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lunes, 1 de diciembre de 2025

El Rey Lear de Godard y Woody Allen

King Lear (1987, EEUU, Jean Luc Godard) es considerada una película excepcionalmente críptica y extraña incluso en la ya de por sí difícil filmografía de Godard. El hecho de que haya sido producida por la empresa The Cannon Group y distribuída bajo el sello MGM generó una enorme confusión y controversia, finalmente muy sugestiva. 

En lugar de una adaptación shakespereana tradicional que algún distraído pudiera esperar, lo que Godard entregó, -y así figura en los carteles que él solía intercalar en el transcurso de sus películas, como un rasgo de estilo- fue una "meditación sobre la fragmentación y la pérdida" al borde de lo incomprensible. Con sus típicas elipsis, su planos en contraluz, las citas de Bresson, Pasolini y Welles, una banda de sonido intrincado, casi una obra de música concreta en sí misma, la silueta del propio Godard mascullando ocurrencias en un paisaje invernal a orillas del lago Lemán en Ginebra, los diálogos oblicuos, el montaje escarpado y una estructura derivativa... todo lo que provocó la alarma y una ruptura total con los productores. Lo poco que puede inferirse de su narración fragmentaria es que transcurre en un mundo postapocalíptico, después de la catástrofe de Chernóbil, donde la mayor parte de la civilización y la cultura se perdieron. La trama sigue a William Shakespeare Jr V (encarnado por el dramaturgo Peter Sellars), que tiene la misión de restaurar las obras de su trastarabuelo. 

La presencia de actores reconocidos como Woody Allen, Molly Ringwald y Burgess Meredith, junto a figuras de la cultura como Norman Mailer y Leos Carax, fue utilizada como un bait comercial. Woody Allen -como "Mr. Alien", el editor- aparece solo unos minutos al final de la película, cosiendo literalmente metros de celuloide con aguja e hilo. El cameo fue tomado como un argumento de venta a pesar de su mínima participación.

King Lear fue promocionada con el título de la tragedia shakespeariana y un reparto estelar, lo que propició una confusión masiva entre el público y la crítica norteamericanos que esperaban una adaptación convencional, lo que podríamos denominar "cine de qualité". Llegó a estrenarse en Estados Unidos pero de forma muy limitada. Tuvo un paso fugaz por cines de Nueva York y Los Ángeles a principios de 1988 y después desapareció por más de una década. 

La crítica y el público estadounidenses la recibieron con extrañeza, desconcierto y a veces repudio. Fue descrita como un "desastre espectacular" y un "caos glorioso de ideas". Las expectativas de una adaptación prestigiosa de Shakespeare se vieron frustradas por la deliberada opacidad de Godard, lo que provocó en su recepción controversias y burlas generales.  

MGM fue la distribuidora a través de su acuerdo con Cannon pero su involucramiento real en la producción fue mínimo. La financiación y los problemas recayeron principalmente en The Cannon Group. Menahem Golan y Yoram Globus (Cannon Films) no estuvieron conformes para nada con el resultado, se sintieron engañados y traicionados. Golan afirmó: "No hay nada en la pantalla para ver. Godard no nos mostró sus tomas. Escupió en la mano que le dio de comer". Hubo disputas financieras. Godard alegó que los cheques rebotaron y que el presupuesto se redujo a la mitad debido a la fluctuación del dólar. También hubo amenazas de demanda, pero Cannon quebró poco después y la película quedó en un limbo legal y de distribución durante años.

El repudio comercial y crítico fue exactamente lo que Godard buscó. Más que una simple decepción, el fracaso de King Lear en el mercado estadounidense fue la culminación de una burla deliberada y mordaz del cineasta al sistema de Hollywood y a los productores de Cannon. Godard habrá sido perfectamente consciente de que una película anómala, fragmentaria y que desafiara las convenciones narrativas no funcionaría para el público masivo de Cannon Group. Su objetivo no era hacer una película "mala", sino utilizar la plataforma y el dinero de Hollywood para hacer una declaración radical sobre el estado del cine y la cultura. 


Algunos indicios refuerzan esta interpretación:

-  El contrato fue firmado en una servilleta de bar, un año antes, en Cannes. Esto ya parecía una broma por parte de Godard, casi como si estuviera probando hasta dónde llegaría la estupidez del sistema.

- La "película sobre nada": Peter Sellars, el actor protagónico, adujo que Godard solo había leído las primeras y las últimas tres páginas de la obra de Shakespeare King Lear cuando empezó a trabajar para el proyecto, y que le dijo Godard que la película trataba sobre el "intento fallido de llegar a la página cuatro". La película sería una muestra de la imposibilidad de adaptar a Shakespeare en un sistema donde la cultura se perdió. Esto es: la antítesis de lo que Cannon esperaba. 

La presencia de Molly Ringwald (entonces una estrella adolescente) o Woody Allen (en su momento de mayor fama) fue un bait  intencionado. Godard los infrautilizó o los puso en roles que se burlaban de los criterios de Hollywood, frustrando cualquier expectativa de una actuación convencional. 

Norman Mailer -quien iba a interpretar originalmente a Don Learo, el personaje principal- y su hija en la vida real Kate -quien iba a hacer de Cordelia- volaron a Suiza para la filmación. Mailer había escrito su propio guión para la adaptación de King Lear —que Godard ignoró por completo— y esperaba un enfoque más tradicional o, al menos, un diálogo que no le resultara ofensivo. La tensión escaló enseguida. La pelea se armó porque Godard insistió en que Mailer interpretara a un personaje llamado "Norman Mailer" e indicó que "Norman Mailer" tuviera una relación incestuosa con su hija en la pantalla, ¡interpretada por su hija real! Mailer abandonó la producción después de un solo día de rodaje, llevándose a su hija con él. Godard, en un acto maestro de apropiación y burla, hizo dos cosas: incluyó en el montaje final las dos tomas fallidas que había filmado con Mailer y su hija al principio de la película, como prueba de la "producción" abortada; y agregó una voz en off que se refería  a Mailer como "El Gran Escritor" y describía su abandono del rodaje como un "comportamiento de star". La partida real de Mailer, causada por un genuino disgusto con  Godard, se convirtió en una parte clave de la intención satírica de la película, una broma interna sobre las locuras y las demandas de la industria hollywoodense. 

Mailer, antes de abandonar el proyecto, había sugerido que un ambiente de mafia era la única forma de adaptar King Lear al mundo actual. La idea fue adoptada por Godard como metáfora central de la película, comparando explícitamente el negocio del cine comercial (Las Vegas/Hollywood/Cannon) con una empresa mafiosa que deja a la gente vacía y arruinada.

Pero la verdadera sorpresa no fue la película radical que Godard entregó, sino la ingenuidad o la ignorancia absoluta de los productores de The Cannon Group sobre la obra y la ética del director. Un productor con un mínimo conocimiento de su trabajo sabría que Godard nunca había hecho ni pretendería hacer una película de Hollywood normal. La sorpresa y la indignación de Golan y Globus demuestra su incompetencia increíble. Se dice que Cannon vio la oportunidad de sumar prestigio artístico a su catálogo, que consistía principalmente en películas de acción de bajo presupuesto, y creyeron que el nombre de Godard combinado con el de Shakespeare y Woody Allen les daría un éxito de crítica. Actuaron con una ignorancia extrema. Es muy probable que los productores no hubieran visto ninguna de las películas de Godard en las décadas anteriores, o que simplemente no entendieran lo que significaba su estilo. 

La sorpresa no es la película que Godard hizo sino la expectativa de Cannon. El crítico de cine Roger Ebert sostuvo que la película era exactamente lo que Godard quería hacer. La ironía central de King Lear es que la película es sobre la pérdida de la cultura, y sus propios productores demostraron esa pérdida de cultura al ser incapaces de entenderla. La estafa no fue que Godard entregara una película incomprensible, sino que Cannon Group pensara que un artista radical de 60 años cambiaría su identidad por un cheque.

No hay indicios de que Woody se sintiera ofendido por el resultado. A diferencia de Mailer, que esperaba un papel protagónico y un guión tradicional, Allen probablemente sabía que su aparición sería un pequeño gag. Su personaje encaja perfectamente en el estilo metacinematográfico de Godard y Allen seguramente lo habría advertido. En el momento de las disputas, él no tomó partido ni por los productores ni por Godard. Su reacción fue la de un profesional que hizo un trabajo rápido y se desentendió del caos. No hubo disputas contractuales ni abandonos dramáticos por su parte. En una ocasión, cuando le preguntaron sobre la película, Allen bromeó diciendo que su actuación había sido malísima y que Godard era un genio que "está más allá de mi comprensión". Su actitud sugiere que vio toda la situación como una anécdota extraña y humorística de su carrera, una especie de favor o un experimento puntual.

El affaire de King Lear tiene el tono de un gag extraído de una comedia de Woody Allen: los productores de Hollywood ignorantes contratando a un genio incomprensible, el "gran escritor" ofendiéndose por una propuesta sexual absurda, el propio Allen apareciendo como un neurótico editor que intenta infructuosamente darle sentido a un caos fílmico. Con un tono un poco más cercano a las comedias normales podría haber sido una película muy graciosa de Woody. La comicidad mucho más velada y más cáustica de Godard terminan por dejar una obra performática de parte de uno de los artistas más indigeribles de la historia del cine.

En este link puede verse una de las películas más anómalas de la historia del cine.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Woody Allen: Magia a la Luz de la luna



por Carmen Cuervo

Creer o no creer en la vida después de la muerte, en el espíritu más allá del cuerpo, en el conocimiento del porvenir, esos son lo eternos temas de los que se habla en esta película. Los diálogos son, como casi siempre en Allen, inteligentes, irónicos, contradictorios, ambiguos y divertidos. Pero lo más interesante está en que los que hablan sobre esto son personajes poco confiables, sospechosos: un exitosísimo mago (Colin Firth) que engaña al público con una máscara china, y al mismo tiempo intenta desbaratar una estafa: una medium hermosa (Emma Stone), joven, pobre, gitana y yankee. La poca credibilidad de esos personajes acerca de las serias cuestiones, sin embargo, hace que el tema se trate con menos solemnidad y más empatía y gracia.

Esta trama se cruza con una comedia romántica y su protagonista, Emma Stone, con una actuación cómica y sensual, se une a la lista de grandes actrices del director.

Ambientada en la lujosa Costa Azul de Francia de los años 20, los paisajes lucen, se aprovecha la luz natural para convertir los planos en cuadros que impresionan la vista del espectador.

La banda sonora crea un clima mágico: Stravinsky, Ravel y Beethoven, Cole Porter y Rodgers & Hart incitan nuestro placer auditivo.

El día en que todos los que denostan esta y otras películas de Allen pudieran realizar una sola escena placentera e inteligente como las de Magia a la luz de la luna, entonces podrían hablar.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Todos dicen la regla, nadie dice la excepción


la esperanza le pertenecía
pero resulta
que el muchacho ignoraba
que lo importante era saber
a quién pertenecía él
qué potencias
tenebrosas
tenían derecho a
reclamarlo a
él

habitualmente
esto comienza
así
está la muerte
que llega
y después
uno empieza a llevar
luto
no sé
exactamente por qué
pero yo hice
al revés

llevé luto
primero
pero la muerte no llegó
ni en las calles de París
ni sobre la ribera
del lago de Ginebra [...]

bueno, entonces
está la regla
de acuerdo
está la excepción
de acuerdo
la regla
es la cultura
no
está la cultura
que pertenece a la regla
que forma parte de la regla
todas las cosas hablan de la regla
cigarrillos
computadoras
remeras
televisión
turismo
guerra
y, claro [...]

perdón
perdón

nadie habla de la excepción

repita otra vez

todos dicen la regla
nadie dice la excepción

perdón
le pido perdón

eso no se dice
esto no se dice
esto no se dice
esto no se escribe
Flaubert, no
Pushkin
Flaubert
Dostoievski
esto se escribe
Flaubert
Dostoievski
esto se compone
Gershwin, Mozart
esto se pinta
Cézanne, Vermeer
esto se registra
Antonioni, Vigo
no
o esto se vive
o esto se vive
y es entonces el arte de vivir
Srebrenica
Mostar
Sarajevo
sí, y
es propio de la regla
querer la muerte
de la excepción
es propio de la regla
querer
la muerte de la excepción
no
es
no
puesto que es propio de la regla
de Europa
de la cultura
la regla de Europa
de la cultura
organizar la muerte
del arte de vivir
que florecía
aún a nuestros pies [...]

mientras la orquesta deja correr
su repertorio un poco pasado de moda
entre la multitud banal
de lejos te veo
y vos, divina
en silencio
tu mentón apoyado en un dedo
los ojos entrecerrados
pensás
quisiera creer que fuese en mí...

JLG/JLG: Este film de 1994, de 62 minutos de duración, fue filmado en Suiza, en el lugar donde vive Godard. Dice Jean Luc:

"Se me había pedido Godard por Godard, pero yo prefería JLG/JLG. Es un autorretrato, y en principio eso no puede hacerse en el cine. Es algo propio de la pintura. Quería intentar comprender lo que significaba para mí hacer un autorretrato, ver hasta dónde podía ir en el cine y hasta dónde el cine me podía aceptar. Es la idea del arte bastante clásica que dice que la obra es más importante que el hombre. Es lo que se llamaba 'la política de los autores', y que ha sido mal comprendido. La palabra que importaba era política y no autor . Picasso se planteaba a menudo esta pregunta: ¿hasta dónde puedo ir en la pintura? Cuando se hartaban de pintar paisajes, a los pintores no les quedaba más remedio que pintarse a sí mismos. El cine es otra cosa, no puede hacerse solo, se puede siempre mostrar qué hay alrededor de esta soledad. Siempre he pensado que el cine es un instrumento del pensamiento. Pero como fue visto como algo grande, y se ha ganado muy rápido mucho dinero, se ha hecho de él un espectáculo. Soy feliz de que haya que buscar algo de dinero, mendigar, sobornar o emplear artimañas. Eso forma parte de la actividad de la creación, es su lado saltimbanqui. Pero el rodaje necesita personas, necesariamente. Soy feliz también en la concepción, pero lo soy más en la búsqueda que en la realización de las cosas. Como Keith Jarrett cuando da algunos conciertos improvisados donde, en vez de tocar a Bach o a Mozart, busca algo en su piano durante una hora o más. Es un deseo un poco inconsciente, de punto de referencia, la necesidad de realizar esta búsqueda, de grabarla, o de plasmarla en la tela, para un pintor. He intentado hacer una película que se pareciera a los libros que leí durante mi adolescencia, los de Blanchot, de Bataille. Me acuerdo por ejemplo de La experiencia interior. En aquella época yo asistía a los cursos de Henri Agel, que había proyectado Tierra sin pan de Buñuel y le dije: 'es una conmovedora experiencia interior de la Historia'. Eso es, el cine está ahí para hacer metafísica. Por otra parte, eso es lo que se hace pero no se ve, o los que lo ven no lo dicen. El cine es algo extremadamente físico por su invención mecánica. Está hecho para evadirse, y evadirse es metafísica".

En 1996 Godard publica un libro que transcribe, a la manera de un poema, el texto dicho en el film (del cual aquí reproducimos algunos fragmentos). Desde fines de la década del 80, Godard suele acompañar sus películas con obras complementarias: cds musicales de las bandas sonoras completas de cada film, libros de poemas con los textos, cortometrajes que funcionan como bocetos o ideas en germen de los largos.

martes, 5 de julio de 2011

Medianoche en París

por oac


La mejor película de Allen en años.

Hace un tiempo yo venía diciendo que estaba de moda pegarle a Woody, aborrecerlo. No estoy seguro de que esa moda haya terminado de pronto, pero al menos por esta vez parece haberse interrumpido. Ahora dicen que Allen hizo su mejor película en años.

No.

Medianoche en París es, probablemente, la más flojita desde Vicky Cristina Barcelona -debo aclarar que en algún punto de la década pasada le perdí el rastro a Woody, que me faltan ver Cassandra's Dream (2007), Scoop (2006), Melinda and Melinda (2004), Hollywood Ending (2002) y The Curse of the Jade Scorpion (2001). De pronto tengo la necesidad de verlas todas. ¿Estarán en Cuevana? Tengo entendido que las críticas fueron pésimas en casi todos los casos. De lo que estoy seguro es que, por alguna razón que se me escapa, Matchpoint despertó oleadas de indignación y todo crítico que se preciara se vio movido a hacer   arcadas ante su sola mención. La escena de la pelotita de tenis o la del anillo que cae para un lado o para el otro parecieron constituirse en los más claros ejemplos de abyección cinematográfica desde el travelling de Kapo. A mí me pareció buena, pero ahora no voy a hacer el esfuerzo de recordar por qué. Tampoco por qué decían que estaba tan mal lo de la pelotita y el anillo. Creo que en Matchpoint Allen ensayó un nuevo tono para sus viejas percepciones. Y celebré eso en un cineasta que al filmarla tenía 70 años y 36 películas. Hoy Woody tiene 6 años y 6 películas más.

Pero, decía, siento la necesidad de ver las que me faltan. Porque en la oración anterior me referí a Woody como a un cineasta. No solo un director de películas, sino alguien cuya mirada es reconocible en unos pocos minutos de cualquiera de sus películas, por el ritmo, por la manera de poner la cámara y moverla, por la forma de rematar las escenas y de musicalizarlas, por la respiración de sus personajes. A algunos ya les molesta que las películas de un cineasta tengan estilo, prefieren dar por abolida la figura del autor. Ensalzan entonces a artesanos impersonales y se burlan de los cineastas que han ido construyendo un mundo, o una mirada personal del mundo. 

Woody tiene una mirada del mundo. No es una mirada complaciente, no es fácil usar muchas veces la palabra "bondad" o la palabra "felicidad" o la palabra "amistad" cuando se habla de sus películas, palabras que agradan a los críticos de mediana edad que ocupan puestos estratégicos en los medios actuales. En las películas de Woody los personajes hablan, y hablan mucho, de modo que tampoco existen demasiadas ocasiones para usar la palabra "fisicidad", que está de moda en esta misma camada de críticos . Y para colmo no hay epifanías en Allen. Toda promesa de un sentido en el rumbo del universo se va desplazando en sus películas hacia un ligero desarreglo, no hay revelación más que de una tenaz contingencia a la que sus personajes tratan de revestir de palabras, melodías o escenas de viejas películas cómicas.

Allen viene de una seguidilla de tres películas notables y notablemente subvaloradas: Vicky Cristina Barcelona es la más divertida, su aventura barcelonesa donde esa precariedad de lo humano muestra su lado más pasional. Conocerás al hombre de tus sueños es a la vez mordaz y comprensiva: los personajes pueden cometer tonterías o mezquindades, pero la mirada es en el fondo cariñosa, sin la ferocidad de la muy alabada Crímenes y pecados o la aborrecida Matchpoint. Whatever works (mal traducida como "Que la cosa funcione") fue bastante deplorada incluso en este blog, aunque también tuvo defensores que dijeron la consabida frase "es el mejor Allen en años". Y lo cierto es que está pareja con las otras dos; o sea: muy buena. Whatever works es un Woody plenamente judío y neoyorquino, llamativamente artesanal en comparación con sus incursiones europeas. Larry David, Evan Rachel Wood y Patricia Clarkson son un casting perfecto, como casi siempre. Larry hace de Boris, el costado mas gravemente neurótico de Woody, un tipo que por todos los medios quiere convencerse de que la vida es desagradable y por momentos logra convencernos de que el desagradable es él. Boris es un suicida reincidente al que la vida vuelve a poner en órbita una y otra vez: parece que lo angustia el dolor horriblemente, casi tanto como ser feliz; es decir: lo angustia la mera posibilidad. Y, ejerciendo sus plenas potestades de comediógrafo, Allen lo empuja dos veces al suicidio y lo salva dos veces. Es una manera agridulce de decir: lo propio del plan es que falle. Y Boris, el judío insufrible, volverá a enamorarse, y dirá al final, directamente a cámara, aquellas frases memorables:

"Sucede que odio las fiestas de año nuevo, todo el mundo desesperado por divertirse, tratando de celebrar de un modo patético... Celebrar ¿qué? ¿Un paso más hacia la tumba? Esta es la razón por la que no me canso de decir: cualquiera que sea el amor que conquistes o el que des, no importa cuánta felicidad puedas robar o regalar, cada dosis temporaria de gracia, cualquier cosa vale. Y no te engañes a ti mismo, en absoluto eso depende de tu propio ingenio humano. La parte más grande de tu existencia depende de tu suerte, más de lo que te gustaría admitir".

Lo que me gusta de Allen es que al ver sus películas tenemos la sensación de haber visto todo esto antes, de conocerlo perfectamente, no solo en sus películas, sino entre la gente que nos rodea, y sin embargo, como el neurótico de Boris en Whatever works, la cosa vuelve a funcionar. Todo probablemente saldrá más o menos mal, pero uno tiene ganas de volverlo a intentar. Como diría Regina (otra judía neoyorquina que merecería actuar en alguna película de Allen):

Es así como funciona:
espiás adentro tuyo
tomás lo que te gusta
y tratás de amar lo que tomaste
y después tomás el amor que inventaste
y lo metés adentro de alguien
en el corazón de alguien
bombeando la sangre de alguien
y caminando brazo con brazo
esperás que no se arruine
pero aunque eso sucediera
volvés a hacerlo igual.

On the radio podría ser un guión perfecto para que Allen lo filmara y Spektor lo protagonizara. Si Whatever works tuvo tantos detractores puede ser porque Larry David es feo e insoportable, no es lindo como Regina Spektor ni como Owen Wilson.

Y si de pronto tantos se sienten embelezados por Medianoche en París puede deberse en parte al encanto de Owen, una versión más glamorosa y juvenil del mismo personaje de Allen, que está de visita en la glamorosa París. Alguien dice en la película: "el mundo es un caos sin sentido, Jupiter está desolado, y aquí, en este pequeño punto del universo está París, escuchamos a Cole Porter una tarde de lluvia y todo parece entonces milagrosamente hermoso". Estoy citando por aproximación, pero esa es la idea. Todo parece de pronto milagrosamente hermoso, pero es una pura contingencia. Los críticos que han estado hablando de un Allen misántropo y malvado no entienden nada. Esta idea es lo mejor de la película, algo que ronda desde siempre en sus films y Allen se las ingenia para volver a reformular una vez que lo habíamos olvidado. Esa es la virtud de Woody, lo vuelve a intentar una y otra vez, cada maldito año (a medida que da un paso más hacia la tumba). Va dejando una estela de películas. A veces les salen bien, otras muy bien. A veces incluso les salen mal. Pero hay algo en sus películas fallidas que será retomado en una película posterior, esperando que esta vez no se arruine. Pero aunque eso sucediera, lo volverá a intentar la próxima vez.

Me gusta moderadamente Medianoche en París, me gusta por motivos obvios: París luce linda, melancólica, lluviosa, como me gustan las ciudades, lugares para caminar enamorado. Comienza con 60 planos de la ciudad a la hora del atardecer, bellísimos, lo mejor de la película. Después viene Owen Wilson a hacer la versión joven, rubia y más simpatica de Allen. Se retoma una vieja idea que figuraba en un libro que escribió en los 70, Para acabar de una vez por todas con la cultura; el cuento se titula "Memorias de los años veinte" y ahí Woody parodiaba los libros de memorias al estilo de París era una fiesta, de Hemingway, con esos recuerdos de la era dorada de los años 20 parisinos, en cuyos bares y atelieres se cruzaban Scott Fiztgerald y Zelda con Picasso, Dalí, Buñuel, T. S. Elliott y Gertrude Stein. El cuento es ciertamente más fresco y gracioso que la película:

"Ese invierno, Alice Toldas, Picasso y yo alquilamos una villa en el sur de Francia. En ese entonces, yo estaba trabajando en lo que me parecía que iba a ser una gran novela americana, pero la tipografía era demasiado pequeña y no pude terminarla.

"Por las tardes, Gertrude Stein y yo salíamos a la caza de antigüedades en las tiendas locales, y recuerdo que, en una ocasión le pregunté si consideraba que yo tenía que hacerme escritor. En la típica manera enigmática, que a todos nos tenía encantados, me contestó: «No». Consideré que me había querido decir sí y, al día siguiente, partí hacia Italia".

El truco que Allen pone a funcionar en su película es que el protagonista, que vive en la era actual, se ve misteriosamente transportado a la noche parisina de los años 20 y se cruza con todos estos personajes célebres, participa de su efervescencia nocturna y sus charlas llenas de promesas de grandes proyectos. Todo se ve con agrado y con algo de condescendencia por la liviandad del tratamiento. Se lo pasa bien, sobre todo porque Allen siempre encuentra el tono justo en todos los rubros, empezando por el elenco y siguiendo por la luz y la música. ¿Cómo no disfrutarlo? Más allá de eso, Medianoche en París dista de ser una de las mejores películas de Woody, y ni siquiera es la mejor de las últimas cuatro, por el contrario, es la más flojita de ellas.

Para pensar en París bajo la lluvia, prefiero esta canción de Regina:

sábado, 2 de julio de 2011

El amor es pura suerte

(Boris says love is all about luck)
((Vi las dos últimas de Woody Allen))


Happy new year!

I happen to hate New year's celebrations.

Everybody desperate to have fun.

Trying to celebrate
in some pathetic little way.

Celebrate what? A step closer to the grave?

That's why I can't say enough times,
whatever love you can get and give,

whatever happiness
you can filch or provide,

every temporary measure of grace,
whatever works.

And don't kid yourself, it's by no means
all up to your own human ingenuity.

A bigger part of your existence is luck
than you'd like to admit.


Whatever works y Midnight in Paris. En breve las comento.

lunes, 16 de mayo de 2011

No funciona

(Acerca de Si la cosa funciona, de Woody Allen)


por Pablo Taskar

¿Qué compele a Woody Allen a producir con frecuencia anual refritos de su obra pasada?

Otra vez un neurótico misántropo, pesimista e hipocondríaco que da por hecho que el mundo se termina y descree de todo tipo de emprendimiento humano, en esta oportunidad encarnado por Larry David, pigmalionizado convenientemente para que se pare, tartamudee y dispare las esperables líneas ingeniosas. (Este David, monologuista y co-creador de Seinfeld, pese a su esquematismo actoral, no consigue arrebatarle el cetro de “Peor Alter Ego de Allen” al enervante Kenneth Branagh de Celebrity, pero casi).

Eso respecto del protagonista; en el guión el déjà vu ya es total. Boris Yelnikoff, divorciado y con una fallida tentativa de suicidio a cuestas, se topa por azar con la jovencita Melodie a quien, a regañadientes, da cobijo en su apartamento neoyorkino. Ella llega del Sur huyendo de padres cristianos muy tradicionalistas y…sí: el amargado escéptico y la inocente abierta a la vida se terminan casando. De ahí en adelante, la aparición de personajes secundarios tales como los padres de la chica (recalcitrantes conservadores que descubren su faceta “fiestera” o su costado gay) más el joven actor enamorado a primera vista, sumados a otro intento de suicidio que cataliza una nueva pareja para Boris, oficiarán de demostraciones empíricas para lo único que parece querer decirnos el film: que como el azar gobierna nuestras vidas y racionalizar carece de sentido, cualquier decisión que tomemos – o nuestra felicidad – estará sometida a un equilibrio inestable. Por lo tanto, “si la cosa funciona” (whatever works) abracémosla, por más efímera que pueda resultar. No demasiado distinta era la postulación híper subrayada de la también chata Match Point, con esa pelotita de tenis que podía quedar azarosamente en uno u otro campo y definir el destino del personaje de Jonathan Rhys Meyers.

Allen, además, toma su filmografía y saquea su propio arcón de expresiones e imágenes convirtiéndolas en clichés. Curioso, porque en la mismísima Whatever Works hay toda una denostación explícita ligada al hablar con clichés o frases hechas. El inconsciente culposo que aflora en la obra… ¿Cuándo comienzan a degradarse las marcas autorales con las que identificamos el universo personal de un artista? Respuesta: cuando se repiten sin agregar nuevas capas de significación.

Una New York de catálogo turístico (como Barcelona en el eurotrash de Vicky y Cristina) bien lejos de la cualidad melancólica de la Manhattan que embelesaba en Manhattan, la cámara encuadrando en primer plano a Melodie para enamorar al espectador como lo hacía allí con Tracy (pero Evan Rachel Wood no es Mariel Hemingway, o la estrategia ya no sirve), citas literarias y cinéfilas cada vez más descontextualizadas con la sola función de connotar la agudeza intelectual (sin gracia) del protagonista. ¡Hasta los títulos de presentación sobre fondo negro acompañados de jazz tradicional!: los hemos visto tantas veces que ya resultan anodinos, burocráticos.

Y me vino a la cabeza uno de mis escritores favoritos, tal vez para arriesgar una hipótesis que no tengo tiempo de probar exhaustivamente. Me limito a esbozarla: En una improbable confrontación de uso de alter egos como principio constructivo de sus obras, Philip Roth (de producción novelística tan prolífica como Woody Allen en lo cinematográfico), con narradores protagonistas excluyentes (Portnoy, Nathan Zuckerman, Marcus Messner), con otros que relatan historias ajenas a cierta distancia (Philip Roth, el mismo Zuckerman), o duplicándose en la misma novela (el Roth de Operación Shylock acusado por las acciones de un impostor llamado Roth), ilumina distintos aspectos de una compleja figura cubista que permite imaginar una biografía posible, aunque evanescente, del autor. Y sin obviar escenarios históricos cambiantes (la Segunda Guerra, Vietnam, Watergate, el conservadurismo de la era Reagan, el 11 de Septiembre, Irak, etc.).

Los alter egos de Allen, en cambio, sean escritores, cineastas y hasta físicos como en esta última película, se terminan percibiendo como meros contornos calcados a partir de una silueta plana que sólo refuerza el estereotipo congelado en el tiempo del judío intelectual hipocondríaco y quejoso de los 70, sin relación con los determinantes contextos epocales y, por lo tanto, abstractos e intercambiables entre sí, vacuos en su declamación de que todo está mal y sólo cabe la desesperanza.

Tengo debilidad por imágenes de viejos amigos rememorando anécdotas alrededor de un mostrador o una mesa -Smoke, de Wang/Auster y la cigarrería, Clerks de Kevin Smith y el supermercado de autoservicio: dos visitas obligadas -, y en Broadway Danny Rose, sin ir más lejos, un grupo de veteranos cómicos stand up reunidos en un restaurante intercambiaban anécdotas sobre el agente que los había representado. Con eso comenzaba la película y su frescura predisponía a conocer la historia del perdedor que hacía Allen.

El plano inicial de Whatever Works también reúne a tres amigos, pero cada intervención del protagonista en la conversación, cada frase-sentencia que pronuncia, resulta como el agua estancada: no fluye ni respira verdad por estar excesivamente guionada para machacar una y otra vez los mismos rasgos del personaje.
Lo peor es que nada de lo que sigue en el film luego de ese “prólogo” agrega capas de profundidad o ambigüedad a Boris Yelnikoff. Como tampoco lo hace recurrir al recurso de derribar la “cuarta pared” constituida por la pantalla para hablarle directamente al espectador: sólo un gadget sin valor dramático (a diferencia del salto de la “realidad” a la “ficción” y viceversa en el cine adonde se “encontraban” los personajes de Mia Farrow y Jeff Daniels en La Rosa Púrpura del Cairo, justificado argumentalmente por la necesidad de evasión en la crisis del ´30).

Es tarde, y al final me fui por otros senderos y, evidentemente, no logré despuntar el interrogante que disparó esta nota, la razón por la que Allen se refritaba tanto. Por lo pronto, ubicadas una vez más sus piezas en el tablero, Whatever...doesn't work.

domingo, 15 de mayo de 2011

Buenas noticias para el cine

Van Sant, Moretti y Allen se lucen en Cannes

por oac

Son tres importantes autores del cine contemporáneo que últimamente habían tenido desempeños digamos irregulares. Parece que en el Festival de Cannes en curso se muestran en buena forma. Qué buena noticia: el cine necesita a directores del talento, la sensibidad y la inteligencia de Gus Van Sant, Nanni Moretti y Woody Allen.

Van Sant, después del fiasco de Milk, hace una película por encargo, que fuentes confiables aseguran que es una de las mejores de su carrera. Restless, algo así como una historia de amor entre un chico y una chica que son amigos de la muerte. Y también hay un fantasma japonés. Gustó mucho.



Después está la de Woody. Woody es un viejo que sigue haciendo películas irregulares con una regularidad que se hace difícil seguirle el tren: cuando uno cree que vio la última, resulta que ya hizo dos más. A mí me encantó Conocerás al hombre de tus sueños, pero acaba de estrenarse en Buenos Aires Si la cosa funciona (Whatever works), que no vi, "el regreso de Woody a New York". Y el film de apertura de Cannes es también de él, Midnight in Paris (“Medianoche en París”). Y esta parece que les gustó a casi todos, incluído el muy confiable Roger Koza.



Pero el que parece acaparar todos los elogios es el gran Nanni Moretti,un viejo amigo a quien por momentos le perdemos el rastro. Su nueva película se llama Habemus Papam. (Acá la comenta Luciano Monteagudo) Se trata nada menos que de la elección del papa (no este papa actual, sino uno inventado por la imaginación de Moretti, encarnado parece que magistralmente por Michel Piccoli. La cosa es que el Colegio Cardenalicio opta por este cardenal Mellville que hace Piccoli, que se resiste asumir porque tiene pánico escénico. Entonces los cardenales acuden a un psicoanalista que no es otro que Nanni. Las primeras instrucciones que recibe Nanni al llegar al Vaticano se las dice un nuncio apostólico: “Recuerde que los conceptos de alma e inconsciente no pueden cohabitar”. Todo termina con el Colegio Cardenalicio en pleno bailando al ritmo de la Negra Sosa que canta "Todo Cambia".



Digan la verdad: ¿no les dan ganas de verlas?

miércoles, 9 de febrero de 2011

Genial

la última de Woody Allen



por oac

Es sabido que Woody no está de moda, salió del canon por motivos extra-cinematográficos y, así como muchos críticos se muestran genuflexos ante cada muestra de senilidad de Clint Eastwood, tienen preparada la frase "Allen se repite lastimosamente desde hace 20 años" incluso antes de ver sus películas. Y con la misma pereza echan a rodar la idea de que se trata de un hombre amargado que sólo puede concebir personajes abyectos.

Ahora bien: Woody ha tenido sus días buenos y sus días malos, como cualquiera de nosotros. En su caso se expone más porque se propuso filmar una película al año con pasmosa regularidad y los resultados, esperablemente, son irregulares. También han sido irregulares John Ford y Alfred Hitchcock, pero estos directores tienen por el momento el estatus de intocables.

La cosa es que, luego de esa grata sorpresa (naturalmente subvalorada) que fue Vicky Cristina Barcelona, (y mientras se anuncia otra, Midnight in Paris, que abre Cannes) Woody llega a las carteleras porteñas con You will meet a tall dark stranger, defectuosamente re-titulada como Conocerás al hombre de tus sueños.

Y Woody se muestra como un maestro consumado en el manejo del tempo para exponer en una hora y cuarenta minutos la madeja del destino, el deseo y las contingencias que vinculan a un grupo de personajes que tratan de rozar algo parecido a la felicidad, para ir más allá de su desesperación.

Hay dos posibilidades: una es admirarse por la destreza narrativa para manejar tantos hilos sin aburrir ni confundir; al contrario: divirtiendo constantemente y manteniendo una tensión perfecta desde el primer segundo hasta el último. Hace poco vi una película de Godard de 1986 llamada Meeting Woody Allen, en la que el temible cascarrabias de la nouvelle vague viaja a New York para entrevistar a Woody, sin perder la oportunidad de expresarle su admiración. Y creo que hay un punto en el que la obra de estos dos neuróticos queribles confluye: son dos expertos tiempistas, que dominan el swing de cada secuencia y el corte inapelable que pone fin a una película. Al respecto, los planos finales de Conocerás al hombre de tus sueños constituyen una lección admirable de timing. Eso se llama condensar sentidos en la elección de una réplica de diálogo, un corte de montaje, un alejamiento y un fundido a negro, sin desperdiciar un solo segundo. Woody y Jean-Luc ya están viejos, y uno teme que con ellos se vaya un saber acerca del ritmo cinematográfico que será difícil de preservar.

Dos posibilidades, decía. Porque, más allá de esta destreza, digamos, artesanal, la otra cuestión a resaltar es el finísimo sentido dramatúrgico para crear personajes inolvidables: personajes dotados de luces, de sombras y respiración singular. Una película sobre la desesperación, sobre la inminencia de la muerte, los dones recibidos y los que se nos niegan, los golpes de suerte inmerecidos y la dicha anhelada. Allen es capaz de desplegar estas cuestiones a través de varios personajes de distintas edades y talentos. Todos ellos son un tanto ridículos pero todos, aún los que son capaces de alguna bajeza, conservan un costado querible. Allen no los juzga ni tampoco los idealiza. La trama que los enlaza queda abierta y el gesto final del autor hacia sus criaturas parece ser una sonrisa comprensiva. Es sorprendente que haya tanto crítico distraído que crea ver en esta riqueza de matices una misantropía. Será porque el ladrón cree que todos son de su condición.

Conocerás al hombre de tus sueños me hace pensar que aún es posible un cine de guión, encarnado por grandes actores que tienen que decir líneas ajustadísimas y lo hacen con gracia y belleza. El elenco es enteramente extraordinario: ya me lo esperaba de Naomí Watts (porque ella siempre es perfecta), pero lo mismo puede decirse de Anthony Hopkins (conmovedor, sin sobreactuar), Antonio Banderas (y eso ya es mucho decir), Josh Brolin, Gemma Jones, Freida Pinto (la hermosa Día). Y sobre todo de la increíble Lucy Punch. Sólo un crítico muy despistado puede decir que Woody desprecia a este personaje por la vulgaridad con la que está caracterizada. Porque lo cierto es que la vulgaridad de Charmaine, la atorranta que Lucy encarna, exhala una tremenda ternura y le añade al cuadro un matiz que sin ella haría todo más elegante pero también menos complejo.

En fin, es algo esperanzador que Woody siga haciendo una película por año, mientras le dé el cuero.

viernes, 6 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona

Por Oscar A. Cuervo

No vi todas las películas que Woody Allen hizo en los últimos años. Creo que de las que hizo en Europa vi solamente Matchpoint. Pero sí he asistido al proceso por el cual cierta crítica ha intentado declararlo cinematográficamente muerto, un realizador deleznable sobre el que sólo cabía lanzar escupitajos. Vaya a saber por qué. Supongo que se trata de bajar directivas, de sentirse poderosos repartiendo cartas de porte en la autopista del cine. Pero no perdamos tiempo en ellos.

Hablemos de Vicky Cristina Barcelona. No fui con demasiadas expectativas. Quizá la campaña de estos críticos haya influido en mi ánimo, quizá porque leí al pasar un comentario de algún catalán ofendido por la imagen que Woody daba al mundo de Barcelona. Quizá yo venía bastante entregado después de una seguidilla de estrenos demoledoramente malos: Eastwood y Mendes fueron demasiado para mí. Me habré figurado que ya nunca más iba a ir al Hoyts un jueves a ver un estreno que no me avergonzara. Lo cierto es que disfruté de la nueva película de Woody como un hijo de puta. Volví a encontrar la razón por la que me gustaba Woody. El hombre tiene un endemoniado sentido del ritmo y la verdad es que sin ritmo no hay comedia. Vicky Cristina Barcelona es una lección de ritmo: cada situación aparece sin anunciarse y cuando estamos regocijándonos, Woody nos lleva amablemente a la siguiente estación.

El cast no puede ser mejor: Scarlett Johansson, Javier Bardem, Penélope Cruz, Rebecca Hall están grandiosos. Scarlett le devuelve a Allen todas las gentilezas que él le estuvo dando en estos años en que confió en ella. Es hermosa y dueña de una intensidad que se trasmite con sólo estar allí. Cuando aparece Penélope y la cámara las tiene juntas, la pantalla arde. Javier Bardem demuestra su timming para la comedia y nos recuerda que es algo más que la bestia que han hecho de él en Hollywood (y especialmente los desagradables hermanos Coen). Las escenas del trío son una delicia: la rubia que en busca de nuevas experiencias se entrega a la locura desquiciada de estos locos de mierda de Penélope y Bardem. Se trata ante todo de un juego, un juego exquisito de Woody: es él filmando en Barcelona con dos superestrellas españolas, con música de flamenco o una cosa así, con su actriz dilecta. No se puede ser tan tarambana de buscar algún tipo de "corrección" en el reflejo que hace Allen de Cataluña: ¿acaso a alguien se le ocurriría reprocharle a Hitchcock no haber reflejado correctamente Río de Janeiro en Notorious? Bueh, sí.

La pareja de españoles arreglan sus cosas (que en realidad no tienen arreglo) delante de Cristina (Scarlett), intercalando frases en español y en inglés. He leído críticas muy estúpidas que señalaban la inverosimilitud de que la pareja se pelee en inglés tan solo por cortesía hacia Cristina, como si se tratara de un recurso trucho de Woody para acercar la situación al público norteamericano. Lo cierto es que todos los pasajes del español al inglés y del inglés al español en las peleas de la pareja desquiciada son graciosísimos y le dan un swing a las situaciones que de otro modo no tendrían.


Woody amaga con contarnos la historia de la competencia de las amigas Vicky (la para mí gran revelación de Rebecca Hall) y Cristina. Pero no, la cosa tiene sus idas y venidas, la aparición del personaje de Penélope envía la gracia hacia las alturas y embrolla más y más el matete amoroso. De lo que se trata una vez más es de la falta de viabilidad de las situaciones amorosas, de las pasiones insoportables y de la rutina agobiante, de los ensayos destinados al fracaso para incorporar un nuevo ingrediente para que la pareja cuaje de algún modo, se trata de encontrarle la vuelta al amor, al amor estético, al deseo, a la sexualidad, a la repetición. Y como lo viene haciendo desde los tiempos de Annie Hall, Manhattan y Hanna y sus hermanas, Woody vuelve a constatar que no hay caso, que la cosa no tiene remedio. Y así se ubica en gran forma en el siglo XXI.