s√°bado, 30 de noviembre de 2013

Siempre lo dije: El Resplandor (la película de Kubrick) es una verdadera cagada

Y ahora veo que los mismísimos Stephen King y David Cronenberg piensan lo mismo










Stephen King vuelve a cargar contra 'El resplandor' de Stanley Kubrick


Bien conocido por todos es que a Stephen King no le gust√≥ nada la versi√≥n que Stanley Kubrick present√≥ de su novela. Sin embargo, a punto de salir a la venta la secuela literaria de 'El resplandor', que llevar√° por t√≠tulo 'Doctor Sleep', el escritor ha debido creer que era un momento perfecto para recordar sus opiniones.

Hablando con la BBC (v√≠a IndieWire), King repiti√≥ que le parece una pel√≠cula fr√≠a: "No soy un tipo fr√≠o.Creo que una de las cosas que la gente se relaciona con mis libros es la calidez, hay un acercamiento y un lenguaje con el lector, 'Quiero que formes parte de esto'. Con 'El resplandor' de Kubrick siento que era muy fr√≠o, muy 'Estamos mirando a esa gente, pero son como hormigas en un hormiguero, qu√© cosas m√°s interesantes hacen estos peque√Īos insectos'" (Fuente ac√°)


Stephen King Says Wendy In Kubrick's 'The Shining' Is "One Of The Most Misogynistic Characters Ever Put On Film"

King cree que no hay suficiente misterio detr√°s de el personaje de Jack Torrance (encarnado por Nicholson) y el personaje no est√° perdiendo la cabeza. " Jack Torrance en la pel√≠cula, parece un loco desde el comienzo. 

Sin embargo, King reserva la peor cr√≠tica de "The Shining" contra el personaje de Wendy, la asediada esposa de Jack. "Shelley Duvall como Wendy es realmente uno de los personajes m√°s mis√≥ginos jam√°s vistos en unaa pel√≠cula. Ella, b√°sicamente, s√≥lo est√° ah√≠ para gritar y ser est√ļpida: esa no es la mujer sobre la que escrib√≠",  afirm√≥ el escritor. (Fuente: Indiewire)

Davis Cronenberg también cree que Kubrick hizo una mierda

La pol√©mica volvi√≥ a atizarse hace unos d√≠as con un invitado sorpresa, el director canadiense David Cronenberg, que critic√≥ la visi√≥n de Kubrick sin medias tintas. "No es una gran pel√≠cula. Creo que Kubrick no entendi√≥ el g√©nero de terror. Creo que no sab√≠a lo que estaba haciendo". Cronenberg asegur√≥ tambi√©n que uno de los problemas de Kubrick es que estaba demasiado pendiente de hacer un producto "comercial". (Fuente: El confindencial)



Hasta aqu√≠ las noticias: solo digo que estoy contento de estar acompa√Īado en mi desprecio hacia la machietta de Kubrick, nada menos que por dos voces autorizadas, la de los grandes King y Cronenberg, que me merecen mucho m√°s respeto que el director infatuado de la insoportable y rid√≠cula Ojos bien cerrados. No se trata del viejo problema que la pel√≠cula no fuera fiel al libro: supongamos que el libro no existiera: la pel√≠cula no dejer√≠a de ser obvia y enf√°tica, resuelta de manera elemental, con personajes chatos y unidimensionales, carentes de la menor ambig√ľedad. Nicholson pone su peor cara de loco asesino de principio al fin, y solo un personaje concebido tan est√ļpidamente como el de Shelley Duvall puede no advertir que est√° casada con un psic√≥tico. La pel√≠cula no trabaja con el punto de vista (algo que Kubrick no sabe que existe), por eso se dedica a aplanar los personajes y a lustrar el relato de King de pseudo prestigio anti cinematogr√°fico: incapaz de captar el pathos de los relatos pueblerinos de Stepehn King. Y entonces hace pel√≠culas ostentosas y vac√≠as, donde cada plano solo puede auto inflarse: "mir√° c√≥mo muevo la c√°mara", "mir√° que teleobjetivo uso", "mir√° qu√© direcci√≥n de arte m√°s exquisita", "mir√° los tubos fluorescentes que pongo", "mir√° qu√© cara de loco Nicholson", "mir√° que boluda la jermu"... Es un pedante insoportable y uno de los culpables de que el cine contempor√°neo vire hacia la imagen publicitaria.

Despu√©s de su muerte, y en gran parte por culpa de Spielberg, Kubrick ha recuperado el prestigio inmerecido de que goz√≥ en cierto momento de su vida (debido al marketing de "director intransigente" que construy√≥ con su propio personaje). La intransigencia de Kubrick se identifica con su capricho pueril y sus toques de snobismo extracinematogr√°fico: m√ļsicas rimbombantes, fot√≥graf√≠as pict√≥ricas, crews y casts prestigiosos, proezas meramente t√©cnicas, que nunca se subordinan a la necesidad del cine y se dedican a glorificar la megaloman√≠a de su director.

De las adaptaciones de King siempre quedar√°n la calidez artesanal con look clase B de John Carpenter (La niebla, Christine), David Cronuenberg (La zona muerta) o Stand by me (Rob Reiner). Y no quisiera olvidarme la notable Carrie de De Palma.

Solo hay una posibilidad de concebir una versión peor de The shinning: si la hubiera dirigido Terrence Mallick, el discípulo más tarado de Kubrick.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Revolución

Gabo Ferro habla
Una entrevista en Patologías Culturales, clickeando acá.

Fotografía; Sofi Grenada

El s√°bado pasado tuve el gusto de participar de una conversaci√≥n con Gabo Ferro y Maxi Diomedi en Patolog√≠as Culturales (s√°bados a las 17 en FM La Tribu).  Gabo es un artista de una potencia especial, no es cualquier cantante. Es un tipo √°spero y tierno, de una consistencia que no es f√°cil encontrar en otros m√ļsicos de su generaci√≥n o incluso m√°s j√≥venes. Gabo tiene ideas y esas ideas alimentan sus emociones, se enoja, se endurece, se pone severo, se feminiza, se leniniza. De pronto es un asceta que se abstiene de usar lo prescindible, de pronto en su voz habitan esp√≠ritus.

¿Qu√© es lo raro de Gabo?, me pregunto. Es un intempestivo. Su seriedad para con la palabra, su necesidad de vincular voz e historia, melod√≠a y pol√≠tica, su extremismo, no son posiciones frecuentes hoy d√≠a. Hay en √©l una postura desafiante que impugna la √©poca, una decisi√≥n de apartarse de cierta naturalidad liviana en el ambiente musical.

Gabo es un tipo que se cruzó con Spinetta, con Nebbia, con Palo Pandolfo: eso lo conecta con una edad heroica del rock y lo aleja de cierta complacencia que empezó a dominar la escena musical desde los 80 y cada vez más. "Hacete cargo de la palabra. Si vas a hablar, es porque tenés qué decir; si no, callate".



Se cont√≥ unas cuantas veces la historia: en los 90 Gabo era el cantante de una banda hardcore llamada Porco, una cierta noche, un show en el que hab√≠a 15, 20 espectadores, Gabo se qued√≥ sin voz; literalmente. No pod√≠a salir un sonido de su boca. Se baj√≥ del escenario y se fue caminando por Callao. Abandon√≥ la escena, se dedic√≥ a estudiar Historia. Y despu√©s de varios a√Īos de silencio, volvi√≥. Claramente el Gabo de hoy fue esculpido a partir de esa experiencia, ese fue su camino de Damasco.


Alguna de las cosas que Gabo dijo el sábado en Patologías:

La canci√≥n: "Con la canci√≥n, en los 80s, hubo esa cuesti√≥n que despu√©s en los 90s se reforz√≥: vamos a bailar y todo lo que no sea bailar es horrible, pelotudo, facho, no hay que pensar, a mover las piernas, a mover las patitas... y todos salieron a bailar. La verdad es que yo puedo bailar perfectamente y despu√©s puedo ponerme a pensar y a cantar. Aparte, no soy de los que creen que la m√ļsica no debe -adem√°s- entretener. No veo al entretenimiento como una pelotudez, pero no veo como una cosa menor que tambi√©n deba colocarte en un lugar cr√≠tico, en un lugar problematizado, en un lugar de revoluci√≥n. Insisto con esto: uno no deber√≠a ser el mismo despu√©s de escuchar ciertas canciones, uno tendr√≠a que sentirse en alg√ļn lugar levemente modificado, m√°s bueno. A mi hay canciones que me hacen sentir mejor persona. Y la ambici√≥n de uno como artista es poder aportar canciones e interpretaciones, y recitales y cosas para tratar de que de provocar en la gente, y todos juntos, no "el artista" y "su p√ļblico", una revoluci√≥n".

Su capacidad de mostrar los lados desagradables, odiosos, inc√≥modos que otros artistas actuales prefieren esquivar: "Cuando uno tiene el repertorio de lo que somos. ¿Cu√°ntas veces yo me he hecho cargo de personajes en las canciones que no tienen nada que ver conmigo? [Lo que dice la canci√≥n ] Voy a negar el mar es una repugnancia, un tipo que niega su contexto y se lo lleva puesto. Es un tema que me encanta hacer y que no tiene nada que ver conmigo. Todas esas miserias no se pueden cantar bellamente y todo tiene que ver con esa no belleza, con temas no tratados, con cuestiones no visitadas, porque la canci√≥n tiene que hablar de otra cosa y ah√≠ es donde pienso en el lugar realmente cr√≠tico y revolucionario que debe tener la canci√≥n. Y no en t√©rminos de crisis y revoluci√≥n a los 70. Estamos en este lugar del mundo y este momento hist√≥rico, la crisis y la revoluci√≥n tienen que ser lo que somos y lo que debemos ser. Los artistas y cada uno desde su lugar tiene que intentar provocar esto".

Su v√≠nculo con Palo Pandolfo y su experiencia compartida en Los Verbonautas: "Reci√©n pensaba que con Palo trabaj√°bamos de la misma manera, yo lo remplac√© en Los Visitantes en una fiesta de la revista Rev√≥lver,  y hubo una fecha m√°s que Karina se deba acordar bien. Fue despu√©s de Espiritango, Ariel Minimal en la guitarra y yo cantando. Fueron un par de fechas en que Palo se hab√≠a roto una pierna. Con Ariel nos mir√°bamos porque est√°bamos ocupando el lugar de alguien a quien nosotros am√°bamos y amamos, y estaba cantando con esa banda que yo adoraba y fue muy lindo. Ese disco es maravilloso. Y con Los Verbonautas, fue muy lindo mientras dur√≥. Yo me fui en el momento donde se empez√≥ a poner todo muy producido, para m√≠ fue el colof√≥n cuando sali√≥ la cuesti√≥n de que el Rojas iba a publicar un libro de poes√≠as de Los Verbonautas. Dije: 'Hasta ac√°. Si la idea original era ir por fuera... ¿C√≥mo es ahora? Si era un lustre no haber pasado por Pu√°n, de repente ahora nos va editar un libro el rojas?'. Y me fui. Yo la pasaba b√°rbaro, me ha acompa√Īado gente preciosa por su obra, por su don de gente y los quiero y lo atesoro".

Clickeando ac√° encontrar√°n el audio completo de la entrevista a Gabo, casi 90 minutos de charla sin desperdicio.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Aciertos y errores de Cristina

Analizados por Teodoro Boot y el P√°jaro Salinas
La otra.-radio para escuchar clickeando ac√°



El domingo pasado en la primera parte de La otra.-radio, Teodoro Boot y el Pájaro Salinas analizaron la actualidad política nacional, en referencia a todos los personajes que aparecen en las fotos de arriba. Para escuchar el programa clickear acá.

La otra.-radio: domingos a las 23:00 por FM La Tribu.

La nueva crítica y la vieja crítica

NUEVO BLOG: UN LARGO


por Oscar Cuervo *

A fines del siglo XX en la clase media porte√Īa ilustrada parec√≠a haber calado hondo aquel dictamen del fin de la historia y el triunfo inapelable de un modelo de existencia neoliberal. El cine parec√≠a una esfera relativamente aut√≥noma del mundo, con su propia historia interna, sus normas de admisi√≥n y legitimaci√≥n, una isla de experiencias est√©ticas en las que se pod√≠a discutir apasionadamente de pel√≠culas, pero con una conciencia tranquila de resignaci√≥n ante la ajenidad del poder. Si el mundo globalizado era duro, el cine se ofrec√≠a como una versi√≥n m√°s amable del mundo, y los cin√©filos pod√≠amos pensarnos como una cofrad√≠a de intereses m√°s nobles, partidarios de la belleza. 

Recuerdo el pa√≠s sacudido por una crisis terminal mientras se llevaba a cabo la edici√≥n 2002 del BAFICI. Entrar al Abasto era ponerse a salvo del desquicio y refugiarse en la esfera de lo sublime. Esa armon√≠a restringida se quebr√≥ cuando la sociedad argentina se vio atravesada por un conflicto pol√≠tico que result√≥ ineludible y que hasta hoy no cesa de ahondarse. Se abri√≥ una grieta por la que se filtr√≥ la historia, que resulta que no hab√≠a muerto. El campo cinematogr√°fico no pudo sino registrar estas tensiones. 

En las revistas de cine y en los festivales se hace imposible evitar la pol√≠tica. Todav√≠a no parece que esta fractura pueda pensarse; entonces se la act√ļa. Que en la edici√≥n 2012 del BAFICI haya quedado excluida una pel√≠cula de los valores de Tierra de los padres (Nicol√°s Prividera) sin que el propio festival haya encontrado un √°mbito para discutir esa exclusi√≥n, o que incluso la mesa de debate por los diez n√ļmeros de Kil√≥metro 111 [Abril 2013, 15° BAFICI] haya estado a punto de no hacerse por decisi√≥n del director art√≠stico del festival, que finalmente se haya hecho por una marcha atr√°s del mismo director al tomar estado p√ļblico el veto, son s√≠ntomas de una dificultad para lidiar con la pol√≠tica y una imposibilidad de esquivarla. La ilusi√≥n de la autonom√≠a est√©tica se desplom√≥. Para nuestra generaci√≥n esa ca√≠da no es reversible. Habr√° que ver si nos volvemos capaces de pensar esta fractura, de conversar sobre ella y volverla art√≠stica y pol√≠ticamente productiva.

* Fragmento del texto "Diez n√ļmeros (Kil√≥metro 111. Ensayos sobre cine)", aparecido originalmente en la revista Kil√≥metro 111, n° 11. Leer completo clickeando ac√°.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

28 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata II

E agora? Lembra-me o la m√ļsica del universo


por José Miccio

Joaquim Pinto tiene una historia profesional admirable; trabaj√≥ con Ra√ļl Ruiz (1), con Manoel de Oliveira, con Andr√© Techin√©, con Werner Schoerter y con Jo√£o Cesar Monteiro; pero a partir de ahora ser√° siempre el director de esta pel√≠cula extraordinaria. “Recordame”, dice el t√≠tulo. Y c√≥mo no.

Una avispa panza arriba trata de reponerse, un perro lleva con √©l un tumor, la tierra aguanta la sequ√≠a, Joaquim Pinto vive con HIV y hepatitis C desde hace dos d√©cadas. “Tengo una vida como la de cualquiera”, dice al comienzo. Cuando al final repite la frase la referencia del pronombre se ha ampliado de manera notable, hasta incluir virtualmente a todo el universo. En sus brev√≠simas tres horas E agora? Lembra-me teje la biograf√≠a de su realizador y de la enfermedad que lo agota y acompa√Īa con la evoluci√≥n de las especies, la historia de la humanidad, el arte, la pol√≠tica, la filosof√≠a, la religi√≥n y la crisis econ√≥mica europea.

Todos los hilos nacen de lo que al comienzo se presenta como un diario privado y pronto se convierte en algo totalmente distinto, no tanto porque la pel√≠cula no asuma efectivamente la forma del diario como por la crisis que sufre y goza en su despliegue la idea misma de privacidad. Quisiera explicarme bien. No es que Pinto pretenda usarse como ejemplo de algo que lo incluye y lo supera, y al superarlo lo redime y lo autoriza a decir “Yo”. O que, al contrario, quiera disolverse en las galaxias o los unicelulares, y perder as√≠ cuerpo y memoria. Es decir, no hay en su pel√≠cula una voluntad representativa que lo ubique como vocero de un grupo – los cin√©filos, los homosexuales, los sidosos, los sonidistas, los cincuentones, los barbudos, los portugueses, los amantes de los perros – ni un sometimiento de su historia personal a una grandeza que la reduce a nada, como si dijera: solamente soy un grano en el cosmos, mera insignificancia. La crisis de la privacidad se debe a algo mucho m√°s hermoso: se debe a que Pinto filma su diario como si a trav√©s de la c√°mara y la voz pudiera encontrar un orden po√©tico o una sinfon√≠a del universo. Suena grandilocuente y laborioso, pero lo cierto es que esta trama - familiar, m√≠stica, pol√≠tica, biol√≥gica – parece hecha por una de esas viejas tejedoras que tienen su oficio tan incorporado al ritmo de los d√≠as que las marcas de su esfuerzo han quedado olvidadas detr√°s de la fluidez. Pinto siente la c√°mara como Messi la pelota y C√©sar Aira la escritura: como una extensi√≥n de su propio organismo.


Justamente lo contrario le ocurre con la medicación. En un momento Pinto dice que siente la voluntad separada del cuerpo, y que para mover un brazo debe hacer primero el esfuerzo por conectarlo con el cerebro. Esa bruma neurológica lo confunde a menudo: olvida fechas, pierde la atención con facilidad, cae en lo que él mismo llama estado de inercia. Es en semejante situación perceptiva que consigue escribir los textos que dice en off, capturar sus imágenes y montar unos y otras. Qué notable. Para ver cómo dos rayos de luz caen en el mismo punto y generan esos colores y esos brillos se necesitan una cámara y un espíritu que sepa reconocer la importancia de ese instante, que es lo mismo que exhibe Pinto al poner en escena de manera tan amorosa a su esposo Nuno y a su padre, a sus cuatro perros y a la amiga, también enferma, que por carta o mail le cuenta su propia experiencia y le da algunos consejos para aguantar los tratamientos.

La sinfon√≠a exige antes que nada que el ser humano se baje del trono de las especies. Pinto lo dice de varias maneras: se√Īala el error de traducir la edad de los perros a la de las personas, recuerda que el tomate tiene m√°s genes que los hombres y en su momento m√°s dr√°stico afirma que cuando nosotros ya no estemos “la vida suspirar√° de alivio”. Tambi√©n dice: “No somos especiales, solo recientes”. Pero mejor que en las frases declarativas su descontento con una visi√≥n antropoc√©ntrica del mundo se nota en el montaje, que sugiere que los √°rboles, los insectos, las ranas, los perros, las cavernas, la luz y la tierra tienen tanta importancia como los humanos. Que somos solo una parte de la naturaleza y no su sentido √ļltimo es una verdad tan sencilla como repetida, maltratada adem√°s por espiritualismos zonzos y confortables. Afirmarla sin m√°s – como hago yo - es pueril. Acceder a ella a trav√©s de la pel√≠cula de Pinto es sublime.


Hago ahora un intervalo godardiano.

Volví a ver hace poco Alphaville. Es una historia muy en la línea de 1984 y demás distopías, que aprovecha algunos géneros como dispensadores de tópicos. La ciencia ficción se percibe en los motivos argumentales y en los sonidos baratamente tecnificados, que sugieren siempre el futuro. Lemmy Caution es un típico personaje del cine negro, un agente secreto disfrazado de periodista que cumple su papel de duro con sequedad: cara de piedra, trompadas y tiros (hasta le da un bollo a una mujer, lo que hoy provocaría ofensas de lo más graciosas). Anna Karina interpreta a la hija de un científico que, como el resto de los habitantes de Alphaville, no llora ni conoce la palabra amor. Al final Lemmy escapa con ella, mientras el proyecto totalitario se hunde. La escena cierra la película de manera simétrica: comienza con la llegada de Lemmy a la ciudad y concluye con su partida.

Hay unas palabras que enmarcan la historia. Al entrar a Alphaville un cartel anuncia los valores de una sociedad burocr√°tica, ordenada y gris: L√≥gica, Prudencia, Silencio, Seguridad. Al salir, Anna Karina llora y dice “Te amo”, las palabras que conmueven a todas las otras. Alphaville aparece como un futuro ac√° a la vuelta, un dominio absoluto de la t√©cnica al que Godard opone el amor como potencia indomesticable. Es el descubrimiento de la frase m√°s com√ļn de todas lo que se√Īala la persistencia de lo humano: cuando Anna Karina la dice y lagrimea, su cara y la m√ļsica son las de la revelaci√≥n de algo sagrado. Por eso la pel√≠cula de Godard es un ejemplo perfecto de lo que podemos llamar el trabajo del arte: el lugar m√°s com√ļn se convierte en una explicaci√≥n del mundo solo una vez que el mundo ha sido convertido en otra cosa.

Fin del intervalo.


Pinto hace lo mismo que Godard. Para que encontremos intensa y verdadera la idea de que nuestro lugar en el universo no tiene por qu√© ser m√°s importante que el de la avispa o el tomate es necesario un esfuerzo descomunal, capaz de vencer la costumbre y la gansada - y al menos en este caso una forma ligera, capaz de vencer las marcas de ese esfuerzo. Godard juega con el montaje, con los planos, con el negativo, con el sonido, con el lenguaje, con los g√©neros, con la fenomenal fotograf√≠a de Raoul Coutard; da vuelta todo para que una vez en trance podamos sentir la gloria de unas palabras tan debilitadas como “perd√≥n” o “prometo”. Pinto retuerce los lugares comunes del documental en primera persona hasta el punto de volverlos tan extra√Īos como el llanto en Alphaville; hay en su pel√≠cula acordes misteriosos que re√ļnen el sexo y el Evangelio de Marcos, una abeja carn√≠vora y un libro de Francisco de Holanda, la palabra nunc y la palabra Nuno.


Es propiedad del arte hacernos escuchar por primera vez lo que escuchamos todos los días; por ejemplo que el amor es una fuerza arrolladora o que el universo es absolutamente extraordinario. Para llegar a darnos cuenta de cuán poco especiales somos no necesitamos un cura o un comisario que nos diga la Palabra; necesitamos el plano genial de dos o tres minutos que Pinto le dedica a una libélula.

¡La delicadeza infinita de esas alas! ¡Esa extra√Ī√≠sima cabeza!

Mientras ve√≠a ese plano record√© un libro que le√≠ hace poco, gracias a unas personas maravillosas que me llamaron la atenci√≥n sobre su autor. A partir de la observaci√≥n fascinada de una avispa que caza una ara√Īa y la prepara en un periquete como alimento para su cr√≠a, Mario Levrero escribe en La novela luminosa esta p√°gina, que de alguna manera comenta la pel√≠cula de Pinto:

“¿A usted nunca le pas√≥, mirando un insecto, o una flor, o un √°rbol, que por un momento se le cambiara la estructura de valores, o de jerarqu√≠as? No s√© cu√°ndo habr√° sido la primera vez – quiz√° en la infancia, aunque esta an√©cdota de la avispa cazadora se me presenta como la primera -, pero s√© que me ha sucedido varias veces. Es como si mirara el universo desde el punto de vista de la avispa – o la hormiga, o el perro, o la flor -, y lo encontrara m√°s v√°lido que desde mi propio punto de vista. De pronto pierden sentido la civilizaci√≥n, la Historia, el autom√≥vil, la lata de cerveza, el vecino, el pensamiento, la palabra, el hombre mismo y su lugar indiscutido en el v√©rtice de la pir√°mide de los seres vivos. Toda forma de vida se me hace, en ese momento, equivalente. Y, como intentar√© mostrarlo luego, lo inanimado deja de serlo y no hay lugar para una no-vida”.

De eso trata E agora? Lembra-me.

(1) Si tienen ganas de leer: http://www.bazaramericano.com/columnas.php?cod=87&pdf=si

- M√°s sobre E agora? Lembra-me ac√°.

martes, 26 de noviembre de 2013

28 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Història de la meva mort de Albert Serra


por José Miccio

Acaba de terminar un festival de Mar del Plata que contó con varias películas notables. Algunas se filmaron hace mucho, pero se mueven en el presente con más brío que tantas otras, terminadas apenas ayer. Las copias en 35mm de Salón México, Thérèse, Nazarin, No abras nunca esa puerta, Los desesperados y Los rojos y los blancos bastan para confirmar la cinefilia.

Pero a decir verdad las pel√≠culas que deciden la memoria del festival son las m√°s recientes. Por fortuna, adem√°s del inevitable relleno y el tambi√©n inevitable respeto por la costumbre y la autoridad hubo en la programaci√≥n varios t√≠tulos apasionantes, algo mucho m√°s decisivo para el √°nimo que la urbanidad y la correcci√≥n, e incluso que cierta excelencia pobre, como la que mostr√≥ esta vez Claire Denis en Les Salauds. Me refiero a las siguientes pel√≠culas: Le Derrnier des injustes de Claude Lanzmann, At Berkeley de Frederick Wiseman, Fantasmas de la ruta de Jos√© Celestino Campusano, Drug War de Johnnie To, L’inconnu du lac de Alain Guiraudie, y las dos de las que quisiera contarles algo: Hist√≤ria de la meva mort de Albert Serra y E agora? Lembra-me de Joaquim Pinto. *

Història de la meva mort o la decadencia de Albert Serra

En Honor de caballería fueron Sancho y el Quijote; en El canto de los pájaros fueron los reyes magos; ahora, en Historia de mi muerte, Albert Serra se mete con Giacomo Casanova y el mismísimo conde Drácula. Siempre en catalán.

Como el atractivo de semejante reuni√≥n no tiene chance de ser considerado raz√≥n suficiente como para perderse en el goce y el reflujo sensorial que la pel√≠cula propone, lo m√°s conveniente es empezar por decir lo obvio: que cada personaje representa un periodo hist√≥rico, o que los dos juntos constituyen el umbral que los une y los separa. Casanova - peluca, barba rala, colorete, lunar falso y movedizo - es el decadente hombre de las luces. Dr√°cula – capa, pelo entrecano, tranquilo andar diurno - la siempre renovada fuerza de los instintos y la irracionalidad. Ilustraci√≥n y Romanticismo. Pero adem√°s de una tesis sobre la Historia o la naturaleza del hombre la pel√≠cula de Serra es un c√≥ctel de monstruos; se mueve cerca de la clase B y de la pintura y las bibliotecas rom√°nticas. Como si perteneciera al mismo tiempo al trash y al arte contempor√°neo (¿y qui√©n sabe a ciencia cierta la l√≠nea de demarcaci√≥n?) Historia de mi muerte habilita el viaje y el regodeo erudito. Es un film docto y un fumadero.

No quiero renegar de lo obvio. Es absolutamente cierto que se puede hablar de la pel√≠cula como si fuera un tratado de filosof√≠a o una especulaci√≥n teol√≥gica (alguien a la salida del cine la calific√≥ incluso de pol√≠ticamente reaccionaria); pero tambi√©n es cierto que la hinchaz√≥n conceptual hunde el plano y el deleite en un mar de explicaciones para las que el cine es innecesario; y no basta describir un par de encuadres o decir “travelling” ac√°, y all√° “contrapicado”, para hacer pasar una aplicaci√≥n m√°s o menos h√°bil de ideas conocidas por atenci√≥n a las formas del cine. Del paso de la luz a las sombras y de la crisis del mundo ilustrado sabemos bastante por nuestros habituales canales de divulgaci√≥n (Wikipedia, la televisi√≥n educativa, la universidad). Pero como los versos de Coleridge o la historia del doctor Frankenstein, la pel√≠cula de Serra puede tomar parte de una discusi√≥n que va m√°s all√° del arte porque propone antes que nada un mundo art√≠sticamente atractivo, que la dota de autoridad; as√≠ que antes que los papers y el periodismo petulante la agarren del cogote como Casanova al ganso de su mesa de lujo y hast√≠o, m√°s vale decir de una buena vez que Historia de mi muerte es una pel√≠cula hermosa, iluminada en interiores y exteriores como para que el ojo se pierda en sus superficies vanas y misteriosas, llena de momentos para la antolog√≠a del rid√≠culo sublime que Serra practica con talento y un poco de esp√≠ritu provocador.

Igualmente, conviene se√Īalar que hay otra manera de entender el asunto de las encarnaciones. Casanova recorre buena parte del siglo XVIII y Dr√°cula nace a fines del siglo XIX; pero a decir verdad el vampirismo es contempor√°neo de la Ilustraci√≥n: las baladas que hablan de esas criaturas demon√≠acas que acechan los poblados rurales circulan al mismo tiempo que la Enciclopedia, aunque l√≥gicamente por canales distintos. (Voltaire – mencionado en la pel√≠cula por Casanova - escribi√≥ sobre el tema en su Diccionario filos√≥fico, y fue quiz√°s el que dio origen a la met√°fora que asocia al usurero con el chupasangre). Desde este punto de vista, Dr√°cula y el viejo veneciano son encarnaciones tard√≠as de una misma √©poca; y bien puede ocurrir que si el vampiro sucede al racionalista no es solo porque lo destruye desde un exterior absoluto - rural, oriental, primitivo - sino porque ya est√° en √©l. La pel√≠cula de Serra no tiene por qu√© ser vista como la exposici√≥n extravagante de dos esp√≠ritus opuestos y completamente desvinculados; puede ser vista tambi√©n como un parto, en el mismo sentido en que decimos que cierto tiempo engendra en su interior el tiempo que lo suceder√°. La diferencia es que en lugar de dar a luz Casanova da a tinieblas, y como es sabido las tinieblas solo engendran hijos parecidos a sus padres. Dr√°cula no es un mal productivo ni una astucia. Muerde y hace vampiros. Fin de la historia.

Venga Dr√°cula de afuera o nazca del mismo coraz√≥n racionalista que lo tiene como Otro, Historia de mi muerte trata siempre de los contrarios, por lo que una adecuada descripci√≥n de la pel√≠cula – que sabr√° realizar mejor quien la repase – tendr√° que asumir en alg√ļn momento la forma comparativa. Hay un largo y hermoso travelling por el bosque rumano que funciona como pasaje y divide con claridad lo que est√° antes de lo que viene despu√©s. Anoto algunos contrastes.

• Casanova y Dr√°cula coinciden en su aversi√≥n al cristianismo, pero sus motivos son distintos. En Casanova, el racionalismo ilustrado al que rinde homenaje y ofrece un rostro deformado y terminal. En Dr√°cula, el malditismo rom√°ntico propio de todas las criaturas que desaf√≠an las leyes de Dios.

• En ambos se hace manifiesta una crisis de autoridad de enorme alcance. Casanova anuncia dos veces una revoluci√≥n que har√° rodar cabezas; pero a decir verdad el cambio hist√≥rico y pol√≠tico que presagia es para la pel√≠cula menos importante que el desaf√≠o metaf√≠sico que plantea Dr√°cula al hacer que las hijas renieguen del padre, y que una de ellas lo azote. En la violaci√≥n de la autoridad familiar queda al descubierto el Mal posible, que se queda con la pel√≠cula entera. Los gritos malvadamente rid√≠culos de Dr√°cula tienen contra la risa decadente de Casanova la fuerza de lo que siempre crece.

• Tambi√©n intensa es la oposici√≥n entre ciudad y campo. La primera hora, en el √°mbito social de Casanova, abunda en se√Īales de refinamiento cultural, cierto que por dem√°s atrofiado. El peque√Īo y hermoso pr√≥logo es una velada sensualista y cortesana: vino, comida, m√ļsica, coqueteo y conversaci√≥n sobre poes√≠a. En el campo rumano la granja toma el lugar del palacio, y por estricta l√≥gica adem√°s del consumo aparece la producci√≥n, representada en una breve e importante escena de cuidado de chanchos.

• El campo trae tambi√©n una austeridad que no existe en palacio. La habitaci√≥n del padre de las j√≥venes que Dr√°cula terminar√° poseyendo - toda en madera, con un crucifijo enorme y r√ļstico - contrasta con la abundancia de muebles y comida de Casanova.

• Otra cosa que llega con el campo es una cultura ligada a la tierra, completamente ajena a las m√°quinas – de escribir y de sexo - de las que habla admirativamente Casanova. Esta cultura rural se expresa en una ceremonia de sacrificio de buey, opuesta a la ceremonia de sociabilidad cortesana con la que comienza la pel√≠cula.

• Tambi√©n las relaciones de dominio se modifican. La servidumbre (un v√≠nculo de desigualdad hist√≥rico, que tal vez la Revoluci√≥n deponga) se convierte en los C√°rpatos en posesi√≥n (un v√≠nculo de desigualdad teol√≥gico, que solo un Combatiente Celestial podr√≠a disolver).

• Ligados a Casanova aparecen un poeta inexperto y un criado aficionado al juego (que lo acompa√Īa en su viaje a las tierras rumanas). Ligadas a Dr√°cula, tres bellas j√≥venes prontamente convertidas en vampiresas.

• El conocimiento no queda libre de contrastes. La ciencia que permite la fabricaci√≥n de m√°quinas tiene su contracara en la alquimia que convierte la mierda en oro.

• En palacio todas las percepciones pasan por el arte, la cosm√©tica y la cultura decorativa. En Rumania Casanova le dice al criado: “Esta es la realidad, la presencia de la sangre”.

• Podr√≠amos especular tambi√©n con la procedencia cultural de los personajes. Casanova es una figura de la elite: un hombre fino, erudito, ex funcionario de una rep√ļblica desarrollad√≠sima, ligado siempre a la escritura. Por el contrario, Dr√°cula nace y circula en el √°mbito de la cultura popular; cuando Stoker publica su historia, el vampiro – hijo de la leyenda oral que en el libro aparece rodeado de escrituras que no pueden explicarlo, del diario √≠ntimo al informe psiqui√°trico, del contrato de propiedad a la ep√≠stola - era ya una criatura fatigada por baladas, folletines, cuentos y obras teatrales. Habr√≠a que ver si esta diferencia conduce a alg√ļn lugar.

La preocupaci√≥n por establecer contrastes dota de unidad a una pel√≠cula que muy f√°cilmente podr√≠a deshacerse en su propio movimiento. No ocurre as√≠ (yo dir√≠a: lamentablemente), y quiz√°s a la decisi√≥n de permanecer dentro de una coherencia global un poco por dem√°s en√©rgica se deba la relativa p√©rdida de intensidad de la √ļltima media hora, que es casualmente en la que suceden m√°s cosas. Es comprensible que Casanova no pueda sobrevivir a Dr√°cula; pero que la pel√≠cula no pueda sobrevivir a Casanova es tema de conversaci√≥n, aun cuando su t√≠tulo aluda a Historia de mi vida y por lo tanto se√Īale al veneciano como centro de atracci√≥n principal.

¿No podr√≠a haber durado cuatro horas Historia de mi muerte?

Vuelvo por un segundo a los contrastes. Más allá de los pares que lo componen- ciudad y campo, interior y exterior, traje color crema y capa negra, ciencia y alquimia - el sistema entero de oposiciones resulta sensualmente apabullante. Imagino que Serra no aceptaría una reducción o un debilitamiento de la riqueza conceptual de su película, pero no es aventurado decir que trabaja como un esteta enamorado de la decadencia y de la luz, y que ahí reside principalmente su valor.


Hago ahora un intervalo decadentista.

He aqu√≠ un bonito l√©xico, incompleto pero (quiero creer) ilustrativo, que tomo de autores tan apasionantes como Huysmans, Dar√≠o, Mirbau, Asunci√≥n Silva y Remy de Gourmont (puede que tambi√©n de Lugones). Ah√≠ va, un poco al voleo. Abominaci√≥n, clorosis, pelagra, anemia, carcoma, histeria, nervioso, hedonista, luctuaria, f√©tido, l√≥brego, ruinoso, bizarro, anormal, p√°lido, l√°nguido, acongojado, mortecino, n√≠veo, l√≠vido, estertor, fumista, neurastenia, hipnosis, magnetismo, fuliginoso, p√ļstula, tumor, gangrena, hematoma, √©ter, opio, mef√≠tico, cer√ļleo, tremolante, melancol√≠a, eteroman√≠a, solfanol, bromuro, m√≥rbido, letargia, sonambulismo, absintio, enfermizo, refinado, exquisito, tedio, retorcido, perverso, depravado, venal, turgescencia, ignominioso, purulento, excremencial, l√ļbrico, vicio, aberraci√≥n, sepulcro, emoliente, voluptuosidad, ignominia, imp√≠o, p√©rfido, concupiscencia, perturbador, enajenado, delicuescente, abyecto, infecto, neurastenia, prognata, delet√©reo, l√ļgubre, glauco, spleen.

No todas las palabras dicen presente a la hora de describir Història de la meva mort, pero en cierto punto la película de Serra se mueve en el ámbito del goce y la perversión propio de los decadentes. Su primera hora, siempre en el lugar de Casanova, es de un memorable esteticismo; no se percibe nada que no declare con esmero su artificialidad. Los muebles, la comida, la ropa, el maquillaje y el muy importante plano de la mujer que abre los ojos dentro de una pintura hablan de esa sobrecarga de las formas que conduce simultáneamente al refinamiento y la morbosidad.

Casanova - viejo y desatado de todo compromiso - vive comiendo uvas y granadas, conversando en interiores, leyendo y escribiendo su vida, definitivamente retirado de la actividad p√ļblica. Serra es m√°s seco con √©l que Fellini, que lo despreciaba pero lo compadec√≠a. El polvo m√°s triste de la historia del cine es el que tiene Casanova con la mu√Īeca en la obra maestra del italiano; el polvo m√°s rid√≠culo debe ser uno filmado por Verhoeven, pero el que tiene el Casanova de Serra en Rumania – con un balanceo feo y mon√≥tono que termina contra un vidrio - puede reclamar con todo derecho un lugar en los florilegios de sexo bizarro.

Fin del intervalo.


Lo que el Casanova serrano comparte con los decadentes – adem√°s de alg√ļn brulote de libertino, como burlarse de la cruz - es el gusto por las superficies, la pose y el regodeo en los sentidos y la inteligencia; puede pasar minutos acariciando un libro, comiendo fruta o imaginando una enciclopedia de quesos ordenada seg√ļn criterios ling√ľ√≠sticos; incluso puede pasar minutos cagando. Pero para Serra la de Casanova es una decadencia sin heroicidad ni gloria negativa; de ah√≠ que no sea un personaje como los de la literatura de fines del siglo XIX, atormentados por aspiraciones enormes y una voluntad proteica y desconcentrada que los lleva a cambiar de objetivo pero no a renunciar al absoluto de sus impulsos, de los cuales el hast√≠o es uno m√°s.

El decadentismo no es el lugar desde el que Serra filma sino el lugar en el que Casanova sobrevive. Quiero decir, lo que parece interesarle a Serra del decadentismo no son sus ideas sino su teatralidad, y sobre todo su interés por promover estados turbios. Letargia, embriaguez, modorra, delectación: he aquí lo que Historia de mi muerte invita a disfrutar mientras el Mal se queda con todo.

* (En un post de inminente aparici√≥n Jos√© Miccio comenta E agora? Lembra-me de Joaquim Pinto).

Uruguayos, uruguayidadades, uruguayismos

Fernando Cabrera, Los Fattoruso, Mateo, Opa, Rada, Darnauchans, Rossana Taddei: La otra.-radio para escuchar clickeando ac√°



Hotel de todas las ciudades
del interior que visité
hotel que tiene los pasillos
mas crecidos cada vez.

Una reunión de roncadores
un congreso so√Īador
hotel de camas con gemidos
y un amor en ascensor.

Hotel de todas las edades
del interior que visité
esta ma√Īana se hizo tarde
por tu beso desperté.

El desayuno de la noche
poco a poco nos calmó
y el sinsentido de la vida
la razón nos devolvió.

Una copa que se brinda en el balcón
y la luna en el farol
bruma despareja
Calle Mitre, la emboscada de rincón
la batalla Sarandí
policía vieja.

Hotel de todas las ciudades
del interior que visité
hotel que tiene los pasillos
mas crecidos cada vez

Una reunión de roncadores
un congreso so√Īador
hotel de camas con gemidos
y un amor en ascensor.

Palacio by Fernando Cabrera on Grooveshark

El programa del domingo pasado de La otra fue el primero en nuestro nuevo formato de tres horas. En la primera mitad nos visitaron el P√°jaro Salinas y Teodoro Boot para hablar de actualidad pol√≠tica. Eso lo subo ma√Īana. Hoy les dejo la segunda mitad del programa, predominantemente musical, pautada por Maxi Perel, lo cual implica una cuota alta de uruguayidad. Con algunas interferencias breves de Spinetta y CocoRosie (incluido el triste affair Niceto Club). Y no se olviden de que ahora estamos empezando los domingos a las 23:00 hs. Para escuchar el programa completo, clickear ac√°.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Las mujeres y el maratón


por Julieta Eme

En el Día Internacional de Lucha por la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres

La primera mujer que corri√≥ oficialmente un marat√≥n (la carrera de 42 kil√≥metros y 195 metros) se llama Kathrine Virginia Switzer y actualmente tiene 66 a√Īos. Cuando lo corri√≥ ten√≠a 20. En esa √©poca, hace 46 a√Īos, a las mujeres no se nos permit√≠a correr maratones, ya que exist√≠a la creencia (cient√≠ficamente comprobada, por supuesto) de que si corr√≠amos distancias muy largas, se nos pod√≠a caer el √ļtero.

En 1967, Kathrine Virginia Switzer se inscribi√≥ en el marat√≥n de Boston con sus iniciales: “K. V. Switzer”. Y nadie sospech√≥ que no se trataba de un hombre.

En el documental El esp√≠ritu del marat√≥n (Spirit of the Marathon, 2007), del director Jon Dunham, Switzer cuenta lo que pas√≥ esa ma√Īana.

Poco despu√©s de comenzada la carrera, los periodistas que iban en el cami√≥n de prensa notaron que hab√≠a una chica corriendo y se acercaron para sacarle fotos. Al lado del cami√≥n, iba el autob√ļs con los oficiales de la competencia. Uno de esos oficiales era tambi√©n el codirector de la carrera. Al ver a Switzer, el codirector se baj√≥ enseguida del autob√ļs y trat√≥ de alcanzarla. Ella se dio cuenta de que algo pasaba y se dio vuelta para mirar. √Čl la agarr√≥, la tir√≥ hacia atr√°s y le grit√≥: “¡Andate de mi carrera y dame esos n√ļmeros!”. Al mismo tiempo, intent√≥ arrancarle el dorsal, en el que estaba anotado el n√ļmero 261. El novio de Switzer, que corr√≠a con el n√ļmero de dorsal 390, empuj√≥ al codirector, que aterriz√≥ en el suelo, y liber√≥ a su novia. Ambos siguieron corriendo, pero el acto de brutalidad y violencia que hab√≠a sufrido la dej√≥ muy mal. Ella cuenta que pens√≥: “Deber√≠a abandonar. No soy bienvenida”. Pero luego reflexion√≥ y se dijo: “No. Entren√© muy duro. Si me voy, van a decir que las mujeres no podemos hacerlo”. As√≠ que sigui√≥ corriendo y termin√≥ la carrera.


Ese d√≠a, Switzer corri√≥ el marat√≥n en 4 horas y 20 minutos. Junto con otras corredoras, luch√≥ para que la Asociaci√≥n Atl√©tica de Boston aceptara la participaci√≥n de mujeres, lo cual finalmente sucedi√≥ en 1972. En 1975, 8 a√Īos despu√©s de su primer marat√≥n, y nuevamente en el marat√≥n de Boston, Switzer logr√≥ su mejor marca: 2 horas 51 minutos y 37 segundos (aunque qued√≥ segunda).

Actualmente, el record mundial femenino lo tiene la británica Paula Radcliffe, con una marca de 2 horas 15 minutos y 25 segundos, en el maratón de Londres, en 2003.

Los 42 kil√≥metros y 195 metros que actualmente tiene el marat√≥n se fijaron en 1908, en los Juegos Ol√≠mpicos de Londres, aunque la categor√≠a ol√≠mpica femenina del marat√≥n se agreg√≥ reci√©n en 1984 (76 a√Īos despu√©s), en los Juegos Ol√≠mpicos de Los √Āngeles. All√≠ gan√≥ la medalla de oro la atleta estadounidense Joan Benoit, con un tiempo de 2 horas 24 minutos y 52 segundos. Cuando ella entr√≥ al estadio, ya para correr el tramo final hasta la meta, todo el p√ļblico se puso de pie para ovacionarla.

Sin embargo, a√ļn hoy las mujeres deportistas luchan por ser incluidas. Cuatro mujeres ciclistas hicieron una petici√≥n para que se agregue una categor√≠a femenina en el Tour de Francia. Ellas dicen:

“Tener una competici√≥n de mujeres profesionales en el Tour de Francia […] crear√° una oportunidad para demostrar que los mitos sobre las ‘limitaciones’ f√≠sicas impuestos a las mujeres son falsos. A fines de los 60, la gente asum√≠a que las mujeres no pod√≠an correr un marat√≥n. [Ahora] podemos ver cu√°n equivocado era aquello”.

Si desean firmar la petición de estas ciclistas, pueden hacerlo acá:


Me considero una maratonista. Ya corr√≠ tres veces el marat√≥n de la Ciudad de Buenos Aires. Este a√Īo fue la tercera. De un total de 7.275 competidores, solo 1.502 √©ramos mujeres. Muy pocas todav√≠a.

Me encanta correr. Amo correr. Adoro correr. Afortunadamente, mi novio también. Así que no nos cuesta irnos temprano de alguna reunión, un sábado a la noche, o directamente decir que no podemos ir, porque al otro día tenemos que correr 28 kilómetros en la Reserva Ecológica, o porque tenemos que levantarnos a las 5:00 para estar en la línea de largada de alguna carrera a las 7:30.

Creo que, para las mujeres, correr tiene un efecto de empoderamiento (del inglés empowerment). Correr me hace sentir fuerte, no solo físicamente, sino sobre todo mentalmente. Me mantiene estable. O, al menos, un poco más estable. Me hace feliz, aunque cuando estoy corriendo lo que siento la mayor parte del tiempo es sufrimiento.

Si alguien me preguntara en qué actividad de mi vida me siento más yo, la respuesta sería: corriendo. Corriendo distancias largas. Corriendo más de una hora a un ritmo sostenido. Eso me encanta. Todo lo otro que hago es solo una excusa para hacer lo que realmente me gusta: correr. Concentrarme en el camino y correr, pensando un poco en todo. Y en nada.

domingo, 24 de noviembre de 2013

"As√≠ como los aciertos propiciaron este sorpresivo 55 por ciento de los votos, con la misma velocidad, los errores los pueden disipar" dec√≠a Teodoro Boot hace m√°s de un a√Īo

Hoy a las 23:00 en FM La Tribu lo repensamos con Teodoro Boot y el P√°jaro Salinas


La sobreexposición presidencial *


por Teodoro Boot


Conservar la unidad de las fuerzas propias y dividir las adversarias es el principio rector de cualquier clase de disputa, sea política, militar, religiosa o callejera. Es un principio tan simple y elemental, tan de cajón, que no requiere de explicaciones ni fundamentos, y por eso mismo asombra que se lo deje de lado con tanta frecuencia, para lo cual sirven (pero no valen) infinidad de explicaciones.
En ocasiones, el olvido de ese principio fundamental se relaciona con el extravío o enturbiamiento de los objetivos principales y la dificultad de diferenciarlos de los secundarios, consecuencia casi natural del paso del tiempo y de la evolución de la disputa de marras: cada éxito supone una nueva acechanza, cada fracaso un desafío, cada solución da paso a un nuevo problema. Pero también ocurre por obcecación, arrogancia, descuido, inercia o simple rutina, por la natural tendencia a repetir conductas y estrategias exitosas en determinados momentos, pero no necesariamente en todos.

Repaso al vuelo

El colapso econ√≥mico y el desbarajuste pol√≠tico y social que encontr√≥ N√©stor Kirchner, le exigieron un protagonismo que remiti√≥ al de los primeros a√Īos de Alfons√≠n, e incluso lo super√≥: al nuevo presidente le era tan necesario sobreponerse a su debilidad electoral de origen como, en un pa√≠s desgarrado y sometido a dis√≠miles tensiones centr√≠fugas, resultaba indispensable reconstruir la autoridad pol√≠tica presidencial. Kirchner consigui√≥ reunificar y conducir al peronismo en casi todas sus variantes, ampliar su marco de alianzas con fuerzas afines y construir un consenso social mucho mayor de lo que el peronismo y sus nuevos aliados pod√≠an representar por s√≠ solos. En base a cuatro pilares (fin de la impunidad, reconstrucci√≥n econ√≥mica por medio de la renegociaci√≥n de la deuda y la sustituci√≥n de importaciones, fomento del consumo interno, integraci√≥n regional) naci√≥ lo que en tren de simplificaci√≥n o de nueva categor√≠a pol√≠tica y acaso hist√≥rica, se llam√≥ kirchnerismo.

Al fin del primer mandato se trataba de garantizar la continuidad de un todav√≠a difuso proyecto que ya comenzaba a denominarse “modelo nacional y popular”, lo que pod√≠a hacerse por medio del propio N√©stor Kirchner o a trav√©s de qui√©n √©l propusiera. ¿Qui√©n mejor para esto que Cristina Fern√°ndez? Como esposa y compa√Īera pol√≠tica de Kirchner, Cristina era la m√°s indicada garant√≠a de continuidad del gen√©rico “modelo”, pero desde un punto de vista pol√≠tico se hizo necesario realzar su figura, siempre bajo la amenaza de ser opacada por el prestigio del ex mandatario: ya desde un principio, la estrategia consisti√≥ en personalizar en Cristina la campa√Īa electoral y luego, y crecientemente, en concentrar en sus manos el grueso de las decisiones, proceso que se acentu√≥ a la muerte de N√©stor Kirchner.

La segunda etapa

La muerte del ex presidente y la extraordinaria congoja popular que produjo puso en marcha por parte de los enemigos del movimiento nacional m√°s l√ļcidos lo que alguna vez llamamos “Operaci√≥n Kirchner”. Esto es, elogiar de tal modo al muerto –que ya no jode– como para que ninguno de los vivos –que todav√≠a pueden joder– pudiera compar√°rsele… empezando por la presidenta de la Naci√≥n. En ese momento y con la perspectiva de una campa√Īa electoral decisiva para la continuidad del proceso iniciado en 2003 se reafirm√≥, muy justificadamente, la pol√≠tica de centralizaci√≥n y concentraci√≥n del poder en manos de la primera mandataria. La estrategia fue exitosa: tras la elecci√≥n del 23 de octubre de 2011, qued√≥ claro que la Presidenta no deb√≠a a nadie en particular ninguno de los 11.865.055 votos obtenidos, con lo que su poder, autoridad y capacidad de conducci√≥n quedaron reafirmados y reforzados.

Paralelamente, la administraci√≥n tendi√≥ a ampliar los derechos ciudadanos, atendi√≥ con m√°s tino las demandas sociales por medio de una asignaci√≥n universal a la que en a√Īos anteriores se hab√≠a negado, increment√≥ el nivel de empleo y la capacidad adquisitiva del salario, recuper√≥ el manejo de los aportes previsionales, promovi√≥ en los foros y cumbres pol√≠ticas la integraci√≥n regional, nacionaliz√≥ el paquete mayoritario de una YPF ya vaciada pero aun controlante de la mayor parte del mercado, protegi√≥ la industria nacional y preserv√≥ el super√°vit comercial mediante un f√©rreo control de importaciones, “nacionaliz√≥” el Banco Central, impidi√≥ la corrida cambiaria y mantuvo el d√≥lar comercial a valores adecuados para la promoci√≥n de la industria nacional y la defensa del salario, fracas√≥ en el intento de aprovechar con m√°s racionalidad la renta diferencial de la producci√≥n cerealera, no consigui√≥ impedir y m√°s bien acentu√≥ la sojizaci√≥n, sigue sin definir una pol√≠tica minera, el sistema ferroviario contin√ļa deshaci√©ndose en base al descuido, la inoperancia y la corrupci√≥n, se deterior√≥ en los hechos la relaci√≥n con los pa√≠ses del Mercosur mediante un proteccionismo a rajatabla, al bulto y sin matices, la pol√≠tica de precios de la recuperada YPF no tiende a regular el mercado sino que contribuye a la inflaci√≥n acercando sus tarifas a las de la competencia, y al negar la necesidad y existencia de tipos de cambio diferenciales, la administraci√≥n contribuy√≥ a enturbiar el mercado de divisas.

El 7-D no es el fin

En el medio de todo eso, una disputa con los grupos de poder económico y mediáticos cuya punta de lanza es el grupo Clarín.

No es una pelea menor ya que está en juego la democratización de la información y la difusión, indispensables para una efectiva democratización política y la ansiada y todavía pendiente democratización social y económica, pero no se trata del centro del mundo ni mucho menos. No es, no debería ser el centro de gravedad de las políticas gubernamentales.

Sin embargo, la disputa contribuye a desquiciar aun más la desquiciada y desquiciante política comunicacional gubernamental hasta el punto de volverla un espejo de la del grupo Clarín, y desconcierta de tal modo a la dirigencia y militancia kirchnerista, que la lleva a confundir sus propias preocupaciones y problemáticas con las preocupaciones y problemás de la sociedad.

Por otra parte, la principal dificultad para la aplicaci√≥n de la ley de servicios audiovisuales no radica en el recurso de amparo a la desinversi√≥n de los grupos monop√≥licos, sino en la deficiente pol√≠tica gubernamental: sin fomento y apoyo financiero, tecnol√≥gico y publicitario a los medios comunitarios y sociales, la aplicaci√≥n del art√≠culo 161 s√≥lo alterar√° la relaci√≥n de poder entre los distintos grupos econ√≥mico‑medi√°ticos sin contribuir a una cabal democratizaci√≥n del sistema. En ese sentido, al poner el centro de la disputa en el 7 de diciembre, momento en el que al parecer empezar√° a regir plenamente el art√≠culo 161, la militancia kirchnerista est√° colocando el centro de gravedad de su acci√≥n en un factor secundario del problema, eludiendo el principal.

Mirando al revés

A juicio de quien escribe, este desconcierto es una de las consecuencias indeseadas del proceso de concentraci√≥n de que habl√°bamos antes y que lleva a que el destinatario de las acciones pol√≠ticas deje de ser el pueblo, la propia base social, a cuyas preocupaciones y necesidades es necesario atender, y pase a ser el gobierno y, espec√≠ficamente, la Presidenta. Se vuelve as√≠ al origen medieval del concepto de representaci√≥n, cuando los diferentes gremios y sectores se “representaban” desfilando ante el rey o se√Īor feudal. Se trata, entonces, de una pol√≠tica cuyo p√ļblico no se compone de una multiplicidad de necesidades y percepciones diferentes, lo que demanda y propicia cierto grado de sofisticaci√≥n, perspicacia y sutileza, sino de una pol√≠tica que atiende a la percepci√≥n de una sola persona, o en el mejor de los casos a un peque√Īo grupo, lo que necesariamente la vuelve burda, simple, demasiado lineal y en consecuencia, ineficaz.

A la vez, la propia administraci√≥n, lo que se da en llamar la gesti√≥n, se vuelve descuidada y torpe, tan pendiente de las directivas que recibe como desatenta a la realidad que debe atender, y es de este s√≠ndrome de donde provienen los principales problemas pol√≠ticos que el gobierno de Cristina Kirchner ha debido enfrentar en los √ļltimos tiempos. No han sido √©xitos ni operaciones de la oposici√≥n, conjuras sectoriales (tan propias a los seres humanos como la respiraci√≥n alveolar) ni operaciones medi√°ticas, como se empe√Īa en afirmar y, peligrosamente, hasta creer, gran parte del espectro kirchnerista, obsesionado en escandalizarse de la maldad y sevicia de sus enemigos.

La perfidia de las cacerolas

La √ļnica acci√≥n opositora exitosa que no obedeci√≥ a la “iniciativa” del propio gobierno fue el cacerolazo porte√Īo del 13 de septiembre. Que gracias a una adecuada sincronizaci√≥n y a una inteligente concepci√≥n, pudo hacer confluir en un solo acto una multiplicidad de demandas de variad√≠sima naturaleza y car√°cter eminentemente contradictorio.

Que el √°nimo antipol√≠tico es con frecuencia alimentado y generalmente aprovechado por la derecha m√°s dura, no constituye ninguna novedad. Lo mismo puede decirse del sentimiento de inseguridad p√ļblica, alimentado ya desde el siglo XIX por aquellos que buscan imponer reg√≠menes totalitarios y represivos. Pero la “denuncia”, la pasmosa revelaci√≥n de que el mate tiene agujero, no elimina la sensaci√≥n de inseguridad ni el sentimiento antipol√≠tico. Tampoco lo hacen las explicaciones racionales o cient√≠ficas; se trata de percepciones irracionales contra la que no valen l√≥gicas ni argumentos sino que son necesarias las equivalentes operaciones sicol√≥gicas de signo opuesto.

Estas sensaciones estuvieron y estar√°n en la base de las protestas de una clase media, seg√ļn se mire, extra√Īamente irritada, en ocasiones racista, xen√≥foba, patriotera y a la vez antinacional, engre√≠da y autodenigratoria. Se trata de una derecha que todav√≠a “no osa declarar su nombre”… aunque el PRO y Mauricio Macri ya se van atreviendo. Esto no es novedad y resulta bastante tonto denunciar a la derecha por ser derecha o al menos creer que con esa denuncia se consigue algo m√°s que reafirmar las convicciones de los propios, natural efecto del permanente hablarse encima del kirchnerismo.

Se trata, por el contrario, de advertir que la artera, malvada, diab√≥lica y todos los descalificativos que se quiera, convocatoria, instrument√≥ para sus fines un clima social que pasa inadvertido al oficialismo, a un gobierno y a una fuerza pol√≠tica empe√Īados en mirarse y en hablarse a s√≠ mismos.

La legitimidad de origen

Frente a las objeciones se recuerda sistem√°ticamente el casi 55 por ciento de los votos obtenidos frente a un resto del mundo disperso y desunido. Es verdad que la democracia es el gobierno de las mayor√≠as, pero ¡attenti! Esa clase de mayor√≠as son ef√≠meras y circunstanciales, sumamente vol√°tiles y por esa raz√≥n requieren de una permanente atenci√≥n y recreaci√≥n. El 30 por ciento con aire a cat√°strofe que anunciaba el irremediable final del kirchnerismo del 2009, apenas dos a√Īos despu√©s se volvi√≥ un 55 por ciento que desconcert√≥ completamente a la oposici√≥n. No fue magia sino la consecuencia de las pol√≠ticas de redistribuci√≥n y atenci√≥n de las necesidades sociales, aplicadas en forma decidida reci√©n con posterioridad a la derrota pol√≠tica contra los productores agr√≠colas del 2008 y a la electoral de 2009.

Pero as√≠ como los aciertos propiciaron ese sorpresivo incremento del 25 por ciento, con la misma velocidad, los errores los pueden disipar. Y es en ese sentido que la insistente apelaci√≥n al porcentaje de votos obtenidos se vuelve un recurso de valor relativo y hasta contradictorio: las mayor√≠as hay que conservarlas e incrementarlas no s√≥lo cada dos a√Īos, sino cotidianamente. Los porcentajes obtenidos en una elecci√≥n previa valen para la lucha legislativa, pero no son suficientes para la lucha por la opini√≥n y el estado de √°nimo. Por el contrario: a menudo son percibidos como una imposici√≥n a√ļn por aquellos que con su voto contribuyeron a conformar esa mayor√≠a. A nadie le gusta que refrieguen por la trompa un √©xito que en muchos casos contribuy√≥ a crear.

Es apenas algo probable que sea debido a la concentraci√≥n del poder, la pol√≠tica y la palabra que el oficialismo se haya vuelto tan autorreferencial y autosuficiente, pero es seguro que la autorreferencialidad y la autosuficiencia provocan la p√©rdida del sentido de la realidad. De percibir el modo en que los distintos sectores sociales “sienten” la realidad. Para esto, hay que estar m√°s atento a la base que a la c√ļspide. Hay que hacer las colas en la verduler√≠a, viajar en transportes p√ļblicos, esperar en la consulta m√©dica, escuchar sin descalificar, sin despreciar, sin simplificar lo que se percibe con argumentos l√≥gicos y racionales: las sensaciones son sensaciones, por definici√≥n, il√≥gicas e irracionales, pero siempre constituyen un dato insoslayable de la realidad. La pol√≠tica no es el arte de negar la realidad ni descalificar las sensaciones sino el de transformarlas e instrumentarlas para fines l√≥gicos y racionales. Para lo cual es preciso, en primer lugar, reconocerlas.

Pensamientos de importación

En el lenguaje se utilizan crecientemente t√©rminos originados en malas traducciones del ingl√©s que acaban tergiversando su sentido en catellano. Para un caso, bizarro (valiente, gallardo, intr√©pido) ha tornado a significar “extravagante” por el ingl√©s “bizarre”, o el “low profile” que alude a la altura de las siluetas en un radar, en el vulgarizado “bajo perfil” con que aburre la jerga period√≠stica.

Esta falta de personalidad ling√ľ√≠stica es tambi√©n una falta de personalidad y de identidad pol√≠tica cada vez que se pretende trasladar a nuestra propia especificidad conceptos nacidos de realidades completamente diferentes, para el caso, “el s√≠ndrome del pato rengo” con que se alude en Estados Unidos a las dificultades de los presidentes de ese pa√≠s durante los dos √ļltimos a√Īos de su segundo mandato.

La realidad material, institucional y pol√≠tica norteamericana guarda poca o ninguna semejanza con la argentina, con lo que trasladar esa figura constituye un absurdo y alienta numerosos errores nacidos de la creencia de que, ante el impedimento constitucional de una nueva reelecci√≥n, la autoridad presidencial pudiera diluirse. Sin embargo, ni en nuestro caso –ni en los de los pa√≠ses m√°s afines– es el impedimento reeleccionario la causa de la disminuci√≥n de la autoridad presidencial: no lo ha sido en nuestra experiencia inmediata cuando N√©stor Kirchner anunci√≥ su negativa a presentar su candidatura para el 2007, ni cuando Lula hizo lo propio, se√Īalando como su candidata a sucederlo a Dilma Roussef , ni suele ocurrir en Uruguay o Chile, pa√≠ses que no contemplan la reelecci√≥n presidencial.

En nuestros países ocurre a la inversa que en Estados Unidos: de gozar de una verdadera legitimidad, tanto de origen como reafirmada en la práctica cotidiana, en la resolución de los problemas concretos del país y sus habitantes, el prestigio y el poder de un presidente no sólo no mengua ante el impedimento constitucional, sino que se acrecienta por la sola fuerza de las cosas: deja de ser un blanco móvil de las diversas oposiciones.
Esta inferioridad, esta pereza conceptual que lleva a transpolar la figura del “pato rengo”, sumada a la insistencia en perpetuar una estrategia pol√≠tica adecuada a otras circunstancias, ha llevado al oficialismo una operaci√≥n pol√≠tico‑sicol√≥gica que se le ha vuelto en contra: la de evitar el mentado s√≠ndrome con la velada alusi√≥n a una reforma constitucional que habilitar√≠a la reelecci√≥n.

Lecciones del 49 y realidades nacionales

Por una com√ļn experiencia generacional y pertenencia pol√≠tica es dif√≠cil creer que la presidenta piense seriamente en esa posibilidad. Si hay algo en lo que los peronistas de su generaci√≥n coincidimos, es en el modo en que la reelecci√≥n de Per√≥n diluy√≥ la importancia de la reforma constitucional m√°s trascendente de la historia argentina y c√≥mo fue √ļtil para que la reacci√≥n pudiera librarse de ella con tanta facilidad, en particular, de su art√≠culo 40. De ser indispensable una reforma constitucional, de no poderse sortear mediante leyes espec√≠ficas las trabas e impedimentos antinacionales de la actual Carta Magna, ser√≠a preciso que su convocatoria fuera obra de una mayor√≠a de fuerzas pol√≠ticas y excluyera taxativamente un tercer per√≠odo presidencial consecutivo, ya que esta opci√≥n desnaturalizar√≠a el sentido de la reforma tanto como la cl√°usula reeleccionaria contribuy√≥ a restar legitimidad a la Constituci√≥n de 1949.

El remedio reeleccionista para aventar el s√≠ndrome del pato rengo se complementa y realimenta de la end√©mica a‑institucionalidad argentina y latinoamericana, que no obedece a nuestra natural perversidad “antidemocr√°tica” sino a razones hist√≥ricas. Para no entrar en explicaciones que dificultar√≠an mucho la lectura de esta nota, adm√≠tase la afirmaci√≥n de que en las semicolonias, en los pa√≠ses dependientes o “en v√≠as de desarrollo”, las “instituciones” no son, como en los pa√≠ses “desarrollados”, consecuencia de un proceso previo de construcci√≥n nacional sino que, por el contrario, han sido instrumentos utilizados para impedir la organizaci√≥n nacional.

Es as√≠, valga el ejemplo al paso, que se insiste en hablar de “instituciones de la rep√ļblica” cada vez que se pretende impedir a las mayor√≠as representar el inter√©s popular, en una deformaci√≥n tal de las cosas que se confunde democracia con rep√ļblica y, al insistirse tan machaconamente en el derecho de las minor√≠as pol√≠ticas se acaba pretendiendo que la democracia (por definici√≥n, gobierno del pueblo) no es sino aristocracia, gobierno de las minor√≠as y en consecuencia, su opuesto.

La necesidad de un o una líder

Esta deformaci√≥n de la percepci√≥n pol√≠tica alienta la perpetuaci√≥n de otro tipo de institucionalidad antipopular y en consecuencia antinacional, que es la del Estado en s√≠ mismo, en las trabas e impedimentos internos que lo paralizan, y muy especialmente, de un sistema judicial, “garante de la constitucionalidad” que no es otra cosa que una secta olig√°rquica de naturaleza curial y esp√≠ritu clasista.

Es natural, entonces, que los movimientos nacionales tiendan a prescindir de “las instituciones de la rep√ļblica” (aun aquellos que apelaban a su “regeneraci√≥n”, como el yrigoyenismo) y en su af√°n democratizador esbocen una nueva clase de institucionalidad cuyo primer paso es la concentraci√≥n del poder, la pol√≠tica y la palabra en una sola persona, un l√≠der o personalidad carism√°tica.

La reiteración del fenómeno en distintos momentos del tiempo y en diferentes países latinoamericanos permite suponer que obedece a alguna lógica, que tiene razón de ser, y hace sospechar de su inevitabilidad. A la vez, la experiencia histórica demuestra que la aparente inevitabilidad de la personalización de los movimientos nacionales constituye su principal limitación y ha sido la causa frecuente de su fracaso.

¿Por qu√© decimos esto? Por lo que dec√≠amos al principio, porque la personalizaci√≥n, la excesiva concentraci√≥n del poder, la pol√≠tica y la palabra, invierte la direcci√≥n de la pol√≠tica, obtura la discusi√≥n, debilita las fuerzas propias, conforma una corte servil, absorta, pendiente de La Palabra y en consecuencia desatenta a la realidad, las distintas problem√°ticas que se presentan y al siempre variable humor y sensibilidad populares.

El fantasma de la reelección

En la actual realidad pol√≠tica argentina, la reelecci√≥n presidencial es un fantasma que sobrevuela el discurso opositor, el oficialista y aun el oficial, nunca reafirmado y nunca desmentido. Es verdad que no puede desmentirse lo que nunca se afirm√≥, pero el kirchnerismo y hasta la propia presidenta juegan con la ambig√ľedad y el misterio, tal vez en un intento de sortear el “s√≠ndrome del pato rengo”, pero en los hechos ofreci√©ndole a las distintas oposiciones un factor de unidad, y a la dispersa irritabilidad de las clases medias, un inigualable punto de confluencia.

Por otra parte, en todos los mentideros oficialistas se secretea que la presidenta no desea ni aspira a un nuevo período, lo que de ser cierto, vuelve todo este asunto mucho más demencial.

Más allá de gustos y convicciones, la pregunta que corresponde hacer es si se cree realmente factible una convocatoria constituyente, y en tal caso, si por obra de las mayorías legislativas consigue declararse la necesidad de la reforma, la discusión acerca de una nueva reelección presidencial será factor de unidad y fortaleza de las fuerzas propias o lo será de las opositoras.

¿Ser√° as√≠ o acaso se arriesgar√° a la presidenta a una dura derrota pol√≠tica? Una derrota que no consistir√° en el fracaso de la reelecci√≥n sino, por obra del mero paso del tiempo, en la mera percepci√≥n de que no se la pretende debido a la oposici√≥n que la idea hubiera desatado.

A este fantasma nunca confirmado ni desmentido, se a√Īade una sistem√°tica y descabellada sobreexposici√≥n presidencial que lejos de fortalecer el poder y el prestigio de la Presidenta lo debilita, volvi√©ndola √ļnico sost√©n pol√≠tico, √ļnica voz p√ļblica de su gobierno, fusible de s√≠ misma y centro de todos los ataques. Para utilizar una analog√≠a de un destacado dirigente oficialista, se trata del intento de desembarco en una playa enemiga llevada a cabo por una multitud de intrascendentes y peque√Īos botes desarmados y, en medio de ellos, una gigantesca nave insignia, iluminada a pleno y blanco f√°cil del bombardeo enemigo.

El efecto bola de nieve

Lejos de las teor√≠as que cifran en la lucha de clases o en los complots la marcha de la Historia, quien escribe sospecha que son la inercia y la estupidez las dos principales fuerzas que signan el destino de los asuntos humanos. Una cosa lleva a la otra y entre todas crean el efecto bola de nieve: basta arrojar descuidadamente una peque√Īa piedra desde la cima de una monta√Īa para provocar lo que de a poco, casi imperceptiblemente, va tomando la forma de un al√ļd incontenible e incontrolable. Por eso, a veces es necesario parar en seco, pisar la pelota y levantar la cabeza para mejor calibrar el panorama, por m√°s que la afici√≥n bufe, cre√≠da de que la mucha agitaci√≥n, el movimiento inconducente, la actividad fren√©tica, son sin√≥nimo de avance y de progreso.

La persistencia en el tiempo y m√°s all√° de las circunstancias en una estrategia electoral que result√≥ exitosa pero que hoy suena anacr√≥nica, la proverbial tendencia de los movimientos nacionales a la personalizaci√≥n, el irracional y muy prematuro temor al “s√≠ndrome del pato rengo”, la creencia de que se lo evita alentando el fantasma de la reelecci√≥n, olvidando que el principal poder presidencial en el √ļltimo tramo del mandato radica en su prestigio y su capacidad de se√Īalar al sucesor con mayores posibilidades, est√°n acentuando la sobreexposici√≥n presidencial y propiciando su desgaste en forma suicida.

Hay en este punto un agujero negro en el oficialismo que radica en su imposibilidad de objetivar un proyecto, de precisar sus objetivos y características y diferenciar lo principal de lo secundario. En ausencia de estas precisiones y profundizaciones, consecuencia de la discusión y el debate, se apela a la pertenencia, confundiendo proyectos con personalidades y la legítima e indispensable continuidad de un proyecto de reconstrucción nacional con la continuidad de grupos y círculos políticos.

Hay que cuidar a Cristina

El proyecto kirchnerista, aun con sus vac√≠os, imprecisiones y defectos, es vital para el pa√≠s, y es el pa√≠s y no un grupo pol√≠tico el que necesita de su continuidad. Parar la pelota es, en primer lugar, detenerse a distinguir las cosas, abrir los ojos y salir de las percepciones estrechas de los peque√Īos c√≠rculos. Luego, definir con mayor precisi√≥n, la imprescindible para la continuidad de los principales ejes, la naturaleza y alcances del proyecto, del “modelo nacional y popular”, para garantizar su supervivencia por medio de la continuidad de sus l√≠neas principales.

Para esto, resulta indispensable cuidar, proteger la autoridad, el prestigio y la figura presidencial, preservarla de los ataques y la sobreexposición, pues serán esa autoridad y ese prestigio, de perdurar, las garantías de continuidad de un proceso. Si no se consigue diferenciar un proyecto de los grupos y personas que circunstancialmente lo encarnan, lo más probable será que la obcecada preservación de los grupos y personas acabe destruyendo las posibilidades y continuidad del proyecto que se aspira a defender.

Publicado originalmente en el Blog del Ingeniero, el 21/10/2012. Hacer click ac√°.