Si el cine es el arte del punto de vista y ahí se juegan la política y la emoción de una película, justo ahí Trapero se muestra errático e impreciso. El Clan parece amarrarse al personaje de Alejandro, el hijo, pero sus motivos son difusos y su sometimiento inerte apenas despierta una débil curiosidad y ninguna pasión. Esa falta de eje se hace notar en la textura deshilachada de la exposición cronológica, con sus avances y retrocesos antojadizos, en la sucesión indiferente de secuestros y muertes, y en la confusión espacial y temporal de la escena clave del operativo policial. Sin punto de vista, el texto boya en la nada.
jueves, 20 de agosto de 2015
El Clan (Arquímedes Argento, casado y con hijos)
Si el cine es el arte del punto de vista y ahí se juegan la política y la emoción de una película, justo ahí Trapero se muestra errático e impreciso. El Clan parece amarrarse al personaje de Alejandro, el hijo, pero sus motivos son difusos y su sometimiento inerte apenas despierta una débil curiosidad y ninguna pasión. Esa falta de eje se hace notar en la textura deshilachada de la exposición cronológica, con sus avances y retrocesos antojadizos, en la sucesión indiferente de secuestros y muertes, y en la confusión espacial y temporal de la escena clave del operativo policial. Sin punto de vista, el texto boya en la nada.
domingo, 11 de mayo de 2014
Carlos Mugica no era un “cura villero” (El Elefante blanco de Pablo Trapero y las objeciones de Eduardo De La Serna y Horacio Verbitsky)
jueves, 8 de mayo de 2014
Che compañera
Hace apenas días en La otra.-radio estuvimos reivindicando la calidad de compositora de Teresa Parodi, el reconocimiento que había logrado entre una camada de músicos más jóvenes (Ana Prada, Lisandro Aristimuño, Fernando Barrientos, Pedro Aznar, Abel Pintos) y nos propusimos entrevistarla en cuanto pudiéramos (se puede escuchar el audio del programa acá, justo los primeros minutos después de la canción a dúo cantada por Teresa y Pedro Aznar). Supongo que ahora que ha sido designada Ministra de Cultura (la primera en la historia argentina) tendrá bastante menos tiempo para entrevistas. No importa, Nos alegramos: por sus calidades artísticas y por su compromiso militante. Ojalá que le vaya muy bien y que los vericuetos de la administración pública no dificulten su tarea.
Postdata: en la asunción de Parodi a cargo del Ministerio de Cultura se hizo presente la delegación de cineastas, actores, técnicos, guionistas y productores que viaja a Cannes con las 6 películas que participan del festival. En este video se puede ver, por ejemplo a Lisandro Alonso, Fabián Casas, Diego Lerman, Pablo Trapero, Damián Szifron, Rita Cortese, Oscar Martínez, Gael García Bernal, Leonardo Sbaraglia, entre varios otros. En la merienda de ayer a más de uno se le debe haber atragantado el bizcocho al ver esta escena.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Verbitsky, Trapero, Molina y los curas villeros
Molina es un cura católico, pero en poco se parece a Gustavo Carrara, el inminente obispo villero cuya práctica paternalista inspiró la película Elefante Blanco. Esa ficción presenta el trabajo de los curas en la villa como una misión heroica en un mundo de pigmeos. Los habitantes del barrio son vistos como una masa amorfa, sin rasgos que los distingan salvo el consumo de drogas y lo único que hacen los curas además de impartir los sacramentos es llevar a los chicos de la villa a un centro de rehabilitación.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Matanza y cine
por Oscar Cuervo
sábado, 5 de junio de 2010
Carancho

por oac
Hay varias películas (dos, tres, cuatro) pugnando por ser en los contornos de Carancho ; y no son todas disfrutables al mismo tiempo. No llegan a cuajar en una sola, ni siquiera en una película tensa: más bien algunas de ellas impiden valorar a las otras.
Por ejemplo: todo empieza con un enunciado informativo: "en la Argentina mueren x cantidad de personas al año en accidentes de tránsito; es la mayor causa de muertes entre las personas menores de 40 años; esto permite un gran negocio para la industria del juicio...". O algo así (cito por aproximación, pero este es el sentido que se instala). Es decir: se trata de información sociológica, que podría copetear una nota en la sección Sociedad de un periódico dominical. Podría ser también el basamento de una nota en la sección "Investiga" de un noticiero de tv. Pero ¿qué hace al principio de la película de Trapero? Establece una política de autor respecto del vínculo que pretende entablar con el espectador. ¿Qué quiere Trapero que yo haga con esta información, con la que inicia su vínculo conmigo? ¿Quiere que me entere de una problemática que caracteriza a "nuestro país"? Pero yo no voy a ver a Trapero para enterarme de ciertas problemáticas sociales argentinas. Puedo interpretar las noticias prescindiendo de sus indicaciones.
De todos modos, en esa apelación (función referencial, pero también función fática y, ocultamente, función conativa) hay algo más, contrabandeado: Trapero informa para reclamar mi credibilidad acerca de lo que está a punto de contarme. Porque: nótese: me quiere contar algo, un relato, no el relato de un suceso que se derive, ni siquiera como caso ejemplar, de la problemática de los accidentes de tránsito, sino el relato de una historia imaginada por Trapero. Lo que Trapero intenta es que el relato que él pergeñó en la instancia del guión sea considerado en el marco de las estadísticas citadas al principio: la historia que Trapero va a relatarme es la de dos de esos miles de muertos contabilizados. Pero no. Trapero quiere que me deslice por esa vía, pero no es así.
¿Por qué querría Trapero que yo crea que lo que él imaginó es real? El problema del realismo es inmediatamente planteado por el film y no de la manera más leal, sino mediante una retórica de la verosimilitud. Es decir: de la mentira.
Se me dirá: hay miles de películas que recurren a este mismo tipo de enunciados. Es cierto. Hay miles.
Lo que viene después es un film programático acerca de la mostración de cuerpos contusos: desde el inicio vemos cómo el personaje de Darín (Sosa, el Carancho) es ferozmente golpeado. En seguida lo vereremos re-puesto y maquillado de moretones. El maquillaje es un elemento clave del sistema de cuerpos contusos que Trapero propone. Una vez más el problema del realismo, una vez más la negación del realismo. De ahí en más Sosa y su heroína (Luján, representada por Martina Gusmán) serán golpeados, pateados, lastimados, pinchados, cosidos, estrujados, manoseados, amoratados, aplastados y baleados. No son la excepción en el mundo que Trapero propone: son la regla. El mundo (o la Argentina, si vamos a hacerle caso al cartel del comienzo) es un lugar donde se laceran cuerpos para obtener dinero; pero a veces también (como en la pelea entre los hinchas de fútbol o en los pinchazos que se dan Luján y Sosa) se laceran sin la intención de obtener dinero. El mundo es un lugar donde las personas se maltratan, en el sentido más físico que se le pueda dar al término. Por eso la cámara de Trapero se demora en los golpes, los empujones, los manoseos y los pinchazos. Por eso se detiene con delectación a mostrarnos cómo se cose una herida, con hilo y aguja. Alguien dice que es un cine físico: es cierto, siempre que se tenga en cuenta que se trata del efecto que se quiere provocar en el espectador, el de ver la carne lacerada, aunque muchas veces se trate de maquillaje. ("Cine físico" es un concepto que garpa en la crítica especializada en este momento, ahora que ya no se usa tanto "epifanías".)

Esa retórica de la contusión se solidariza con la cámara: la cámara está siempre muy cerca, para que no perdamos los detalles de la carne macerada; sobre todo del notable virtuosismo de los maquilladores. Más que una problemática sobre la industria del juicio por accidentes de tránsito en nuestro país, Carancho es un documental sobre la destreza de los maquilladores de nuestro país.
Y la cámara, por ponerse tan cerca de la maceración de la carne, está siempre como agitada, se mueve cuando en la escena hay mucha agitación; y se mueve también cuando la cosa se tranquiliza: un poco menos pero se mueve, como si el camarógrafo hubiera sido expuesto al traqueteo de una noche agitada en una guardia de hospital del conurbano y un par de horas después tuviera aún el pulso tembloroso.
Las criticas hablan de la cuestión del género: si es noir, si es una historia de amor, si es el mundo mismo. Y Trapero no niega explicitar su sistema: "para mí, es una historia de amor, pero no una comedia romántica, sino un drama. Y las historias de amor que uno conoce son tan fuertes que sólo pueden culminar de forma dramática. Al mismo tiempo, el tema es así, como una realidad ineludible. Vos sabés que en este mismo momento hay un tipo estrolándose en algún lado. Por ahí, lo que la película intenta es plantear otras salidas, pero visiblemente no las hay".

Gracias a Dios existen los reportajes y también los periodistas que complacen el deseo de sus entrevistados. En pocos renglones Trapero expone su sistema de opiniones y los recursos retóricos por los que reclama nuestra adhesión: "uno conoce que [las historias de amor] sólo pueden culminar en forma dramática" [acá "en forma dramática" quiere decir que los malos van a matar a Darín y a Martina; ¡atención! en esta nota se revelan detalles acerca del final de la película]; "Vos sabés que en este mismo momento hay un tipo estrolándose..." [como es estadísticamente probable que en este momento un tipo esté estrolándose en algún lado, parece que de ahí se deriva que todo siempre termina mal y, además:] visiblemente no hay salidas".
Entre lo que "uno conoce", lo que "vos sabés", lo "visiblemente" y las estadísticas del cartel se ha armado un sistema: el mundo según Trapero, nuestro país, el conurbano, el amor, el tránsito, la policía, las enfermeras, los abogados y la falta de salida.
El conurbano: Trapero demuestra que puede filmar con belleza el espacio del conurbano, sus luces amarillentas, los desolados pasillos del hospital y las entradas de la guardia nocturna, salpicadas por la luz destellante de las ambulancias y los patrulleros. Hay ahí una película posible, pero a esa belleza suburbana en la que se agitan vidas y muertes Trapero le superpone sus opiniones sobre la atrocidad del mundo y la falta de salidas. En una guardia de hospital, desde que el mundo el mundo, al menos desde que hay hospitales, los cuerpos se agitan: es la vivacidad en la que se agitan los vivos y nada impide que en esos espacios periféricos afloren la belleza, el amor y también el placer. Pero Trapero no permite que esta vivacidad se entrometa en su película, porque su opinión fúnebre acerca de la policía bonaerense, los abogados y la falta de salidas de las historias de amor es más importante. También en los films de los Dardenne hay crispación, cuerpos contusos o contracturados, pero las briznas del amor crecen en hendijas impensadas. El amor se exterioriza y fuerza la dirección de los acontecimientos.

En el mundo, no así en Carancho. En Carancho no hay salida. Entonces se nos invita a ver el martirologio de Martina y los magullones de Darín, en una emocionante amalgama del cine independiente y los ídolos populares. El asunto es que los veamos sufrir, que presenciemos cómo los azotan. No sólo en virtud de la industria del juicio ni por obra exclusiva de los estamentos corruptos de la Bonaerense: también por los borrachos que van en las ambulancias y quieren propasarse con las pobres enfermeras; también por la brutalidad de los barrabravas que siguen pegándose los unos a los otros (y a las pobres Lujanes) en las salas de guardia. No es la agitación propia de lo vivo: es la horribilidad del mundo.
Y cuando Trapero dice "amor", hay que pensarlo dos veces: se trata de una experiencia privatizada, un pliegue del mundo en el cual la pareja se retrae (parece que el amor tiene que encauzarse en el formato "pareja" y apartarse en el apartamento). No se equivocan entonces los que afirman que se trata de un film político: el pesimismo como premisa y la retirada al mundo privado (lugar en el que se aparta el "amor"): toda una política.
Además hay al menos otra película que de pronto adquiere relieve en las admirables secuencias finales de Carancho: de pronto el patetismo y el agite adquieren una fuerza épica de la que carece el resto de la película, en la que impera más bien un tono lloroso. Los últimos dos planos-secuencia del Vía Crucis de Luján y Sosa podrían ser el éxtasis estético con el que Trapero nos premia después de habernos sometido a tantos cachetazos y latosas opiniones sobre el mundo. Podrían ser también la promesa de que algún día Trapero volverá a filmar una gran película.
Hay que esperar contra toda esperanza.
domingo, 1 de junio de 2008
Leonera y los grandes hitos
Por Oscar A. Cuervo
Leonera, la nueva película de Pablo Trapero, vuelve a producir un extraño fenómeno digno de análisis: la crítica local monta en una especie de éxtasis celebratorio en el que cada elogio debe ser más descabellado que los anteriores. Se trata de películas que hacen un corte en la historia del cine argentino, densas en indicaciones sobre lo que se deja atrás y lo que vendrá; obras que dividen aguas, a las que los críticos esgrimen como argumentos contra otras películas, las réprobas, aquellas que funcionan como contra-ejemplos: lo que el cine ya no debe hacer. Hace unos años había sucedido que por la misma época se estrenaron La niña santa de Lucrecia Martel y Los guantes mágicos de Martín Rejtman. Una revista especializada editorializó anunciando que se ponía la camiseta de Rejtman contra Martel: decretaron que la de Rejtman representaba el nacimiento de "la nueva comedia argentina", que ahora lo que hacía falta era hacer comedias y otras películas de género, y en cambio Lucrecia Martel era el exponente de un cine "demasiado cerebral", una cineasta que se excedía en el control minucioso de los personajes, a los que no les dejaba espacio para desarrollarse líbremente. Esta última afirmación carece por completo de sentido, no hay manera de ponerla en cuestión: ¿qué significa exactamente que un cineasta le deja libertad a sus personajes? ¿qué elementos concretos en una película podrían usarse para demostrar que el cineasta sí dejó que el personaje se desarrollara líbremente? Por lo general, los autores de este tipo de arbitrariedades no se sienten en la necesidad de fundar sus afirmaciones en una base empírica, sólo les basta con apelar a una retórica para persuadir a otros colegas predispuestos a darse la razón mutuamente. Y así se generan consensos súbitos. El conjunto de los críticos es más bien pequeño y las deliberaciones que producen estos díctámenes suelen resolverse en unas pocas horas. La incontrastable distinción entre los films de puesta en escena "controlada" (lo que para estos críticos es lo correcto) y los "calculados con frialdad" (lo que para ellos está mal) vuelve a ponerse en juego en la recepción de Leonera. Dice Porta Fouz en El Amante 192: "En Leonera, los momentos de mayor intensidad no solamente funcionan sino que son los mejores. Y funcionan desde las entrañas, desde la potencia aluvional que Trapero y su equipo logran con un cine evidentemente planificado pero no calculado con frialdad". No acierto a comprender qué significa que un film funcione desde las entrañas, más allá de la obvia oposición"entrañas/cálculo cerebral". El funcionamiento desde las entrañas me suena al tránsito intestinal, pero la verdad no sé si Porta Fouz se refiere a algo así. Me huele qué es lo que se esconde detrás de los párpados caídos con que se pronuncia la frase "pero no calculado con frialdad": habrá que esperar hasta el número de agosto de El Amante y leer el comentario acerca de La mujer sin cabeza, ya que todos nosotros sabemos que Martel calcula sus films con frialdad.
Lo que puedo encontrar en el film de Trapero asociable a esta intensidad salida de las entrañas es el tono gritado de las actuaciones: obvio, en una cárcel de mujeres hay que gritar mucho. Otro rasgo intenso: los primerísimos planos filmados con cámara en mano en los que precisamente las actrices gritan, berrean, putean, etc. (todas conductas muy intensas). Tanta intensidad (uf) permite asociar a Trapero con Leonardo Favio, quien por estos meses goza de la consideración de nuestros críticos: "Trapero, como Favio, es ahora un director de orquesta ... [son] directores que quieren, pueden y están orgullosos de hacer un cine con y de sangre sudor y lágrimas" redondea el concepto Porta Fouz. Pero la película nos ha gustado tanto que no vamos a contentarnos con comparar a Trapero con Favio: pongámoslo cerca de Carl T. Dreyer y Roberto Rosellini, como hace Diego Brodersen en Otros Cines. Y ya que estamos, digamos algo de la actriz protagónica, Martina Gusmán (mujer de Trapero y productora ejecutiva del film). Quintín vio Leonera antes de que compitiera en Cannes y se hizo a la idea de "que Martina se iba a ganar el premio a la mejor actriz en Cannes", cosa que a partir de ese momento muchos críticos empezaron a repetir, sin que, por supuesto, ninguno de ellos hubiera visto otras películas con las que Leonera competiría. Pero ese vaticinio es aún poca cosa (finalmente Gusmán no ganó nada), así que pongámonos a pensar en el lugar que ocupará esta actuación en la historia del cine: "el trabajo de Martina Gusmán, quien se carga sobre los hombros gran parte de la potencia dramática de la película, está a la altura de la Maria Falconetti de La pasión de Juana de Arco, la Anna Magnani de El milagro o la Ingrid Bergman de Europa ‘51". Esta extraordinaria sentencia también fue emitida por Brodersen en Otros Cines. Así que ya saben. Y bien: ¿qué pasa con Leonera? Que quizá estos desbordes le hagan más mal que bien a una película que compite con éxito con cualquier capítulo de Mujeres Asesinas, dado que su factura está mejor terminada que la del programa de Polka, con el que comparte cierta apelación a las simpatías que nos despiertan las mujeres en posiciones de víctimas. El personaje que encarna Martina Gusmán es una chica enredada confusamente en el homicidio de su novio, lo que la lleva a la cárcel. No se sabe si ella lo mató, pero sí que el occiso había abusado de su confianza al llevar al depto. (de ella) el novio (de él). Además, la chica entra a la cárcel embarazada y cría a su hijo en el encierro, hasta que se lo quitan: ¿puede encontrarse a una víctima más digna de nuestras simpatías? Agreguémosle a esto que la que emprenderá su defensa será una mujer... inválida. ¿Cómo no desear el resarcimiento de sectores tan postergados, aún cuando no sepamos si acaso ella mató al novio gay? Todo se presta a la intensidad, los llantos, el movimiento visceral, las efusiones sanguíneas, sudoríparas y lacrimales. La película, co-producida por Walter Salles, cuenta con la participación algo inexplicable de un personaje brasileño representado por Rodrigo Santoro, ese buen mozo de la serie Lost. Estas aportaciones tampoco deben pensarse como fríos cálculos, sino más bien como efusiones de una intensa visceralidad co-productiva. La fotografía es suntuosa y combina con buen gusto los tonos cálidos y los fríos. Martina Gusmán es rubia y delgada, y su silueta se destaca nítidamente entre las otras presas, entre las cuales Trapero aclara que hay presidiarias reales. Todo termina bien, con el fondo de una canción que Pity Alvarez canta acompañado por un coro de niños; la canción habla de la inocencia.







