayo de 2026
Novela
El debate alrededor del abucheo recibido por Fito esta semana en el Arena, al presentar Novela, hace eje en un público "monstruoso", incapaz de escuchar la presentación de un "nuevo" disco completo.
Creo que ese enfoque es una forma incompleta (!) de tratar el asunto. Vi a Serú Girán tocar discos completos con temas enteramente desconocidos por el publico; en la presentación de Bicicleta, cuando todavía no había salido, tocaron incluso temas nuevos que no iban a quedar en el disco. La velada fue tan hermosa como nos sonaron aquellas canciones por primera vez. Para llegar a esa noche hay un trayecto que hacen los artistas en comunión con su público. FIto hace muchos años que cultiva a un público de playlists, sin proponerles ningún desafío. No es raro que críes al monstruo que te va a terminar pegando un tarascón. Aparte, no es "algún disco", es Novela, el disco que Fito guardó indeciso desde fines de los 80, grabó como un híbrido anacrónico en Abbey Road y publicó en marzo de 2025 sin haber hecho nunca gira de presentación. Lo tocó una vez en Rosario con preaviso. Y en el Arena, solo avisó pocas horas antes del show, muchos días después de haber agotado las entradas. Fito lo "presenta entero" el día que dice despedirse de él porque a la vez publica el nuevo. Si hay alguien que maltrató a Novela, el primero es el propio autor. Nunca le dio el cobijo requerido y este miércoles lo arrojó a los leones luego de haberlo guardado con vergüenza ambivalente por años. Quizá esa presentación caprichosa y tardía haya sido el último zamarreo al que sometió a estas canciones. Hay una razón para entender por qué lo mostró con tanto desdén. El disco, la versión que quedó finalmente plasmada, es realmente malo, el peor que haya grabado en los últimos años. Lo que es decir. Quizá la frialdad, el aburrimiento y el rechazo del público sean solo una reacción a la altura de una obra sin gracia.
lunes, 11 de mayo de 2026
Después del desencanto
Una madre y tres hijos se reúnen para evocar al padre, el poeta y patriarca español Leopoldo Panero. Bajo esa premisa El desencanto (1976) retrata a una especie de raza sin descendencia, sumida en el alcoholismo y el rencor.
I
Esta primera parte de la nota fue publicada originalmente en revista La otra n° 22, verano de 2010
Cuando yo era bastante chico, una película tuvo sobre mí un efecto arrasador y aún hoy difícil de olvidar. El desencanto de Jaime Chávarri. Nunca había visto una película así (y ahora puedo decir que no he vuelto a ver otra igual). Nunca pensé que un documental pudiera ser eso, quizá porque mi aprendizaje cinéfilo haya sido marcado por la revelación de que un verdadero documental siempre es más interesante, más fuerte y más peligroso que un film de ficción: un documental es más cine.
El desencanto: familia Panero, de la ciudad de Astorga, en las postrimerías del franquismo. Mediados de la década del 70. Leopoldo Panero: un hombre al que se refieren como poeta oficial del régimen declinante, un hombre ya muerto. Su viuda e hijos: Felicidad Blanc, Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Al comienzo, vemos la estatua del poeta, envuelta y atada: ese hombre del que todos van a hablar en la película (del que van a hablar de una manera despiadada) no podrá responder a lo que de él se dice. Jaime Chávarri, el director de El desencanto, tiene la astucia de no mostrar nunca la estatua descubierta, de modo que Panero será siempre para mí un hombre envuelto y atado.
La viuda, Felicidad, es una señora melancólica de la burguesía española tratando de ajustar cuentas con la memoria de su esposo, con toda la delicadeza de la que es capaz (que tampoco es tanta), sin privarse por ello de que quede claro que él la hizo desdichada. Ese movimiento tenso de ella hacia una verdad cruel, sugerida con elegancia, será desbaratado constantemente por sus hijos, que se complacerán en darle la razón ridiculizándola, puesto que todos parecen acordar en que si el padre la hizo infeliz, ella se entregó a ese destino y se aseguró de hacerlos igualmente infelices a ellos.
Juan Luis es el hijo mayor. Acepta el rol antipático que los otros le dan (en la familia Panero todos están de acuerdo en hacer el papel que les toca), y todo el tiempo asume una pose histriónica que se mueve con más comodidad entre sus fetiches y citas literarias que abriendo sus sentimientos. Michi, el menor, el muchacho aún tierno, también el más bonito (la vida será después despiadada con Michi, pero eso queda afuera de El desencanto), defiende a su mamá, dice que ha sido el descubrimiento más deslumbrante que la vida le deparó, pero que tuvo que morirse el padre para que él se diera cuenta de eso. Y cuando Felicidad parece dispuesta a aceptar el piropo, entonces Michi la deja pagando, le tira un reproche que ella no sabrá esquivar.
Todos ellos hablan de Leopoldo María, el que “se ha terminado por convertir en un verdadero peligro para nosotros” (lo dice Michi). Pero ya pasó la mitad de la película y Leopoldo María, el hermano del medio, no aparece. Uno puede llegar a creer que la película se sostendrá sobre dos ausencias: la de Leopoldo padre y la de Leopoldo María hijo. Entonces Leopoldo María aparece. Y todo lo que hasta ese momento fue la irónica desarticulación del mito de la familia amorosa se vuelve con su presencia y su palabra una demolición implacable: “…ese repudio unánime que todos ellos han hecho contra mí, ese resentimiento que he encontrado en todos ellos como su única pasión…”.
Contra todas las apariencias, los Panero son capaces de deslizar palabras amorosas en medio de la demolición. Quizá ese sea su gesto más inquietante: que ellos puedan aún quererse y que sean capaces de decirlo en medio de los reproches más ofensivos. Ese terrible poder es ejercido ante todo por el más cruel, el que parecía el primero en quebrarse y ha sido al final el más fuerte, Leopldo María:
“Yo y Juan Luis, que éramos los que más bebíamos y llevábamos una conducta parecida a la de mi padre, nos convertimos en sustitutos de mi padre, pero al nivel más malo, no ya como la metáfora paterna, sino como su realidad, ¿no? Y mi madre… pues no sé, puede decirse que la verdad es que tenía razón cuando nos convierte en sinónimos de lo peor de mi padre, porque yo y mi hermano Juan Luis y mi hermano Michi, que ahora empieza (porque hasta ahora había sido el ideal), hemos sido la causa del desastre más absoluto de mi madre. Aunque, en fin, todos… aquí el que no corre vuela, porque mi madre también fue la causa de mi desastre, etcétera, etcétera”.
Nunca imaginé que un documental pudiera desplegar tal grado de ferocidad y de melancolía, que yo pudiera terminar queriendo a esos seres reales, personas que dan miedo pero también quiere uno guardar en su memoria. El blanco y negro plateado y la música elegíaca de Schubert envuelven la penumbra de Michi cuando dice: “Por mi experiencia personal a lo largo de estos años, me temo que no vamos a tener descendencia. Entonces me interesa resaltar esto, porque somos un fin de raza nada wagneriano. Somos un fin de raza astorgano, muy erosionado por el tiempo, y tampoco es nuestra la culpa, llevamos tantos hectolitros de alcohol en nuestra sangre, tanto por parte de padre como de madre, que hay un momento en que por lo visto no damos más de sí. Yo precisamente ahora en septiembre voy a hacerme unos exámenes médicos para descubrir si podemos perpetuar la raza de alguna forma”.
Y la imagen final, la del principio, del poeta oficial envuelto y atado, y su epitafio: “Ha muerto/ acribillado por los besos de sus hijos,/ absuelto por los ojos más dulcemente azules,/ y con el corazón más tranquilo que otros días…”.
II
(Aparecida previamente en revista bache)
Hemos de asumir que los Panero ya eran unos personajes extraordinariamente fascinantes antes de que la cámara de Chávarri se pusiera a rodar la primera toma. Histriónicos, mordaces, desesperados, fotogénicos, locuaces y muy conscientes de sus atributos. Cuando Chávarri los filma su mérito será primeramente no arruinar semejante maravilla del horror. Como la película fue un encargo de la propia familia, más precisamente de la madre, Felicidad, y del hijo mayor, Juan Luis, para hacer una especie de homenaje institucional, que Chávarri confiesa que nunca hubiera emprendido por su propia iniciativa, debe haber habido algún momento en el rodaje en el que advirtió que ellos mismos estaban dispuestos a llevar a cabo un ajuste de cuentas familiar, literario y político de envergadura mayor, una ceremonia fúnebre capaz de desbaratar la inocuidad de cualquier homenaje institucional hasta convertirse primero en un parricidio simbólico y luego en la celebración elegante y cruel del fin de una época: la muerte de Franco, de la que la muerte de Panero y su “fin de raza” son una expresión melancólica y veraz.
Michi dice al final de El desencanto: “En esta familia, lo que no es literatura es silencio”. Esa conciencia autonarrativa que los cuatro comparten es la base existencial y sociológica sobre la que Chávarri va a erigir su hazaña: si contó con horas de testimonios donde los hermanos despedazaban a sus padres y entre ellos, incluso cada uno a sí mismo, el cineasta comprendió que su oficio solo debía dejar sonar a todos juntos como si se tratase de una orquesta de cámara, encontrar el tempo preciso de la agonía familiar, su tono, su luz plateada, dejar que la entonación de cada uno los construyera como personas dramáticas y manifestara con elegancia el proceso de corrosión que en ellos dejaba ver el trauma franquista. Posiblemente Chávarri, mientras hacía todo esto, no fuera extremadamente consciente de lo mucho que tenía en sus manos.
Quizá no haya un documental previo que pudiera servirle de antecedente para fundar un género nuevo, que desde entonces tiene en esta película su modelo insuperable. Es posible que Chavarri no controlara la operación política y familiar que la madre y los hermanos estaban haciendo, que ellos sí podían ejecutar con exquisita maldad y piedad y poniendo en juego todas las referencias literarias que el mejor guionista no hubiera podido concitar. Chavarri solo los dejó ser y encontró la arquitectura precisa, sin repetir y sin soplar.
La paradoja es que los Panero sabían que eran un fin de raza, que no tendrían descendencia filial ni literaria, pero ofrecieron su testimonio para iniciar un linaje cinematográfico. Esa conjunción astral que hace de un naufragio humano una obra de arte feliz es lo que medio siglo después, cuando todos ellos murieron y ya no pueden hacerse más daño, agradecemos.
III
La vida de los Panero después de El desencanto fue, en varios sentidos, una extensión de la decadencia y genialidad que mostraron en pantalla. Ninguno de los hijos superó los 70 años, cumpliendo la profecía sobre el fin de raza que plantea Michi al final de la película.
Felicidad Blanc, la madre: Después del documental, ella publicó sus memorias tituladas Espejo de sombras (1977), en la que intenta dejar su propia versión de su vida con Panero, la muerte de su esposo y su vida con los hijos. Vivió alejada del foco mediático y liberada de la opresión que sintió durante su matrimonio. Murió en 1990 en San Sebastián.
En 1994, los hermanos aparecen en un segundo documental, Después de tantos años, dirigido por Ricardo Franco, donde se puede ver su desgaste físico y emocional tras dos décadas de soledad. Después de tantos años se resuelve cinematográficamente de una manera menos refinada que su predecesora. Mientras que El desencanto mantenía una estructura de melodrama coral en un elegíaco blanco y negro, la secuela no logra eludir un formato más cercano al periodismo. Franco cita fragmentos de El desencanto para contrastar la lucidez juvenil con el presente. Funciona como un espejo cruel donde los personajes se ven a sí mismos veinte años después, confirmando que el desencanto no era una etapa sino un destino. El tono es más sombrío y su atractivo radica en gran parte en cierto morbo por ver cómo han quedado los personajes que nos habían deslumbrado.
Juan Luis Panero, el primogénito: Fue el que mantuvo una vida y una carrera literaria más convencionales. Se consolidó como un poeta respetado, ganando premios como el Comillas por sus memorias Sin rumbo cierto (1999). Vivió sus últimos años en Torroella de Montgrí, Gerona, donde murió en 2013, a los 71 años. Hasta el final mantuvo su pose de dandi culto y cínico que se ve en la película.
Su obra: es un poeta de la memoria y la derrota desde una contención formal. Se centra en el paso del tiempo, los viajes, el alcohol, los paraísos perdidos y una soledad aristocrática. Es una poesía clara y escéptica. Mientras Leopoldo María destruye el verso, Juan Luis lo pule para que brille su amargura. En su poema "Galería de retratos" (del libro Los pasos vacíos), asume su rol de último dandi de una estirpe que se apaga. No hay grito sino un desprecio elegante hacia el legado:
Contemplo estos retratos, estas sombras
que llevan mi apellido y mi amargura...
Mi padre, con su voz de trueno y gloria,
no supo que heredaba una ruina.
Yo cierro la puerta, apago las luces,
y soy el último en beber de este vaso roto.
Leopoldo María, el poeta maldito: Se convirtió en exponente de la poesía maldita en España. Su vida la pasó entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas, con su diagnótico de esquizofrenia. Desde su reclusión fue extremadamente prolífico y admirado por la crítica literaria. Murió en 2014 en el hospital psiquiátrico de Las Palmas de Gran Canaria. Fue el último de los hermanos en morir.
Su poesía pasó de un brillante culturalismo pop (Así se fundó Carnaby Street) a un lenguaje donde el sentido se rompe. Su temática queda fijada a sus obsesiones: la muerte, la locura, el excremento, el deseo prohibido y la destrucción del yo. Para él, su padre no es una sombra sino un cadáver que aún asfixia:
En la tumba de mi padre hay un libro abierto
que nadie lee, que el viento ensucia...
Padre, yo te maté para que no me mataras,
y ahora tu sombra es el muro de mi celda.
No hay Panero que valga, solo el asco
de ser tu hijo en este manicomio.
Los críticos detectan que los mundos de Juan Luis y Lepoldo María son espejos invertidos: ambos escriben contra el padre de modos distintos. Juan Luis hereda la forma y el oficio para vaciarlo de su contenido épico-religioso e impregnarlo de nihilismo. Leopoldo María destruye la figura del padre a través de la locura. Entre hermanos hay un diálogo implícito de desprecio y fascinación. Juan Luis veía en Leopoldo la caricatura del genio, mientras que Leopoldo veía en Juan Luis la impostura de la normalidad burguesa. Ambos se postulan como enterradores de un apellido literario.
En Poemas del manicomio de Mondragón (1987), Leopoldo María expresa en cambio su amor apasionado por la madre:
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño,
ven he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve).
Michi Panero, el hermano menor: Fue el Panero con menos obra literaria. Trabajó como columnista en medios como el diario EL PAÍS. Vivió la noche madrileña intensamente y en los años 80 fue una figura icónica de la Movida. En sus últimos años regresó a Astorga, enfermo de cáncer y cirrosis. Fue el primero de los hermanos en morir, en 2004, a los 52 años.
Poco antes, en una de sus intervenciones más citadas, dejó un texto que resume su posición en la familia: "Yo no soy poeta, soy el espectador de los poetas. Soy el que se quedó a recoger los vasos después de que la fiesta de los Panero terminó en naufragio. Mi herencia es el silencio y mi mayor logro es no haber escrito nada para no manchar más el apellido."
(Nota final: hace poco se conoció el desecanto 16, una hermosa película en la que Lucía Seles vuelve a Astorga en busca de los rastros de los Panero. Esto queda para otra oportunidad).
martes, 21 de abril de 2026
Año 10 después de Prince
Hoy se cumplen diez años de la partida inesperada de Prince. Estaba cerca de cumplir 58 años cuando fue encontrado muerto en un ascensor de Paisley Park, su Xanadu. En estos años sin él en la Tierra, estuve viendo y escuchando infininad de canciones y performances asombrosas. No puedo equivocarme si digo que en esos shows se hace evidente su poder sobrenatural. Mucho más que una estrella de rock, la categoría que más se le aproxima, Prince parece una divinidad excedida de pasión incendiaria, sensualidad desafiante y elegancia artística. Cada vez que pisó el escenario desencadenaba un tornado musical que emanaba de todo su cuerpo. Prince sintetiza lo mejor de la música negra del siglo xx, una suma de Hendrix, Stevie Wonder, Michael Jackson, James Brown, Duke Ellington, Quincy Jones... También es precursor de los mejores exponentes del hip hop y el neo-soul contemporáneos, artistas como D'Angelo, Frank Ocean, Anderson .Paak, Tyler, The Creator, Kanye West. El paso de la década sin él reafirma su genialidad única. Es probable que nuestra época no vuelva a ver aparecer a un músico tan bueno como Prince.
La última edición de Patologías Culturales la dedicamos a Prince. Participan Maxi Diomedi, Cristian Bonomo y Oscar Cuervo.


















































