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jueves, 30 de abril de 2015

Vampira 10: Un jardín


por Julieta Eme

La noche soy y hemos perdido. 
(Alejandra Pizarnik)

(Viene de acá) 

- Todavía no entiendo por qué no querés que te convierta en vampiro. Esta casa es perfecta para que un vampiro viva en ella.
- ¿Perfecta?
- Sí, es muy vieja.
- Eso es verdad.
- ¿Cuántas generaciones vivieron acá?
- Cuatro. Después de que murieron mis viejos, mi hermana se fue con su familia a Europa.
- ¿Nunca conviviste con nadie?
- Una vez, con una chica, hace muchos años. Fueron unos meses nada más. No funcionó.
- ¿Y nunca quisiste tener hijos?
- Nunca fue mi objetivo en la vida. De todos modos, no tengo nada en contra de tener hijos. No se dio…
- La casa, además de vieja, parece tener mucha historia. Eso me gusta. Siempre me gustó, desde que venía cuando era chica. Está llena de cuadros, retratos, adornos…
- Está tal cual como la dejaron mis viejos. Como casi siempre estoy en el taller pintando o dibujando, nunca me ocupé de remodelarla.
- Ni de limpiarla mucho tampoco…
- Es verdad… Lo malo de los adornos es que juntan tierra…
- Podría venir a vivir acá.
- ¿Acá?
- A veces pienso que me gustaría encontrar un lugar al que pudiera llamar hogar o alguien a quien pudiera considerar familia…
- Nosotros somos familia.
- Sí…
- Entonces, ¿ya no querés besarme?
- No…
- Estás rara…
- Puede ser… Desde hace algunas semanas ya que vengo rara… Tal vez esté cambiando o mutando o algo así…
- No te digo que te mudes acá porque la verdad es que ya estoy muy acostumbrado a vivir solo, pero podés venir cuando quieras. Incluso podés quedarte a dormir alguna vez, si lo necesitás.
- Gracias. No te preocupes.
- ¿Estás alimentándote?
- Sí… más o menos…
- ¿Puedo ayudarte?
- Podrías dejarme tomar un poco de tu sangre…
- ¿Puedo dejarte hacer eso sin convertirme?
- Para convertirte tendrías que tomar vos mi sangre. Si sólo tomo yo un poco de la tuya, no pasa nada.
- ¿Eso te haría sentir mejor?
- Físicamente, tal vez sí. Anímicamente, no lo creo.
- ¿Qué te pasa?
- No lo sé…
- Me gusta la idea de probar ser tu víctima.
- No quiero que seas mi víctima. Sólo quiero un lugar… Me acuerdo de un texto de Alejandra Pizarnik donde la protagonista, que se llama Sombra, busca un jardín para llorar…
- Vení cuando quieras. En serio.
- Gracias.
- De nada.
- Es muy linda la terraza. Y se ve que la limpiás más seguido que los adornos de la casa…
- Me gusta subir y ver el cielo. Tengo un telescopio que me compré hace un tiempo. Puedo traerlo si querés. El cielo está despejado. Podríamos ver la luna.
- Otro día… Creo que voy a irme ya…
- Es tarde. ¿No querés quedarte a dormir?
- No… Quiero caminar un rato…
- Está bien. Ya sos grande y sos una vampira. No te voy a decir que tengas cuidado.

Julián comenzó a caminar hacia la puerta de la terraza y yo lo seguí. Atravesamos el pasillo, a cuyos lados estaban dispuestas las cuatro habitaciones de la planta alta, y bajamos por la escalera de madera, que crujía como si hubiera sido construida en el siglo XV. La escalera terminaba a un costado del living, justo al lado de la puerta de la cocina. Julián me dijo que iba un segundo a su taller a chequear algo y que luego me acompañaba unas cuadras. Me pidió que lo esperara.

Me puse a mirar la biblioteca. En un estante, encontré el libro donde estaba el texto que acababa de citarle a Julián. No sé si los vampiros tenemos alma, pero mi alma, en ese momento, era toda un hueco. Me sentí completamente sola, abandonada… alejada del alcance de cualquier ser humano.

Julián volvió. Empezó a hablarme sobre un libro pero enseguida se dio cuenta de que estaba llorando. Me sacó la mochila. Me agarró de los brazos y me sentó en el sillón. Él se sentó al lado mío.

Me saqué las botas y me acosté, con la cabeza apoyada en su pierna derecha, que me hacía de almohada. Sus manos empezaron a acariciarme la cabeza. Sus dedos iban desde las raíces hasta las puntas, rozándome el cuello y terminando en mi espalda.

Me desperté cuando estaba amaneciendo. Me incorporé en seguida. Julián estaba dormido con la cabeza hacia atrás, apoyada en la parte más alta del respaldo del sillón. Sus brazos estaban relajados al costado de su cuerpo. Con dos dedos apenas, le acaricié tímidamente la frente y un poco el cuello. Era un lindo tipo. No había dudas sobre eso.

Antes de irme, le dejé sobre la mesa del comedor el libro de Borges que me había prestado. En su lugar, me llevé el de Pizarnik. Más adelante, se lo devolvería.


Ilustración: Sin título, 2015, José Víctor Montesinos Verdú.

miércoles, 14 de enero de 2015

Vampira 9: Más que animales


por Julieta Eme

Me gustaba la iluminación de su estudio. Como todas las lámparas eran de escritorio, la luz no pasaba de la altura de la cintura o, como máximo, de la altura de los hombros, lo cual hacía que nuestros rostros quedaran en la semioscuridad.

Él estaba inclinado sobre un escritorio de esos altos, un tablero. Yo caminaba por el cuarto, viendo sus dibujos. Había una pared tapizada de ilustraciones. Siempre pensé que ilustrar un libro era algo fácil. Uno simplemente dibuja lo que quiere y después lo colorea. Pero viendo la pared llena de hojas comprendí que el proceso de ilustración es largo y complicado. Por ejemplo, el mismo dibujo aparecía varias veces: una vez en forma de boceto, otra vez en una hoja más grande, otra vez coloreado sólo en parte, etc. Se veía que eran pruebas que iba haciendo.

- No te molesta que trabaje mientras conversamos, ¿no? A esta altura del año estoy muy ocupado.
- No, no, para nada. Si a vos no te molesta que conversemos mientras trabajás, por mí está bien.

Me acerqué al escritorio donde estaba él. Me incliné también, para ver qué estaba haciendo. Eran dibujos para una edición ilustrada de unos cuentos de Kafka. Había un escarabajo muerto encerrado en una ficha de acrílico.

- Cuando te escribí, tenía ganas de saber si te había ido bien en lo tuyo, si habías logrado vivir de lo que te gustaba.
- Sí, por suerte, sí. Me va bien. Trabajo en varias editoriales. Y luego tengo mis propios proyectos. No siempre puedo dedicarme a esos proyectos todo lo que me gustaría pero, de a poco, los hago avanzar…
- Me puso contenta saber que te iba bien.
- Gracias. Igual, todavía no entiendo muy bien por qué me dijiste de vernos. Hace como 20 años que no nos vemos…
- Sí, ya sé. Y nunca fuimos amigos ni nada parecido…

Julián era mi primo. No un primo directo, sino más bien lejano. Mi padre y su madre eran primos. Él era un poco más grande que yo. Cuando yo era una nena de nueve años, él era un adolescente. Me gustó desde que era chica. Y aun cuando nos habíamos visto muy pocas veces durante nuestra infancia y habíamos conversado solamente una o dos veces durante nuestra adolescencia, sentía con él una familiaridad inexplicable. Supongo que, en parte, esa sensación de familiaridad se debía a que compartíamos la misma sangre. Este hecho cobraba con él una relevancia especial. Por otra parte, compartíamos una historia. Los padres de nuestros padres eran hermanos, llegados a este país nuevo desde otro país más lejano. Y por último, estaba su cara. Era una cara franca. Tenía la piel blanca, los ojos celestes y el pelo castaño. Desde chicos, me pareció que era una persona silenciosa. Eso agregaba un toque de misterio a su personalidad.

- Me acordé de vos hace dos semanas. Estaba en el zoológico. No me gustan los zoológicos pero quería estar con los animales. Había un jaguar. Y me acordé de una leyenda que me contaste una vez.
- Sí, la leyenda del hombre jaguar… Siempre me interesó. Tengo varios dibujos de jaguares y varias ideas para hacer algunas historias basadas en esa leyenda… Pero aún no encontré el tiempo…
- Era muy hermoso. Me quedé toda la noche con él, esperando que se convirtiera en un hombre, pero no pasó nada…
- ¿Te quedaste toda la noche? ¿En el zoológico?
- Si el jaguar se hubiera convertido, tal vez me habría sentido menos sola…
- ¿Menos sola? ¿No te dio miedo?
- Un poco, pero no…

Me alejé del escritorio caminando. Lo dejé dibujar un rato. Volví a mirar sus dibujos, colgados de la pared.

- ¿Vos creés en esa leyenda del hombre jaguar?
- Como ser dotado de razón, debo responderte que no. Pero me encantaría que fuera cierta.
- Seguramente esa leyenda es falsa, pero tal vez alguna otra leyenda, de todas las que circulan, podría ser verdadera.
- ¿Cómo cuál?

No respondí. Seguí mirando dibujos mientras él trabajaba en su mesa.

Después de un rato, volví al lado del tablero.

- ¿Puedo contarte algo?
- Contame. Yo sigo con esto pero te escucho.

Agarró una regla de madera y comenzó a hacer un rectángulo en una hoja, como si fuera el borde interno de un cuadro.

- Soy una vampira.

Terminó la figura, dejó la regla y me miró.

- Si alguna vez querés, puedo convertirte.
- ¿Convertirme en qué?
- En vampiro.

Hizo silencio.

- ¿Vos me estás cargando?
- No, no, para nada. Siempre fuiste muy serio. Nunca me atrevería a cargarte.
- Y entonces, ¿qué me estás diciendo?

Lo miré a los ojos. Sus ojos celestes. Sabía que no le estaba mintiendo pero no podía creerme.

- Lo que te digo: soy una vampira. Los vampiros existen. Existimos. Hace siete años, vino un vampiro a verme y me convirtió. Me dijo que al fin iba a realizar mi deseo.
- ¿Pero vos alguna vez deseaste ser un vampiro?
- Sí, cuando era adolescente. Pero el vampiro llegó 15 años más tarde.

Julián se paró junto a su escritorio. Tenía los brazos cruzados. Pensaba.

- ¿Y cómo vivís?
- Trato de hacer el menor daño posible…
- ¿Y estás bien?
- Sí, estoy bien, pero la vida de un vampiro es bastante solitaria. Por eso te decía que si ese jaguar se hubiera convertido en un hombre, me habría sentido menos sola. Al menos habríamos sido dos las criaturas extrañas en esta ciudad…
- Y el vampiro que te creó ¿dónde está?
- No lo sé… No lo veo muy seguido. Va y viene… ¿Te enojaste?
- No, no, por supuesto que no. Pero no sé qué decirte…
- Quería hablar con alguien, contárselo a alguien. Si te parece que hice mal, te pido disculpas…
- No, está bien. Entiendo.

Ahora él miraba la pared de sus dibujos. Yo lo miraba a él.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Sí, preguntame.
- ¿Yo te gustaba cuando era chica?
- Cuando eras chica no. Tenías nueve años cuando te conocí. Pero cuando eras adolescente sí… Creo que la última vez que hablamos, vos tenías 18 o 19 años. Yo debía tener 25. Nos vimos en este mismo estudio...
- Sí, es verdad…

Otra vez nos quedamos en silencio.

- Entonces, ¿te gustaría que te convirtiera alguna vez? Ya no sos tan joven. Ya tenés más de 40. Cuanto antes, mejor.
- En lo más mínimo.
- ¿No querés que te convierta? ¿Por qué?
- ¿No leíste el cuento de Borges, “El inmortal”?
- No, no leí mucho a Borges…
- Esperame. Ya vengo.
- Lo que sí leí es “El vampiro” de Polidori… Está bueno. Te lo puedo prestar si querés…

Julián había salido del estudio. Levanté un poco la voz para que me escuchara.

El estudio era la última habitación de una casa muy vieja que había sido de sus padres. Ahora quedaba él solamente. Atravesó la cocina y fue hasta el living. Volvió después de unos minutos con un libro en la mano.

- Estos son los cuentos completos de Borges. Llevátelo. Yo ya lo leí varias veces. Cuando puedas, me lo devolvés.

Agarré el libro y lo guardé en mi morral.

- ¿Puedo confiar en que no vas a convertirme sin mi consentimiento?
- Por supuesto. Nunca te haría daño ni haría nada en contra de tu voluntad. Salvo besarte, claro.

Se sonrió. Dio dos pasos y se puso pegado a mí. Era bastante más alto que yo. Me acarició la mejilla y pasó su mano por atrás de mi cuello. Me dio un beso. No fue ni largo ni corto. Yo lo besé también. Lo agarré un poco de la cintura y lo acerqué más a mí. Después apoyé mi cabeza en su pecho y él me abrazó y me acarició la espalda. Era lindo sentirlo así.

Cuando nos separamos, busqué enseguida mi morral y le dije que tenía que irme. La visita había sido breve, pero ya era tarde. Me acompañó hasta la puerta y me dijo que, cuando terminara de leer el libro, le avisara. Así nos volvíamos a ver para que se lo devolviera. Le dije que sí.

Era de noche. La calle estaba bastante oscura. Me alejé pensando en que si dejaba pasar otros 20 años para verlo, él tendría 60 pero yo seguiría teniendo 33. Pensé entonces en que no iba a dejar pasar tanto tiempo.


Ilustración: “The Vampire”, Philip Burne-Jones (1861–1926)

martes, 20 de mayo de 2014

Vampira 8: Él (parte 2)



por Julieta Eme

Viene de acá

A las dos semanas, mientras bajaba del ascensor en el piso de mi departamento, supe que él había vuelto. Me pregunté qué querría ahora, con qué iba a encontrarme. Sentí un poco de cansancio.

Abrí la puerta y entré. No lo vi en el living. Seguí hasta la pieza y ahí estaba. Debo decir que me sorprendió. Estaba acostado en mi cama, aunque no completamente acostado, sino más bien recostado. Tenía las piernas estiradas y la espalda apoyada sobre el respaldar de madera. La cama estaba abierta. Él estaba sobre las sábanas, desnudo. Y joven de nuevo, como la última vez que lo vi. Tenía la piel increíblemente blanca, tanto que casi brillaba en la oscuridad de mi habitación. Su pelo era de color negro y largo. Me quedé mirándolo. Él no me dijo nada. Al parecer, era su nueva forma de comunicarse conmigo: el silencio absoluto. Y yo tenía que llenar ese silencio. Eso me fastidiaba, pero también me daba mucha libertad. Yo todavía tenía puesto mi morral, cruzado de izquierda a derecha. Venía de verme con una amiga. Me lo saqué y lo dejé en el piso. Mi creador era muy triste. Pensé que quizás tenía algún deseo irrefrenable de autodestrucción. Me acordé de la primera vez que vino a mi casa, después de la conversión. Me acordé de ese momento en el que me dijo que había sido, durante su vida humana, profesor de música. Esa vez, su apariencia era muy desagradable. Esa noche me dijo también que tenía 37 años cuando lo convirtieron. Pero ahora parecía incluso más joven.

Me saqué la remera y el corpiño. Él empezó a masturbarse. No dijo una sola palabra. No hizo un solo movimiento para indicarme nada. Me desvestí. Me saqué la bombacha también. Me acerqué al borde de la cama y me senté sobre sus muslos, con una pierna a cada lado de su cuerpo. Subí un poco las caderas, me moví hacia adelante y bajé sobre su sexo. La sensación fue perfecta.

Algo que noté fue lo siguiente. Un detalle apenas, pero que me distrajo por unos segundos. No tenía ombligo. ¿El paso del tiempo había borrado esa marca de su cuerpo? ¿Cuántos años o siglos llevaba como vampiro en verdad? ¿Había sido humano realmente alguna vez?

Su brutalidad alejó estos pensamientos. Me sacó de encima de él y me acostó sobre la cama. Me agarró las manos y las sostuvo con firmeza por arriba de mi cabeza. Me penetró enseguida. Lo hacía con fuerza pero yo no sentía ningún dolor. Era como sentir lo más suave y lo más duro al mismo tiempo. Inesperadamente, sentí que me besaba: el cuello, los brazos, las mejillas. Después me soltó las manos y me tomó de la cintura, como si quisiera afirmarse para que la penetración fuera completa. Entonces lo abracé. Por momentos, se quedaba quieto y sólo presionaba su sexo contra el mío. Y luego volvía, con más vehemencia. Después de acabar, se quedó un rato recostado encima de mí, sin decir nada. Después de un tiempo, se acostó a mi lado y se dio vuelta, dándome la espalda. Yo me puse pegada a él. Me acordé de que cuando hacía eso con otros hombres podía sentir el calor de sus cuerpos.

A veces, miraba por arriba de su hombro, hacia la ventana. Otras veces, miraba la pared iluminada por las luces de la calle. En algún momento, me quedé dormida.

viernes, 18 de abril de 2014

Vampira 7: Él


por Julieta Eme

(Viene de acá: La visita. Y de acá: El asco )

Hace dos años que soy una vampira. En mi vida humana, tendría 35. Ahora, en cambio, tengo 33 para siempre. O hasta que me muera, al menos.

El vampiro volvió. Yo llegaba de dar clases. Los miércoles a la noche termino tarde. Y el viaje de vuelta, en colectivo, me lleva una hora. No es que la Universidad quede lejos, pero el tránsito es insoportable, aún a esa hora de la noche.

Toda la situación, él, su ánimo, su (falta de) voluntad o deseo, no tenían nada que ver con la última vez en que nos habíamos visto. Estaba sentado en el piso de mi departamento, cerca de la ventana. Las luces de afuera iluminaban sus piernas y un poco su torso. Tenía la cabeza agachada. Miraba hacia abajo. Miraba sus manos, creo. O no miraba nada. Apenas lo vi, sentí pena. Algo había pasado. Se lo veía triste. Tal vez, era el paso del tiempo simplemente. Alguna crisis momentánea. La desesperanza de estar solo. Alguna especie de hastío. Realmente lo ignoraba. No llevaba tanto tiempo de vampira como para poder imaginarme todos los problemas de los vampiros más viejos. Pero alguna idea podía hacerme. Yo, en cambio, era una vampira joven. Estaba, digámoslo así, en mi plenitud. Vivía sola. Me iba bien. Tenía un trabajo que me gustaba y colegas que me respetaban. Fuera de mi creador, no conocía a otros vampiros, así que nunca tuve problemas de competencia.

Lo único que, hasta el momento, nublaba mi bienestar era el recuerdo de él. Por eso trataba de recordarlo poco. En mi recuerdo, él era fuerte. Desagradable pero tremendo. Temible. Odiable. Despreciable. Nunca me había hecho demasiado daño, pero prefería tenerlo lejos.

Pero ahora estaba ahí de nuevo. En el piso de mi departamento, sentado, como esperándome. Calmo. Triste. Para nada peligroso. Y, como dije, sentí pena. Al menos antes podía morir en sus brazos, aniquilada por él. Mi vida consumida por sus deseos, sus impulsos. Pero ahora él ya no era, o al menos ya no representaba para mí, nada de eso. Y no supe qué hacer. Me quedé mirándolo. Estaba apoyada con un hombro en una de las paredes del pasillo de entrada. Él sabía que yo había llegado pero no se movió. No hacía nada. No me habló. No lloraba. No me decía qué le pasaba. Ni me pidió ayuda. Sólo estaba sentado, mirando hacia abajo, en silencio. Nos quedamos así un rato largo.

Me di cuenta entonces de que, cuando él me convirtió, perdió algo. O yo se lo hice perder. Era obvio. Ahora yo era más fuerte y él era más débil. Ahora yo era la vampira y él era mi víctima. De nuevo, sentí mucha pena, pero creo que por mí. Nunca quise hacer eso. Nunca quise ser una vampira, debilitarlo. También era cierto que yo estaba sobreimprimiendo todos estos pensamientos sobre su silencio. En verdad, yo no tenía idea de qué le pasaba. Pero creí que mis conjeturas eran acertadas.

Como dije, no sabía qué hacer. Pensé en irme a dormir y dejarlo en el living, solo. Que se quedara hasta que quisiera irse. Pensé también en sentarme a su lado. Y se me ocurrió que tal vez podía irme de mi casa y volver luego de dos o tres días. Pero como si él hubiera sabido lo que yo estaba pensando, de pronto se levantó. No sé cómo hizo. Simplemente se levantó del piso, sin apoyarse en nada. Se estiró hacia arriba. Se irguió. Y lo vi más alto y más hermoso que nadie. Estaba joven. No sé por qué. Era su misma cara pero joven. Me pareció increíble. Pensé que era un efecto de la poca luz o de mi cansancio. Realmente no lo sé. Pero estaba joven y hermoso. Me miró a los ojos. Se quedó mirándome un rato sin decir nada. Sus brazos y sus manos estaban relajados a los costados de su cuerpo. Era flaco. Sus hombros eran anchos. Su espalda estaba perfectamente derecha y erguida. Estaba maravillada. Yo también separé mi cuerpo de la pared y descrucé los brazos. Y cuando estaba completamente atrapada y expectante, él dio tres pasos hacia el balcón y se fue.

Cuando finalmente me acosté, no pude dormir. Y no pude dormir incluso varias noches después de ésa.

(continuará)

lunes, 16 de diciembre de 2013

Vampira 6: Tristeza


por Julieta Eme

A veces los imagino a los dos juntos. La imagino a ella arriba de él, perfectamente erguida, sentada sobre su sexo, con la piel perfectamente blanca que tiene y el pelo rubio suelto. Imagino las manos de él en las caderas de ella, acompañando sus movimientos. Imagino que estoy ahí con ellos. Pero ellos hacen como si yo no estuviera. Imagino que después él la acuesta de espaldas sobre la cama. Y mientras él la penetra, ella me besa apasionadamente. Me agarra la cabeza con sus manos y me besa fuerte. Gime de placer. Y ya no quiero dejarla.

Pero lo mejor es cuando me imagino a mí arriba de ella. Me imagino entre sus piernas y le acaricio la frente y el pelo. La miro con dulzura. Casi con pena. No sé por qué ni por quién. Ella me ve, entre despierta y dormida, hundida en una especie de modorra. Me dice que me quiere y me acaricia los hombros. Yo la beso despacio. Presiono mi sexo contra el suyo y ella empieza a gemir de nuevo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Vampira 5: Entrenar la voluntad


por Julieta Eme

Empecé a entrenar. En la ciudad en la que vivo, todos los años, en octubre, se corre el maratón, la carrera de 42 kilómetros cuyo origen mítico es el recorrido que supuestamente un griego llamado Filípides hizo desde Maratón hasta Atenas, para comunicar la victoria del ejército griego contra el persa. En octubre, además, se cumple un año desde mi conversión. Mi primer año como vampira. El vampiro que me creó me dijo que la fuerza de voluntad es todo para un vampiro. Así que decidí fortalecer mi voluntad entrenando para el maratón.

Corro desde que soy chica, desde los 12 o 13 años. De todos modos, he tenido períodos muy largos de inactividad, como cuando estaba en la Facultad y el estudio consumía todo mi tiempo. Hasta hace poco, solía correr entre 6 y 8 kilómetros. Sin embargo, para el maratón, hay que entrenar mucho más que eso.

Estoy, más o menos, por la mitad del entrenamiento. Todavía me faltan varias semanas. Voy a entrenar a un parque que queda cerca de mi casa. El parque tiene un perímetro de 5 kilómetros, lo cual me resulta muy útil los domingos, que es el día de las salidas más largas. Adentro del parque, hay una pista de atletismo de 400 metros. Suele llenarse los feriados y los fines de semana.

En la pista, ya vi varias veces a una chica rubia que siempre va a correr acompañada. Algunas veces va sola también. De las mujeres, es la que mejor corre. Incluso corre mejor que varios hombres. La observé durante algunos días. Como no sé a qué velocidad correr para no llamar la atención, trato de imitarla. Cuando ella llega, a eso de las 9 de la mañana, yo ya estoy terminando. Pero compartimos la pista durante media hora, más o menos.

Entreno 5 días por semana. Me levanto muy temprano a la mañana, con frío, viento, incluso a veces con lluvia, y salgo a correr. En mi caso, no es tanto una cuestión de entrenar el cuerpo, sino la mente. De todos modos, no es que, por ser una vampira, correr 27 kilómetros no me cueste nada. Por supuesto que me canso, aunque estimo que bastante menos de lo que me hubiera cansado antes de la conversión.

Cuando salgo a correr, me concentro en el camino. No escucho música ni nada. Avanzo en silencio, metro por metro, paso por paso, durante kilómetros y kilómetros. La soledad que se experimenta cuando uno corre es muy extraña. Ni siquiera cuando estoy sola en mi casa estoy tan sola como cuando entreno. Con el tiempo, la experiencia de esa soledad se vuelve casi adictiva.

Para hacer y completar el entrenamiento y los kilómetros que un maratón requiere, se necesitan tres cosas: paciencia, disciplina y voluntad. Curiosamente, son las mismas tres cualidades que, ahora lo sé, también se necesitan para ser una buena vampira.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Vampira 4: Reciprocidad

Vampira episodio 1: "La conversión" 1 acá; episodio 2: "La visita" acá; episodio 3: "El asco" acá; y ahora... episodio 4:


por Julieta Eme

Caminaba por una calle paralela a las vías del tren. Pasé por una cortada. Escuché una pelea. Un hombre y una mujer. Miré hacia arriba. Venía del octavo piso, balcón a la calle. Como no quería dar un espectáculo trepando por el frente del edificio, esperé a que alguien saliera para entrar. Salió un hombre a pasear a su perro. Entré. Subí por el ascensor hasta el noveno piso. Subí las escaleras hasta la terraza. Y desde ahí bajé hasta el balcón del octavo. Corrí una de las hojas de vidrio y entré al living. El hombre y la mujer discutían en la habitación. En el living, había un escritorio con un televisor LCD, un sillón y una mesa con un mantel y dos sillas. En la pared opuesta a la mesa había una mancha, a la altura de mi cabeza, como si alguien hubiera arrojado comida. Una porción de pizza estaba desparramada en el piso, cerca del zócalo. Todas las luces del living estaban prendidas. Las de la cocina también. Pero la tenue luz que venía de la habitación principal indicaba que sólo estaban prendidos los veladores. Intuí que en ese cuarto, todo era más oscuro.

Atravesé el living y llegué hasta la entrada del pasillo. El baño estaba al final. Las dos habitaciones del departamento daban a la calle y ambas estaban a mi derecha. La primera, bastante chica, funcionaba como estudio, supuse, ya que había otro escritorio con una computadora y una biblioteca. La segunda era la habitación matrimonial.

Avancé unos pasos más y me ubiqué debajo del marco de la puerta de la habitación doble. Era una habitación grande. Entraba la cama matrimonial, que estaba perpendicular a mí, y un pequeño escritorio, contra la pared opuesta a la pared de la cabecera de la cama, muy cerca de la ventana. Ella estaba sentada en una silla de esas que se pliegan, con los codos apoyados sobre el escritorio y la cabeza entre sus manos. Él estaba detrás de ella. Ninguno de los dos me vio. Yo los veía a los dos de perfil. En cierto momento, el hombre tomó la silla por el respaldo, la levantó y la corrió hacia atrás. Todo fue muy rápido. Ni ella ni yo lo vimos venir. Creo que ninguna de las dos imaginó que el tipo tuviera tanta fuerza. Como consecuencia de la acción del hombre, la mujer cayó al piso inmediatamente. Al caer, se golpeó el mentón con el borde del escritorio. Luego de la caída, se tomó la boca y empezó a llorar. Por el dolor, seguramente. Y por la impotencia, pensé.

Recién entonces él advirtió mi presencia. ¿Qué hacía una mujer parada en la puerta de su habitación? Empezó a gritarme preguntándome quién era y qué hacía ahí. Esquivó a la chica, que seguía llorando en el piso, y se adelantó por la habitación en dirección a mí. Yo también me adelanté unos pasos. Nos encontramos a mitad de camino. Lo empujé sobre la cama. El hombre quiso incorporarse pero enseguida me subí sobre él, con una pierna a cada lado de su cuerpo. Hice que pegara su espalda contra el colchón y le sostuve los brazos abiertos en forma de cruz. El tipo me miraba con una rabia tremenda. Yo, para qué negarlo, sentía una especie de satisfacción. Intentó forcejear un poco. Finalmente, le solté uno de los brazos. Y antes de que él pudiera hacer nada, le abrí la garganta y tomé toda la sangre que pude.

Después de unos minutos, me acordé de que ella seguía en la habitación. Estaba mirándome, un poco asustada. Todavía estaba sentada en el piso. Dejé el cuerpo de su marido, o novio, o lo que fuera, y me paré al lado de la cama. Ella se paró también y empezó a caminar hacia mí. Yo empecé a retroceder. Era flaca y tenía más o menos mi altura. Estaba vestida con unas calzas negras y una remera de mangas largas roja. Era morocha, con el pelo lacio y un flequillo sobre la frente. Seguí retrocediendo mientras ella avanzaba, hasta que choqué con una mesita de luz. El velador se cayó y la habitación se oscureció más todavía. Su cara estaba a veinte centímetros de la mía. Desvié la vista hacia un costado. No podía mirarla. Me sentía paralizada. Incluso diría aterrada. No tenía idea de qué era lo que ella buscaba o quería. Y entonces se acercó un poco más y me dio un beso, mitad en la cara, mitad en la boca. Y después se hizo a un lado, como abriéndome el paso. Sin mirarla, salí casi corriendo de esa habitación. Volví al living, al balcón y a la terraza. Bajé todos los pisos por la escalera. Al llegar a la planta baja, rompí el vidrio de la puerta de entrada y dejé el edificio. En la primera esquina, doblé a la izquierda, en dirección a la avenida. Cuando estaba pasando por la parada del 55, vi que venía un colectivo. Lo paré y me subí, aunque ignoraba adónde iba esa línea. Eran como las 4 de la mañana. Me senté en el último asiento de los simples, atrás de todo. Me cerré el tapado hasta arriba y metí las manos en los bolsillos. Apoyé la cabeza en el respaldo. Mientras todavía podía ver las luces de los edificios, deseé quedarme dormida y que el colectivo ya no se detuviera nunca.


(continuará)

jueves, 22 de agosto de 2013

El asco


por Julieta Eme

Lo primero que vino a mi mente fue un “no, gracias… acá estoy bien…”, pero él lo dijo por segunda vez:

- Acercate.

Sabía que no se iba a ir sin llevarse lo que quería. La cuestión era resolver por qué medio se lo llevaría: mediante la humillación (la mía) o la violencia (la suya).

Me quedé unos segundos pensando. No quería su violencia otra vez sobre mí. Ahora soy más fuerte que antes, pero no tan fuerte como él. Por otra parte, había un sentimiento extraño en mí. Un sentimiento de curiosidad. Sentía curiosidad por saber cómo funcionaba un vampiro.

Me acerqué.

Tuve que vencer el asco. Él sabía que me estaba forzando pero sin embargo actuaba como si no lo estuviera haciendo. Y yo sabía que estaba siendo forzada, pero con mi consentimiento, lo cual suena contradictorio o al menos raro. Pero creo que las mujeres sobre todo, y más que los hombres sin duda, entendemos y sabemos cómo alguien puede ser forzado aún consintiendo y cómo el consentimiento no significa que no haya coacción. Que fuera una vampira no hacía que dejara de ser una mujer.

Los vampiros funcionan igual que cualquier hombre de la especie humana, lo cual me pareció bastante inentendible, ya que el corazón no late ni la sangre fluye. Pero, de todos modos, ese hecho no era más inexplicable que el hecho de que hablamos y caminamos. De alguna forma, sucede.

Me sentí humillada. De ningún modo nada de lo que había hecho valía la pena. Y me sentí estúpida por haber pensado que si lo hacía para satisfacer mi sentimiento de curiosidad, no iba a sentirme humillada.

Apenas se fue, me desvestí y puse la ropa a lavar. Me metí en el baño y me di una ducha. Me cambié. Agarré las llaves y salí, como si estuviera huyendo.

jueves, 27 de junio de 2013

La visita


por Julieta Eme

(Viene de acá)

Era un viernes a la noche. Volvía del cine. Cuando estaba abriendo la puerta de entrada de mi departamento, sentí su olor inmundo. Habían pasado seis meses desde la conversión. Durante esos meses, me había ilusionado con no volver a cruzármelo nunca. Entré y cerré la puerta. No lo vi enseguida. Desde el pequeño pasillo de entrada de mi casa no se ve el living. Dejé la mochila en el piso. Me saqué el abrigo y lo colgué. Avancé unos pasos y lo vi. Estaba parado al lado del sillón, junto a la ventana, por donde había entrado, seguramente. Siempre dejo las ventanas abiertas. Me gusta que la casa esté ventilada. Las luces de la terraza del edificio de enfrente iluminaban un poco la oscuridad del living.

- ¿Cuántos somos?
- ¿Cuántos te imaginás que somos?
- Un millón.
- Qué imaginación. No. Ahora debemos ser menos de cien.
- ¿Hay otras mujeres?
- Muy pocas.
- ¿Hay alguna en esta ciudad?
- No. Sólo somos vos y yo en esta ciudad.

Me sentí muy sola de pronto. Bajé la vista. Tenía ganas de llorar.

- ¿Podés estar al sol?
- Sí, el sol no me hace nada.
- Tuviste suerte. No todos son tan afortunados. ¿Y podés comer?
- Sí, puedo comer normalmente.
- ¿Cada cuánto te alimentás?
- Una o dos veces al mes.
- Veo que estás bien entonces. Sentía curiosidad por saber cómo había resultado la conversión.
- Creo que resultó bien.
- Sí, en tu caso sí.
- Sigo con mi vida normal. Salgo a correr a la mañana. Doy clases a la noche.
- La mayoría de los nuevos vampiros sienten culpa las primeras veces que se alimentan…
- Y sí… soy profesora de ética además…
- Entiendo… yo enseñaba música.
- La última vez que me alimenté, lo hice con un hombre que estaba atacando a una mujer. Sentí menos culpa...
- Está bien. Hacé lo que tengas que hacer.

Su mirada se desvió hacia unos libros, apilados sobre mi escritorio.

- ¿Cuántos años tenés?
- Tenía 37 cuando me convirtieron. Y llevo más de 500 como vampiro.
- ¿Todos los vampiros viejos son como vos?
- No, no todos. ¿Por qué? ¿Tenés miedo de ser tan horrible como yo cuando seas vieja?

Miró hacia la ventana. Inesperadamente, parecía triste.

- No todos los vampiros llegan a viejos. Nuestra vida es frágil. Todo está en el poder de la voluntad. La voluntad es todo para un vampiro.
- ¿Soy la primera persona a la que convertís?
- Por supuesto que no.

Después se movió por primera vez desde que había comenzado nuestra charla. Caminó unos pasos y se sentó en el sillón.

- Acercate.

miércoles, 5 de junio de 2013

La conversión


por Julieta Eme

Me convirtieron en 2007, cuando tenía 33 años. Me convirtió un vampiro muy viejo y desagradable. La conversión fue tan espantosa como pensé que sería.

Vivía sola en un departamento de dos ambientes. Mis padres habían fallecido cuatro años atrás. No tenía hermanos ni hermanas. Sólo una tía, hermana de mi madre, que vivía en una casa en la Provincia y a la que veía muy poco.

El vampiro se presentó una noche de octubre. Yo ya estaba acostada. Tenía un olor fuerte e inmundo. Su rostro estaba prácticamente desfigurado. Su piel colgaba por toda su cara. Me dijo que por fin había llegado el momento que esperaba y que no tuviera miedo. Se sentó en el borde de mi cama. Me tomó con fuerza de los brazos, me atrajo hacia él y me mordió el cuello. Cuando era más joven, solía clavarme las uñas en el cuello. Clavaba las uñas del dedo índice y el mayor. Presionaba con fuerza. Quería aprender a tolerar el dolor que vendría (o que deseaba que viniera). Pero nada podría haberme anticipado el dolor de sus colmillos perforando mi carne, a excepción quizás de un punzón o un fino cuchillo. Cuando terminó con mi cuello, siguió con otras partes de mi cuerpo. Era brutal y torpe. Lloré en silencio mientras él seguía mordiéndome. Me contuve para no gritar. No puse resistencia. Lo despreciaba pero no quería que se fuera. No antes de que terminara la conversión. Estuve a punto de desmayarme varias veces, pero su violencia y el dolor que me infligía me mantenían despierta. Después de varias horas, por fin se detuvo. Se paró al costado de la cabecera de mi cama y se quedó mirándome. Yo no podía moverme. Apenas pude girar la cabeza para verlo mientras me observaba. Me corrió el pelo de la cara, estiró su brazo izquierdo y sostuvo su mano a cierta distancia sobre mi boca. Con un dedal que terminaba en una especie de aguja, perforó la palma de su mano y dejó caer algunas gotas de sangre en mis labios. Pasé mi lengua por ellos y tragué saliva junto con el líquido. Antes del amanecer, ya se había ido. Cuando el sol estaba saliendo, quedé inconsciente.

Me desperté al mediodía, con las sábanas completamente ensangrentadas. Me incorporé en la cama y lloré: “¿Qué hice? ¿Qué voy a hacer?”. Las persianas estaban bajas y la casa estaba semioscura. Por la ventana de la cocina entraba un poco de luz. Me encerré en el baño. Me acosté en el piso y me quedé dormida.

Me desperté nuevamente a eso de las diez de la noche. Pensé que el vampiro volvería para darme algunas instrucciones o consejos. Pensé que los vampiros viejos se encargaban de instruir y guiar a los vampiros más jóvenes. Pero no vino. En parte, me sentí aliviada. No tenía ganas de volver a verlo. Y estaba segura de que ese vampiro tan horrible no tenía nada para enseñarme. En parte, estaba asustada y desesperada.

Me desvestí y abrí la ducha. El agua limpió la sangre y pude ver los moretones y las perforaciones de sus colmillos en todo mi cuerpo. Me puse a llorar de nuevo. No sabía qué hacer ni qué pensar. Traté de tranquilizarme. Los moretones se irían con el tiempo y las heridas cicatrizarían. Lo que más me inquietaba era mi futuro. Comprendí entonces que estaba sola y que iba a tener que aprender todo por mi cuenta: cómo alimentarme y cómo relacionarme con humanos y vampiros.

(Sigue acá)