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sábado, 26 de septiembre de 2015
miércoles, 21 de septiembre de 2011
El hombre de la casa hundida
Cabo Polonio IV
por Carmen Cuervo
Que se sepa de una vez, el suelo de Cabo Polonio es mutante. El cabo es un peñón de rocas y arena, pero el viento forma dunas que se trasladan y cambian de ubicación: montañas que alcanzan los treinta metros en la cima y que, desde ahí, se caen a lo profundo. Las casitas aparecen desordenadamente en este paisaje. Hay numerosas historias de casas sepultadas ahí y, cada tanto, cuando íbamos caminando, alguien nos decía "ahí hay una casa hundida".
Pero un día un hombre nos contó su propia historia: Yo estaba adentro de la casa cuando empezó a soplar el viento, dijo, acá estoy acostumbrado al ruido del viento, pero éste tenía un sonido particular, como si pequeñas rocas fueran arrojadas constantemente contra mis oídos. Y entonces encendí una vela y vi. Flotaban por la habitación granos de arena de un color azulado que entraban por todas partes, bailaban eloquecidos y caían para quedarse en el piso. La cantidad de arena crecía y crecía. Me di vuelta y miré por la ventana: la mitad ya estaba cubierta de arena. Salí por el último espacio libre. Afuera, la arena siguió cubriendo la casa hasta que no quedó nada. Esto nos dijo el hombre y se fue.
Después pasaron unos días tranquilos desde aquella vez que habíamos visto al hombre de la casa hundida, pero una noche empezó a soplar un viento de forma extraña. Esa noche casi no dormimos, el viento era fuerte y hacía mucho ruido. Cuando nos levantamos muy temprano, alguien nos exhortaba, a mis compañeros y a mí, a sacar la arena que había entrado durante toda la noche en la posada donde estábamos.
No prestamos atención y comenzamos a preparar las cosas para volver a Buenos Aires.
martes, 13 de septiembre de 2011
Cabo Polonio. Una visión subjetiva III. Sapos
por Carmen Cuervo
La fauna de Cabo Polonio se destaca por sus enormes sapos. Hay miles de sapos gigantes. Miden hasta cincuenta centímetros de longitud. Estos animales tienen un color marrón parduzco y manchas verdes oliváceas. Su piel está recubierta por verrugas negras y espinas. Son agresivos y atacan arrojando un líquido blanquecino. Pero sus ojos son brillantes con una pupila horizontal y un iris de color cobrizo. Su mirada obsevándome fijamente fue la cosa más terrorífica que vi en mi vida. (continuará...)
domingo, 4 de septiembre de 2011
Cabo Polonio. Una visión subjetiva II. Nocturno
por Carmen Cuervo
La noche sin luna en el Cabo es la parte más negra de la oscuridad porque ahí no hay luz. Cuando salimos no nos dimos cuenta pero cuando intentabámos volver a nuestro refugio estábamos en la oscufidad. Ni luna, ni estrellas, ni una linterna, ni velas, no veíamos nada. Nuestro pies estaban sobre un terreno inestable, que a veces bajaba y otras subía, un suelo algo resbaladizo por el agua de la lluvia, con piedras, quizá con pinches o caracoles vacíos, a lo mejor íbamos pisando algunos bichos pero no veíamos nada. Algo nos obligaba a caminar sin rumbo. Es para allá, dijo alguién simulando decisión y dimos algunos pasos. A nuestro alrededor debían estar los médanos y también, cerca, estaría el mar, se sentía el ruído y el olor pero era peligroso acercarse a él. Ni siquiera las personas eran confiables para nuestros sentidos, se escuchaban las voces familares pero cuando nadie hablaba no se sabía si todavía estaban ahí o se habían ido alejando del grupo hasta perderse. No podíamos quedarnos donde estábamos porque hacía demasiado frío y el viento y la lluvia ya eran violentos. Pero habíamos olvidado algo. De la torre situada cerca de la costa salía una tenuísima luz. La lámpara en lo alto pasaba sobre nosotros y luego se alejaba tanto que no podíamos imaginar dónde iría, seguro recorrería todo el paisale, pasaría por el bosque más negro aún que nuestra oscuridad, alumbraría a los animales salvajes, a los pájaros nocturnos, a los pinos y después se iría a meter al mar, o sobre la isla de piedras donde estaban los lobos marinos. El haz de luz andaba por tantos lugares que tardaba una enormidad en volver hasta nosotros y volvía sólo cuando casi lo habíamos olvidado. Uno de nosotros se dio cuenta de que había que esperar que viniera cada tanto la luz del faro para tratar de encaminarnos poco a poco hasta nuestro refugio.
sábado, 27 de agosto de 2011
Cabo Polonio. Una visión subjetiva, parte I
Fotografía: Willy Villalobos
por Carmen Cuervo
Cabo Polonio es Uruguay bien al norte. A unas 20 cuadras de llegar, antes del camino que lleva al cabo hay un cartel que explica “Aquí comienza la aventura”, o por lo menos eso es lo que yo recuerdo. Alguien podría recorrer a pie ese camino pero no yo, porque seguramente no llegaría nunca. Nosotros llegamos al Cabo en una camioneta todo terreno pero sin cabina, es decir que la camioneta casi volaba y yo me aferraba a la baranda porque tenía miedo de salir despedida. Primero había sol pero después se nubló y comenzó a llover. La arena movida por el viento me golpeaba la cara. Vi una deslumbrante imagen del mar y eso me dejó más tranquila, porque cuando yo llego a algún lugar necesito saber adónde está el mar. Bájense acá y caminen por todas esas dunas hasta llegar a la casa de su amigo, nos dijo alguien y bajamos y subimos dunas durante horas, quizás no haya sido tanto tiempo. Cuando llegamos a destino ya llovía fuerte y la casita desde adentro simulaba resistir, pero mirada desde afuera anunciaba que en cualquier momento iba a ser partida en dos por un rayo… Continuará, porque quedan muchos y más riesgosos episodios.
Cabo Polonio es Uruguay bien al norte. A unas 20 cuadras de llegar, antes del camino que lleva al cabo hay un cartel que explica “Aquí comienza la aventura”, o por lo menos eso es lo que yo recuerdo. Alguien podría recorrer a pie ese camino pero no yo, porque seguramente no llegaría nunca. Nosotros llegamos al Cabo en una camioneta todo terreno pero sin cabina, es decir que la camioneta casi volaba y yo me aferraba a la baranda porque tenía miedo de salir despedida. Primero había sol pero después se nubló y comenzó a llover. La arena movida por el viento me golpeaba la cara. Vi una deslumbrante imagen del mar y eso me dejó más tranquila, porque cuando yo llego a algún lugar necesito saber adónde está el mar. Bájense acá y caminen por todas esas dunas hasta llegar a la casa de su amigo, nos dijo alguien y bajamos y subimos dunas durante horas, quizás no haya sido tanto tiempo. Cuando llegamos a destino ya llovía fuerte y la casita desde adentro simulaba resistir, pero mirada desde afuera anunciaba que en cualquier momento iba a ser partida en dos por un rayo… Continuará, porque quedan muchos y más riesgosos episodios.
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