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domingo, 15 de septiembre de 2024

Escuchar esas voces


La Lógica del Escorpión: para un oído sensibilizado por cinco décadas de la música de Charly el disco aparecido esta semana es un ripio. Pero los analistas aguzan su flexibilidad retórica para explicar por qué esta música tan fea es artísticamente valiosa. Al revés de lo que Charly siempre ha sido: su música era tan hermosa que exigía una interpretación que estuviese a su altura.




Una voz rota y un arte consumado:

Hablando de la voz rota y sus usos artísticos, creo que Dylan lo viene haciendo desde hace años. Recuerdo cómo nos impresionó su bramido en Velez ha ya cuántos años? 2008, 16 años! Pero la diferencia es que Dylan ha estado todo el tiempo en completo control de esta performance: quizás porque viene macerando su voz desde hace décadas, siempre jugó con esa limitación. Creo que lo que alguien puede conjeturar retóricamente en el Escorpión, en Dylan ya es un arte consumado. Su voz rota es el pilar de su arte. Es verdad que Dylan despierta reacciones similares de rechazo, pero como él lo sostiene desde hace dos décadas no se trata de una conjetura sino de voluntad de estilo desafiante y corrosiva. Dedicó nada menos que cinco volúmenes a cantar con su voz rasposa el repertorio de Sinatra, ¡la Voz!). Dylan nos educó en la aridez.


Yo nunca pedí
lo que vos me diste
pero, bueno, yo
hoy aprendí lo que me diste
vos nunca pediste lo que yo te di
y está bien así para mí.
@laotra214 #FrasesDeMama ♬ sonido original - laotra21

domingo, 16 de junio de 2013

Un extraño ranking de la Rolling Stone

Cuatro obras maestras del rock nacional ninguneadas por un jurado de "expertos de la industria". Medianoche en La otra.-radio.





La revista Rolling Stone cada vez apela con mayor frecuencia a ediciones especiales "de colección" con una orientación retro: las "versiones definitivas" de la historia de los Beatles o de los Redondos son ejemplos recientes que muestran que esta revista no se anima o no puede dedicar tapas ni espacios importantes a músicos del presente.

Uno de los yeites más usados por la Rolling (cuya versión nacional edita el diario La Nación) son las listas retrospectivas: las mejores canciones o los más grandes guitarristas de la historia del rock fueron tapas de los años recientes. Hace pocos días acaba de salir otra "edición especial de colección", "Los 100 mejores discos del rock nacional", que para colmo es un refrito de una lista similar elaborada en 2007: es decir, un refrito de un refrito. Ni siquiera se molestaron en hacer una nueva encuesta desde cero, sino que tomaron como base la lista de 2007 para introducirle modificaciones según un método confusamente explicado en la misma edición. "Un jurado de más de 170 expertos de la industria musical..." (las itálicas son nuestras): ya el solo concepto industrialista da una idea del conservadurismo que rige esta etapa de la prensa especializada de rock. La lista de 2007 fue atcualizada así: "incluyendo lanzamientos de los últimos seis años e incorporando algunos discos omitidos en el ranking original". ¿Quién se encargó de hacer tales modificaciones? No se sabe, tampoco con qué criterio se agregaron y se sacaron discos. Entre los votantes figuran Gustavo Cerati y Pajarito Zaguri.

Algunos de los discos que quedaron seleccionados entre los mejores de la historia del rock nacional: en el puesto 20 Violadores (Los Violadores, 1983) y en el 21 El León (los Cadillacs, 1992) superan a Kamikaze (Spinetta, 1982) -que aparece en el puesto 24-, Yendo de la cama al living (Charly, 1982) -puesto 26- y El jardín de los presentes (Invisible, 1976) -en el puesto 28.

Mi vida loca de Los Decadentes, en el puesto 35 y Los chicos quieren rock de los Ratones Paranoicos en el 36 aventajan a Los Gatos (1967), que aparece recién en el puesto 37, y a Almendra 2, ubicado en el puesto 40.

Cuentos decapitados, de Catupecu, en el puesto 47, y Despedazado por mil partes de La Renga, en el 59, superan para la Rolling Stone a La la la (Spinetta Páez), que recién aparece en el lugar 62, a Invisible ,que quedó en el 65, y a Vida, el debut de Sui Generis, en el 66.

Pero hay cuatro discos fundamentales de la historia del rock argentino que ni siquiera entraron. No gozaron del privilegio que sí conquistaron Big Yuyo de Los Pericos (puesto 70), Magos, espadas y rosas de Rata Blanca (puesto 78), Sigue tu camino (otra vez los Decadentes, en el puesto 88), Instinto de Los Cafres (puesto 92), Sin restricciones de Miranda! (puesto 95) y Raíces de pasión de Mimí Maura (puesto 100). Cualquiera de ellos superan, en la consideración de la revista Rolling Stone a cuatro discos que revelaremos esta noche en La otra.-radio. Medianoche, FM La Tribu, 88.7, http://fmlatribu.com/radio/hd/.


Rata Blanca entró, pero los que vamos a pasar esta noche en La otra no.

viernes, 1 de junio de 2012

Ricky Espinosa: Más feliz que la mierda

Fascímil de la página 2 del número 9 de revista La otra

La gira
por Sebastián Duarte

(Viene del post anterior) El jueves 30 de mayo de 2002, Ricky se levantó cerca del mediodía y partió para al estudio de grabación en el centro. Esa tarde grabaron las últimas voces del disco de Flema, que era lo único que faltaba. Apenas llegó, conversó con Luichi y luego fue a comprar una botellita de alcohol fino a una farmacia con cuatro pesos que tenía encima.

De nuevo en la sala, con Luichi prepararon su antiguo brebaje -mezclaron alcohol con Tang- para serenarse antes de registrar las voces. A su vez, unos músicos que también estaban dentro del lugar, antes de irse les regalaron una botella de vino tinto recién descorchada. Ellos dos, contentos de la vida. Enseguida que empezaron a mezclar las bebidas a Ricky le pegó fuerte. De todas maneras, concluyó profesionalmente con su parte del trabajo. Al estar todo listo, el vocalista partió con Luichi hacia Avellaneda. Durante el viaje, bebieron un poco de vino arriba del colectivo 24. Se bajaron a dos cuadras de la casa de Luichi con la intención de quedarse un rato allí, aprovechando que la madre del guitarrista estaba en Mar del Plata. Media cuadra antes de llegar a los monoblocks del Barrio Güemes, se encontraron con un grupo de pibes conocidos de Luichi y se quedaron charlando alrededor de media hora. Antes de partir, les dejaron la botella de vino semivacía y ellos le siguieron dando duro al alcohol fino. Sobre la marcha, cambiaron de planes y se dirigieron primero hasta la casa de Fernando, en Gerli, pero el bajista no estaba y los chicos debieron cambiar de rumbo. Por esas casualidades se encontraron en la calle con Hugo, un amigo del grupo. Con él se pusieron a tomar unas cervezas y se quedaron charlando un rato. Luego el chico se fue y a Ricky y a Luichi se les ocurrió ir a golpearle la puerta al puntero de la cuadra para que les habilitara merca, de esta manera pretendían rescatarse un poco de la borrachera. El puntero se negó porque los chicos no tenían dinero para pagarle. Prefirió decirles que no tenía nada para ofrecerles. Entonces no les quedó otra que retirarse de la zona y dejaron la botella de cerveza vacía en un canasto de basura. Inmediatamente partieron para la casa de Ricky, porque el músico quería levantar unos compactos de Kiss y además devolverle un pulóver a Luichi que le había prestado hacía unas semanas. Mientras iban caminando por las calles de Gerli, el líder de Flema gritaba insistentemente por el club de sus amores: “¡Dale Porve!, ¡dale Porve!”. Al llegar a su casa, Ricky se puso la remera del club de sus amores, como hacía siempre cuando estaba arruinado, luego hizo un llamado telefónico y minutos después partió con Luichi de nuevo a la calle a gritar por El Porvenir.

Eran las siete y media de la tarde. Sus amigos del barrio, que estaban tomando una cervezas en República del Líbano y De la Serna, cuando vieron que el cantante se acercaba fisurado, rajaron de la esquina al instante. En eso, Cacho, el remisero, pasó con su auto y Ricky lo vio. Le hizo señas para que se acercara y le suplicó que lo llevara junto a su amigo hasta los monoblocks. Cacho accedió, pero antes le hicieron dar un par de vueltas por los suburbios. El motivo consistía en conseguir algún kiosco que les fiara cervezas y así dejar de beber el alcohol fino. Incluso le pidieron prestado dinero al conductor, quien se negó diciéndoles que no tenía. “Está bien, no importa. Total, nos queda un poquito de alcohol fino en una botella, lo mezclamos y le damos a eso. Otra no nos queda”, se consoló el vocalista.



Luego de dar vueltas en vano, el remisero se cansó y les dijo a los músicos que tenía que continuar trabajando. Entonces Ricky le pidió que los dejara en la calle Güemes. Allí se bajaron y subieron al departamento de Luichi, situado en un quinto piso, en Amaro Giura 1379. Primero bebieron una sobra de ron que Luichi tenía en una cristalera y luego se bajaron lo poco que les quedaba del alcohol. Para conseguir mejor gusto, el violero cortó un limón, lo exprimió y lo mezcló. El sobre de Tang que sobraba lo tiró a la basura. Siguieron bebiendo algo más que encontraron por ahí y fueron hasta la habitación del guitarrista. Allí Luichi contaba con su entretenimiento de todos los días: el Playstation. Conectaron el aparato y se pusieron a jugar un rato. Luichi se sentó en una silla y Ricky se acomodó en otra, a su lado. El televisor estaba inclinado sobre una mesita que daba a la ventana. De repente, Ricky exclamó: “¡Me voy a tirar! ¡Me voy a tirar!”. Corrió el televisor y se lanzó por la ventana al vacío.  (CAPITULO IX, fragmento, página 113 del libro Ricky de Flema. El último punk, Ediciones Baobab, 2005)

(Continuará)

viernes, 20 de enero de 2012