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viernes, 14 de agosto de 2020

Spoiler alert: el final del libro "Escuchar una voz"

Y unas pocas cosas más


Hoy se cumplieron 10 años de que salió de imprenta mi libro Kierkegaard: una introducción, también conocido como Escuchar una voz. Recuerdo perfectamente cómo estaba cuando salió el libro. Mal. Lo presentamos en San Telmo, una tirada supongo pequeña, se agotó, no se reeditó. La editorial me pagó veinte guitas y veinte ejemplares para repartir. Después pasaron cosas, un día veo que en España venden mi libro por miles de Euros en una edición que *yo habría publicado en Madrid en 2018* con una editorial que no sé cuánto, cosa que no hice. Averigüé, me dijeron que no sé qué. Aunque queda algún libro rondando por las librerías de AMBA como se dice ahora, y en mi casa debo tener tres ejemplares, en 2018 decidí encargarle a Ediciones del Fortín una reedición corregida y aumentada para que se descargue gratuitamente de internet. Si algún madrileño está embolsando euros con mi libro, yo se lo regalo a cualquiera.

Pero, bueno, esto es otra cosa. La primera cosa es que hoy se cumplen 10 años de la edición original, recordando perfectamente cómo me hallaba yo al ser publicado, mal, he resuelto espoilear acá el final del libro. También les dejo un link para que lo descarguen gratis entero acá. O le pagan una fortuna al gallego. O no hacen nada.

Espoileo el final y después agrego algo:

El amor al prójimo, a diferencia del amor de preferencia, no se determina por el objeto amado, es decir, mientras el objeto de nuestro amor sea así o asá, porque nos haga bien o nos dé placer. Al prójimo se lo ama por amor y por nada más:

“El simple amor se determina por su objeto, la amistad se determina por su objeto, sólo el amor al prójimo se determina por el amor mismo. La razón de esto radica en el hecho de que el prójimo es cada humano, de suerte que todas las diferencias quedan eliminadas del objeto y por eso cabalmente es reconocido este amor en cuanto su objeto no admite ninguna determinación aproximativa por parte de las diferencias, o dicho con otras palabras: que este amor solamente se reconoce por el amor. ¿No es esta la más alta perfección? Pues cuando el amor puede y tiene que reconocerse por alguna otra cosa distinta, entonces esta otra cosa representa en la misma relación como una sospecha contra el amor, como si este no fuese lo suficientemente abarcador, y en consecuencia, no hubiese infinito en el sentido de la eternidad; esa otra cosa representa para el amor mismo una cierta predisposición enfermiza. Y, consiguientemente, en esa sospecha habita escondida la angustia que hace que el amor y la amistad dependan de su objeto, la angustia capaz de encender los celos, la angustia capaz de llevarnos hasta la desesperación”.
Søren Kierkegaard, Las obras del amor

En este pasaje aparece la desesperación que produce el amor estético, tal como ha sido planteado en La repetición, es decir, el amor amenazado por el hastío, que puede derivar fácilmente en rutina y finalmente en odio cuando el objeto amado, por las razones que fueran, ya no nos gusta. La clave para que exista el amor al prójimo consiste en romper con el amor de preferencia. Este último es un vínculo entre un amante y su objeto amado. Esa relación establece un circuito que lo único que hace es alimentar un egoísmo recíproco: nos amamos en tanto nos satisfacemos mutuamente. Es una relación entre dos, y por lo tanto una relación especular, de reflejo, en la cual uno busca anclar el amor en el otro y, por eso, su amor depende del otro, y el amor del otro depende de uno. Un amor regido por el amado, que espera que el amado dicte la ley del amor, es amor de finitud, es decir, un amor condicional e infinitamente insatisfecho: por ello enciende la angustia, los celos y, en definitiva, la desesperación. Esta acepción del amor de preferencia puede remitirse sin demasiado forzamiento a la lucha a muerte de las autoconciencias contrapuestas por el reconocimiento del otro, que deriva, como desarrolló Hegel en la Fenomenología del espíritu, en una dialéctica del señor y el siervo. El amor al prójimo es cosa muy distinta.

¿Cómo se rompe el círculo de la preferencia y la desesperación? La clave está en la instancia de un tercero que sea Otro, un des-semejante que rompe con este juego de espejos. Este tercero es el amor mismo. Además del amante y del amado está el amor. La relación del amante y el amado se ancla en el amor. A la pregunta por quién es el Jesucristo de Kierkegaard no podemos responder con una fórmula especulativa ni con un aserto teórico: la apertura que plantea Las obras del amor es de índole práctica: el amor es el tercero que quiebra el juego especular entre dos amantes que tan sólo se prefieren hasta que se aburren, dejan de hacerlo y pasan a odiarse. El prójimo es el insignificante, al que vas a amar no porque sea especial, sino porque es; es decir: por amor.

El amor al prójimo no es amor al semejante, porque no se asienta en una identificación. La identificación es el amor propio, el mecanismo por el cual cada sujeto busca el reconocimiento del otro; el yo que necesita del otro para reconocerse a sí mismo, que se ve a sí mismo en el espejo del otro. Esta búsqueda del reflejo de un reflejo (de dos reflejos recíprocos) desencadena una inquietud infinita que deriva fácilmente en odio. Lo que puede romper con ese encierro es un otro, es decir: des-semejante de los amantes. El amar al prójimo como a ti mismo viene a romper con el más conocido amor al semejante. Así es como se plantea en el Evangelio. Cuando Cristo manda: ama al prójimo como a ti mismo está citando un pasaje del Antiguo Testamento [Levítico, 19, 16-18]. Se lee:

“No andéis difamando entre los tuyos; no demandéis contra la vida de tu prójimo. Yo Yaveh. No odiéis en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues por pecado por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En ese pasaje, el Antiguo Testamento parece referirse a una relación de proximidad: “los tuyos”, “tu hermano”, “los hijos de tu pueblo”. Amar al semejante, al amigo, al hermano, al que es como yo. ¿Esto implica que la necesidad de amor se agota en los míos, los cercanos, los próximos? Se trataría entonces de un amor de preferencia: prefiero a mi hermano antes que a un desconocido, prefiero al hijo de mi pueblo antes que al extraño, a mi amigo antes que a mi enemigo. Así el prójimo sería solo el próximo y el parecido a mí.

Pero unos renglones más abajo el Antiguo Testamento dice:

“Cuando un forastero resida junto a ti, en vuestra tierra, no lo molestéis. Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”.

Ahora se trata de amar al forastero como a uno de los tuyos. Uno podría entender que esa obligación radica en que el forastero ahora “reside junto a vosotros”, es decir, que se volvió un vecino y en razón de esa vecindad está cerca y por eso se lo debe amar. Sin embargo, el motivo que alega Yaveh es que “forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”. Es decir: que la razón para amarlo no sería exactamente la cercanía en que se encuentra el forastero, sino el hecho de que forasteros somos todos.

En el Nuevo Testamento estas relaciones de proximidad y lejanía se alteran de una manera paradójica y escandalosa. Se transfiguran. Jesús vuelve sobre esas antiguas palabras pero trastorna los significados lineales de proximidad y lejanía, introduce la ajenidad entre los que se encuentran cerca, la extrañeza entre los conocidos, la discordia entre los parientes y el amor entre los enemigos. ¿Niega de esta manera lo que decían las escrituras antiguas? Más bien diría que hace estallar, mediante el uso de paradojas, el sentido habitual de estas palabras:

“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él”. [Mateo 10, 34-36]

El cercano, el hermano, el próximo se vuelven de pronto enemigos. Hay un pasaje que constituye la ruptura radical con el amor de preferencia:

“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? ¿Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo los gentiles?”. [Mateo 5, 43-47]

La piedra de toque de cualquier amor fundado en las ventajas comparativas del objeto amado o el bien que el amado pueda hacernos está en el mandato de amar al enemigo, es decir, a aquel cuya presencia no me representa ninguna ventaja interesada, al que amo solo porque lo amo, aunque sea mi enemigo. En esta figura del enemigo amado está cifrado una vez más el problema ya planteado en Ejercitación del cristianismo: ¿por qué razones habría que amar a Jesús? ¿porque es elocuente? ¿porque hace milagros? Anticlimacus [pseudónimo de Kierkegaard, autor de Ejercitación del cristianismo] dice que Cristo es el incógnito, el hombre insignificante, que no tiene ningún atributo exterior por el cual pueda ser reconocido como el amor. Y sin embargo este prójimo es el amor. No hay manera de reconocerlo sino amándolo. No se trata de ningún reconocimiento por el cual “yo me doy cuenta de lo que vos sos y entonces te amo”. El acto de amor invierte la condición: el amor está puesto antes. Si lo amás, entonces aparece el prójimo. El amor precede al amante y al amado.

El análisis de la experiencia amorosa encuentra en Las obras del amor un despliegue y una riqueza que no se pueden suplir por una breve síntesis. Pero se hace evidente que esta problemática es un punto de confluencia de toda la obra kierkegaardiana. No es que este libro resuelva todos los dilemas que en el resto de la obra de Kierkegaard quedan como asuntos pendientes, porque el amor al prójimo no alcanzaría la densidad que presenta aquí si no fuera porque en las llamadas "obras estéticas" firmadas con diversos pseudónimos el autor exploró el callejón sin salida de la angustia ante la nada, la finitud, el enamoramiento, el tedio, las reglas comunitarias, el egoísmo, la desesperación y la percepción del sinsentido de la existencia. No es para anular esta problemática de la finitud que se apela a una sencilla fórmula del amor. La obra kierkegaardiana despliega todo el repertorio de los motivos por los cuales hay que desesperarse y deja en manos de cada lector la posibilidad de encontrar una puerta que está abierta sólo para él o que se cerrará para siempre.

* Espoileado el final, agrego algo. Alguien me dirá que por qué tanto Cristo de aquí y Cristo de allá, si acaso soy cristiano. Es un tema que hoy me suscita preguntas a las que cuando salió el libro no les daba mucha importancia. Sin embargo, diez años después, me parece que valdría la pena decir algo al respecto. Lo dejo para otro post.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Esa voz

Kierkegaard: Escuchar una voz - Nueva edición - Libre - Online

Ilustración: Carmen Cuervo

por Oscar Cuervo

En el año 2009 la editorial Quadrata de Buenos Aires me encargó la redacción de un libro introductorio sobre el filósofo Søren Kierkegaard, en el marco de la colección Pensamientos Locales. Fue editado finalmente en 2010 como Kierkegaard. Una Introducción. Escuchar una voz (Escuchar una voz es el título que yo prefiero) y pronto su stock se agotó, o al menos eso es lo que me comunicaron los representantes de Quadrata que me encargaron el libro.

En Mercado Libre circulan todavía algunos ejemplares a precios a veces desmesurados. En algunas librerías de Buenos Aires puede encontrarse ocasionalmente algún ejemplar perdido. Googleando de manera casual, hace poco encontré que en España se ofrecía el libro Kierkegaard. Una Introducción, atribuyéndome la autoría, pero fechada en 2017 por Libros de la Araucaria. No sabía que yo había editado el año pasado un libro en Madrid con el mismo título e idéntica tapa al porteño de 2010. Pedí una explicación a mis editores en Buenos Aires y me dijeron algunas frases sobre un traspapelamiento, errores u olvidos, cosas que no llegué a entender. Cosas que otros me comentan que son usuales con la obra de escritores que jamás pueden controlar la circulación de sus libros. Según me dicen ahora, solo hay 200 ejemplares en España correspondientes a aquella primera edición de 2010, que se presentan a sus posibles compradores españoles como un libro de 2017. Puedo atestiguar que yo no escribí hasta hoy nada nuevo con este título ni tampoco recibí compensación económica por ello. Cuando los editores de la versión original porteña me explicaron lo del traspapelamiento y los olvidos, me dijeron que si tuvieran que pagarme los derechos de autor por esos ejemplares que circulan por España, una vez aplicadas todas las deducciones de impuestos, beneficios para los diversos editores involucrados y las librerías y otros costos de intermediarios, la suma que me correspondería sería tan exigua que me dejaría al borde de tener que pagar yo unos pesos a quienes me editaron y están vendiendo mi libro en España y otras localidades.

En fin. Ya no pretendo controlar este negocio editorial. Entonces tomo mi texto de 2009, lo corrijo, le cambio algunas expresiones que hoy me parece que se podrían decir mejor, le agrego alguna frase que me parece más precisa, hago una discreta corrección de estilo y, dado que después de todo yo lo escribí y es difícil de conseguir a un precio razonable en mi ciudad, lo subo a la web en forma gratuita: lo que ustedes pueden leer a partir de aquí es la versión revisada de Escribir una voz, el libro que escribí en 2009. Esta sí es una versión actualizada en 2018. Va a publicarse en capítulos en las próximas semanas en el blog Kierkegaard Buenos Aires. No descarto que al final de la publicación de los capítulos preexistentes, ahora revisados, agregue algún epílogo con consideraciones que en 2018 me despierta la lectura de este libro escrito hace casi diez años. Ustedes pueden elegir entre comprar esas versiones que circulan en Mercado Libre a precios irrazonables o imprimir el texto que aquí dejo en forma gratuita. Solo espero que por publicar mi texto en este blog no tenga que pagarle derechos a algún editor español o de otra nacionalidad...

A continuación, un párrafo del texto escrito especialmente para esta edición 2018 (es decir: no está incluída en las versiones impresas). Solo como muestra:

¿Tiene razón Kierkegaard en sus objeciones contra Hegel? ¿O es que no conoce con precisión el horizonte de problemas en el que se debate el filósofo alemán? Hay intérpretes que sostienen que Kierkegaard discute no con Hegel sino con la versión vulgarizada que en Dinamarca se había instalado de esa filosofía. Incluso algunos críticos de Kierkegaard sostienen que toda su posición filosófica podría subsumirse en una de las categorías hegelianas, la de la conciencia desgarrada. Quizás no sea ni tanto ni tan poco: que ni Kierkegaard alcance a desvelar el núcleo candente que mueve a la filosofía hegeliana, ni su cuestionamiento a la voz filosófica pueda reducirse a la ilustración de un mero momento del sistema. Quizás estas desavenencias respondan a un temblor de la tradición filosófica occidental que los sacude a ambos a su manera. Poner en continua fricción las filosofías de Hegel y Kierkegaard (o de Hegel y Marx; o de Hegel y Nietzsche; o de Hegel y Heidegger) puede que sea una tarea pendiente para hacer aparecer un problema no declarado que obra agazapado en la intimidad de estas desavenencias. Hacerlo no para terminar de interpretar con corrección a cada uno de ellos (como si tal cosa fuera posible de modo inequívoco), sino para encontrar en qué punto se halla nuestra época ante las cuestiones que estos filósofos señalaron con sus propias palabras. Puede que ninguno (Hegel, Kierkegaard, Marx, Nietzsche, Heidegger) tenga razón, ni tampoco que todos estén equivocados, sino que no sea apropiado acercarse a la filosofía con la intención de dirimir estas disputas tomando partido por uno cualquiera de ellos, sin reconocer que sus voces responden a tensiones a las que todavía no alcanzamos a visualizar. La filosofía podría no ser la busca de una tesis correcta, sino una manifestación oscilante en la que todo fundamento se nos escurre continuamente. [Completo acá].

En Kierkegaard Buenos Aires ya fueron publicados los dos primeros capítulos.

Capítulo 1: Escuchar una voz (I), acá.

Capítulo 2: Me angustio, soy (Escuchar una voz II), acá.

viernes, 27 de octubre de 2017

Vení como estés


Vení como estés
como seas,
como yo quiero que seas
como un amigo
como un amigo,
como un viejo enemigo
tomate tu tiempo
apurate,
vos decidís
no llegues tarde
tomate un respiro
como un amigo
como una vieja memoria
memoría
memoría
memoría.

Vení embarrado,
desinfectado
blanqueado
como yo quiero que seas
como un trend
como un friend,
como una memoria conocida
memoría
memoría
memoríia.

Y te juro que no tengo una pistola
no, no tengo una pistola.
te juro que no la tengo.

martes, 3 de octubre de 2017

Repitan conmigo: ... *

* Este sábado a las 17 hs. en Red Colegiales (Alvarez Thomas 1093) empieza el seminario co-dirigido por Esther Díaz y Oscar Cuervo: "Repetición y diferencia: Kierkegaard y Deleuze". Para informes e inscripción previa, escribir a redcolegiales@gmail.com. Los que asistan a la primera reunión sin haberse inscripto, se recomienda llegar a las 16:00 hs, con una hora de anticipación.


por Oscar Cuervo

En La repetición, Constantín Constantius se vincula a un joven que está enamorado de una chica. Lo que cuenta el libro es la relación de confidente entre Constantín –un hombre mayor, calculemos unos 40 o 50 años– y el joven -que tendrá unos 20- enamorado de la chica. El muchacho está en el cima del amor, un amor correspondido: ella le corresponde y los dos están en el mejor momento de su relación. Pero en ese momento se despierta en él una melancolía rara, porque siente que, teniéndola, la perdió. ¿Por qué? Empieza a proyectar las posibilidades futuras y entonces tiene miedo de que cada vez que se acerque a ella, cada acercamiento, sea una pérdida. Empieza a sufrir la finitud de esa relación amorosa, el terror a perder lo que tiene. Lo curioso es que el joven vive este amor presente como si fuera un recuerdo, es decir, como si todo ya hubiera terminado y él estuviera colocado en una posición en la cual el amor ya se perdió. Y lo único que hace cuando está con ella es recordarlo: recordar, paradójicamente, lo que tiene, como si ya lo hubiera perdido. Dice Constantín Constantius:

“Nuestro joven, pues, estaba profunda e íntimamente enamorado. De esto no podía caber la menor duda. Y, sin embargo, ya en los primeros días de su enamoramiento se encontraba predispuesto no a vivir su amor, sino solamente a recordarlo. Lo que quiere decir que, en el fondo, había agotado ya todas las posibilidades y daba por liquidada la relación con su novia. En el mismo momento de empezar ha dado un salto tan tremendo que se ha dejado atrás toda la vida” (1).

Constantín no objeta que el joven atraviese esta experiencia, a la que considera típica de esa disposición (Stemmning) erótica. Pero se sorprende de que no pueda contraarrestar esa melancolía con otra disposición:

“Cada uno debe de hacer verdad en sí mismo el principio de que su vida ya es algo caducado desde el primer momento en que empieza a vivirla, pero en este caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar esa muerte propia y convertirla en una vida auténtica. En la aurora de la pasión amorosa luchan entre sí el presente y el futuro con el fin de alcanzar una expresión eternizadora. (2) ”

Constantín expresa la tensión esa entre finitud e infinitud de la que hablé antes. Es alguien que tiene una posición subjetiva distante, como si mirara todo desde afuera, sea porque está en otro momento de su vida o por una imposibilidad de comprometerse. Es un amante del teatro y por eso es esencialmente un espectador. Y le gusta que el muchacho le cuente todas estas cosas, porque a él, como observador estético, le gusta escuchar el drama de otro.

[Fragmento de "La repetición I. Desesperación y Recuperación", un texto que se lee completo en el blog Un Largo, clickeando acá.]

NOTAS

(1) La repetición, p. 138-9.
(2) op. cit., p. 140.



domingo, 11 de septiembre de 2016

Nietzsche final y un nuevo comienzo

La magia del extremo / El desierto crece




Hace algunas semanas terminó nuestra saga radial sobre Nietzsche en Patologías Culturales (ver acá). Fueron en total 19 capítulos. En este post dejo el audio del capítulo 18, donde planteo los últimos interrogantes filosófico-políticos que Nietzsche dejó pendientes antes de su derrumbe personal. Y el capítulo 19, donde  hablamos del final de la vida de Nietzsche, sus inquietantes semanas en Turín entre fines de 1888 y los primeros días del 89, y su prolongado ocaso de más de 10 años, hasta morir en 1900. 

Esto es un final y a la vez un nuevo comienzo. Hoy a la medianoche en La otra (Radio Gráfica, 89,3, online acá) haremos el capítulo 20 o el 1 de una nueva temporada, según cómo se mire: ¿qué tiene para decirnos todavía Nietzsche a nosotros? Vamos a estar conversando con Maxi Diomedi, Alejandro Brain y Corina Setton.

Capítulo 18: "La magia del extremo". Escuchar clickeando acá
Capítulo 19: "Turín" Escuchar clickeando acá

La voluntad de poder es el corazón del pensamiento nietzscheano, algo que le llevó varios años de tanteos y aproximaciones zigzagueantes y que sólo llega a mencionar explícitamente en sus últimos escritos. En cartas que escribió a sus amigos durante los años 1887 y 1888 habla de concentrar todos sus esfuerzos en su Obra Capital, en la que quería dejar plasmada su doctrina definitiva, para la que toda su obra anterior habría sido un camino exploratorio. Su título tentativo: La voluntad de poder. Aunque por momentos vacila y cambia ese título por El eterno retorno; y otras veces: Ensayo de una transvaloración de todos los valores. ¿Se trata de títulos simplemente intercambiables? ¿La duda del título muestra una duda sobre dónde situar el centro de su pensamiento?

Estas dudas van paralelas a una aceleración de sus altibajos emocionales: se muestra angustiado, crece su malestar físico y su pelea inacabable con los climas: el frío, el calor, el viento, la humedad amenazan su delicado equilibrio. ¿Estará incubándose el colapso que se va a declarar en enero de 1889 en Turín? ¿Se trata de una patología cerebral, como a veces escribe a sus amigos? Pero también puede que se trate de una tensión interna de su pensamiento, una percepción de que en su propio cuerpo convergen fuerzas contrapuestas que vienen peleando desde hace dos milenios de historia europea. Se considera a sí mismo un hombre del destino, una fatalidad: así es como se presenta en uno de los últimos libros que llega a escribir: Ecce Homo [He aquí el hombre, él mismo, parodiando un pasaje del Evangelio de Juan: así es como Poncio Pilatos habla de Jesús ante la multitud: "acá está, es este". ¿Cuánto de seriedad hay en la parodia nietzscheana?]:

"Yo soy el hombre más terrible que hubo jamás; lo que no impide que yo sea el más bienhechor. Conozco la alegría que proporciona el destruir en un grado que corresponde a mi fuerza de destrucción. En los dos casos obedezco a mi naturaleza dionisíaca, que no sabe separar el hacer no del decir sí. Yo soy el primer inmoralista, por ello soy el destructor par excellence".

Este pasaje puede entenderse como una inflación patológica de su ego. Pero también puede leerse en él, a contrapelo, la voz de otro sujeto de enunciación; el burgués aquel cuya praxis Marx describe con pavor y admiración:

"Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas".

La burguesía, cuando toma el comando de la historia mundial, se transforma en una clase desbocadamente creadora y destructora. La magia del extremo, para decirlo con otras palabras del propio Nietzsche. En la versión de La voluntad de poder editada póstumamente por su hermana Elizabeth, hay una sección titulada "Sociedad y estado", en la que Nietzsche deja escrito en el fragmento 749:

"Somos, con mucho, los más fuertes entre los fuertes. Ni siquiera necesitamos la mentira: ¿qué otro poder podría prescindir de ella? Una fuerte seducción lucha por nosotros, quizás la más fuerte que haya: la seducción de la verdad... ¿de la verdad? ¿Quién me puso esta palabra en la boca? Pero ya la vuelvo a sacar, desdeño la orgullosa palabra: no, tampoco necesitamos la verdad, llegaríamos al poder y a la victoria también sin la verdad. El encanto que lucha por nosotros, el ojo de Venus que cautiva y enceguece hasta a nuestros enemigos, es la magia del extremo, la seducción que ejerce todo extremo: nosotros, inmoralistas, somos los extremos".

¿Qué relación hay entre voluntad de poder y extremo? La voluntad de poder es querer siempre más poder. No reconoce límites. No puede limitarse a conservar el poder sino que tiene que acrecentarse: porque, cuando el poder sólo se conserva, entonces ya empieza a perderse. Solamente hay una forma de poder: querer poder siempre más, desmesuradamente. Correr más rápido para seguir de pie. Esa es su naturaleza dionisíaca: la desmesura del poder. Para Heidegger se está hablando así de la cuestión de la técnica. Un poder que está obligado a ir siempre más allá de sí, sin poder detenerse. Una dinámica que dispara a la humanidad hacia arriba sin encontrar ningún cielo. Nietzsche caracteriza a este impulso como una voluntad, pero curiosamente se trata de un poder que nadie puede detener, un paradójico modo de la impotencia. 

¿La voluntad de quién?

Dice Heidegger en su Nietzsche: 

"Nietzsche dice que los príncipes europeos (los que conforman y dirigen la historia y el destino de los pueblos) deberían reflexionar acerca de si aún pueden prescindir del apoyo de los inmoralistas. Esto quiere decir: deberían tener claro si las metas que proponen para sus naciones son aún verdaderas metas, si las hipócritas apelaciones a la moral, a los valores culturales, a la civilización y el progreso no tienen como fondo una metafísica hace tiempo derrumbada. Los príncipes deberían reflexionar si estas son aún metas fundamentables o una simple fachada, despojos ya no pensados a fondo de un mundo metafísico en ruinas".

Heidegger toma a Nietzsche como un pensador situado en el ojo de la tormenta de la época: la de Nietzsche, la de Heidegger y, quizás todavía la nuestra. 

Habría que pensar qué sentido sigue este impulso hacia el extremo. ¿En qué dirección vamos? ¿Sigue resultando apropiado decir que podemos decidir una dirección? ¿o la magia del extremo significa que ya no hay nada que decidir? El imperio de la tecnología es ahora evidente. Pero ¿vamos bien a fondo si pensamos la técnica como voluntad de poder? Si ya no nos resulta posible tomar una decisión que pueda cambiar este rumbo, ¿la eficacia de la técnica no termina por ser un despliegue descomunal de la impotencia, la extinción de toda voluntad, un choque contra la multiplicación desenfrenada de lo mismo? ¿Hablará de esto esa otra frase de Nietzsche: "El desierto crece"? ¿El impulso eufórico hacia el extremo es el desierto que crece?

En diciembre de 1887 Nietzsche le escribe a Carl von Gersdorff, uno de los pocos amigos que le quedan:

"En un sentido, mi vida está precisamente ahora como en pleno mediodía: una puerta se cierra, otra se abre. Lo que hice en los últimos años es saldar cuentas... poco a poco fui acabando con personas y cosas. Quién y qué debe permanecer, ya que tengo que pasar, ya que estoy condenado a pasar a la auténtica cuestión principal de mi existencia, esta es ahora la pregunta capital. Porque la tensión en la que vivo, la presión de una gran tarea y una gran pasión, es demasiado grande como para que ahora puedan acercarse a mí nuevas personas. El desierto a mi alrededor es inmenso."

Un año después, ya en Turín, el 31 de diciembre le escribe a Franz Overbeck:

"Trabajo ahora en un memorandum a las cortes europeas para formar una liga antialemana. Quiero encarcelar al Reich en un corset de hierro y empujarlo a una guerra desesperada. No tendré las manos libres hasta que tenga en mi poder al joven emperador y a quienes lo rodean. En mi situación externa nada ya va a cambiar en los próximos años, quizás nunca más. Tendrán que acostumbrarse a esta especie de filósofo."

El 3 de enero de 1889 a Meta von Salis:

"El mundo está transfigurado, puesto que Dios está en la tierra. ¿No ven que todos los cielos se alegran? Acabo de tomar posesión de mi reino. Encarcelo al Papa y hago fusilar a Wilhelm, Bismark y Stoecker."

El día siguiente le escribe al danés Georg Brandes:

"Al amigo Georg: Después de haberme descubierto, ya no es gran cosa el encontrarme. Ahora lo difícil será perderme".

Y firma: El Crucificado.

domingo, 21 de agosto de 2016

Filosofía y dolor



por Esther Díaz

Considerar las contrariedades como un ejercicio vital era la consigna que guiaba a los filósofos estoicos. Ejercicio del alma cuando no puede ser del cuerpo, ejercicio del cuerpo cuando el alma está tan herida que es mejor que no piense, de ambos cuando las condiciones lo permiten. En última instancia, se trata de encontrar líneas de fuga para el deseo, apostar a la jovialidad, buscar pasiones alegres aun en medio de las más amargas. La orquesta del Titanic siguió sonando hasta el final.

Ante lo más profundo de la desesperanza, ante el espectáculo de nuestro propio dolor o del a veces insoportable sufrimiento ajeno, ¿podríamos armarnos de valor y reafirmar los hechos? ¿dónde está el mástil al que podamos amarrarnos para no ser devorados por la vorágine de los tormentos, ¿cómo no bajar los brazos? ¿cómo no desear dejar de padecer cuando creemos que ya no habrá paz para nosotros?

Pero ese mástil nos pertenece y, a veces, también está en la mano que nos tienden los demás. Aunque si no devenimos otro, si no intentamos zafar del lugar de la víctima, no podemos ni siquiera manotear la posibilidad de salirnos de la queja, de la angustia, del dolor y a veces -esto es lo más gravoso- del resentimiento, lo contrario de la jovialidad.

Afirmar nuestra subjetividad, identificarnos con nosotros mismos es el comienzo, reforzar nuestra estima la continuación, sentirnos dignos es la meta. Dignos en el placer, dignos en el dolor, en el querer y en el rechazar. No dejarse colonizar por la queja. Despojarse de las cargas del pasado, de recuerdos vergonzosos, de secuelas punzantes, olvidarse incluso de la humillación. Anhelar que nos crecieran alas para transitar más livianos por la vida que, por sí misma, nos regala momentos, solo momentos de plenitud.

Creemos que la medicina solucionará nuestros dolores, puede ser que anule o mitigue los del cuerpo, pero no necesariamente los del alma. Para los estoicos, la medicina no se concebía simplemente como una técnica de intervención que apela, en los casos de enfermedad, a los remedios, a la receta, a lo estándar. Debía también definirse -entre médico y paciente- una manera de vivir, un modo de relación conceptual con uno mismo, con el propio cuerpo, con los alimentos, con la vigilia, el sueño, las actividades y la naturaleza. La superpoblación y la aceleración de la época digital parece haber borrado de un plumazo esa medicina integral que -forzoso es reconocerlo- era una medicina de la que gozaban los señores, los libres, los ciudadanos; no el pueblo, los esclavos, ni los extranjeros pobres.

Por su lado, la reflexión filosófica ofrece tecnologías conceptuales para sobrevivir dignamente habitando la herida. Ante un conflicto, una crisis, un desgarro, dicen los estoicos que lo primero que debemos hacer es preguntarnos si existe en nosotros alguna posibilidad de modificar aquello de forma positiva; por el contrario si nuestro buen sentido, ayudado a veces por la excelente disposición de los demás, nos dice que no existe posibilidad de cambiar una situación desagradable, la línea de fuga en este caso es la aceptación.

Pero no una aceptación resignada en sentido cristiano. No una resignación que acepte el sufrimiento como pago de presuntas culpas, o por considerar que la vida es solo dolor, o por creer que no hay atenuantes. Se trata de una resignación que en realidad es re-asignación, otorgamiento de una nueva significación, búsqueda de un sentido otro.

El sentido no se encuentra en el dolor mismo, ya que el dolor está tan vacío de valor que hasta las religiones se ocuparon de buscarle algunos inventando que se sufre para salvar el alma, o para paliar los pecados del mundo, o para honrar a divinidades sádicas que gozarían con el dolor humano. Ese sentido produce pasiones tristes, es coaccionante, no está al servicio de la recomposición vital.

Los valores liberadores surgen de nosotros mismos, de elaboraciones propias, auténticas, personales, no impuestas desde afuera. Ahora bien, si nuestro propio autoanálisis o las palabras de otro nos hacen comprender que lo que estoy sufriendo tiene resolución posible desde mí, entonces a trabajar todo el tiempo para lograr el cambio. Ejercitarse, meditar, ocuparse. Contribuir cada día con nuestro aporte para ir construyendo espacios simbólicos habitables, confortables, llevaderos.

Por su parte, los existencialistas proponen buscar el no sentido de la existencia en lo absurdo para construir luego sentido sobre la realidad que nos toca vivir. Cuando lo absurdo es reconocido, lo podemos aceptar, nos resignamos a él -lo re-significamos- y desde ese instante sabemos que no es ya lo absurdo, porque lo hemos revestido con valores renovados. Hay que buscarle alternativas joviales a los pesares si no queremos que la tormenta nos arrastre, si aborrecemos dejarnos ganar por la desesperación, si podemos incluso permitirnos el llanto que, una vez calmado, puede transformarse en risa.

Un modelo posible para ilustrar el concepto de resistencia es el mito de Sísifo, condenado por los dioses a empujar una pesada piedra hasta la cima de una montaña, sabiendo que ineluctablemente volverá a caer, y una y otra vez deberá comenzar su tarea y así eternamente. No obstante, debiéramos imaginar a Sísifo con una sonrisa, dice Albert Camus, porque está resistiendo, no se deja vencer por la desesperación, no se deprime ni se queja, sigue adelante demostrándose a sí mismo -y a quienes quieran verlo- que asume su destino hasta las últimas consecuencias.

Se trata de tener fe en sí mismo y sentir que tomamos senderos alegres, que huimos de los melancólicos, que no nos dejamos vencer por el pesimismo; porque, cuando no podemos sobrellevar nuestro dolor, nos sentimos abandonados. En esos momentos se desea serenidad. Y si la serenidad llega, todo comienza a ser diferente aunque aparentemente el estado de las cosas siga igual.

Dice Séneca que así como el ímpetu de los leones no se reprime en sus cuevas, el ímpetu de nuestro dolor no se apaga encerrándose con él. Hay que expandirse, buscar nuevos soles, nueva luz, nuevas fronteras. Cambiar de lugar, ser nómade, que no necesariamente implica moverse físicamente: nuestro espíritu puede devenir, nuestro pensamiento volar, nuestras lágrimas transformarse en sonrisas.

No hay que salirse del mundo de los vivos antes de morir. Si hay vida y conciencia, hay que resistir con entusiasmo. Ante todo es necesario valorarse a sí mismo. Los ánimos desvalorizados huelen mal: son derrotistas, negadores de la vida, predicadores de la falsa resignación.

En última instancia se trata de trabajar sobre nosotros como el escultor lo hace con la roca, hasta arrancarle nuevas formas a nuestro modo de vivir, hasta sentirnos en armonía con el universo, hasta hacer de nuestra propia vida una obra de arte.

domingo, 7 de febrero de 2016

Un hombre que golpea en una máquina de escribir para no seguir dándose botellazos en la cabeza

Pablo Ramos en La otra.-radio (mayo de 2007, para escuchar clickeando acá) 



Como ya es costumbre, cada noche de domingo, a última hora y mientras La otra.-radio no esté en el aire, voy subiendo algunos programas de este ciclo de 9 años y medio. Algunas gemas que quedaron guardadas y ahora se pueden volver a escuchar o escuchar por primera vez. Ya falta poco. El primer domingo de marzo empieza el nuevo ciclo de La otra.-radio en otra radio. Ahora, si quieren, los invito a escuchar este programa clickeando acá.

Medianoche del 11 de mayo de 2007. Mucho frío. Yo estoy en Mar del Plata, iniciando el Marfici, tratando de orientarme en una ciudad que no es mía y en un festival que empieza. En Buenos Aires quedan Maxi Diomedi y Willy Villalobos para hacer un intenso programa conversando con el escritor Pablo Ramos, quien por ese tiempo acaba de sacar La ley de la ferocidad, cuyo protagonista, Gabriel Reyes, enmascara, transfigura, destila su experiencia personal, su visita al infierno. Un modo de atravesar los 90, la fiesta neoliberal, la muerte del padre, la desesperación de no querer ser sí mismo, tocar fondo y perderlo todo, querer perderlo todo para volver a encontrarse. Una experiencia feroz, que solo se completa cuando Ramos puede escribirla y reconciliarse con las palabras a través de las palabras.

Un hombre que golpea en una máquina de escribir para no seguir dándose botellazos en la cabeza, un hombre que ha dejado a su paso más daños que un huracán. Un hombre que decide empezar de cero.


Cinco años separan al hombre que voy a ser del hombre que soy ahora en el pasado, pero sin embargo los dos ya convergen en una mixtura inestable. Una unión de partes que no llega a ser la esencia de un nuevo todo. El hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe, pero va a comenzar a transformarse en él cuando decida escribir. Y va a terminar de transformarse en él cuando acabe de escribir. Por el hecho de escribir.
La ley de la ferocidad, Pablo Ramos

Algunas de las cosas que Pablo Ramos va soltando a medida que avanza la noche:

Literatura y úlcera: "Yo tengo una úlcera que se relaciona directamente con la literatura, cuando estoy por llegar al final, cuando no le encuentro la vuelta, a veces paso semanas en la cama, mi úlcera, la literatura. Y cuando voy aliviando cosas... Este libro, La ley de la ferocidad, el único derrame grave que tuve con mi úlcera fue con este libro y desde que lo escribí estoy mucho mejor. Iba a ir a cirugía, pero no voy a ir. Porque es una verdadera bestialidad que tenía adentro. Y ahora es una bestialidad ordenada, un libro".

La ficción: El arte de hacer ficción es que vos sientas lo mismo que yo sentí en ese momento, reorganizando algunas cosas. La única manera que tenemos de preservarnos de la locura es compartir la experiencia. Lo que tenemos solo se mantiene compartiéndolo.

La ley de la ferocidad: Al final del libro lo dice, "estas son las palabras de mi reconciliación", no con mi padre, porque eso es imposible, las palabras de mi reconciliación con las palabras. Es la demostración, para mí, de que hablar es lo contrario de escribir. Uno habla y va saliendo del paso, y va tratando de quedar bien parado, en un programa, en la vida cotidiana... Pero uno escribe con todo su ser, repasa esas palabras. Por eso uno es lo que escribe. Muchas veces uno no es lo que dice, lo que uno dice depende mucho de las circunstancias, del estímulo exterior, capaz que alguien me trata mal y se me escapa una puteada. Pero ese no soy yo. Y después digo, uy, che, no es tan así, qué bestia. Pero si yo eso lo hago sobre un texto, cuando digo "este es mi texto", guarda, ahí está todo mi ser. Hablar es palabra que se escapa, escribir es palabra que queda, palabra que uno captura y queda. (La charla completa clickeando acá).

Me olvidé de avisar
no te voy a llamar
ni una sóla vez en cuatro días
o si no, mujer, voy a hacer
cualquier cosa que me digas
porque quiero dormir
y soñar con ella
mientras por afuera
pasan los aviones
no quiero que se termine
no quiero que me abandones.
Andrés Calamaro, Los aviones

Sobre Calamaro: "A mí me gusta mucho Calamaro, primero porque es un talentoso descomunal. Un tipo que compone taanto... que es lógico que a veces tenga mucho que no te guste, tiene una producción enorme. Y a veces tiene eso: "me olvidé de avisar, no te voy a llamar". Y después tiene esa bipolaridad que lo identifica: "voy a hacer cualquier cosa que me digas". Se va de un extremo al otro y me parece que eso es parte de la búsqueda de una verdad. Está más comprometido él con la búsqueda de una verdad que con el arte en sí. Está más comprometido con la búsqueda de una verdad estética que con ser original. En eso se basa su simplicidad. Cuando uno descubre a Calamaro, descubre a un tipo más profundo de lo que parece. Y eso a mí me encanta en el arte, el arte que tiene un contenido fuerte por debajo, me gusta mucho".


domingo, 24 de enero de 2016

La grieta, modelo 2007

Scott Fitzgerald, Gilles Deleuze, Andrés Calamaro: un programa de colección de La otra.-radio para escuchar clickeando acá


Muy pronto va a volver a emitirse La otra.-radio en vivo, en nuestro querido horario de los domingos a medianoche, en otra radio que oportunamente anunciaré. Mientras tanto seguimos con la práctica de subir al blog cada domingo a última hora un programa de colección de nuestros primeros años. Esta vez es un programa que hicimos en verano de 2007, cuando La otra.-radio no había cumplido siquiera un año y duraba solo una hora. Estamos solo Maxi Diomedi y yo, con Carmen Cuervo en la producción, por lo que infiero que es de febrero de ese año. Desde el inicio del ciclo tuvimos la idea de hacer programas que cruzaran a personajes a veces distantes, pero que era posible vincular con un eje temático. Los protagonistas de este programa fueron Francis Scott Fitzgerald, Gilles Deleuze y Andrés Calamaro. Y el hilo conductor es "La grieta", que en 2007 tenía resonancias diferentes a las actuales.

Dice Scott Fitzgerald en The Crack up

Febrero de 1936

Evidentemente toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea —los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de afuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, eso golpes que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, esos golpes no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay golpes que vienen de adentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente.

...Y me rompí como un plato viejo.

Me di cuenta de que en esos dos años, con objeto de preservar algo —tal vez un sosiego interior, tal vez no—, me había apartado de todas las cosas que acostumbraba amar, que cada acto de la vida, desde lavarse los dientes por la mañana hasta la cena con un amigo, se habían convertido en un esfuerzo. Comprendi que durante largo tiempo no me habían gustado personas ni cosas, sino que sólo seguía con la vacilante y vieja pretensión de que me agradaban. Incluso comprendí que mi amor hacia los que me eran más cercanos se había convertido sólo en un intento de amar, que mis relaciones informales —con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo —eran solamente lo que yo recordaba de antes que debían ser, de otros dias. En el mismo mes llegaron a molestarme cosas tales como el sonido de la radio, los anuncios de las revistas, el chirrido de las vías de tren, el muerto silencio del campo —sentía desprecio ante la blandura humana, y de repente (si bien secretamente) sentía hostilidad hacia el esfuerzo—, odiaba la noche en la que no podía dormir y odiaba el día porque se encaminaba hacia la noche. Ahora dormía sobre el lado del corazón, porque sabía que cuanto más pronto lo cansara, aunque fuera un poco, más pronto llegaría esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me permitiría encarar mejor el nuevo día.


Dice Gilles Deleuze en Lógica del sentido, "Porcelana y Volcán":

«Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición». Pocas frases resuenan tanto en nuestra cabeza con este ruido de martillo. Pocos textos tienen este irremediable carácter de obra maestra y de imponer silencio, de forzar un asentimiento aterrado, como la novela corta de Fitzgerald. Toda la obra de Fitzgerald es un único desarrollo de esta proposición y sobre todo de su «Evidentemente». ¿Qué pasó exactamente?

(...) Por supuesto que sucedieron muchas cosas, tanto en el exterior como en el interior: la guerra, la quiebra financiera, un cierto envejecimiento, la depresión, la enfermedad, la pérdida del talento. Pero todos estos accidentes ruidosos ya produjeron sus efectos en su momento; y no serían suficientes por sí mismos si no socavaran, si no profundizaran algo de toda otra naturaleza y que, por el contrario, no ha sido puesto de manifiesto por ellos sino a distancia y cuando ya es demasiado tarde: la grieta silenciosa. «¿Por qué hemos perdido la paz, el amor, la salud, una cosa tras otra?» Había una grieta silenciosa, imperceptible, en la superficie, único Acontecimiento de superficie como suspendido sobre sí mismo, planeando sobre sí, sobrevolando su propio campo. La verdadera diferencia no está entre lo interior y lo exterior. La grieta no es ni interior ni exterior, está en la frontera, insensible, incorporal, ideal. Con lo que sucede en el exterior y en el interior tiene relaciones complejas de interferencia y cruce, de conjunción saltarina; un paso aquí, otro paso allí, a dos ritmos diferentes: todo lo que ocurre de ruidoso, ocurre en el borde de la grieta y no existiría sin ella; inversamente, la grieta no prosigue su silencioso camino, no cambia de dirección según las líneas de menor resistencia, no extiende su tela sino bajo el golpe de lo que ocurre. Hasta el momento en que los dos, el ruido y el silencio, se unen estrechamente, continuadamente, en el crujido y el estallido del fin, que ahora significa que todo el juego de la grieta se ha encarnado en la profundidad del cuerpo, a la vez que el trabajo del interior y del exterior ha distendido sus bordes.

(...) Cuando Fitzgerald habla de esta grieta metafísica incorporal, cuando encuentra en ella, a la vez, el lugar y el obstáculo de su pensamiento, la fuente y la desecación de su pensamiento, el sentido y el sinsentido, es porque ha efectuado la grieta en el cuerpo con todos los litros de alcohol que ha bebido. Cada uno arriesgaba algo, ha ido lo más lejos posible en este riesgo, y extrae de ahí un derecho imprescriptible. ¿Qué le queda al pensador abstracto cuando da consejos de sensatez y distinción? ¿Hablar siempre de la herida de Bousquet, del alcoholismo de Fitzgerald y de Lowry, de la locura de Niestzsche y de Artaud, permaneciendo en la orilla? ¿Convertirse en el profesional de estas charlas? ¿Desear solamente que los que recibieron estos golpes no se hundan demasiado? ¿Hacer investigaciones y números especiales? ¿O bien ir uno mismo para ver un poquito, ser un poco alcohólico, un poco loco, un poco suicida, un poco guerrillero, lo justo para alargar la grieta, pero no demasiado para no profundizarla irremediablemente? Donde quiera que se mire, todo parece triste. En verdad, ¿cómo permanecer en la superficie sin quedarse en la orilla? ¿Cómo salvarse salvando la superficie, y toda la organización de superficie, incluidos el lenguaje y la vida? ¿Cómo alcanzar esta política, esta guerrilla completa?


Me agarró la lucidez total
y quiero perderme un poco.
Para no ser un recuerdo
hay que ser un reloco.

Lo dijo Peralta Ramos
y lo transcribió Martínez,
y lo leí y tengo mala memoria
pero lo aprendí,
de acuerdo y poco a poco.

Para no ser un recuerdo
habrá que ser un reloco.
Y quién te va a perdonar
no hacer exactamente lo mismo.
Todos los abismos están
prohibidos o mal vistos,
es lo mismo.

Es sábado a la noche,
apenas me enteré, eso calculo.
No veo la televisión ni disimulo,
vos estarás rascándote el culo.
Yo no hago nada más
que lo que me corresponde
y es verdad, hago demasiado
a veces del otro lado.

Debo ser un bohemio,
una especie de otro milenio,
un maldito que pasó a la acción armada,
fue un desastre o no pasó nada.
Es otra cosa que el tiempo dejará enterrada.

Vuelvo por Cabildo
como cuando era potrillo,
no uso color amarillo, pero brillo
a cambio de algo por determinar.
Otro contrato sin firmar,
y sin hogar y sin soportar una cocina,
pero el tiempo no se termina.
Y queda gasolina y futuro,
el futuro.

El presente es duro,
se presenta
con su chicle de menta,

Verano 2007: Oscar Cuervo, Maxi Diomedi. Productora: Carmen Cuervo. Operador: Miguel. Lo podés escuchar ahora mismo clickeando acá.

martes, 10 de noviembre de 2015

Al Gran Pueblo Argentino, Salud Mental

(un programa para escuchar clickeando acá)


El domingo tratamos en el programa el tema de la salud mental, la arista más dura de la lucha política, el lugar donde van a parar los que no pueden más. Los que llevan en el cuerpo las marcas de la lucha que no mostramos lo que todavía podemos un poco más. Una línea delgada nos separa y siempre se puede pasar de un lado al otro. (Acá tienen la presentación del asunto).

Y tocamos este tema desde el lugar menos pensado. El del médico recién recibido que cae a un hospital a hacer su residencia en psiquiatría. ¿Por qué alguien elegirá especializarse en salud mental, ser psiquiatra, meterse en semejante trinchera?

Nos visitaron dos psiquiatras jóvenes, pero ya con bastante experiencia: Federico Pavlovski y Alejandro Brain, que emprendieron un camino pensante respecto de su propia práctica, camino que la institución no propicia, por decir lo menos. También vinieron un psicólogo residente, Hernán Arra, y dos psiquiatras residentes, Rodrigo Videtta y Luciano Rosé, que transitan por el segundo año de su profesión. Se fue entrelazando una conversación, algo así:

Cuando un médico entra a un hospital y entra a una sala de internación psiquiátrica, la primera persona que se te acerca a darte la mano y a explicarte la cosa cómo funciona, es un agente de propaganda médica, un visitador médico. 

Hiciste 5 o 6 años de un estudio médico muy general, muy superficial, porque roza, y no puede ser de otra manera, roza todas las especialidades, tenés una materia que es Salud Mental, tenés unas materias menores, y tenés una materia que se llama Psiquiatría y que dura 20 días. 

Vos te recibís, das un examen de Oftalmología un miércoles y te recibís. Ahí accedés a la posibilidad de ir a formarte en el hospital. En las sedes formativas, tu tiempo se divide entre una enorme carga asistencial y en una menor carga de formación. En muchos casos está desbalanceado en pos de lo asistencial, es decir: mano de obra barata. 

Médicos que saben poco de medicina general, que saben nada de psiquiatría, que tienen enfrente el enigma existencial, el enigma pragmático, una enorme dificultad, un paciente suicida enfrente suyo. Y ahí lo que le tiene que pasar a un tipo más o menos normal es desesperarse. Pero a mí lo que me preocupa es al revés, es el tipo que no se desespera.

Lo que pasa es que desesperarse está prohibido. Vos estás en primer año de psiquiatría, y si te empezás a desesperar, los pacientes también están desesperados, entonces es como que no podés trabajar. 

Tenés que mantenerte sereno, simularlo, pero se torna muy difícil hacerlo. Creo que la terapia personal es una salida para eso, pero uno tiene que pagarla por fuera, y es cara, uno recién empieza. 

No hay un dispositivo intrahospitalario de contención de los residentes, que están pasando por un período en el que están poniendo en juego su propia psiquis.

Protocolarmente no lo hay. Lo que hay son iniciativas personales. En algunos hospitales se arman transitoriamente experiencias grupales, de reflexión y de contención. No hay un protocolo, como tampoco hay una suerte de examen o evaluación para saber si cualquier persona puede hacer una especialidad de alto impacto, en la trinchera de salud mental...

Estos apenas son tramos de lo que fuimos hablando, mientras escuchábamos canciones de Milky Chance y Fernando Cabrera.

Te atrapó la noche
la oscuridad traga y no convida
quedé a la deriva...


El programa completo se puede escuchar clickeando acá.

Hoy a la tarde, a las 17:00, en el marco de las Jornadas Kierkegaard, junto a Federico Pavlovski y Alejandro Brain vamos a sostener una entrevista pública bajo el título "Kierkegaard y Dostoievsky en la clínica". En el Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional. Avenida Las Heras 2555. Entrada libre y gratuita. (Ver más información sobre las jornadas acá).

domingo, 25 de octubre de 2015

Seguramente


por Mauricio Percara *

MUERE LEYENDO EL PERIÓDICO

Un individuo se encontraba en la comodidad de su hogar dando lectura al periódico, cuando sufrió un dramático Accidente Cerebrovascular (ACV) que lo condujo a su muerte. Sus familiares más próximos se encuentran desolados, ya que el difunto no contaba con ningún seguro de vida.


Ni siquiera leyendo el diario está uno seguro. Este tipo que se muere y sus familiares que no cobran un centavo. No asegurarse es ilógico. Que descaro el no hacerlo en estos tiempos que corren.

Ventanas cerradas, puerta con doble cerradura y llaves fuera del cerrojo, alarma antirrobos y contra incendios activadas, rodilleras bien colocadas ante posibles caídas, pañal de doble absorción bien sujeto —no hace falta una explicación aquí— y seguro de vida al día, como debe ser.

La existencia no es sencilla, es una incógnita constante. Nos pasamos las horas, los días y los años preguntándonos qué puede ocurrirnos y, definitivamente, tiene que ser de esta manera porque, como ya dije, la vida es un enigma.

Caminás sabiendo que podés tropezar, corrés conociendo los riesgos de lesionarte y jugás rugby olvidando que sos un ser mortal. Tan sólo tomarnos un segundo para meditar es suficiente para decidirnos o convencernos de que hacer eso que estamos por hacer es peligroso, predeciblemente dañino, tremendamente arriesgado. No digo que no comprendo a la gente que realiza actividad física, sino que no entiendo a aquellos que no toman los recaudos necesarios en ésa o cualquier situación de la vida.

Yo pago mensualmente veintitrés seguros. Puede parecer una exageración para un ignorante en el tema, a mí me parece una cifra completamente moderada. Son apenas los recaudos necesarios.

Si llega el fin del mundo, tengo un bunker preparado para la ocasión. ¿De verdad creen eso? ¡No soy un demente humanoide ermitaño oculto en una cueva y conviviendo con lobos!

Jamás llegaría a esos extremos, no creo que alguna vez el mundo llegue a su fin. Si es cierto que tengo un refugio preventivo para tornados. El último tornado registrado en mi ciudad data de hace 31 años, pero en esa ocasión fallecieron tres personas y un gato siamés. Seguramente quién escuche la historia se quedará pensando en el gatito, el pobre felino, pero también hubo tres personas que dejaron el mundo que conocemos, lo que significa una cifra importante a mi entender y, sobre todo, para una población de doce mil personas. Y sí, un hermoso gatito del que no se oyó jamás otro maullido.

No presto especial atención a las vacunas, quizás pueda resultarle extraño a algún distraído que me haya vacunado contra el ébola.

Asegurado en mi habitación, caminando descalzo sobre el cómodo piso de goma, me dirijo a la heladera y me preparo para disfrutar de un refresco. Me coloco mis pantuflas anatómicas, no es cuestión de confiarse del piso aislante, y abro el refrigerador. Agua tónica es mi elección.

Noto una hendidura en la pared, una pequeñísima grieta. Me preocupo, ninguno de mis seguros cubre roturas en las paredes. Comienzo a rasgar con mis dedos para descubrir que tan grave es esta situación. Acerco una silla de madera, ya que está algo elevada esta pequeñísima ranura. Me siento un poco enclenque sobre este asiento, acerco una reposera metálica: mucho mejor. Decido rápidamente que quitarme las pantuflas es un buen plan, utilizar las puntas de los pies para alzarme es una buena herramienta en esta ocasión. Me siento muy estable con el metal bajo mis pies descalzos.

Sigo rompiendo, analizando el porqué, cual es la razón de esta falencia en la pared. Utilizo una aguja de tejer para raspar más fuerte. En mi búsqueda alcanzo un cable, mi herramienta metálica rasga el plástico y creo un conducto perfecto para la electricidad. Sufro. No sé si mi seguro cubrirá una muerte tan sospechosa.


* Fragmento de Historias errantes de almas perturbadas, novela corta de Mauricio Percara, que se puede leer completa clickeando acá.

lunes, 19 de octubre de 2015

Yo qué soy


A propósito de la exploración del yo como sedimento de la escritura autobiográfica que emprende Ricardo Piglia en sus diarios y que retoma por otros medios Andrés Di Tella en su película 327 cuadernos (ver acá), me acordé de algo que yo había escrito en Kierkegaard: una introducción. Escuchar una voz, que dice así:

No se ha prestado suficiente atención a la forma en que la angustia aparece en uno de los padres de la filosofía moderna, René Descartes (1596-1650). A Descartes se lo califica como el paradigma del racionalismo y, no obstante eso, hay en él un preanuncio de la temática kierkegaardiana de la angustia. Esto nos lleva una vez más a relativizar las etiquetas con las que se clasifica a los pensadores. El libro de Descartes Meditaciones Metafísicas se suele tomar como texto fundante de la filosofía moderna. En él, Descartes propone experimentar de una manera radical y extrema la duda.

¿Qué es lo que yo puedo saber por mí mismo y no porque me ha sido dado por otro? ¿Qué es lo que yo realmente sé? Para detectar si sé algo por mí mismo tengo que someter a todas las cosas que hasta hoy creía saber, dice Descartes, a la duda: si algo sobrevive a la posibilidad de duda, entonces eso lo sé de verdad. Si algo me parece aunque sea mínimamente dudoso, entonces voy a hacer de cuenta de que no lo sé de verdad, lo voy a dejar de lado.

Empiezo dudando de los que mi ojos ven, de lo que mis sentidos me trasmiten, porque me doy cuenta de que mis sentidos a veces se contradicen y las cosas pueden ser de un modo diferente a cómo las veo ahora; más tarde puedo verlas de un modo distinto, por lo que resulta prudente desconfiar de los sentidos. Incluso el célebre argumento del sueño dice que esto que estoy percibiendo ahora puede que no esté ocurriendo realmente, ya que es posible que esté sumido en un sueño: puede que esté soñando que estoy leyendo este texto: ya me ha pasado a veces el creer que estaba en una determinada situación, cuando en realidad sólo se trataba de un sueño. Por lo tanto, dudo de este dato, que por otro lado parece tan cierto, como que estoy aquí en este momento. Y así puedo seguir dudando.

Incluso llega el momento en que la duda se extiende a todo. Descartes descubre que se puede dudar de las cosas que hasta ahora creí como más seguras; por ejemplo: de que 2 más 3 es igual a 5, cosas que nunca me atreví a concebir como si fueran erróneas. En la época de Descartes una certeza semajante sólo la podían otorgar las matemáticas. Dudar de la matemáticas, para un filosofo del siglo XVII, es algo terrible. Así Descartes llega a la sorprendente conclusión de que es posible dudar de todo, de modo que, si quisiera estar cierto de algo, el resultado de esta duda metafísica es que dudo de todo.

Entonces, en determinado momento, al comienzo de la “Meditación Segunda”, Descartes escribe esto: “La meditación que llevé a cabo ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas que desde ahora ya no estará en mi poder el olvidarlo. Y sin embargo no veo de qué manera podría resolverlas, pues como si de improviso hubiera caído en aguas muy profundas, estoy tan sorprendido que no puedo afirmar los pies en el fondo ni nadar para mantenerme a flote en la superficie”. O sea, las dudas me han llevado a no poder hacer pie en el fondo ni salir a flote hacia la superficie, en un estado de posibilidad. Es decir: nada cierto a lo que aferrarse.

Muchas veces, en la facultades de Filosofía, este pasaje se pasa rápido, porque se lo considera una especie de decoración literaria supérflua. Se quiere pasar enseguida a la parte argumentalmente fuerte, que se considera que es en el momento en que Descartes define su posición racionalista. Se olvida que, justamente, en el momento antes de llegar a hacerse la pegunta: “Pero yo mismo, ¿qué soy?” (porque eso es lo que está a punto de preguntarse: ¿qué soy yo?), antes de llegar a esa pregunta, lo que está a las puertas de esa pregunta es ese estado de angustia, de no poder hacer pie en el fondo ni salir a la superficie.

Esta angustia referida por Descartes no es un adorno literario, sino que es el componente necesario que anticipa y posibilita la pregunta: ¿qué soy? Y esta pregunta no es otra cosa que el descubrimiento de la vacilación, no de mi intelecto, no simplemente de mi saber, sino propiamente de mi ser. Lo que me angustia no es simplemente que me descubro como ignorante de algo, sino que descubro que todo mi ser está expuesto a la vacilación: soy yo mismo el que vacila. Tal vez por esto es que Kierkegaard unos siglos después dirá que la angustia es una aventura que todos los hombres tienen que correr, es decir, que todos han de aprender a angustiarse.