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martes, 26 de noviembre de 2024

Sutilmente a Tanguito

Sobre Solo qu3r3mos un poco de amor, la nueva película de Raúl Perrone
 

por Oscar Cuervo

Tanguita y Luis son un par de vagabundos existenciales, discípulos tardíos de Diógenes y el perro en las calles desoladas del conurbano invernal. Perrone los sigue a ellos para lanzar un renovado reto a la aptitud de un espectador todavía dispuesto a una mirada asombrada. Tres décadas después de su trilogía de origen, la que le dio sentido al adjetivo "perroneano", el visionario de Ituzaingó se prueba a sí mismo que el cine todavía le reserva un escorzo imprevisto desde el que filmar esas callecitas tan pateadas.


Por un lado: nadie en el cine actual renueva en cada estación su fe carbonera para abrir el mundo desde su aldea, nadie como él. Perrone capta la tristeza terminal de esta época, muy lejos de la euforia malsana del fascismo imperante. Su incesante invención estilística es una respuesta sabia y humilde ante este tiempo soez de los fascistas. La cámara estenopeica es tan antigua al menos como las derivas del viejo Diógenes; su imagen húmeda, de colores apagados, aprehende la tristeza esparcida en el aire. Desde esa simpatía por la belleza y por la bondad es que su cine se vuelve político. En Solo qu3r3mos un poco de amor, Luis y Tanguita le disputan sentidos en el propio territorio a un tiempo desalmado. Perrone no mira las circunstancias por encima de ellos: los acompaña y los escucha. Ellos mismos saben descifrar los signos que les permitirán no dejarse vencer: se encuentran con otros ángeles callejeros y comparten un saber histórico, fundado en la majestad del cinismo clásico, la dignidad neorrealista y las derivas beatniks.

Por el otro: la condición popular de su experiencia no le impide sostener una exigencia formal insólita en el cine actual. Popular y vanguardista, su exploración de las texturas pictóricas, las musicalidades y los dialectos callejeros, voz y canciones, le da un sentido distinto a la opción por el clasicismo. Lo clásico no es la conservación de las formas revisitadas sino la soltura de una renovación perpetua. En el tramo más reciente de su filmografía Perrone se puso a jugar con la banda de sonido, como si el período silente del cine acabara de dar paso a un descubrimiento desenfadado del audio, lejos de la pesadez que el cine sonoro tuvo en su primera fase. La imagen estenopeica, la entonación distorsionada de las voces callejeras y el arrebato inesperado de la música desatan la tensión poética de su cine. Su voluntad de vanguardia extremista nunca puede sentirse como un alarde experimental, porque Perrone pulsa cada osadía siempre en función de un desgarro emotivo. La tristeza de la calle y el orgullo de los pobres se presentan en este diseño formal más apropiadamente que lo que cualquier representación mimética podria lograr. Lo inaudito de las formas empuja a una perplejidad más mística que experimental.


Una música rara atraviesa la poesía de Pasolini en la voz inesperada de un pibe del suburbio. Interferida por ecos de un bandoneón espectral, conduce al extasis de una tierna y dulce canción en la voz áspera de Tanguito, el más querido, el más frágil de todos. Especialista en el remate musical de las líneas narrativas, nunca antes fue Perrone tan agradecido como aquí. Finalmente su cine declara su filiación íntima con la música de Tanguito, el momento de máxima inocencia del rock argentino. Perrone es rock argentino, pero más precisamente en la ternura de Tanguito. En ambos artistas refulge una poética de la rusticidad desamparada como atributo angelical.

Susana, déjame ser como yo soy.

No cambia nada con que use

una camisa o una corbata,

si da lo mismo, es gusto mío

o un desafío, o un desafío.

No cambia nada, no cambia nada,

no cambia nada.




Es como si hubiera debido atravesar décadas de invención furibunda para que recién ahora se terminara de revelar su afinidad angélica con Tanguito. Es como si el cine del Perro, cuanto más se alejara de su punto de partida, más se apropiara de su origen.

martes, 29 de mayo de 2018

Yo no estoy aquí, sólo mi sonrisa me delata

Especial Tanguito en La otra.-radio para escuchar clickeando acá 



La dorada princesa del verano
entrega a los iluminados
su sol amarillo
caleidoscopio de hojas de oro,
y lágrimas que ríen.

El tiempo se detiene y cuando
nadie maneja el aire
una magia nueva se produce
una magia nueva
una balsa nueva.

Yo no estoy, yo no estoy aquí
sólo mi sonrisa me delata
pero yo miro desde todas partes
a la princesa que se mueve
entre estrellas de corderoy azul
con la soltura de quien no tiene errores.

Ellos le hablan y la contestación
es sólo el brillo de los ojos
la princesa se da vuelta
como un guante
y sigue sin adentro ni afuera.

Cuando la princesa habla
vos la oís en tu mente
y el fauno se despierta
y baila una danza
una danza roja
desconocida pero eterna
pero eterna.

¿Cómo es posible que en enero de 1968 se grabara esta canción de belleza alienígena en un estudio de RCA en Buenos Aires, cantada de un modo tan raro por Tanguito, acompañado por la orquesta de Horacio Malvicino? La orquestación de Malvicino es rutinaria y no difiere en su previsibilidad de otras mil que habrá arreglado en esos años para los cantantes de la nueva ola. Pero la luz de su melodía, la gracia surreal de los versos, la aspereza de la voz de Tango y su extraña manera de acentuar, estirar o separar las sílabas estaba fundando el canto del rock en castellano, con una eficacia que convirtió a "La Princesa dorada", al mismo tiempo, en ejemplar primitivo de su especie y en cumbre del género. Daniel Melero, que sabe de estas cosas, dice que "La princesa dorada" es su canción favorita del rock argentino y no cuesta mucho estar de acuerdo.

En el programa del domingo pasado de La otra, junto con Santiago Segura y Maxi Diomedi intentamos desentrañar la irrupción milagrosa de Tanguito en una ciudad y en una época que no estaban preparadas para él. En solo 26 años de vida, sin ningún cálculo, a pura gracia, supo dejar una huella indeleble en la ciudad que no lo recibió bien. Era un negrito del conurbano, de Caseros, y se juntó en La Perla con un grupo de jóvenes refinados y ambiciosos que estaban inventando el rock de acá. De alguna manera ellos le hicieron sentir su diferencia. ¿La canción la compuso él? ¿La letra es de Pipo Lernoud? Casi todo lo que dejó grabado Tango tiene una atribución autoral dudosa. Pero basta escuchar los pocos registros discográficos que nos dejó (para siempre, aunque él no supiera planearlo) para darse cuenta de que generó un arte único y abrió caminos para que los que vinieran después exploraran.



Además, en el programa hablamos de otras canciones de Buenos Aires. En la huella de los fundadores, Calamaro en 1999 compone "El ritmo del lunes" junto a Moris, esa que dice:

Pueyrredón y Santa Fe
¿por qué vereda camina usted?
me voy a sentar en un bar
a ver la gente pasar
a ver la gente pasar
en una mesa los dos poetas
juntan pedazos de un día falso
porque de noche recién empieza
la furia que te atraviesa
de los amantes de hacer el martes en una mesa.


Otra de las magas secretas de la ciudad es Rosario Bléfari, que esta semana presentó su formación Los Mundos Posibles junto con Julián Perla. Hablamos de la presentación y de lo que significa Blefari para la escena artística porteña desde hace más de 20 años.



Y hubo más canciones en La otra del domingo a medianoche: "This is América", de Childish Gambino, que en estos días estalla en todo el planeta. Y también hubo oportunidad de comentar la movilización política más grande de los últimos años, la que se juntó en la 9 de Julio para repudiar la incidencia del FMI en el rumbo del gobierno macrista. Todo acá.

domingo, 27 de mayo de 2018

Tanguito, el punto de la Cueva, raro al cubo




Para mí Tanguito era genial, cuando a la salida de un concierto o a la salida de un ensayo me lo encontraba en la esquina de mi casa, y ni siquiera había ido a golpear la puerta. El tipo estaba por ahí o justo llegaba con su séquito, se apoyaba contra un auto y empezaba: "Abre el barril de lluvia y toma una copa y el hombre de cristal volverá a vibrar". El flaco ya había compuesto temas como ése, o como "Diamantes de espuma", unas canciones preciosas con unos tonos muy simples pero con una profundidad tremenda. Esas canciones las conservó hasta en la época de drogadicto. Habrá agregado alguna canción más que se le habrá ocurrido pero, en realidad, creo que Tanguito ya las tenía de antes, de su etapa sana, realmente el tipo debe haber sido un genio. Después se echó a perder. Nadie podía ni estar ni tocar con él, no mantenía el ritmo y cambiaba los acordes con una arbitrariedad extramusical.
Luis Alberto Spinetta a Juan Carlos Diez, en Martropía: conversaciones con Spinetta

Tango o Tanguito, Ramsés VII, Donovan el Protestón, Drago: los nombres para una fundación enigmática.

Editó dos discos simples con la banda Los Dukes, pertenecientes al universo de la música comercial de los 60 ajeno completamente a la estética y ética que poco después contribuiría a fundar: "Decí por qué no querés" (Palito Ortega-Dino Ramos) / "Mi Pancha" (Music Hall, 1963); "Carnaval, carnaval" (Ball y Roger, versión castellana de Santos Lipesker) / "Maquillada" (Freddie Cora) (Music Hall, 1964). 

En 1968 Tanguito apareció como el que sería por siempre en un simple que contiene "El hombre restante" (Tanguito-Martínez) y "La princesa dorada" (Lernoud-Tanguito) (RCA Victor), aunque con un revestimiento sonoro que respondía todavía al universo "Club del Clan". Quizá este choque entre dos estéticas incompatibles convierte a este par de canciones en rarezas irrepetibles. Ya en 1970, en  el sello Mandioca, un ecosistema que podía acogerlo como propio, grabó el único disco auténticamente suyo editado en vida: "Amor de primavera" (Hernan Pujó) / "La balsa" (Nebbia y Tanguito).

En el grupo fundacional del rock argentino, que de por sí eran los raros de la ciudad de Buenos Aires de la segunda mitad de los 60 porteños (La Cueva, La Perla del Once, Plaza Francia, el divague), él era el muy raro. Dijo Claudio Gabis a Página 12 en 1989:

«Lo conocí (cumpliendo rigurosamente con la leyenda) en La Perla del Once. Lo recuerdo sentado con uno de sus "Valerios" (una variante del eterno oficio de escudero) en una mesita al fondo del salón, visiblemente aislado del numeroso grupo que copaba una larga mesa diez metros más allá. Me llamó la atención, también, su separación del resto de la gente. Por eso estaba en capilla, y a pesar de quererlo, se lo mantenía alejado. Recuerdo la insistente frase: No te acerques a esta mesa, loco, porque siempre nos quemás. Y entonces dirigía un último intento, por ejemplo hacia mí, que era nuevo: -¿No me prestás cinco pesitos, Claudio, que mañana te los devuelvo?».

Moris, Javier Martínez, Litto, Gabis, después Spinetta, eran una banda de muchachos que estaban fundando una tradición poderosa que dejaría una huella definitiva en la música argentina, un polo creativo único en el mundo, en el contexto de explosión social, cultural y estética que se registraba en todas partes del globo. Tanguito, dentro de este pequeño grupo era, a la vez, el extraño.

Es decir: en un momento raro de la historia musical moderna, en un lugar donde ese giro adoptó un rumbo raro, tanto para los parámetros locales como los mundiales, todo empezó con un grupo pequeño en el que había un muchacho que era raro incluso para ese grupo inicial. Tanguito era raro al cubo. Un detalle: los otros fundadores del rock argentino formaban parte de la clase media urbana, con el aporte no menor del rosarino Litto. Pero Tanguito era un lúmpen del conurbano. Eso significó una no tan sutil discriminación:

"Tanto se habla del amigo Tango y sin embargo yo lo recuerdo como uno de los tipos más maltratados de La Cueva. Maltratado, ¿cómo lo puedo explicar? Él vivía lejos, en Caseros, entonces andaba siempre con su bolsita, con las medias, una camisa blanca, con todas las cositas que llevaba. Y, bueno, era usual que le escondieran la bolsita en La Cueva. ¿Viste que en el secundario siempre hay un tipo al que todos tienen de punto?. Bueno, Tanguito era el punto de La Cueva. Yo me acuerdo, de noche, tarde, que se tenía que ir, y pedía la bolsa, pedía la bolsa. Y me acuerdo de dos o tres noches, de una ronda de ocho o diez tipos pasándose la bolsa como jugando al vóley, y con Tango en el medio, tratando de agarrarla y diciendo: `Che, por favor, me tengo que ir´. Me acuerdo las verdugueadas de los cueveros hacia Tango".

Y Billy Bond:

"Alguien tiene que decir que Tanguito era menor de edad y no entraba a La Cueva. Y que se drogaba tanto que vos no podías ni hablar con él. La mayoría de los músicos lo despreciaban, pero nadie lo dice: lo idolatran. Con Tanguito éramos compadres, amigos. Yo lo toleraba bastante; él era peligroso porque tomaba muchas drogas. Ojo, no estoy en contra de las drogas: no soy un santo. Tanguito no era el prototipo de un héroe. E incluso olía mal. Pero era un ser maravilloso y con un corazón así de grande. A Tanguito, las drogas lo abrían mucho y por ahí te decía ‘te quiero’ y vos no sabías por qué. Había gente a la que eso no le gustaba. ‘¿Qué le pasa a este pelotudo?’. Sabemos cómo es el argentino".

Murió en 1972 en circunstancias no claras. Su deterioro vital llevaba años. Meses antes había grabado el único LP por el que se lo conoció durante décadas, editado meses después de su muerte: Tango (1973, Mandioca).

Se dice que ese disco tuvo escasa repercusión comercial. Eso también es raro. Su voz áspera, su extraño fraseo, su rítmica dura, su audio primitivo y crudo suenan en una primera oída como una anomalía que, sin embargo, es la propedéutica ineludible que un buen oído necesita para entender las bases estéticas del rock argentino. No se puede entender qué es el rock de acá si no se escuchó Tango, el disco, un unplugged radical. No hay Spinetta sin la voladura de ese chico raro de Caseros al que nadie le daba bola.

En la década del 90 se hizo famoso por motivos errados: una película de Marcelo Piñeyro, con guión del director y de Aída Bortnik, adultera el sentido de su ícono para transformarlo en un objeto de consumo masivo incompatible con su esencia.

En 2009 aparece el CD Yo soy Ramsés, integrado por canciones grabadas en la primavera iniciática de 1967, con un Tanguito artísticamente más íntegro que el que en 1972 grabó el LP con el que se conoció por años. En estas grabaciones seminales están sentadas las bases de la parte más original y audaz del rock argentino. Hay que tener en cuenta que cuando fue grabado no existía ni siquiera el álbum blanco del los Beatles.