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miércoles, 1 de julio de 2026

Yo lo vi, me sonrió y se volvió a marchar

Cómo nos golpea la muerte. No digo esa pavada de "se mueren todos los buenos" porque al final nos morimos todos. No se debe moralizar la muerte. Pero Melingo murió exactamente el día en que se cumplía un año de la muerte de mi mamá, así que la noticia me encontró en modo luto. 

Además Daniel Melingo es un artista especial, de esos que se meten en la memoria íntima. 

El año pasado cuando volví a los recitales en medio del duelo fui a ver a Melingo al CCK. Mucho antes lo conocí una tarde en el Auditorio Kraft, en medio de una performance llamada "Juicio al doctor Moreau". Esa primera velada también vi por primera vez a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro, Fernando Noy, las Bay Biscuits... en el público estaba, cómo no, Charly. Un espectáculo teatral dada… dadaísta con canciones. Ahí escuché por primera vez a Andrés cantando Tristezas de la ciudad, por ejemplo. Me estaba introduciendo en el underground ochentista previo al fin de la dictadura. Unos meses antes había visto por primera vez en el Teatro de la Cortada a los Redonditos de RIcota, cuando el sótano de Venezuela todavía no era el Parakultural y Patricio Rey todavía no eran "el Indio". Mi fascinación por Melingo era casi secreta. ¿Quién más le estaría prestando atención en ese momento? Poco después aparecieron Los Abuelos de la Nada y los mejores temas de los Abuelos eran los de Melingo. Y lo mismo con los Twist, que aparecieron un tiempo después: los mejores temas eran los de Melingo. Particularmente uno del segundo disco, La máquina del tiempo, que cerraba el lado A, titulado "Viéndolo", un homenaje a Viendo a Biondi y uno de los temas "distintos" de los Twist, sin comicidad ni parodia, donde Melingo exploraba en una textura del dream pop que en el 81 sonaba a algo que solo con el correr de los años se iba a comprender. Cuando a mediados de los 80 tuve que hacer mi primer corto en 16 mm para el CERC puse "Viéndolo" en la banda de sonido. No me equivoqué: difícilmente se convertiría en hit un tema tan exquisito pero 40 años despúes sigue sonando exquisito, sobreviviendo con más lozanía que cualquier otro de los Twist. 

Después de que en los 80 Melingo pasara a formar parte de la banda de Charly solista vino un apagón de él, desapareció por años. Hizo Lions in Love, donde retomaba ese impulso vanguardista de Viéndolo. Después me enteré que estuvo un tiempo internado en el Borda y reapareció con los Tangos Bajos. Con el correr del tiempo, ese artista que siempre había quedado en la segunda línea de la atención de todos pasó a convertirse en figura por sí mismo. En la última década brilló como uno de los mejores de toda la escena. Su despliegue integral, como cantante, como letrista, como instrumentista y como performer lo volvió único en su especie. Alrededor suyo giraba un universo. No es verdad que se mueran solo los buenos: nos morimos todos, pero en estos años la muerte no nos está dando tregua: hay un patrón en los que partieron: Gabo, Palo, el Indio, ahora Melingo: ellos configuraban el espíritu de estos años, poetas oscuros. Lo que se está yendo es el espíritu que animó la noche porteña de la segunda mitad del siglo 20, cuyo resplandor todavía nos alcanza.

Puedo ver una luz en la oscuridad
La siento venir, no la ve ningún hombre más
Decís que esté callada, que no haga caras raras
También quisiera verlo pero no puedo ver nada
Qué placer, qué placer siento al ver lo que nadie ve
Y vos estás de nuevo diciendo cosas raras
Se esfuerza mucho el cuerpo, se nubla la mirada
Muy cerca de mí puedo ver una luz brillar
Por más que me lo expliques yo no lo voy a entender
No se ve
Yo lo vi, me sonrió y se volvió a marchar
Soy feliz, ahora sé que soy inmortal
Por más que me lo expliques yo no lo voy a entender
Por más que me convenzas yo no lo voy a creer
No se ve, no se ve
Puedo ver una luz en la oscuridad
La siento venir, no la ve ningún hombre más
Puedo ver una luz en la oscuridad
La siento venir, no la ve ningún hombre más
Yo no lo veo, padre Bormann
¿Ceguera?
¿Acaso mis ojos no pueden llorar?


sábado, 10 de septiembre de 2016

En un bosque de la China







En un bosque de la China una china se perdió
como yo era un perdido nos encontramos lo dos.

Era de noche
y la chinita
tenía miedo
miedo tenía
de andar solita
anduvo un poco y se sentó
junto a la china
junto a la china
me senté yo.

Y yo que sí y ella que no
y yo que sí y ella que no
y al cabo fuimos los dos juntitos
y al cabo fuimos los dos juntitos de una opinión.



Primer corte del nuevo álbum de Daniel Melingo, Anda.
Video dirigido por Luis Ortega.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Noche trastocada

Mucho Melingo en La otra.-radio, se escucha acá



Daniel Melingo es una bestia escénica, cuerpo y concepto, una conjunción difícil de encontrar en la escena local y quizás en cualquier otra. Me da la sensación de que el show que dio el sábado pasado en la sala Argentina del CC Kirchner fue histórico, pero tal vez lo sea sólo para mí, puede ser que la excelencia que esa noche mostró sea su rendimiento parejo y a mí me tocó avivarme esta vez. Lo primero que impresiona cuando su silueta emerge de la sombra es el trabajo que hizo el tiempo en el cuerpo, los surcos que la experiencia talló en su rostro, algo fiero que sale de sus ojos hundidos, que da un poco de miedo. Todo vestido de negro, con la mirada ensombrada por el sombrero, se ve que sabe jugar con el fuera de campo, como si algo tuviéramos que adivinarlo. El secreto parece estar en dejar un resto librado a nuestra imaginación, en no mostrar todo el juego de golpe. La nocturnidad, los márgenes, el tango orillero, la voz cortada por el filo de la garganta, Rivero. Todo metáfora.

Melingo ya tiene un cuerpo que pone en escena, eso es imposible de calcular, es obra de la vida. Pero sobre eso, sobre la decisión de usar el tango reo, prostibulario y carcelario como género que después se expande, se matiza y se enriquece con las inflexiones de la música litoraleña, el blues, el reggae, el foxtrot y la balada spinetteana, lo que él incorpora como valor agregado (porque esto que acabo de enumerar podría ser una fórmula como cualquier otra) es una destreza narrativa sobrenatural. Narra cada canción con un despliegue escénico que azora. Crooner expresionista, maestro de ceremonias demente, poeta maldito, loco contenido que de pronto se desata, pero con un manejo de la energía que va apareciendo de a poco. Yo sabía que era un músico refinado, pero lo que vi el sábado es a un performer descomunal. Sus contorsiones corporales van dejando signos en las sombras, dice cada letra como si estuviera escribiéndola ante nosotros, maneja seguro un trazo vacilante, un baile en el borde del abismo que es pura presencia y al final estalla en alarido.

Una cruza de Edmundo Leonel Rivero con Tom Waits. El último avatar del rock nacional, capaz de sintetizar todas las influencias e integrarlas en ese personaje medio loco que medio actúa ante nosotros. Por detrás tiene una banda de músicos finos, que tocan las notas justas y crean los ambientes para que él relate sus historias de sabihondos y suicidas.



Melingo es el que ha atravesado la noche y la cuenta con misterio y gracia, con emoción y astucia. No puede dejar de notarse que durante muchos años parecía el relegado de una generación que hizo cosas fuertes, compañero de Charly, Miguel Abuelo, Luca, Calamaro, Miguel Zavaleta y Pipo Cipolatti. El se mantuvo mucho tiempo un poco atrás, como esperando su momento. Y ahora parece que su madurez vital lo encuentra a punto caramelo, mejor que nunca, mejor que todos.

Para escuchar mucho Melingo en el programa pasado de La otra.-radio, clickear acá.