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martes, 18 de noviembre de 2014

¿Qué Herzog? ¿el guionista de Lost?

(A propósito de Wings of hope de Werner Herzog, Alemania, 2000)



por PabloT

Es 1971. Un avión cae en el Amazonas. El vuelo, de Lima a Cuzco, ya venía precedido por oscuros presagios: pésima línea aérea, demoras, accidentes anteriores… Un cineasta, que en esa época andaba filmando por la región las demenciales aventuras de un conquistador español del Siglo XVI, zafa mágicamente de abordar el aparato debido a la suspensión de un vuelo previo (pero recuerda haberse codeado en el aeropuerto con los pasajeros del fatídico episodio). Una sola sobreviviente, alemana, cuyo padre biólogo dirige una estación de estudios en plena selva, logra abrirse camino merced a un ímpetu positivista y a cierto conocimiento empírico de la naturaleza. Con sus llagas, avanza trabajosamente desde los despojos del avión hasta el arroyo que, presume, pronto la depositará en un río donde alguna embarcación terminará rescatándola. Sin embargo, salvarse no resulta tan fácil: mucho más tarde, una recorrida aérea por el lugar demuestra que el arroyo confluía en un riacho de serpenteante forma, nada navegable e, irónicamente, cerca del correcto. Juliane Koepke, puro triunfo de la voluntad, persiste en la senda equivocada hasta que a los 12 días avista una cabaña en la ribera.

Casi tres décadas después, Juliane, animada por aquel cineasta que acaso pudo haber muerto en la misma catástrofe, vuelve al lugar a reconstruir su periplo, empezando por la caída en tirabuzón hacia esas nutridas copas de árboles que desde arriba asemejan brócolis, hasta el reencuentro con su salvador. Mientras nuevos restos del crash florecen, ella, a quien es difícil no catalogar de masoquista -salvo que creamos en que para liberarse de un trauma hay que volver a pasar por la misma situación que le dio origen (¡gracias, Hollywood!)- recorre otra vez la senda para explicar, incólume, didáctica y mirándonos a los ojos, a qué cosas temerle y a cuáles no, más lo relativo a la vegetación, a los animales salvajes y a la búsqueda de comida.

Y la cámara está ahí. Permitiendo que el presente se superponga con el pasado y lo onírico supure. O desviándose hacia la belleza sorpresiva que el mundo regala a los atentos (como en esa inesperada toma a la niña de tímida sonrisa). En un devenir pausado, apenas escandido por la dulce voz narrativa de uno de nuestros directores/anfitriones favoritos.

Pero, aguarden…aviones que se caen, destinados encuentros en aeropuertos, flashbacks y flashforwards, gente macheteando la vegetación para abrirse paso, una estación de estudios biológicos en plena selva, una versión alternativa de lo ocurrido (en el extracto de un impresentable film alemán sobre Juliane), un travelling que deja entrever un oso taxidermizado…¿no remiten a cierta serie de alcance global?

Mientras se siguen deshilachando los múltiples cabos que, a manera de fuga hacia delante, se fueron abriendo en la serie Lost (los cuales, no les quepa duda, derivarán en una enclenque solución deux ex machina), la única lucha de los guionistas en la temporada final no será con la lógica interna de la historia sino con la medición de rating, presionados para que los espectadores no abandonen el barco (o el avión), la tele o la compu. Y del otro lado de la pantalla, la furibunda audiencia global demanda por un supuesto derecho a no ser estafada en su devoción adrenalínica. Ignoran, pobrecitos, que por toda respuesta recibirán malas digestiones de Philip K Dick.

Para Werner Herzog, completamente en otra sintonía, la cosa parece tanto más sencilla. Se trata de estar abierto a las historias que ya existen para descubrir en ellas personajes que, de tan increíbles, sólo pueden pertenecer a este mundo en que vivimos: un adorador de osos, Juliane, unos científicos en la Antártica, ¿Kinski?

Coherencia visual y sonora en universos inventados que están todos en éste, fluyendo sin demandar puntos finales.

Pienso: así como en formato televisivo David Lynch pudo desarrollar su Twin Peaks o Fassbinder su Berlin Alexanderplatz, ¿qué no podría hacer Herzog con un avión cayendo, una isla fuera de radar, personajes mesiánicos, y dinero para la producción de unas cuantas temporadas?

(Esta nota fue publicada en el número 23 de revista La otra, verano 2010; se reproduce aquí con levísimas variantes).


NOTA DEL EDITOR DE LA OTRA: Volvemos a traer al blog esta nota porque Wings of hope se proyectó el sábado pasado en el ciclo "La mirada de Herzog", que se está llevando a cabo en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (Uriburu 1345, 1º p). El ciclo, coordinado por Mónica Giardina y Oscar Cuervo, sigue este sábado con la proyección de otros dos extraordinarios documentales de Herzog:

- El gran éxtasis del tallador de madera Steiner (Die große Ekstase des Bildschnitzers Steiner; Alemania, 1973)

- Lecciones de oscuridad (Lessons of darkness, 1992).


Las películas se proyectarán completas y con subtítulos en castellano. En Uriburu 1345, 1° piso. Informes: 4822-4690 o 4823-4941. Más información sobre el ciclo acá.

En un próximo post quiero agregar algunas ideas que me provocó esta nueva visión de Wings of Hope.

jueves, 14 de agosto de 2014

Israel en Palestina: borramiento y reescritura de la historia

Jaffa, la mecánica de la naranja (una película de Eyal Sivan) online



por Pablo Taskar

No vamos a venir a descubrir ahora que lo que llamamos "realidad" es una construcción que se hace desde algún lugar ideológico, y no hace falta ser Roland Barthes para comprender que tanto las imágenes como las fotografías que nos atosigan desde los medios son mensajes nada neutrales emitidos para crear un efecto social o político.

Jaffa, la mecánica de la naranja (Eyal Sivan, Israel, Francia, Bélgica.Alemania, 2009) despliega con actitud didáctica cómo el sionismo construyó, a partir de la apropiación simbólica de ciertas naranjas, un relato fundacional que nunca se cuestionó:

"Había una vez una tierra desprovista de cultura laboral, desaprovechada y árida que, a partir del establecimiento del Estado judío y su voluntad pionera, logró ser trabajada y entregar al mundo las más preciadas naranjas".

Pero ocurre que la naranja de Jaffa, famosa en Occidente unas cuantas décadas antes de 1948 (el año en que se fundó Israel), era cosechada para su exportación por emprendedores árabes, judíos y palestinos trabajando en armónica convivencia. Como lo prueban testimonios, melodías, viejos poemas y filmaciones de archivo en este documental impecable que, por una cuestión biográfico personal, fue lo que más me movilizó del Bafici 2010.

Cuando mis hermanos y yo íbamos al colegio (a la mañana, castellano, a la tarde hebreo), la idealización de esas comunas agrícolas socialistas denominadas kibbutzim (hoy devenidas en empresas hipercapitalistas), era un potente gancho propagandístico que instaba a un deber desear establecerse allí para todos los judíos del mundo. Y uno, calado por el entusiasmo de las maestras, con la ilusión de vivir como un adolescente independiente y -también esto- imaginándose a salvo de todos los antisemitismos, compraba el blindado discurso institucional. En el que tenían gran preponderancia las dichosas naranjas. Los jóvenes israelíes se veían felices recolectándolas, y sus fotos enviaban el metamensaje de que estaban contribuyendo a generar la riqueza de un país que -no cabía otra- era necesariamente nuestro.

La flecha educativa marcaba como corolario una experiencia vivencial a los 15 o 16 años: el Plan Tappuz (o sea, Plan Naranja), que te llevaba por dos meses a un kibbutz para convivir y trabajar con gente de todos lados. Una aventura gozosa de la que solías regresar con incrustaciones de ideario sionista ad hoc.

Eyal Sivan reconstruye el derrotero del cítrico, primero mostrando la coexistencia pacífica de las razas que con él hacían su negocio, luego con su expropiación (junto a las tierras) por parte de Israel, y posteriormente con los boicots árabes a su distribución mundial, en tanto emblema estratégicamente estatuído de la nación hebrea.

A diferencia de otros documentales sobre palestinos e israelíes repletos de checkpoints, soldados, lanzamiento de piedras o atentados suicidas, Jaffa... se enfoca en estas naranjas tan reivindicadas por unos y por otros, para proponer una tarea ardua, pero de beneficio muy concreto: restituirlas como símbolo común y unificador, tornarlas imagen-fuerza cuya sola evocación subraye que la convivencia es posible porque, sencillamente, ya aconteció hace no demasiado tiempo. (Publicado originalmente en el blog Viviendo dos veces).

La película se puede ver acá completa y en castellano:


jueves, 2 de agosto de 2012

Gatitos

In memorian Chris Marker, (1921-2012)


por Pablo Taskar

2001, Paris, sus avenidas, edificios, estaciones de métro, y una pregunta en intertítulo: "¿alguien notó los gatitos sonrientes dibujados por toda la ciudad?".

Con este disparador, este collage entre film-ensayo y cínema vérité llamado Chats Perchés (2004) invita no sólo a recorrer el espacio urbano, sino a vivirlo a través del arco de acontecimientos de una época breve pero intensa (2000-2004) que vuelve a impulsar a la gente a la calle para manifestarse respecto del 9/11, de la guerra de Bush avalada por colegas europeos, y frente a la posibilidad de un Le Pen gobernando.


Pero, ojo, Chris Marker -cineasta de la memoria (o mejor: de imágenes fijadas en la memoria, como Resnais)- no es ingenuo ni demagogo, sabe que no hay más mayo del ´68 y subraya las contradicciones que a veces se encubren bajo la más legítima de las protestas.

Es que la realidad viene cada vez más compleja, sugiere, y si bien Saddam fue víctima de la mentira de las armas químicas (o sea, defendible por eso), pregúntenle a los kurdos quién vivió gaseándolos...

Así, Chats Perchés es el documental de un escéptico, pero uno que, además, posee la capacidad de transmitir simultáneamente eso tan bello y difuso reconocible como joie de vivre. Uno nota la comunión de su cámara con lo que pasa en la calle, su instinto para captar la poesía espontánea de las situaciones.

(Una paloma vuela por los pasillos del métro, hasta que la perdemos de vista en un recodo, de cuyo fondo emerge, difusa, la silueta de una persona. Un intertítulo -la voz y el comentario del narrador en el film- nos había advertido antes: "Veremos una paloma que se convierte en hombre")

Por doquier: en los tejados, en el cemento, en las pancartas de los manifestantes, en el subterráneo, en carteles contra Bush (“make cats, not war!”), en el hueco de un árbol.

Sin simbologías obvias, más bien emergiendo como impulso lúdico de libertad ciudadana.

Aparecen, no pueden no estar, descienden del gato de Alicia y –ligeramente manga- del Gatobús de Totoro.


Momentos de un humor muy Tati: transeúntes intentando sortear los excesivos autos, paraguas abriéndose en una impensada coreografía colectiva. Gatitos reales, también: al pie de escaleras, rescatados de la rama de un árbol, lamiéndose las patas…

Un caleidoscopio que no por optimista descuida la mirada atenta al gradual retroceso de la marcha colectiva, vital y comprometida, hacia una nueva desintegración en pequeños individuos encerrados en sí mismos, embobados por pantallas nacionalistas que transmiten partidos de la Selección Francesa de fútbol, seducidos por el hedonismo de sus dioses deportivos en monumentales afiches…

Entonces, poco a poco, eso que empieza a acontecer va provocando la desaparición de los sonrientes gatitos dibujados, que van esfumándose de los lugares que solían frecuentar.


¿Volverán? El mundo parece haberlos olvidado, pero el contorno de sus figuras, proyectadas en el suelo hacia el final del film, nos recuerda con moderada ilusión que allí están, esperando.

Listos para apoyarnos si decidiéramos hacernos cargo de nuestra libertad y arriesgarnos a ser menos frívolos, menos paranoicos.

BONUS TRACK : ¿cómo llegué a Chat Perchés?

Agnes Varda en Las plages de Agnes revisita los hechos de su vida y contacta en el camino a un Chris Marker que la increpa amistosamente acerca de mayo del ´68, con voz distorsionada y cara oculta detrás de la máscara del gato sonriente. Felinos de distintas estirpes y formas brotaban, asimismo, en su ensayo-viaje por la hiperbólica Tokyo Sans Soleil, recordé en ese momento.

Y como la cinefilia es naturalmente detectivesca, imaginé que la clave estaría en la explícitamente gatuna Chats perchés que, por supuesto, ni estrenada, ni VHS ni DVD disponibles.

Manos a la obra, entonces. Acicateado a buscar la gema obviamente la encontré (aunque con subtítulos en inglés), convencido de que acceder a este tipo de cosas también es, a su manera, practicar la résistance.

miércoles, 12 de octubre de 2011

La espera de un desastre inevitable

La soufrière (este viernes 20:30 en Humberto Primo 775) *



¿Alguien recuerda cuando Wim Wenders (en Tokio Ga, de 1985) mostraba a Werner Herzog en el alto mirador de una gigantesca torre tokyota, explicando su presencia allí para intentar captar alguna imagen del mundo que aún no hubiera sido filmada? Esta motivación, toda una vertiente del cine de Werner, es susceptible de ser inferida a partir del mediometraje La Soufriere.

Veamos. Se espera en forma inminente la erupción de un volcán ubicado en una isla habitada de las Antillas francesas. La catástrofe sería de tal grado que imperiosamente se evacúa la villa a sus pies, quedando abandonada e intacta, un pueblo fantasma habitado por animales y basura. El suceso fascina a Herzog que, en la piel del realizador intrépido y buscador de lo inexplorado, papel que iría perfeccionando a lo largo de los años, se dirige allí, arriesgándose él y su equipo. En el lugar, además de toparse con ciertos marginales que pese al peligro rehúsan marcharse –típicos excéntricos non fiction de su cine-, registra imágenes al borde de la abstracción, tan extraterrestres como las que la NASA le facilitaría luego para The wild blue yonder (2005). Las nubes de gas bordeando los alrededores del volcán, borrando progresivamente los contornos geográficos de referencia: inolvidables.

El asunto es que los indicios del desastre comienzan a disminuir y la gente regresa a sus hogares para retomar su vida, situación que Herzog vive como fracaso personal; él había ido a filmar el Apocalipsis desde la primera fila.

II

Es preciso hacer mía una cita del cónsul romano Marco Tulio Ciceron (“Si no me avergüenza pensarlo, no tendría que avergonzarnos decirlo”) como un acicate para descerrajar la primera sensación al volver a ver La Soufriere. ¿Por qué Herzog, con todo el pueblo de la isla caribeña de Guadalupe evacuado, porfía en ubicarse al borde de la montaña, en la primera fila, para registrar la inminente catástrofe (y de paso, morir)? ¿Es estúpido o qué?

Lo solemos catalogar de romántico, siempre en busca de la imagen virgen, del lugar inexplorado con un plus de etnografía fantástica. En este caso, su dulce voz de narrador omnipresente nos informa que en ese verano de 1976 vienen sucediendo grandes catástrofes en muchas partes del mundo, con la tierra temblando por doquier y hay fuertes señales de que en Guadalupe, un archipiélago insular de jurisdicción francesa, se viene no la erupción normal del volcán La Soufriére, sino una total explosión de la montaña, con la fuerza de 5 o 6 bombas atómicas. Declaradamente fascinado por ese hecho y por la noticia de que un pobre campesino se niega a ser evacuado de la ladera en que vive, se pone en marcha con su cámara y un crew de dos personas.

El mediometraje tiene partes bien diferenciadas. La primera, el registro de casas, calles, rutas y hospitales vacíos en la capital Basse-Terre, sólo poblada por animales buscando comida en la carroña, está filmada en travellings manuales, automovilísticos o aéreos. Permanentemente escandidos por un subliminal suspense provisto por la convivencia de una voz narradora calma y su avisar de la cercana hecatombe. La palabra “miedo” aparece. El suelo, a medida que se sube la montaña, se siente caliente e inestable.

Luego, un hecho similar al que se espera, acontecido en la isla de Martinica en 1902 -ciudad de Saint Pierre / volcán / ¡¡boom!! / “hombres como aglomerado carbonizado” / buitres dando vueltas / pan negro petrificado- nos es relatado a partir de fotos, que funcionan como separadores, a manera de indicio en flashback, del goce tanático que le espera a nuestro intrépido alemán (y el tábano continúa atosigándome: ¿por qué? ¿por qué hace lo que hace?). Hay algo de La Jetée de Chris Marker en todo esto. La última parte entrega imágenes plásticas de una belleza que casi linda con la abstracción, en tanto unos encuadres que dividen naturalmente el plano en una mitad inferior terrosa (la montaña) y en otra gaseosa (las nubes de sulfuro) demuestran que la topografía es una cuestión de talento para el pincel.

Aquí se producen los encuentros con aquellos que, conociendo perfectamente el peligro al que se hallan expuestos, no quieren abandonar su lugar. Y cuya falta de temor a la muerte resulta una variable de su extrema pobreza, de no tener nada ni adonde ir. Si Herzog imaginaba encontrar románticos dispuestos al sacrificio –el tipo de personajes en el que ama proyectarse–, lo que encuentra en su lugar es seres simplemente resignados a la voluntad de Dios. Acaso el verdadero fracaso de su viaje. Porque el manifiesto, teniendo en cuenta el subtítulo del film (“La espera de un desastre inevitable”), es que los síntomas de la catástrofe van disminuyendo y el volcán termina por no explotar.

En Capturing Reality: The Art of Documentary, (Pepita Ferrari, Canadá, 2008), Herzog dice que, si La Soufriére hubiera explotado, al menos habría conquistado una imagen espectacular. Sin duda, frente al adocenamiento del noventa por ciento del cine actual esta profesión de fe y coherencia de auteur sigue embelesándonos. Pero como no creo en la inmolación en nombre del arte, no deja de sonarme como algo gratuito, una estupidez.

Así que una de dos: o suspendemos la incredulidad y nos entregamos a la pulsión intrépida de un artista capaz de sacrificar su vida (y la de los demás) para lograr planos inéditos; o bien damos lugar a la sospecha de que cuando marchó a la isla de Guadalupe ya sabía que el volcán no iba a estallar y se mandó una flor de puesta en escena, un engaño lícito. Si éste último fuera el caso, podríamos disfrutar de La Soufriére como si fuera una falsificación de Orson Welles.

* En el mismo programa se exhibirá Miedo al miedo, de R. W. Fassbinder.

lunes, 16 de mayo de 2011

No funciona

(Acerca de Si la cosa funciona, de Woody Allen)


por Pablo Taskar

¿Qué compele a Woody Allen a producir con frecuencia anual refritos de su obra pasada?

Otra vez un neurótico misántropo, pesimista e hipocondríaco que da por hecho que el mundo se termina y descree de todo tipo de emprendimiento humano, en esta oportunidad encarnado por Larry David, pigmalionizado convenientemente para que se pare, tartamudee y dispare las esperables líneas ingeniosas. (Este David, monologuista y co-creador de Seinfeld, pese a su esquematismo actoral, no consigue arrebatarle el cetro de “Peor Alter Ego de Allen” al enervante Kenneth Branagh de Celebrity, pero casi).

Eso respecto del protagonista; en el guión el déjà vu ya es total. Boris Yelnikoff, divorciado y con una fallida tentativa de suicidio a cuestas, se topa por azar con la jovencita Melodie a quien, a regañadientes, da cobijo en su apartamento neoyorkino. Ella llega del Sur huyendo de padres cristianos muy tradicionalistas y…sí: el amargado escéptico y la inocente abierta a la vida se terminan casando. De ahí en adelante, la aparición de personajes secundarios tales como los padres de la chica (recalcitrantes conservadores que descubren su faceta “fiestera” o su costado gay) más el joven actor enamorado a primera vista, sumados a otro intento de suicidio que cataliza una nueva pareja para Boris, oficiarán de demostraciones empíricas para lo único que parece querer decirnos el film: que como el azar gobierna nuestras vidas y racionalizar carece de sentido, cualquier decisión que tomemos – o nuestra felicidad – estará sometida a un equilibrio inestable. Por lo tanto, “si la cosa funciona” (whatever works) abracémosla, por más efímera que pueda resultar. No demasiado distinta era la postulación híper subrayada de la también chata Match Point, con esa pelotita de tenis que podía quedar azarosamente en uno u otro campo y definir el destino del personaje de Jonathan Rhys Meyers.

Allen, además, toma su filmografía y saquea su propio arcón de expresiones e imágenes convirtiéndolas en clichés. Curioso, porque en la mismísima Whatever Works hay toda una denostación explícita ligada al hablar con clichés o frases hechas. El inconsciente culposo que aflora en la obra… ¿Cuándo comienzan a degradarse las marcas autorales con las que identificamos el universo personal de un artista? Respuesta: cuando se repiten sin agregar nuevas capas de significación.

Una New York de catálogo turístico (como Barcelona en el eurotrash de Vicky y Cristina) bien lejos de la cualidad melancólica de la Manhattan que embelesaba en Manhattan, la cámara encuadrando en primer plano a Melodie para enamorar al espectador como lo hacía allí con Tracy (pero Evan Rachel Wood no es Mariel Hemingway, o la estrategia ya no sirve), citas literarias y cinéfilas cada vez más descontextualizadas con la sola función de connotar la agudeza intelectual (sin gracia) del protagonista. ¡Hasta los títulos de presentación sobre fondo negro acompañados de jazz tradicional!: los hemos visto tantas veces que ya resultan anodinos, burocráticos.

Y me vino a la cabeza uno de mis escritores favoritos, tal vez para arriesgar una hipótesis que no tengo tiempo de probar exhaustivamente. Me limito a esbozarla: En una improbable confrontación de uso de alter egos como principio constructivo de sus obras, Philip Roth (de producción novelística tan prolífica como Woody Allen en lo cinematográfico), con narradores protagonistas excluyentes (Portnoy, Nathan Zuckerman, Marcus Messner), con otros que relatan historias ajenas a cierta distancia (Philip Roth, el mismo Zuckerman), o duplicándose en la misma novela (el Roth de Operación Shylock acusado por las acciones de un impostor llamado Roth), ilumina distintos aspectos de una compleja figura cubista que permite imaginar una biografía posible, aunque evanescente, del autor. Y sin obviar escenarios históricos cambiantes (la Segunda Guerra, Vietnam, Watergate, el conservadurismo de la era Reagan, el 11 de Septiembre, Irak, etc.).

Los alter egos de Allen, en cambio, sean escritores, cineastas y hasta físicos como en esta última película, se terminan percibiendo como meros contornos calcados a partir de una silueta plana que sólo refuerza el estereotipo congelado en el tiempo del judío intelectual hipocondríaco y quejoso de los 70, sin relación con los determinantes contextos epocales y, por lo tanto, abstractos e intercambiables entre sí, vacuos en su declamación de que todo está mal y sólo cabe la desesperanza.

Tengo debilidad por imágenes de viejos amigos rememorando anécdotas alrededor de un mostrador o una mesa -Smoke, de Wang/Auster y la cigarrería, Clerks de Kevin Smith y el supermercado de autoservicio: dos visitas obligadas -, y en Broadway Danny Rose, sin ir más lejos, un grupo de veteranos cómicos stand up reunidos en un restaurante intercambiaban anécdotas sobre el agente que los había representado. Con eso comenzaba la película y su frescura predisponía a conocer la historia del perdedor que hacía Allen.

El plano inicial de Whatever Works también reúne a tres amigos, pero cada intervención del protagonista en la conversación, cada frase-sentencia que pronuncia, resulta como el agua estancada: no fluye ni respira verdad por estar excesivamente guionada para machacar una y otra vez los mismos rasgos del personaje.
Lo peor es que nada de lo que sigue en el film luego de ese “prólogo” agrega capas de profundidad o ambigüedad a Boris Yelnikoff. Como tampoco lo hace recurrir al recurso de derribar la “cuarta pared” constituida por la pantalla para hablarle directamente al espectador: sólo un gadget sin valor dramático (a diferencia del salto de la “realidad” a la “ficción” y viceversa en el cine adonde se “encontraban” los personajes de Mia Farrow y Jeff Daniels en La Rosa Púrpura del Cairo, justificado argumentalmente por la necesidad de evasión en la crisis del ´30).

Es tarde, y al final me fui por otros senderos y, evidentemente, no logré despuntar el interrogante que disparó esta nota, la razón por la que Allen se refritaba tanto. Por lo pronto, ubicadas una vez más sus piezas en el tablero, Whatever...doesn't work.

martes, 8 de junio de 2010

Lost / Herzog = La otra 23

La otra 23



La invención de Lost

por Dante Augusto Palma

El fenómeno de la serie que este año, en su sexta temporada, llega a su fin, resulta tan inexplicable como muchos de los enigmas que plantea a lo largo de sus más de 100 capítulos. Fanáticos que a través de Internet han creado cientos de sitios, blogs y foros de discusión se suman al merchandising que por las calles de Buenos Aires hace que miremos atónitos remeras de la “Iniciativa Dharma” y nos sorprendamos con adultos sub 40 adquiriendo los muñequitos de sus personajes favoritos. No es este el lugar para evaluar la calidad de la serie. De hecho podemos decir que abunda en lugares comunes hollywoodenses en el que todo el mundo maneja armas, secuestra gente, se dan golpes que desmayan inmediatamente y el único que sabe torturar es un soldado iraquí. También rebalsa de chicos lindos, chicas lindas, historias de amor en el medio de la selva y chinos autoritarios. Ni siquiera son actores de renombre los que actúan allí y, de hecho, podemos decir que probablemente ninguno brille demasiado en su papel. Sin embargo lo que parece causar magnetismo es la historia y su exagerada cantidad de misterios. En este sentido, es prácticamente infinito el número de teorías existentes acerca de qué es lo que ocurre en la isla a la que han arribado los viajeros del Oceanic 815 tras el accidente.
En esta línea, por suerte, nuestra racionalidad occidental nos compele a buscar una explicación, clara y coherente que, me temo, (...) no parece vislumbrarse. (La nota continúa en La otra 23)



¿Qué Herzog? ¿el guionista de Lost?

por Pablot

Wings of hope (Werner Herzog, Alemania, 2000): (...) aviones que se caen, destinados encuentros en aeropuertos, flashbacks y flashforwards, gente macheteando la vegetación para abrirse paso, una estación de estudios biológicos en plena selva, una versión alternativa de lo ocurrido (en el extracto de un impresentable film alemán sobre Juliane), un travelling que deja entrever un oso taxidermizado…¿no remiten a cierta serie de alcance global?
.
Mientras se siguen deshilachando los múltiples cabos que, a manera de fuga hacia delante, se fueron abriendo en las temporadas anteriores de Lost (los cuales, no les quepa duda, derivarán en una enclenque solución deux ex machina), la única lucha de los guionistas en esta final no será con la lógica interna de la historia sino con la medición de rating, presionados para que los espectadores no abandonen el barco (o el avión), la tele o la compu. (La nota continúa en La otra 23)

viernes, 22 de enero de 2010

Herzog: a partir de hoy

Skys, volcanes, soldaditos, liristas, ciegos y subastadores



por Pablo Taskar

En su costado más pueril la cinefilia consiste en completar álbumes de figuritas, lo cual implica estar buscando permanentemente aquellas “difíciles" que sólo circulan muy de vez en cuando.

Fetichismo apenas encubierto bajo la coartada de poder hablar con propiedad, por ejemplo, de las constantes estilísticas y argumentales de un director -siempre que lo consideremos auteur - o, más patético, para gritar a otros cinéfilos "¡yo la vi y vos no!".

Pensaba en esta dirección hace algunos meses a propósito del chiche que me había prestado un amigo: una elegante pieza de 3 dvds de edición española denominada Pack Werner Herzog, Documentales y cortometrajes.

Y como en el ciclo programado por el TGSM se presenta la posibilidad de ver algunas de las películas incluídas en esta Cajita Feliz de 9 obras realizadas entre 1962 y 1984, quería compartir con La otra lo que me suscitaron escribir.

Una manera de combatir ese absurdo autismo cinéfilo mencionado en el primer párrafo (que a veces también me ataca). O un bonus track al artículo de Caldini, acaso leído en formato papel allá lejos y hace tiempo.


El gran éxtasis del escultor de madera Steiner - 1973

Cada vez más alto, sin subestimar su propio miedo y sin el fin utilitario de convertirse en campeón, el escultor Steiner salta con su sky, vive suspendido en el aire segundos encantados y es registrado en ralenti. Un cuerpo en soledad tan separado del mundo como Aguirre, pero menos dañino y a la conquista de algo inmaterial que sólo le compete a él.


La Soufriere – 1977

¿Alguien recuerda cuando Wim Wenders (en Tokio Ga, de 1985) mostraba a Werner Herzog en el alto mirador de una gigantesca torre tokyota explicando su presencia allí para intentar captar alguna imagen del mundo que aún no hubiera sido filmada? Esa motivación, toda una vertiente del cine de Werner, es susceptible de ser inferida a partir del mediometraje La Soufriere. Veamos: se espera en forma inminente la erupción de un volcán ubicado en una isla habitada de las Antillas francesas. La catástrofe sería de tal grado que imperiosamente se evacúa la villa a sus pies, quedando abandonada e intacta. Un pueblo fantasma habitado por animales y basura.
El suceso fascina a Herzog que, en la piel del realizador intrépido y buscador de lo inexplorado –papel que iría perfeccionando a lo largo de los años (ver The white diamond, de 2004, o Encounters at the end of the world, de 2008)-, se dirige allí, arriesgándose él y su equipo. En el lugar, además de toparse con ciertos marginales que pese al peligro rehusan marcharse –típicos excéntricos non fiction de su cine-, registra imágenes al borde de la abstracción, tan extraterrestres como las que la NASA le facilitaría luego para The wild blue yonder, del 2005. Las nubes de gas bordeando los alrededores del volcán, borrando progresivamente los contornos geográficos de referencia: inolvidables. El asunto es que los indicios del desastre comienzan a disminuir y la gente regresa a sus hogares para retomar su vida, situación que Herzog vive como fracaso personal; él había ido a filmar el Apocalipsis desde la primera fila: “El giro de esta película nos resultó penoso y así acabó todo, en la absoluta nadería y el absoluto ridículo. Ahora se convierte en un reportaje sobre una catástrofe inevitable que nunca tuvo lugar.” Su ambición devenida en esfuerzo inútil lo convierte también a él en una de sus invenciones, en un Aguirre, un Cobra Verde, un Fitzcarraldo más.


La balada del pequeño soldado – 1984

Un humanismo nada subrayado, porque los hechos hablan y la filmación de niños usados como carne de cañón no incurre en zooms abyectos. En un pueblo indígena cuyo territorio es la selva nicaragüense, los miskitos, organizados por siglos en la práctica de un socialismo primitivo, pelean aliados del sandinismo ante la invasión de su hábitat por parte de Somoza. Sin embargo, cuando éste cae, los sandinistas en el poder los reprimen violentamente, tanto a ellos como a sus peticiones. Entonces, la división de niños-soldados de esta etnia comienzan a ser entrenados y pertrechados ahora por los contras, siendo adoctrinados contra “el comunismo”: concepto vacío que les fuerzan a identificar con la matanza de seres queridos. Un colonialismo territorial, sí, pero también del lenguaje. Estos chicos morirán, qué duda cabe, todos los bandos los utilizan sucesivamente porque –parafraseando a John Ford– they are expendable.

Muy lejos del estereotipo con el que muchos rotulan al director, aquí no hay foco en protagonistas megalómanos capaces de aplastar a quienes se interpongan en sus proyectos delirantes, sino una luz tenue, un grito ahogado a favor de los más débiles. Y dos de las imágenes más tristes de toda su filmografía: el plano secuencia con niños sometidos a la práctica del disparo con mortero, y la visión del lánguido soldadito cantando su balada.


Heracles - 1962

Acá si que cuesta encontrar los rastros de lo que vendría después. Montaje paralelo entre imágenes de fisiculturistas y desastres automovilísticos, bombardeos en ciudades e ítems similares puntuados por música a lo Coltrane y frases sobreimpresas de ironía canchera muy de esa época. Ejemplo: un forzudo ejercitando sus músculos y la pregunta en pantalla: "¿podrá vencer a las Amazonas?"; corte e inmediatamente se nos muestran mujeres soldado marchando. Y así todo en éste, su primer corto. También los gigantes comenzaron pequeños.

Últimas palabras - 1968

Incomprensible este viejo que toca la lira pero no habla, casi un Kaspar Hauser que, en lugar de una vida encerrado en un sótano, porta una existencia anterior recluído en una isla por voluntad propia. "Lo sacamos de allí, lo salvamos" manifiestan a dúo dos policías, sobreactuando orgullosamente ante cámara. Un testigo narra que cuando lo tomaron por la fuerza para subirlo a un barco dijo: "no podéis hacerme daño, estoy al mando de toda una flota", mientras el encuadre muestra que esa flota, sus barcos, no son más que un dibujo tallado en la roca. El personaje quedará para nosotros inmediatamente adscripto al linaje de los excéntricos románticos que Herzog siempre supo encontrar -o inventar...




País del silencio y la oscuridad - 1971

Cuesta asimilar que esta señora alemana tan segura de sí y pragmática sea sordo-ciega. Transformando su vida en un apostolado, Fini Straubinger parece indoblegable en su decisión de ayudar a los que padecen en mayor o menor grado su misma problemática. Organiza encuentros, pasea con acompañantes en aeroplano y discute con políticos, pero el núcleo de su tarea consiste en ayudar a quienes, como ella, sólo pueden comunicarse bajo otro sistema de códigos. Este lenguaje táctil que, simplificando, podríamos definir como un alfabeto en la palma de la mano, ya estaría justificando este documental en primera persona. Hay mucho más, sin embargo. Porque el retrato de su protagonista sugiere un boceto del personaje que Herzog plasmaría, anclado en la ficción, tres años después en El Enigma de Kaspar Hauser (1974): ambos, al fin y al cabo, pasan gran parte de su existencia encerrados en sí, y luego irrumpen en el mundo para modificarlo a partir de su singularidad. Con origen en un golpe en la cabeza cuando niña, Straubinger va perdiendo gradualmente oído y vista, hasta que a los 15 comienza del todo su soledad silenciosa y oscura. A los 45 años, luego de 30 de prisión interior, comienza su intervención militante y solidaria.

Una mujer hecha de la misma madera que otros héroes imparables del cineasta alemán. Hacia afuera: un roble en pos de su objetivo. Hacia adentro: sturm und drang (tempestad e ímpetu), pero también oscuridades y angustias muy propias de los románticos alemanes en su identificación de paisajes naturales con sentimientos internos.

Si fuera pintora representaría nuestra afección así: la ceguera como un río negro que fluye lentamente como una melodía hacia unas imponentes cataratas; en su orilla árboles, flores y pájaros cantando dulcemente.

El otro río, que viene del otro lado, es tan transparente como el más puro de los cristales, también fluye lentamente pero sin sonido.

Al fondo hay un lago muy oscuro y profundo donde se encuentran ambos ríos. Donde se unen hay unas rocas que chocan contra las aguas formando espuma, para después dejarlas fluir silenciosa y lentamente.

Hay un sombrío embalse que se extiende en la más absoluta quietud, tan sólo perturbada por alguna onda esporádica que representa la lucha de los sordo-ciegos.
No sé si lo han entendido. Las rocas que rompen las aguas simbolizan la depresión que sienten los sordos y ciegos cuando se quedan sordos y ciegos. Es así como lo siento.



Cuánta madera roería una marmota - 1976

Un juego: traten de decir rápido varias veces "How Much Wood Would a Woodchuck Chuck", a ver...

¿No es más fácil subir un barco a una montaña, como en Fitzcarraldo?

Esa frase es el título original de un documental donde Herzog, coherentemente, sigue presentando tribus desconocidas. Pero en esta oportunidad no circulan en taparrabos por selvas o montañas de América del Sur, sino que están en el corazón de EEUU, en Pensilvania, tan extraterrestres como el originario de Andrómeda que personifica Brad Dourif en The Wild Blue Yonder. Son... ¡los subastadores que hablan muy rápido!

Los vemos en acción en un evento anual llamado World Championship of Livestock Auctioners (Campeonato Mundial de Subastadores de Ganado), que existe de verdad, juro que no bebí. Orgullosos de su habilidad, comentan haber aprendido a decir con ritmo y velocidad asistiendo a muchas subastas, y aconsejan: "tenés que amar hablar".

Ciertamente, mientras se suceden unos a otros en la competencia, el efecto de su catarata discursiva asemeja un mantra que nos va adormilando en forma no muy diferente a la música trance o chillout; sin embargo, algo chirria en la deformidad de esa lengua que no parece servir para comunicarse sino más bien como código comercial unidimensional. Y habrá un campeón, igual que en la gran The King of Kong (Seth Gordon, USA, 2007) , en la que el desocupado practica día y noche para obtener el récord mundial del jueguito arcade Donkey Kong, feliz de justificar su vida ante sí y enorgullecer a su familia.




Final: abrupto flashforward al 2010

Bad Lieutenant: Port of Call New Orleáns – 2009. (No incluída en el ciclo, pero de muy próximo estreno)

Imaginar a priori que iba a ser un engendro por encargo terminó potenciando la sorpresa cuando finalmente la vi. ¿Una remake de la ya suficientemente buena Bad Lieutenant de Ferrara ¿encima starring el enervante Nicholas Cage? Pues no: un film despojado de culpas católicas con protagonista megalómano, paisaje desolador - l Nueva Orleans post-Katrina- y atmósfera docu-fantástica, 100 % Herzog.

Una apropiación con todas las de la ley.

jueves, 2 de abril de 2009

Bafici: Vacation



por Pablot

(Sobre Vacation, Hajime Kadoi, Japón, 2008) Como en el afiche, el protagonismo es simétrico. El preso y el guardia. Uno porta la insignia del poder, el otro su hieratismo y su lápiz. Los dos, sin embargo, están encadenados a rituales cotidianos perpetuos. Y con todas sus actividades normativizadas: el reporte cotidiano al superior, lo charlable entre colegas, el regimen vacacional, las reglas para los presos, el control exhaustivo, las comidas, el orden de cada celda/cubículo, la postura corporal ante la señal sonora que anuncia la apertura de una puerta, el cuidado de los materiales inventariados. (No quiero deprimirlos pero... ¿no suena un poco a la mayoría de las vidas de las personas con las que interactuamos?).

En el medio, acolchonando, está la camaradería entre los policías, el próximo casamiento del carcelero protagonista -una puerta más hacia el afuera, no se percibe amor-, el arte de los dibujos en blanco y negro de Kaneda. Todo va a ser conmovido por la sentencia a muerte de este último, sí, y de eso va un poco la trama, mas no obstante, y más allá de pequeñas convulsiones institucionales ligadas a la circunstancia, sabemos que todo volverá a su lugar, los metrónomos seguirán intactos.

Dentro de una puesta muy austera que, más que el encierro, nos hace sentir la opresión de lo banal, hay decisiones muy acertadas: no mostrar otro presos que Kaneda y, en contraparte, exhibir cantidad de oficiales y carceleros con sus jerarquías, entraña un efecto muy sutil pero persistente, el de todo el Poder cayendo sobre el individuo. Otras decisiones no lo son tanto, y resienten el impacto demoledor que hubiera tenido el film si el director lo hubiera terminado donde -perdón por lo prescriptivo- debía haberlo hecho, con la terrible secuencia en símil tiempo real del paso a paso reglamentario hacia la ejecución de Kaneda.

La historia sigue, innecesariamente unos minutos más, con el guardia Toru casado, en viaje de luna de miel con su esposa y el pequeño hijito de ésta, mientras la música extradiegética -la que se usa para reforzar los sentimientos del espectador hacia lo que se ve en la escena- sube y sube, sugiriendo algo así como el principio de una gran felicidad.

Bibliografía muy recomendada:

- Bajo Palabra, novela de Akira Yoshimura.Aquí está todo ese clima de paradójica comodidad carcelaria que comporta seguir reglas sin apartarse un ápice, y la tragedia de la no adaptación cuando se es liberado de ellas. No conozco el cuento en el que está basada Vacation pero se nota que es de la misma estirpe.( La Anguila , film de Shoei Imamura, no la trascribe sino que se la apropia con resultados muy personales).

- En la Prisión, manga/novela gráfica de Kazuichi Hanawa.Obra maestra total, de supremo detallismo sobre los rituales de un presidio japonés, basado en la propia experiencia del escritor, que los recuerda hasta con nostalgia.