Dan vergüenza





martes, 25 de marzo de 2014

Golpe



por Willy Villalobos

Bum, bum, bum, (golpes en la pared).

¿Qué pasa?, le digo al compañero de la celda de al lado a través del caño de la pileta que nos comunicaba.

¡Golpe militar, los milicos dieron el golpe!

¿Como sabés?, le pregunté.

Me dijeron que un compañero lo escuchó de la radio del pasarela del muro. (Estos tipos son los que caminan por un pasillo que rodea toda la cárcel).

Así nos enteramos los cuatro que convivíamos en una celda de tres por tres que los milicos habían tomado el poder el 24 de marzo de 1976 en el celular primero de la cárcel de Devoto. Después fueron llegando "bembas", así le llamábamos a las noticias que no podíamos confirmar; que venían los militares, que los milicos estaban rodeando el penal, que los del servicio penitenciario de Devoto se negaban a dejar el penal en manos de los milicos, que nos iban a trasladar a todos, y qué sé yo cuantas cosas mas.

Estábamos nerviosos, no sabíamos que iba a pasar y decidimos anotarnos para el médico, el dentista, o cualquier otra cosa que nos permitiera salir de la celda para tratar de averiguar algo, nos mataba la incertidumbre.

Era gracioso el relato de los compañeros que habían ido al dentista y trataban de hablar con el torno en la boca.

No fue una sorpresa el golpe cívico militar y eclesiástico. Sabíamos que en cualquier momento podía pasar, los asesinatos de la Alianza Anticomunista Argentina, cuyo jefe era López Rega, el hombre más cercano a Perón y el quilombo que había en el país, nos hacían pensar que en cualquier momento los milicos iban a pegarle una patada en el orto a Isabelita. Muchos pensábamos que·la agudización de las contradicciones entre el pueblo y los sectores reaccionarios iba a ser favorable para acelerar el proceso revolucionario.

También sabíamos que en cualquier momento podían entrar los milicos y matarnos a todos.

De pronto, en el medio de una discusión tensa con los compañeros de celda, en el fondo estábamos todos cagados, se me ocurre proponer cantar el estribillo de una canción de Manal que dice: "Cada minuto es un minuto menos", del tema que, si no me equivoco, se llama "Necesito un amor". Era muy gracioso ver a esos cuatro presitos encerrados, a horas del golpe militar, cantando. Mi esperanza era que pasaran las horas, que no nos mataran de una.

El mejor análisis político, la mejor conclusión de lo que estaba pasando en la calle, me la dijo mi vieja en la visita unos días después. "Qué suerte que estas acá, hijo", me dijo ante mi sorpresa, "la calle es un horror", concluyó Cholita, así la llamábamos.

Nunca pensamos que se venía la noche como se vino, pero a medida que nos fuimos enterando de la masacre tampoco se nos ocurría imaginar que un día uno de nosotros iba a sentarse en el sillón de Rivadavia para impulsar el juicio y castigo a los culpables.

Ojalá ahora podamos juzgar a los civiles que aprovecharon para amasar fortunas y a los curas que confesaron a los torturadores, confundieron a nuestros familiares con noticias falsas y bendijeron las armas con las que asesinaban a los compañeros.

La mejor manera de celebrar la democracia sería arreglar con los docentes.

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