martes, 16 de julio de 2019

Democracia en vértigo

Imagen: Tierra de los padres (Nicolás Prividera)

Nuestra columna política de la semana en La otra.-radio:
Clickear acá para escucharla.

A medida que se acercan las elecciones, el régimen macrista encara con procedimientos sucios la sola posibilidad de perder el poder, si las elecciones fueran libres y se tratara de una auténtica competencia de propuestas políticas electorales.

La derecha llegó al poder por elecciones libres pero no paró de deteriorar desde el comienzo el sistema jurídico, con el encarcelamiento en enero del 16 de Milagro Sala por parte de un tribunal especial formado por Gerardo Morales con ese solo fin. Ya estaba claro en aquel entonces, cuando Buenos Aires quedaba lejos de Jujuy y una parte del peronismo meditaba si convenía acomodarse al nuevo orden represivo desde una oposición colaboracionista.

Hoy hasta agentes encumbrados del  poder judicial -como el presidente de la Corte Suprema bonaerense, Eduardo Néstor de Lazzari- empiezan a animarse a señalar la brutalidad política del régimen: acción psicológica, chantajes, prisiones arbitrarias, escuchas ilegales, connivencia de los servicios, jueces, fiscales y periodistas dóciles a las imposiciones del ejecutivo. Reconocimiento tardío, acotado, sin eco aún en la Corte Suprema de la Nación.

Esta amenaza a la democracia le cabe también al proceso eleccionario, expuesto a maniobras oscuras para enturbiar la expresión de la voluntad popular. Se hacen continuos intentos de cambiar las reglas electorales para manipular los resultados, hay sospechas de posible fraude, clima de intimidación, violencia verbal desfachatada, incluso con amenazas de muerte contra sindicalistas combativos, el reflotamiento de un macartismo vintage con una estigmatización ideológica contra candidatos opositories que remite a los años de la guerra fría. Esto sería farsesco si la clase dominante no hubiera demostrado su determinación para que sus amenazas verbales no tarden en concretarse. Cuando un agente del régimen habla de muerte -ministra de seguridad, presidente, legisladores aliados del poder, fiscales, periodistas adeptos al régimen-, no pasa mucho tiempo hasta que efectivamente asesina.

Los empresarios intentan imponer por aclamación un aniquilamiento de los derechos de los trabajadores. El régimen muestra una cohesión que remite a momentos históricos en los que los mismos sectores reivindicaban la necesidad de apoyar el terrorismo de estado, de volver a hacerlo si fuera necesario:

“Los argentinos estuvimos en guerra. Todos la vivimos y la sufrimos. Queremos que el mundo sepa que la decisión de entrar en la lucha la provocó e impuso la subversión, no fue privativa de las Fuerzas Armadas. Fue una decisión de los argentinos. Todos, absolutamente todos los hombres de buena voluntad que habitan el suelo argentino pedimos en su momento a las FFAA que entraran en guerra para ganar la paz. A costa de cualquier sacrificio. Y tal como cualquier otra guerra, la nuestra también tuvo su precio. Hoy la guerra terminó, aunque no la vigilia. Aunque en idéntica circunstancia volveríamos a actuar de idéntica manera, quiera Dios que nunca tengamos que pagar este precio para vivir en paz. Las instituciones que abajo firmamos queremos refrendar de esta manera nuestro apoyo a aquella dolorosa pero imprescindible decisión: Asociación de Bancos Argentinos – Bolsa de Comercio de Buenos Aires – Cámara Argentina de Editores de Libros – Cámara Argentina de Anunciantes – Cámara Argentina de Comercio - Consejo Empresario Argentino – Consejo Publicitario Argentino – Liga de Madres de Familia – Sociedad Rural Argentina. Y siguen las firmas. ("Los argentinos queremos decirle al mundo", diario Convicción, 1983)


Hoy no parece necesario -todavía- acudir a las fuerzas armadas, porque los grupos de tareas salen de Comodro Py.

De nuestro lado, tendríamos que tomar nota de que estos no hablan por hablar y resolvernos a consolidar un frente democrático contra la radicalización derechista, si queremos evitar una implosión social como la que hoy atraviesa Brasil. ¿Cómo prepararnos ante sus amenazas, tan verosímiles?

Frente el alineamiento político férreo de la clase dominante, nuestras vacilaciones y endebleces se manifiestan en toda su fragilidad. ¿Seremos capaces de detener mediante la organización popular tanta matoneada?

Hay que despejar el terreno incluso de lo que consideramos el campo popular.

El domingo, unas horas antes de nuestro programa, el patético Guillermo Moreno decía en la televisión abierta que el macrismo ya mostró su voluntad de dejar de ser un régimen oligárquico con la incorporación de Miguel Pichetto a la fórmula. "Hay peronistas en todas las fórmulas, entonces gane quien gane no va a ser muy diferente" decía el inexplicable ídolo de algunos papamoscas que todavía lo consideran un compañero. 

lunes, 15 de julio de 2019

Un rubio

Marco Berger habla de su nueva película en La otra.-radio: se puede escuchar clickeando acá 


Juan y Gabriel son dos jóvenes trabajadores de un aserradero del conurbano ya entrados en sus treinta y pico que, a causa de su estrechez económica, tienen que compartir el departamento del primero de ellos. La estrechez es también espacial. Gabriel y Juan trabajan juntos, viajan cada día (muy) juntos en el tren y conviven en el depto chiquito. Esta determinación material aproxima sus cuerpos: los encima. La cercanía los excita, sin que ninguno de ambos pueda dar cuenta abiertamente de ese deseo. El contexto socioeconómico -trabajo, vivienda y amigos- incita y a la vez inhibe la manifestación de su sexualidad. El tiempo de las diversidades no parece haber llegado hasta ellos.


Gabriel, el rubio, entra a orbitar en el universo de Juan, con el grupo de amigos que se amontona en un sillón a mirar la tele, tomar birra y hablar de minas durante tardes enteras. Un universo machirulo donde entre conversaciones banales se filtran frases machistas que el rubio escucha tenso. Los amigos de Juan lo llaman "el mudo" y en esa nominación se agazapa la imposibilidad de decir su deseo. Juan exhala un magnetismo erótico constante y sostiene una hiperactividad sexual con chicas con las que no parece querer asumir ningún compromiso afectivo. El mismo desenfado lo induce a buscar los roces corporales que excitan y asustan a Gabriel y para el resto del grupo pasan desapercibidos. Juan encuentra cierto goce en caminar por ese borde, aunque él tampoco pueda proyectar hacia los demás este deseo fuera de norma. Se permite hacerlo cuando se queda solo con Juan. Uno más desfachatado y el otro introvertido, ninguno de los dos, sin embargo, puede abrir sus pulsiones hacia el mundo que los rodea. Llegará el momento en que Eros se vuelva incontenible, pero las circunstancias sociales lo hará permanecer en una clandestinidad. La pulsión es erótica pero el obstáculo es político. 


Un rubio es el sexto largometraje de un autor como Marco Berger, que apareció desde su ópera prima, Plan B, con una determinación estética muy firme, en el que la perspectiva y la duración de cada plano siempre estuvieron dictados por una necesidad de la mirada y no por ningún cálculo. Berger desvela su mirada al hacer sus películas: esto es un autor, no alguien que imposta voluntariamente un estilo. Hay directores que tantean al filmar, van constituyéndose como cineastas a lo largo de varias películas y solo a posteriori es posible descubrir el lazo que liga su obra. Otros que quieren construir efectos estilísticos a partir de un repertorio de planos aprendidos de otros. Berger forma parte de otro grupo, el que encuentra su perspectiva del mundo en el plano inicial de su primera película y desde ahí todo lo que hace responde a ese rigor. 


Un rubio es, junto a Hawaii, una de sus mejores películas y, al mismo tiempo, entraña una novedad en su cine. Hasta ahora él se había movido con gracia en el romance homosexual entre jóvenes que exploran una faceta escondida de su deseo en un período de adolescencia tardía. Treintañeros que todavía no se conocen a sí mismos, construyen una identidad social que de pronto tambalea ante un encuentro fortuito con otro del que empiezan a enamorarse sin querer. Podría ser la sinopsis de la mayoría de sus películas. Pero en Un rubio trasciende cierta abstracción pequeñoburguesa que antes permitía demorar la definición existencial de sus personajes. En Un rubio el ambiente proletario hace aflorar la colisión entre eros y mundo. Por primera vez el relato no culmina en el beso inicial, sino que recorre una historia completa, con una frontalidad sexual inédita y una resolución que no escribiré. Berger se mantiene fiel a la erotización de su puesta en escena, pero acá son los límites políticos y económicos los que imponen el ritmo cauto de la narración, los colores cenicientos, los planos cerrados, la aridez de uno pocos paisajes abiertos. 


El trabajo de los actores es particularmente notable, en especial la frágil tensión en la que vive Gabriel (Gastón Re) que impregna la tonalidad melancólica del film. Gabriel y Juan (Alfonso Barón, magnético y un tanto odioso) van a encarar de manera diferente el dilema de cómo asumir sus deseos y a mutar su posición inicial al cabo de la historia. En esta diferencia el cineasta se permite plantear una interrogación ética y política: ¿cómo vivir a la altura del deseo en un mundo que continuamente lo obstruye?

En La otra.-radio de anoche conversamos con Marco Berger y en la charla se revelan aspectos de la realización y las decisiones artísticas que definen Un rubio y la singularizan en su filmografía. También disfrutamos de las hermosas canciones que Pedro Irusta compuso para la película. Todo esto lo pueden escuchar clickeando acá.

domingo, 14 de julio de 2019

Esas cosas que nadie sabe cómo tomar

La otra.-radio: hoy domingo a la medianoche en FM 89,3, Radio Gráfica


En 1975, Lou Reed publica su doble vinilo Metal Machine Music: "Nadie lo escuchó de principio a fin, yo tampoco. No es ese si objetivo" dijo Lou. Es esa clase de discos que, al salir, nadie sabe cómo tomarlo. Aunque fueron muchos los que se enfurecieron con el músico. Hoy a la medianoche en La otra.-radio vamos a contar la historia.

También viene al programa Marco Berger a conversar sobre su nueva película, Un rubio, que está entre lo mejor que él haya realizado.


Y en el programa vamos a conversar también sobre esta fase crítica de la lucha política argentina, que en el término de pocas semanas empieza a decidir qué sociedad queremos ser de ahora en más.

A las 12 de la noche, www.radiografica.org.ar, FM 89,3, Radio Gráfica.

sábado, 13 de julio de 2019

El mito de La Moncloa y el elogio de la grieta





por Henrique Júdice Magalhães

La transición política modélica de fines de los 70, en la que los sudamericanos debemos inspirarnos, se dio en la Península Ibérica, pero no fue la española: fue la portuguesa, de la que nadie habla.

En España, tras la muerte de Franco, el sistema político se (re)compuso mediante los pactos de La Moncloa, no tan objetables para aquel momento en lo que atañe a sus letras, pero de espíritu dañino. Sacar de la arena deliberativa ciertos temas y volverlos tabúes es un fraude a la democracia.

Entre líneas, se plasmó la victória póstuma del generalísimo mediante la renuncia de los partidos comunista y socialista a cambiar el sistema monárquico por el republicano, a abolir títulos y privilegios de nobleza, a punir a los torturadores y sus mandantes, a restituir la identidad y los vínculos de miles de niños robados de sus familias. Se hace fácil comprender por qué ese esperpento encanta a las élites sudamericanas y, particularmente, a la argentina [1].

Las peripecias del doctor Baltazar Garzón como juez, primero “de” y luego “bajo” tal régimen quizás sean su mejor retrato. Fue alabado y protegido desde el sistema por sus desbordes represivos contra el independentismo vasco, que incluyeron el cierre de un diario, la proscripción de un partido electoral y la conivencia con la tortura. Fue tolerado cuando procesó a Pinochet y a algunos agentes de la última dictadura argentina – ya que, al fin y al cabo, hay que afirmar la jerarquía interestatal y la superioridad civilizatoria hacia las ex-colonias. Fue suspendido en sus funciones y severamente amonestado cuando quiso hacer lo mismo con los crímenes del franquismo. Y finalmente fue expulsado de la magistratura cuando intentó investigar, en el caso Gürtel, el entramado de corrupción de uno de los socios mayoritários de la torta horneada en la Moncloa, el PP.

En Portugal, casi en simultáneo a la alabada transición española, la mayoría de la oficialidad militar se hartaba de sostener el obscurantismo y la miséria y volteaba al heredero de Salazar, Marcelo Caetano, dando inicio a lo que pronto se volvió la revolución de los claveles. Revolución con tomas de fábricas y estancias por obreros y campesinos, purgas en órganos del Estado, disolución de cuerpos represivos y nacionalización de empresas. Y que, aún tras el golpe que le puso freno (pero no marcha atrás) el 25 de noviembre de 1975, dejó como legado um muy importante incremento de los derechos laborales y los sistemas públicos de salud y enseñanza.

En Sudamérica no hubo algo así. Pero existió un país en el que no se pactó la transición con la dictadura saliente porque ella, en verdad, salió echada a patadas en el culo: Argentina.

Ése país fue, por décadas, el único en hacer, – y, más tarde, la inspiración de unos pocos más, pero aquí mucho mejor hecho-, algo que en Portugal casi fue realidad [2] y en España sigue siendo tabú: juzgar, condenar y encarcelar a agentes del terror de Estado.

En Sudamérica, Argentina fue Portugal, mientras que Brasil, donde se impuso y sigue imponiéndose la rosca parlamentaria condicionada por los poderes fácticos (incluso los armados), fué España. Por eso es que ningún político argentino ha podido, desde 1983, darse el gusto que se permitió por años uno de los próceres del franquismo no muy reciclado del PP, Manuel Fraga Iribarne: tener de custodio a Rodolfo Almirón [3]. Por eso es que Bunge & Born, en los 80, pudo tener como jefe de seguridad a Miguel Etchecolatz, pero lo tuvo en Brasil, que también dio cobijo a autoridades y agentes del salazarismo.

Y no es que Argentina no haya tenido nunca su pacto de La Moncloa: lo tuvo entre 1994 y 2001. Lo tumbó una pueblada – que no es una revolución, pero algo es algo.

La Moncloa y Olivos no fueron solo arreglos mafiosos entre facciones parlamentarias: fueron actas de impunidad para criminales de uniforme. Ya sé que la base jurídica para enjuiciarlos, la dio uno de los puntos del acuerdo Menem-Alfonsín: el rango constitucional de los tratados internacionales de derechos humanos. Eso es tan cierto como que, durante la vigencia del pacto, ni un solo represor fue encarcelado y, tras su derrumbe, se iniciaron los juicios de lesa-humanidad, con una profundidad nunca vista en ningún lugar. El tema no es la letra del acuerdo, sino su espíritu.

La implosión del Pacto de Olivos y la inexistencia de cualquier cosa de ese tipo en Portugal ayudan también a comprender por qué estos son dos de los escasos (¿o los únicos?) países de Europa y América donde, pese a las dificultades económicas y el malhumor social, la extrema derecha tiene una expresión social y electoral risible. Mientras en Brasil ella gobierna con Bolsonaro y en España se apresta a hacerlo con Vox, en Portugal su caudal de votos no alcanza para elegir un diputado, e incluso la derecha a secas (CDS) es frecuentemente superada no solo por los comunistas ortodoxos (PCP) y heterodoxos (BE) sino también por un partido animalista, el PAN (y ya que estamos: otro lindo contraste civilizatório ante España y su fijación tauromáquica).

Para mantenerse electoralmente competitivas, las derechas argentina y portuguesa tuvieron que abandonar las formas explícitamente cavernícolas y retroceder al liberalismo, aunque – en el caso argentino – con represión. Mientras el PP español, fundado por ministros de Franco, nunca ha renegado de su orígen, es impensable que alguna fuerza política se reivindique salazarista en Portugal o que miembros de aquel régimen ocupen posiciones políticas importantes. Y pese a que Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto incitan de manera criminalmente irresponsable las pulsiones de represión y muerte, Argentina está muy lejos, todavía, de aquellos años del Pacto de Olivos en que Aldo Rico y Luis Patti llegaron a ser o tener parlamentarios e intendentes.

Un país donde los privilegios de las clases dominantes sean intocables por consenso y sus matones no solo tengan garantizadas la impunidad y las prebendas, y donde incluso esté prohibido hablar de ellos [4], es lo que añoran ciertas élites económicas e intelectuales y las dirigencias macrista, pejotista no K, lo que queda de la radical y quizás también algún político o intelectual K. Y eso fue, precisamente, lo que la lucha del pueblo en la calle, primero y luego las decisiones políticas del kirchnerismo les quitaron.

Hoy, más que nunca: ¡viva la democracia, viva la grieta!

NOTAS:

[1] - https://www.infobae.com/politica/2019/05/06/felipe-gonzalez-desde-1984-me-preguntan-en-la-argentina-como-hicimos-el-pacto-de-la-moncloa/

[2] - http://visao.sapo.pt/jornaldeletras/2017-12-11-Irene-Flunser-Pimentel-O-julgamento-da-Pide

[3] - https://www.publico.es/actualidad/rodolfo-almiron-guardaespaldas-fraga.html

[4] - www.pajarorojo.com.ar/?p=42419 y https://anovademocracia.com.br/no-186/6900-nem-justica-nem-memoria

jueves, 11 de julio de 2019

La bolsonarización del régimen: quieren meter miedo a toda costa


El ¿periodista? Daniel Muchnik incitó por radio al asesinato de Sergio Palazzo, líder del sindicato bancario y referente de la Corriente Federal Sindical, que en estos años asumió posiciones combativas ante el régimen macrista. Por estas mismas horas, la monja Pelloni salió a satanizar a la Cámpora como una organización de narcotraficantes, ante la escucha complaciente del ¿periodista? Luis Novaresio. Una noche antes, la gobernadora Vidal lanzó su campaña sucia desde el programa de Lanata, "alertando" a la población que, si Kicillof le gana la provincia de Buenos Aires, va a gobernar la Cámpora y eso implicará una futura candidatura de Máximo Kirchner, como si la mera posibilidad de encadenar una serie de hechos inciertos implicara una amenaza social. Quieren meter miedo a toda costa.

Esta serie de exabruptos habla del talante violento que la derecha le está imprimiendo a esta etapa de decisiones electorales. Muy atrás quedaron los slogans de "unir a los argentinos" y el mito de la derecha moderna y democrática que ayudó a erigir José Natanson. La violencia de la derecha nunca es solo simbólica: como quedó demostrado por la política de la ministra Bullrich durante el período macrista que termina en diciembre, cuando hablan de matar, matan, . 

Si llegaron con globos, bailecitos torpes y timbreos simulados y terminaron sembrando un clima de desolación y muerte, la actual escalada discursiva anticipa que la etapa que viene traerá una radicalización de la violencia efectiva de las clases dominantes. Parece que están dispuestos a ejercerla, ganen o pierdan, básicamente porque tienen el poder de hacerlo. No es solo una cuestión de elecciones. Si en un período eleccionario salen a pedir la muerte de un dirigente opositor, cuando pasen las elecciones pueden sentirse directamente habilitados a matar a dirigentes opositores. 

La continua incitación a la violencia que los voceros formales e informales del régimen inyectan en la vida social contrasta con el juego psicopático de acusar a los dirigentes de la oposición de ser violentos si en alguna declaración periodística levantan un poco el tono de voz. Si Alberto le contesta con fastidio a una provocadora que está esperándolo en las escalinatas de Comodoro Py, entonces el conjunto de los medios oficialistas coordinados salen a señalar su "peligrosa intolerancia hacia el periodismo". Pero la incitación oficial al asesinato de un líder opositor pasa desapercibida.

Pretenden imponerse por el miedo. Y, como tienen los recursos para sembrar miedo, hay que prepararse para que esa violencia siga escalando.¿Cómo enfrentarlos? La derecha no aceptará una derrota electoral sin apelar a alguna forma de fraude o violencia. Y, si gracias al miedo lograran permanecer en el poder, después van a redoblar la violencia.

La oposición política obtuvo un enorme avance al lograr articular un frente electoral que ahora tiene que consolidarse cualquiera sea el resultado de las elecciones. Si ganamos, los intentos de desestabilización van a ser feroces desde el primer día y es de esperar que operen continuamente para resquebrajar la unidad del campo popular que se va reconstruyendo trabajosamente. Si la campaña sucia de la derecha hoy gobernante logra imponer en las elecciones su lógica del miedo, luego va a necesitar consolidar las condiciones de un ajuste económico feroz apelando a una represión más desembozada que la que ya ejerció durante este período.

El resultado electoral es altamente imprevisible. Lo previsible es que los que hoy piden muerte de manera descarada van a salir a matar, ganen o pierdan. Lo harán, como es tradición, en defensa de las instituciones republicanas y la libertad.

El dilema del campo popular se ejemplifica en la serie de altercados que en los últimos días vivió el candidato Alberto Fernández ante los provocadores oficiales. Cuando lanzó su candidatura, Fernández tuvo la iniciativa de proponer una tregua al "periodismo de guerra". La respuesta a su proposición fue que no hay tregua unilateral. Ellos siguen en guerra. Ayer lo fueron a esperar a la salida de los tribunales para provocar el episodio por el cual se lo acusaría de intolerante. El régimen sabe que uno de los atributos que se valoran en Fernández es su carácter dialoguista. Entonces están haciendo todos los esfuerzos para empujarlo a luchar en el barro, para después señalar que apareció el "Fernández violento" que necesitan. La lucha en el barro es la única posibilidad de un gobierno que no tiene manera de prometer bienestar a su electorado. Hoy apuestan todo a violentar el clima social.

¿Cómo responder a esta incitación continua a la violencia? Si reaccionamos violentamente, vamos a jugar al territorio que ellos eligen y en el que tienen todas las de ganar. Si simulamos treguas unilaterales que ellos no aceptan, parece que quedamos a mitad de camino. En este tortuoso juego de amagues, hay un sector de electores en disputa, el afamado tercio indeciso. La derecha aspira a contagiar su violencia  a los grises.

Creo que hay que estar prevenido para las provocaciones y no ir a disputar en el terreno que ellos necesitan. Esta prudencia para no pisar el palito no debe confundirse con una blandura estratégica que nos haga perder el sentido de nuestro proyecto: un país para todos. La firmeza de la lucha popular no se dirime en un juego de matones, sino en la consolidación de una unidad cada vez más grande de los sectores que apuestan a la democracia y la justicia.

miércoles, 10 de julio de 2019

Netflix en la radio

AnimaRolling Thunder Revue, Democracia Em Vertigem: Netflix en La otra.-radio, para escuchar acá



Todos sabemos qué es Netflix, pero yo un poco menos que todos porque no estoy abonado. Sin embargo, durante todos estos años no pude dejar de escuchar los comentarios acerca de las series que estaban buenísimas, de las que no había que perderse, de los amigos que se clavan una temporada entera de XYZ en un fin de semana, de los que ven las películas por el celular, del crecimiento de las plataformas on demand, de la pérdida del aura y la muerte del autor como signos de una contemporaneidad rabiosa y la ruptura con una tradición ya pesada. En el fondo se trata de una puja entre el modo de estar en el mundo del siglo xx y el que asoma en el siglo xxi. (Como si el siglo xx no tuviera algo que ver con lo que pasa en el xxi, pero bueno...). Todos hemos percibido un ánimo de celebración alrededor de la muerte del autor en el sentido moderno: por fin se cumplen las profecías de Nietzsche y Foucault, ya las series no tienen autor: tienen guionistas, elencos, tramas, spoilers y sobre todo diseño de producción. Dame un diseño de producción y después vamos viendo.



Hace 25 años se hablaba de la muerte del cine y hoy es adecuado hablar de su mutación. Algo así como: ¿en qué cosa tendría que devenir el cine para que sea posible incluir en esa etiqueta lo que vemos en las pantallas digitales que acarreamos sin necesidad de entrar en el espacio sacralizador de la sala de cine? Hay en el clima de época un miedo a quedar algo ligado al pasado, a la modernidad, a la política de los autores, al romanticismo... Si uno desconfía de la experiencia de ver el mundo a través del celular, de los grupos de personas que inclinan la columna vertebral y mueven la pantallita con el dedo, entonces se aleja de los millennials, de los centennials y se vuelve un poco reaccionario.

Netflix es algo más que un vehículo de producciones audiovisuales. Más que una empresa de entretenimientos. Nuestra sospecha, por no decir mi sospecha, es que forma parte del mismo diseño de Mercado Libre, de las fluctuaciones en la tarifa de Uber según la hora y la demanda, el empleo flexible online y la flexibilización laboral. Con cinismo estético se ligan todas estas licuaciones neoliberales con la flexibilidad, como aquello que se opone a la rigidez, a pesar de que el rumbo que toman las cosas del mundo se presenta a la vez como duramente irreversible. Los esfuerzos de la crítica y los estudios académicos por naturalizar el rumbo de la historia nos hacen desembocar ineluctablemente en Netflix.

En estos últimos tiempos, quizás desde que David Lynch decidió hacer Twin Peaks 3 para Netflix, o cuando un producto de Netflix y Cuarón como Roma no solo fue nominada para el Oscar como mejor película y mejor película en idioma extranjero simultáneamente sino que además fue muy votada en la Internacional Cinéfila, las conversaciones sobre esta plataforma -mejor dicho: sobre su modo de insertarse en nuestra experiencia- tomaron otro cariz. Si hay una generación que amoldó su noción del consumo cultural y su experiencia de la narración con las series de Netflix, tenemos que añadir a nuestros interrogantes la pregunta de por qué artistas como Lynch, Dylan y Scorsese, o Thom Yorke y P. T. Anderson deciden poner a circular sus obras a través de Netflix. No es difícil entender por qué la empresa quiere fichar a Dylan, a Lynch o a Yorke en su catálogo: en plena expansión, una pátina del presitigio de los nombres ilustres de la era analógica es un valor agregado, tentación para que nos suscribamos los renuentes. Pero podemos preguntar todavía por la anuencia del autor a mandarse por ese lado. Esa decisión puede significar ansiedad para llegar al público que no pagaría una entrada para verlos en una sala, aggiornarse, aceptar las ventajas de visibilidad que otros dispositivos de distribución no ofrecerían, volverse actores relevantes de los modos del nuevo siglo o simplemente facturar un montón de dólares.

Anima es el nombre de un disco que acaba de sacar Thom Yorke y es realmente muy bueno. Pero también es el nombre de una película de corta duración ("one-reeler", bromearon los autores haciendo alusión a un formato usual de la época del cine mudo, las películas de un solo rollo) producida por Netflix. La película es buenísima, entre lo mejor que hizo Anderson y una demostración de que Thom Yorke no solo es un autor de grandes canciones y explorador de angustiantes atmósferas sonoras sino también un ícono, un gran actor, un bailarín notable, un artista integral. Anima película es una obra considerable con aroma a pesadilla epocal. La visión desoladora de la humanidad zombie retorciéndose en el subte rumbo a sus trabajos cotidianos coreografía una experiencia verídica, una pesadilla tan tangible como la realidad. Se aplica mucho talento para pensar el vínculo entre imagen y sonido, entre duración y progresión dramática, entre coreografía y puesta de cámara, entre color y ritmo. Merecería ser vista en una sala (como de hecho se proyectó en algunas ciudades del mundo en su semana de lanzamiento). Pero la cuestión es que su disponibilidad actual es Netflix. O sea, podés verlo en tu celu si estás abonado y si no, conseguite un amigo que te invite a su casaa verla  (o que te muestre su celu) o esperá que la suban a alguna página pirata.



Lo mismo se puede decir de la genial Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese de la que escribí hace poco en este blog, una pieza indispensable para armar el rompecabezas Dylan. También para confirmar que Scorsese es el cineasta indicado para poner a Dylan en términos cinematográficos. Uno de los encantos secretos de la película es el arte de la falsificación, la tergiversación, la inclusión inadvertida de testimonios apócrifos que ayudan a extender la mitomanía que Dylan convirtió en su juego preferido. Hay varios personajes ficticios y anécdotas inventadas mezcladas con el material de archivo y el propio Dylan actual se encarga de reflexionar ante cámara acerca de la verdad que se dice detrás de la máscara. En ese mismo plan hay que interpretar la cita que hace Scorsese al comienzo y al final de la película de un corto ilusionista de George Melies en el que una mujer desaparece por un truco de montaje. Es Melies y no Lumiere el epígrafe del "documental". Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese  será para la posteridad el Dylan de Netflix.

En estos mismos días esa plataforma subió una película documental de la brasileña Petra Costa: Democracia Em Vertigem (Al filo de la democracia, en su versión en castellano). Con formas un tanto más convencionales que las dos películas comentadas arriba, Costa narra los pasos del lawfare brasileño que conduce a la destitución de Dilma, la cárcel de Lula y la presidencia de Bolsonaro. La similitud entre los procedimientos de los poderes de la derecha que se movieron para destruir la democracia brasileña y los que actúan aún hoy en Argentina solo se pueden ver con intensa inquietud. El lawfare brasileño, nos muestra la película, ya desembocó en su fase catastrófica. En Argentina todavía no. Es inquietante enterarse por Netflix.

Estas tres películas están entre lo más interesante que puede verse hoy en día en cualquier formato. Pero todas ellas están en un solo formato. De eso y con más detalles, con pelos y señales, gruñidos y susurros, hablamos en la reciente emisión de La otra.-radio, que pueden escuchar clickeando acá. [Quizá el único personaje que no puede hacer nada en este escenario es Joao Gilberto, al que finalmente este programa estuvo dedicado].

domingo, 7 de julio de 2019

Anima, Democracia em vertigem, Rolling Thunder Review... ¿Netflix?



Anima, un cortometraje de 15 minutos de Paul Thomas Anderson y Thom Yorke, acompaña el lanzamiento del nuevo disco solista del líder de Radiohead.



Democracia em vertigem, el documental sobre el proceso de degradación institucional brasileño realizado por Petra Costa, que en parte viene a reparar la canallada de O mecanismo.

Y por supuesto, la extraordinaria


Cada una de estas películas tiene un notable interés, pero a esto se añade una tensión acerca de los modos de circulación de la producción cinematográfica en el siglo xxi y el riesgo de la privatización total de la experiencia del mundo. 

Joao, el músico que pasó la mayor parte de su vida yéndose


Ahora sí, se fue para siempre del mundo el músico que pasó la mayor parte de su vida yéndose, Joao Gilberto. El enigma más indescifrable de la música popular, genio del microgesto, apenas percibido y absolutamente imprevisto, anomalía completa. Su cantar susurrado, tímido, su batida en la guitarra, de un ritmo de matemática incalculable, su dulce melodismo mínimo, su melancolía terminal, formulada con trazos tenues hasta el desconcierto, toda su música exige ser atravesada como una experiencia paradojal. Diego Fischerman escribió alguna vez: "Quien oye esas canciones debe poner de su parte casi tanto como quien las interpreta. No hay manera de desconcentrarse sin perder lo esencial. Porque lo esencial tiene que ver, precisamente, con los detalles casi imperceptibles".

Joao es uno de los pocos artífices de la bossa nova, una irrupción en la escena que necesitó de muy pocos discos para cambiar todo para siempre, expresión de un refinamiento modernista seguramente incompatible con la barbarie en la que hoy se halla sumido el Brasil.

La estética de sobriedad extrema que él puso en marcha es inescindible de su ética. La suavidad con que se deslizaba por los escenarios estaba regida por una recusación inapelable de las normas del business. La industria cultural y Joao se repelieron mutuamente con una pasión hoy extinguida: no deben quedar, después de su larga partida, otros músicos que guardaran con tanto celo la fragilidad de su arte ante la prepotencia del mercado. Joao fue maltratado con tanta intensidad como aquella con la que él despreció a los mercaderes que manejan el negocio. Ni ellos, con toda su brutalidad, pudieron evitar que antes de partir él nos dejara algunas de las canciones más hermosas que existen.

Joao se fue apagando de a poco, como una de sus músicas.

Si tú dices que desafino, amor
sabrás que esto causa en mí un inmenso dolor
sólo los privilegiados tienen el oído como el tuyo
yo poseo apenas lo que Dios me dio.

Pero si tú insistes en clasificar
mi comportamiento de anti-musical
yo aún mintiendo debo argumentar
que esto es bossa nova, esto es muy natural.

Lo que tú no sabes y ni siquiera presientes
es que los desafinados también tienen un corazón
te fotografié en mi Rolley-Flex
y se reveló tu enorme ingratitud.

Simplemente no puedes hablar así de mi amor
esto es lo mayor que tú puedes encontrar
y con tu música olvidaste lo principal:
que en el pecho de los desafinados
en el fondo del pecho late callado
que en el pecho de los desafinados también late un corazón.



Esta es la versión cantada en Buenos Aires junto a Caetano Veloso en 1998 en el show en el Gran Rex al que tuve el privilegio de asistir.



Nana cantando "nesse mesmo lugar"
Tim maia cantando "arrastão"
Bethânia cantando "a primeira manhã"
Djavan cantando "drão"
Chico cantando "exaltação à mangueira"
Paulinho, "sonho de um carnaval"
Gal cantando "candeias"
E elis, "como nossos pais"
Elba cantando "de volta pra o aconchego"
Sílvio cantando "mulher"
E elisete cantando "chega de mágoa"
Carmen cantando "adeus batucada"
Gilberto cantando "sobre todas as coisas"
Cauby cantando "camarim"
Orlando cantando "faixa de cetim"
Milton, "o que será?"
Roberto, "a madrasta"
Bosco, "rio de janeiro"
E dalva, "poeira do chão":
Melhor do que isso só mesmo o silêncio
E melhor do que o silêncio só joão
Nara cantando "diz que fui por aí"
Marisa, "a menina dança"
Aracy cantando "a camisa amarela"
Amélia, "boêmio"
Max, "polícia"
Nora, "menino grande"
Dolores, "não se avexe não":
Melhor do que isso só mesmo o silêncio
Melhor do que o silêncio só joão

CAETANO VELOSO

miércoles, 3 de julio de 2019

Para llegar al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita

Músicos, científicos e inquisidores en La otra.-radio del domingo, para escuchar clickeando acá


Un relato clásico de la filosofía refiere la caída a un pozo de uno de aquellos presocráticos que caminaba embelesado mirando el cielo y por eso no prestaba atención al territorio. Según se cuenta, una criada que presenció la caída se burló de la distracción del filósofo. El relato, que tiene más de una interpretación posible, muestra que la actitud filosófica ha sido objeto de burlas desde su mismo inicio, bajo la sospecha de distraerse de los asuntos terrestres. Es todavía hoy muy común escuchar hablar de la distancia de los intelectuales con la realidad. Sospecho del lugar común, aún cuando la caída de Tales hubiera ocurrido. No solo por la floja certeza que toda generalización propiciasino sobre todo porque da a entender que caerse en un pozo es una cosa risible. Pensado de otra manera, el episodio nos podría llevar a valorar la hondura de los pozos, que los que rasan el piso ni siquiera imaginan. En todo caso, propondría pensar en los vínculos posibles entre estos tres lugares: el suelo, el pozo y el cielo. Es probable que mirar hacia arriba nos haga caer en pozos, lo que nos permitiría internarnos más hondamente en la tierra.

Casi toda la historia de la filosofía, las matemáticas, la religión y las ciencias podría repensarse en esta relación entre la hondura de los pozos y la altura de los cielos. Y desde hace más de 2000 años alguno advirtió que de esas lejanías también está hecha la política.

Para Aristóteles, el centro de la tierra era el lugar más denso y turbulento del universo, la zona de los movimientos irregulares y violentos, mientras que en las esferas celestiales los astros se movían con armonía perfecta. Los cosmólogos escolásticos del medioevo releyeron a Aristóteles al revés, tan mal como leyeron los evangelios. Tal vez por eso se les ocurrió hacerlos compatibles. Interpretaron que estar en el centro del universo era una prueba de la majestad de la criatura humana, colocada por Dios en el punto alrededor del cual gira todo. Intentaban ser fieles a dos tradiciones incompatibles y lógicamente traicionaron a ambas.

Por eso, cuando algunos pensadores e investigadores del renacimiento como Copérnico y Galileo empezaron a correr la bola de que la tierra estaba en el cielo y se movía, los católicos romanos, creo yo que erradamente, sintieron esta hipótesis como una afrenta a la fe cristiana.
La historia es lo suficientemente chocante como para no sacar de todo esto conclusiones apresuradas. La conjetura de la tierra móvil nos trajo adonde estamos. ¿Y a dónde estamos? Girar por los cielos, como postularon Copérnico y Galileo, no nos salvó de ningún infierno. El ras de la tierra es hoy un lugar inhóspito, principalmente a causa de los terrestres.

El programa de radio del domingo pasado, en el que participaron Fernando Beresñak -autor de El imperio científico. Investigaciones político-espaciales y dedicado a la filosofía política- y Cristian Bonomo, el melómano infalible, cuya oreja escucha más que la de cualquiera que yo conozca, cruzó todos estos ejes para delinear una figura extraña y atractiva.


Debo confesar que el programa no fue preparado hasta en los más mínimos detalles, sino que entramos al estudio con un alto grado de indeterminación. Sabíamos vagamente que pretendíamos cruzar la política de la ciencia con la presunta frialdad de las matemáticas, la supuesta armonía de los cielos con las refriegas en la tierra y una música que me atrevo a calificar como divina. Una armonía disonante, un plato preparado con ingredientes disímiles, de modo que escribir sobre él es menos interesante que saborearlo.

¿De qué hablamos en la radio el domingo, exactamente? Después de haber participado en el programa, me puse en el lugar de un oyente y me sorprendí con una fábula extraña: el cielo  no resultó tan armonioso como se creía pero igual fue fuente de inspiración para una música de una arquitectura tan hermosa que dan ganas de creer en Dios. Con esos números con los que Pitágoras, Vincenzo Galilei y Philippe Rameau subdividían el tiempo y calculaban la distancia de las notas con cuidado sublime, la ciencia burguesa -entre ellos, el propio hijo de Vincenzo- instaló un dispositivo que pretende arrasar con todo. En una de esas, el luminoso canon que Johannes Ockeghem compuso y Bonomo nos trajo sea la contracara de la fiereza con la que hoy la tecnología arrasa con todo, desafinando el tiempo y el compás.

lunes, 1 de julio de 2019

Una lluvia fuerte va a caer


¿Dónde estuviste, mi hijo de ojos azules?
¿dónde estuviste, querido muchacho?

Tropecé con la ladera de doce montañas brumosas,
caminé y me arrastré sobre seis carreteras fracturadas,
anduve en medio de siete bosques tristes,
estuve ante una docena de océanos muertos,
me interné diez mil millas hacia la boca de un cementerio.

Y es muy fuerte, muy fuerte
la lluvia que va a caer.

¿Qué es lo que viste, mi hijo querido de ojos azules?
¿qué es lo que viste, querido muchacho?

Vi a un recién nacido rodeado por lobos salvajes,
vi una carretera de diamantes vacía,
vi una rama negra de la que goteaba sangre, fresca todavía,
vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados,
vi una escalera blanca tapada por el agua,
vi diez mil oradores con sus lenguas rotas,
vi pistolas y espadas en manos de niñitos.

Y es muy fuerte, muy fuerte
la lluvia que va a caer.

¿Y qué escuchaste, mi hijo querido de ojos azules?
¿qué es lo que escuchaste, querido muchacho?

Escuché el sonido de un relámpago que rugió sin previo aviso,
escuché el rugido de una ola que podría tapar el mundo entero,
escuché a cien tamborileros con sus manos ardiendo,
escuché mil susurros que nadie oía,
escuché a una persona hambrienta y a otras que se reían,
escuché la canción de un poeta que moría en la alcantarilla,
escuché el gemido de un payaso que lloraba en el callejón.

Y es muy fuerte, muy fuerte
la lluvia que va a caer.

¿A quién encontraste, mi hijo de ojos azules?
¿a quién encontraste, querido muchacho?

Encontré a un niño atrás de un caballo muerto,
encontré a un hombre blanco que paseaba a un perro negro,
encontré a una mujer joven con el cuerpo quemado,
conocí a una chica que me regaló un arco iris,
encontré a un hombre que estaba herido por amor,
encontré a otro hombre que estaba herido por el odio.

Y es muy fuerte, muy fuerte
la lluvia que va a caer.

¿Y qué vas a hacer ahora, mi hijo de ojos azules?
¿qué vas a hacer ahora, querido muchacho?

Volveré antes de que la lluvia empiece a caer,
caminaré hacia el abismo del bosque más profundo y oscuro,
donde la gente es mucha pero sus manos están vacías,
donde las gotas de veneno contaminan sus aguas,
donde la casa del valle está junto a la prisión húmeda y sucia
y las caras de los verdugos están siempre escondidas,
donde el hambre amenaza y las almas se olvidan,
donde el negro es el color y ninguno es el número.

Y lo voy a contar, a hablarlo, a pensarlo, a respirarlo
y lo voy a reflejar desde la montaña donde todas las almas puedan verlo
y me voy a parar sobre el mar hasta empezar a hundirme,
pero sabré mi canción antes de empezar a cantarla.

Y es muy fuerte, muy fuerte
la lluvia que va a caer.


domingo, 30 de junio de 2019

Cerca de la revolución

Hoy a las 12 de la noche en La otra.-radio, FM 89,3 - Radio Gráfica - Online acá o acá


En la coyuntura inmediata, la sociedad argentina se dispone a vivir una decisión electoral en la que pretenderá incidir, como nunca antes en nuestra historia, un dispositivo tecnocientífico diseñado para manipular los comportamientos colectivos. Ya se ha instalado sobre nosotros una ingeniería social para manipular la subjetividad popular. Una manera de encarar este problema es moverse en el terreno y constatar como incide la tecnología de la comunicación en nuestra práctica cotidiana. Newton sentó las bases de la física mecánica moderna sin la cual no habría sido posible la revolución industrial. Comte se propuso extender esta estrategia del dominio del mundo a la propia política creando la física social.

En el siglo xxi la física social mutó en operaciones de big data en la cual se pretende disolver para siempre al sujeto político y remplazarlo por un objeto manipulable.

Pero este impulso tecnocientífico-político tuvo hace ya varios siglos un hito fundante: la llamada revolución copernicana. Se la llamó así a los efectos de simplificar la nominación del acontecimiento, porque en realidad se llevó a cabo durante un siglo y medio y participó una camada de científicos. Copérnico era solo uno de ellos.

En los siglos XV y XVI de nuestra era imperaba en Europa una cosmovisión asentada a lo largo más de mil años que no provenía de las Escrituras, y que la Iglesia no había formulado originalmente, sino que, desde la posición de poder que ocupaba en esa época, la Iglesia había adoptado de las antiguas civilizaciones helénicas y helenísticas (los “paganos”). Esa cosmovisión, que ubicaba a la Tierra en un centro alrededor del cual el universo entero gira, nunca, ni siquiera en sus orígenes griegos, estuvo a salvo de críticas, por sus predicciones fallidas. Durante siglos, estas fallas ocuparon a los expertos, pero no los habían llevado a cuestionar el modelo geocéntrico. Pero una necesidad de orden puramente práctico empujó a la propia Iglesia a encargar un nuevo calendario. Ese pedido iba a suscitar en Copérnico una idea de novedad inaudita que, al tomarse en serio, iba a derribar la visión del universo vigente y a obligar a construir otra nueva, en la que el sol ocupaba ese centro. Caducó así la totalidad del saber tradicional y, con esto, la confianza en la tradición como fundamento del saber. Más aún: si la propuesta de Copérnico se tomaba en serio, la Iglesia debía admitir que las doctrinas que enseñaba en sus universidades podían ser erróneas y, por ende, su autoridad era pasible de cuestionamientos. Si la Iglesia admitía eso, minaba el poder que a través de varios siglos había acumulado.

Una conmoción involuntaria: para resolver un problema profano, el del calendario que ordena las transacciones comerciales, se acude a un experto a cuyo sentido estético le repugna el desorden reinante en los mapas astrales. Ni la Iglesia ni Copérnico se proponían conmover los pilares del saber europeo ni dar a luz un nuevo concepto del saber: más bien, respondían a propósitos contingentes. De hecho, el título del libro de Copérnico, De revolutionibus orbium coelestium (Acerca de las revoluciónes de las órbitas celestes), no encerraba ningún propósito revolucionario, sino que hacía alusión al movimiento cíclico de los astros. Pero había algo en el clima de la época, por un lado, y en la consistencia propia del saber (o, mejor dicho: en su inconsistencia) que empujaba a una revolución ya no solo planetaria, ni acotada al campo de los cálculos astronómicos. Se estaba configurando una revolución en el sentido más político del término. La sociedad estaba lo suficientemente lista para producir un reseteo de sus saberes, de los criterios por los que esos saberes se regían, de los sujetos que tenían la autoridad para producirlo.

Escribió Thomas Kuhn en La revolución copernicana: “Ni siquiera las consecuencias en el plano científico agotan el significado de la revolución copernicana. Copérnico vivió y trabajó en un período caracterizado por los rápidos cambios de orden político, económico e intelectual que prepararían las bases de la moderna civilización europea y americana. Su teoría planetaria y la idea, a ella asociada, de un universo heliocéntrico fueron instrumentos que impulsaron la transición desde la sociedad medieval a la sociedad occidental moderna, pues parecían afectar las relaciones del hombre con el universo y con Dios. Aunque inicialmente se presenta como una revisión estrictamente técnica y altamente matematizada de la astronomía clásica, la teoría de Copérnico se convirtió en un foco de las apasionadas controversias religiosas, filosóficas y sociales que, durante los dos siglos subsiguientes al descubrimiento de América, establecerían el curso del espíritu moderno. Los hombres que creían que su habitáculo terrestre tan solo era un planeta que circulaba ciegamente a través de una infinidad de estrellas valoraban su ubicación en el marco cósmico de forma bastante diferente a como lo hacían sus predecesores, para quienes la tierra era el centro único y focal de la creación divina. En consecuencia, la revolución copernicana también desempeñó un papel en la transformación de los valores que regían la sociedad occidental”. (Tomo 1, cap. 1, pág. 24).

Que las ideas que los seres humanos nos formamos acerca de la realidad cambian cada tanto es, a esta altura de nuestra historia, una constatación trivial. Lo que todavía nos resulta complejo de entender es que los cambios no dependen solo, ni principalmente, de la irrupción de sujetos más sagaces, dotados de una imaginación más audaz que sus predecesores, ni tampoco de la acumulación de las evidencias empíricas a lo largo de los siglos o de la detección de errores que hasta entonces habían pasado inadvertidos. Cambia nuestro saber acerca del mundo porque cambia nuestra forma de ser en el mundo. Una revolución en el saber es la emergencia de una nueva subjetividad y a esta emergencia contribuye una trama de acontecimientos imposibles de manejar a voluntad. Acontecimientos que tampoco se dejan reducir a una serie de sencillos pasos metodológicos. Lo trivial y lo importante se entremezclan y a veces intercambian posiciones: lo que parecía importante e incuestionable se vuelve trivial y desechable, el detalle que parecía excepcional y aislado puede terminar derribando la certeza más inexorable.

El saber científico no se funda a sí mismo, a partir del desarrollo de su fuerza interior (como si una “ley del espíritu humano”, al decir de Augusto Comte, nos condujera hacia una creciente inteligencia). La marcha de la ciencia y de la técnica se perfilan en un entrelazamiento de contingencias y necesidades provenientes tanto de la historia de sus desarrollos como de los conflictos sociales y políticos. Esto vale no solo para los saberes que la humanidad del siglo XXI dejó atrás, sino también para aquellos que hoy nos resultan convincentes y eficaces.

Cambian las relaciones de poder en las que el saber se funda, cambia el mundo en que vivimos y cambia la humanidad que lo habita.

En La otra.-radio de hoy a las 12 de la noche (FM 89,3, RadioGráfica, (www.radiografica.org.ar) vamos a hablar de la revolución. Nos visita El filósofo Fernando Beresñak, autor del libro El imperio científico. Investigaciones político espaciales.  La música la trae el Maestro Cristian Bonomo.

sábado, 29 de junio de 2019

Como un huracán

Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese


Descubrir ahora a Dylan no parece gran cosa, convengamos.

Si hay un artista popular vivo que recibió en persona las legitimaciones más altas y los reconocimientos más amplios, ese es Dylan. Poco podemos agregar al respecto desde este modesto blog.

Pero el estreno en Netflix de Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese nos invita a pensar que a esta historia le faltaba lo mejor.

La gira que entre 1975 y 1977 emprendió Dylan por pueblitos de los Estados Unidos, con una numerosa banda nueva, sin hacerse anunciar más que con un par de días de anticipación, fue, como dice el propio artista, un fracaso comercial.

Dylan habría sido altamente rentable en su prodigioso regreso a las fuentes de haber tocado en grandes estadios. La idea de lanzarse en una caravana de artistas ambulantes y tocar en salones de mil localidades no podía ser económicamente provechosa, por más que Dylan estuviera viviendo su segunda - o tercera- edad de oro.


La Rolling Thunder Revue se llevó a cabo en el período que va entre dos de los mejores discos de su carrera: Blood on the tracks y Desire. Dylan, a esa altura de los 70, ingresa en su período clásico: recoge y sintetiza en ese impulso de artista trashumante, acompañado de algunos colegas que vienen y van, todas las facetas que antes había cultivado: el folk acústico, la canción de protesta, el rescate de la música popular americana, la furia rockera, el salmo profético, el desgarro íntimo: todo junto, eso que a sus seguidores en los años previos tanto les había costado aceptar como una unidad.

En la Rolling Thunder Review, Dylan mostraba que su trayectoria solo aparentemente zigagueante se fundaba en una unidad inexpugnable.

Ese fracaso comercial contenía su victoria artística definitiva. Dylan habla hoy, en el documental de Scorsese, con su cara conmovedoramente arrugada, sus ojos azules todavía vivaces y una tranquilidad enigmática, tal vez sarcástica, de aquello que pasó hace tanto tiempo que él ni había nacido. Y refiere aquel "fracaso" con la impasibilidad del que ya no tiene que dar explicaciones. Sabe que al final de todas las controversias con que zarandeó a sus fans, él tenía razón.

Ahora que el extraordinario desempeño en vivo del Dylan de aquellos años, el más expansivo y carismático, el más inspirado y entusiasta que tuvo jamás, puede verse en un documental de Netflix realizado por Scorsese, termina de ubicarse la pieza que faltaba en los rompecabezas. Ahora ya no sería necesaria una ficción como I'm not there, en la que todos los Dylans fueran encarnados por diversos actores -o actrices-. En la Rolling Thunder Review de aquellos años están todos los Dylans juntos y todos protagonizados por él en persona, mejor que en todas sus imágenes.

Pese a su fama mundial a lo largo de décadas, los que accedieron en forma directa a ese Dylan son un grupo menor de su amplio público: los que se enteraban que esa noche la caravana llegaba a su pueblo. Eso estaba siendo registrado por el propio Dylan para una larguísima película que en aquel momento recibió las peores críticas: Renaldo y Clara. Casi cuatro horas de un extraño artefacto, una mezcla de documental y ficción que los pocos que la vieron no entendieron ni apreciaron, y bajó rápidamente de cartel. Gran parte del metraje que ahora se puede ver en la película de Scorsese proviene de Renaldo y Clara. Y la verdad es que nunca, antes o después, se registró su perfomance en vivo desde una perspectiva tan cercana e intensa. Entonces quedaba todavía un gran Dylan por conocer.


Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese tiene una diferencia crucial con Renaldo y Clara: el pulso cinematográfico infalible de Scorsese, un auténtico especialista en hacer de Dylan materia del cine. En 2005 No direction home  se constituyó en un monumento cinematográfico y musical que exponía las raíces de Dylan en la música popular norteamericana, sus inicios folk, su fulminante despegue, que se precipitaba con el vértigo narrativo que caracteriza al cineasta de Casino hacia un final electrizante, con el músico en la cresta de la ola, hasta el abrupto corte de 1966, con el presunto accidente de moto que impuso un black out en su carrera. En The Last Waltz (1978) Scorsese ya había filmado a un Dylan esquivo en la despedida de The Band. En Rolling Thunder Revue... Scorsese lo retoma casi diez años después de No Direction Home y un poco antes de que un nuevo giro desconcertante, la conversión del artista a una forma extrema del cristianismo de los últimos días, lo volviera a hacer chocar con su público.

Entre el black out del 66 y su polémica conversión religiosa, la Rolling Thunder Review se centra justo en el Dylan más clásico que haya existido, el que escupe con iracundia «The Lonesome Death of Hattie Carroll», la canción de 1964 del disco The Times They Are A-Changin que narra con pulso cinematográfico el crimen racial de una criada negra a manos de un terrateniente blanco de Maryland, por el que fue condenado a solo seis meses de prisión. La furia con que Dylan retoma la historia es registrada en impresionantes primerísimos planos. Esta canción de su fase de cantautor "de protesta" es el antecente directo de «Hurricane», un tour de force de 8 minutos y medio en el que en 1975 Dylan impone a la CBS una campaña para que sea liberado un boxeador negro que sufre cárcel por un crimen que no cometió. Hay que verlo con sus ojos azules flamígeros rugiendo con rabia

Couldn't help but make me feel ashamed to live in a land
Where justice is a game
Now all the criminals in their coats and their ties
Are free to drink martinis and watch the sun rise
While Rubin sits like Buddha in a ten-foot cell
An innocent man in a living hell
That's the story of the Hurricane
But it won't be over till they clear his name
And give him back the time he's done
Put in a prison cell, but one time he could-a been
The champion of the world.


Aunque Scorsese conduce astutamente el climax narrativo hacia estas dos canciones furiosas, en los 142 minutos de Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese hay mucho más que solo eso. Los dúos con Joan Báez en su reencuentro en escena, diez años después de su ruptura amorosa en 1964, se completan con la perspectiva actual de ambos hacia esa relación. Pero también vemos a Dylan asistir fascinado a la performance poética de una jovencísima Patti Smith, a partir de la cual él infiere el concepto de la gira de artistas trashumantes; la entusiasta presencia de Allen Ginsberg y la visita de ambos a la tumba de Kerouac; la fascinación que Dylan tenía en aquel momento por la violinista Scarlet Rivera, en cuya compañía va delineando canciones tan hermosas como «Isis» o «One more cup of coffe», con su misterioso aire gitano; la sorpresiva aparición de Joni Mitchell estrenando  entre amigos, todavía insegura, «Coyote», el tema de Hejira que pronto se convertiría en clásico. En cada uno de esos momentos de brillo de sus colegas, descubrimos a un Dylan tan pendiente de sus semejantes como nunca más se vio.

Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese es la mejor introducción a Dylan para un espectador del siglo xxi. El film registra de manera vibrante uno de los momentos creativos más intensos y libres del siglo xx. Y, claro, es un testimonio inapelable del genio de Dylan.

miércoles, 26 de junio de 2019

Locura tropical

en la noche del último invierno macrista en La otra.-radio: Lucho Rombolá, para descargar clickeando acá


Lucho Rombolá es capo en cualquier acepción de la palabra. Alma máter de Cumbia de la Pura, amante de la cumbia desde niño, cuando escuchaba los casetes que su padre, viajante de comercio, ponía en el auto:

"Recuerdo estar con él escuchando el casete Corazón valiente de Gilda en el año 95, hasta que en algún momento, no lo voy a olvidar jamás, llegó a mis manos el casete Dime tú de Amar Azul en el 96. Yo lo empecé a escuchar día y noche en mi walkman y ahí abracé la cumbia. Tenía 11 años. Ahí me transformé en cumbiero, iba a la primaria y les decía a mis compañeras que escucharan Amar Azul. A los 15 años empezamos a ir a la bailanta,  nos metíamos en Metrópolis, nunca me pidieron el documento para entrar. Alguna escalada en Fantástico de Rivadavia, alguna excursión a Radio Studio en Constitución. alguna vez un viaje en una combi a Jesse James en Isidro Casanova. Al histórico Kory Huayra de Avenida Sáenz 459 -remarca- fui muchísimas veces, como bailarín y también como periodista, a cubrir y disfrutar espectáculos de la comunidad peruana".

Eso nos lo cuenta Lucho en el programa del domingo pasado de La otra que puede descargarse acá, en el que traza un recorrido personal a través del género que ama. Su pasión lo llevó no solo a quemarle la cabeza a sus compañeros de escuela para que escucharan música tropical sino también a crear, siendo jovencísimo, Cumbia de la pura, un hito de la radio comunitaria y popular *, en el que despliega su talento de comunicador y su conocimiento sobre las diversas vertientes de la cumbia y los recorridos que esa música se abrió desde que llegaron los esclavos africanos a las costas de Colombia. Aquellos trabajadores entonaban sus cantos para resistir las penurias y los maltratos a los que eran sometidos. Desde esa génesis, la cumbia se fue propagando por todo el continente, por el lado de la cordillera se impregnó de un aroma andino en Ecuador, Perú y Bolivia, bajó por el litoral del este, conquistó al pueblo santafesino, afectó la genética del cuarteto cordobés. La cumbia es un género mestizo, nutrido de los aportes de los diversos territorios, y esa versatilidad explica su popularidad imbatible. Todo esto lo podemos escribir hoy porque Lucho nos lo hizo oír con las canciones que trajo y por lo que nos fue contando.

Esa popularidad, sin embargo, no logra todavía traspasar la barrera de la legitimación cultural: esto es una cuestión política y, más específicamente, clasista. Esto lo digo yo: no hay dudas de que la cumbia suena en el aire de las barriadas populares, pero no logró la consideración de los centros que administran prestigio y respetabilidad, como sí la lograron el folklore, el tango y el rock. Esa falta de reconocimiento del establishment no pone al género a salvo del negocio y las adulteraciones, tampoco del consumo irónico de las clases ilustradas. Pero le infunde una vitalidad que no se puede calcular desde la división comercial de las majors y los medios corporativos.

Lucho nos trae un ramillete de canciones muy atractivo y variado, como el notable caso peruano de Los Destellos, que en los 60 produjo un cambio cultural en Latinoamérica. "En 1968, el conjunto lanzó su primer LP, con melodías que marcaron la historia de la cumbia costeña, amazónica y andina. Se trató de la primera placa de un grupo de cumbia nacido en el Perú" cuenta Lucho en su blog. Para apreciar su calidad exquisita hay que escuchar la música que Lucho nos trajo al programa.

En la trasnoche del domingo también nos contó cómo llegó el género a Argentina, con Los Wawancó, al final del primer peronismo. Desde ese momento fue adoptado en las diversas regiones del país con su impronta local. Entre la música que Lucho trajo hay huayno tropical, cumbia santafesina, cuarteto, la arrasadora vuelta de Ráfaga, la mega-producción mexicana de Los Angeles Azules y su notable "Cumbia del infinito" junto a Natalia Lafourcade y el novísimo fenómeno de la cumbia chilena con el éxito continental de Américo.

Algunos de los temazos que Lucho trajo a La otra:

Vino tinto que aturdes mi pena, no me dejes tan sólo esta noche
acompáñame hasta que me duerma, qué me importa si mañana muero.
vino tinto que alivias tristezas, no le digas a nadie que sufro
 esta pena por una traición, que mi llanto desborda mi boca 
si parece que a nadie le importa mi cariño y mi triste dolor.

Vino tinto, cada mancha en el mantel es una pena,
una mancha de una triste borrachera
que quizás mañana al verla sonreiré.
vino tinto, hoy lograste que el sueño me dominara 
es por eso me despido hasta mañana 
a la misma hora y con la misma pena.



Bailemos la cumbia
Con mucha ricura
Bailemos la cumbia
Prendiendo las velas
Cumbia
La cumbia del infinito
Ya se escucha en todos lados
Ya la bailan en Tepito
Y los que andan de mojados
La cumbia del infinito
Ya se toca en todos lados
Si te quieres mover rico
Ven y baila a nuestro lado
Baila conmigo
La cumbia del infinito
No conoce las fronteras
Se mueve por el Perú
Y también por el gabacho
Con Los Ángeles Azules
Se acelera…


* Cumbia de la pura no está en este momento en el aire, pero eso no impide palpitar que en cualquier momento vuelve. Mientras tanto, escuchen a Lucho en La otra, acá.