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miércoles, 14 de enero de 2015

Vampira 9: Más que animales


por Julieta Eme

Me gustaba la iluminación de su estudio. Como todas las lámparas eran de escritorio, la luz no pasaba de la altura de la cintura o, como máximo, de la altura de los hombros, lo cual hacía que nuestros rostros quedaran en la semioscuridad.

Él estaba inclinado sobre un escritorio de esos altos, un tablero. Yo caminaba por el cuarto, viendo sus dibujos. Había una pared tapizada de ilustraciones. Siempre pensé que ilustrar un libro era algo fácil. Uno simplemente dibuja lo que quiere y después lo colorea. Pero viendo la pared llena de hojas comprendí que el proceso de ilustración es largo y complicado. Por ejemplo, el mismo dibujo aparecía varias veces: una vez en forma de boceto, otra vez en una hoja más grande, otra vez coloreado sólo en parte, etc. Se veía que eran pruebas que iba haciendo.

- No te molesta que trabaje mientras conversamos, ¿no? A esta altura del año estoy muy ocupado.
- No, no, para nada. Si a vos no te molesta que conversemos mientras trabajás, por mí está bien.

Me acerqué al escritorio donde estaba él. Me incliné también, para ver qué estaba haciendo. Eran dibujos para una edición ilustrada de unos cuentos de Kafka. Había un escarabajo muerto encerrado en una ficha de acrílico.

- Cuando te escribí, tenía ganas de saber si te había ido bien en lo tuyo, si habías logrado vivir de lo que te gustaba.
- Sí, por suerte, sí. Me va bien. Trabajo en varias editoriales. Y luego tengo mis propios proyectos. No siempre puedo dedicarme a esos proyectos todo lo que me gustaría pero, de a poco, los hago avanzar…
- Me puso contenta saber que te iba bien.
- Gracias. Igual, todavía no entiendo muy bien por qué me dijiste de vernos. Hace como 20 años que no nos vemos…
- Sí, ya sé. Y nunca fuimos amigos ni nada parecido…

Julián era mi primo. No un primo directo, sino más bien lejano. Mi padre y su madre eran primos. Él era un poco más grande que yo. Cuando yo era una nena de nueve años, él era un adolescente. Me gustó desde que era chica. Y aun cuando nos habíamos visto muy pocas veces durante nuestra infancia y habíamos conversado solamente una o dos veces durante nuestra adolescencia, sentía con él una familiaridad inexplicable. Supongo que, en parte, esa sensación de familiaridad se debía a que compartíamos la misma sangre. Este hecho cobraba con él una relevancia especial. Por otra parte, compartíamos una historia. Los padres de nuestros padres eran hermanos, llegados a este país nuevo desde otro país más lejano. Y por último, estaba su cara. Era una cara franca. Tenía la piel blanca, los ojos celestes y el pelo castaño. Desde chicos, me pareció que era una persona silenciosa. Eso agregaba un toque de misterio a su personalidad.

- Me acordé de vos hace dos semanas. Estaba en el zoológico. No me gustan los zoológicos pero quería estar con los animales. Había un jaguar. Y me acordé de una leyenda que me contaste una vez.
- Sí, la leyenda del hombre jaguar… Siempre me interesó. Tengo varios dibujos de jaguares y varias ideas para hacer algunas historias basadas en esa leyenda… Pero aún no encontré el tiempo…
- Era muy hermoso. Me quedé toda la noche con él, esperando que se convirtiera en un hombre, pero no pasó nada…
- ¿Te quedaste toda la noche? ¿En el zoológico?
- Si el jaguar se hubiera convertido, tal vez me habría sentido menos sola…
- ¿Menos sola? ¿No te dio miedo?
- Un poco, pero no…

Me alejé del escritorio caminando. Lo dejé dibujar un rato. Volví a mirar sus dibujos, colgados de la pared.

- ¿Vos creés en esa leyenda del hombre jaguar?
- Como ser dotado de razón, debo responderte que no. Pero me encantaría que fuera cierta.
- Seguramente esa leyenda es falsa, pero tal vez alguna otra leyenda, de todas las que circulan, podría ser verdadera.
- ¿Cómo cuál?

No respondí. Seguí mirando dibujos mientras él trabajaba en su mesa.

Después de un rato, volví al lado del tablero.

- ¿Puedo contarte algo?
- Contame. Yo sigo con esto pero te escucho.

Agarró una regla de madera y comenzó a hacer un rectángulo en una hoja, como si fuera el borde interno de un cuadro.

- Soy una vampira.

Terminó la figura, dejó la regla y me miró.

- Si alguna vez querés, puedo convertirte.
- ¿Convertirme en qué?
- En vampiro.

Hizo silencio.

- ¿Vos me estás cargando?
- No, no, para nada. Siempre fuiste muy serio. Nunca me atrevería a cargarte.
- Y entonces, ¿qué me estás diciendo?

Lo miré a los ojos. Sus ojos celestes. Sabía que no le estaba mintiendo pero no podía creerme.

- Lo que te digo: soy una vampira. Los vampiros existen. Existimos. Hace siete años, vino un vampiro a verme y me convirtió. Me dijo que al fin iba a realizar mi deseo.
- ¿Pero vos alguna vez deseaste ser un vampiro?
- Sí, cuando era adolescente. Pero el vampiro llegó 15 años más tarde.

Julián se paró junto a su escritorio. Tenía los brazos cruzados. Pensaba.

- ¿Y cómo vivís?
- Trato de hacer el menor daño posible…
- ¿Y estás bien?
- Sí, estoy bien, pero la vida de un vampiro es bastante solitaria. Por eso te decía que si ese jaguar se hubiera convertido en un hombre, me habría sentido menos sola. Al menos habríamos sido dos las criaturas extrañas en esta ciudad…
- Y el vampiro que te creó ¿dónde está?
- No lo sé… No lo veo muy seguido. Va y viene… ¿Te enojaste?
- No, no, por supuesto que no. Pero no sé qué decirte…
- Quería hablar con alguien, contárselo a alguien. Si te parece que hice mal, te pido disculpas…
- No, está bien. Entiendo.

Ahora él miraba la pared de sus dibujos. Yo lo miraba a él.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Sí, preguntame.
- ¿Yo te gustaba cuando era chica?
- Cuando eras chica no. Tenías nueve años cuando te conocí. Pero cuando eras adolescente sí… Creo que la última vez que hablamos, vos tenías 18 o 19 años. Yo debía tener 25. Nos vimos en este mismo estudio...
- Sí, es verdad…

Otra vez nos quedamos en silencio.

- Entonces, ¿te gustaría que te convirtiera alguna vez? Ya no sos tan joven. Ya tenés más de 40. Cuanto antes, mejor.
- En lo más mínimo.
- ¿No querés que te convierta? ¿Por qué?
- ¿No leíste el cuento de Borges, “El inmortal”?
- No, no leí mucho a Borges…
- Esperame. Ya vengo.
- Lo que sí leí es “El vampiro” de Polidori… Está bueno. Te lo puedo prestar si querés…

Julián había salido del estudio. Levanté un poco la voz para que me escuchara.

El estudio era la última habitación de una casa muy vieja que había sido de sus padres. Ahora quedaba él solamente. Atravesó la cocina y fue hasta el living. Volvió después de unos minutos con un libro en la mano.

- Estos son los cuentos completos de Borges. Llevátelo. Yo ya lo leí varias veces. Cuando puedas, me lo devolvés.

Agarré el libro y lo guardé en mi morral.

- ¿Puedo confiar en que no vas a convertirme sin mi consentimiento?
- Por supuesto. Nunca te haría daño ni haría nada en contra de tu voluntad. Salvo besarte, claro.

Se sonrió. Dio dos pasos y se puso pegado a mí. Era bastante más alto que yo. Me acarició la mejilla y pasó su mano por atrás de mi cuello. Me dio un beso. No fue ni largo ni corto. Yo lo besé también. Lo agarré un poco de la cintura y lo acerqué más a mí. Después apoyé mi cabeza en su pecho y él me abrazó y me acarició la espalda. Era lindo sentirlo así.

Cuando nos separamos, busqué enseguida mi morral y le dije que tenía que irme. La visita había sido breve, pero ya era tarde. Me acompañó hasta la puerta y me dijo que, cuando terminara de leer el libro, le avisara. Así nos volvíamos a ver para que se lo devolviera. Le dije que sí.

Era de noche. La calle estaba bastante oscura. Me alejé pensando en que si dejaba pasar otros 20 años para verlo, él tendría 60 pero yo seguiría teniendo 33. Pensé entonces en que no iba a dejar pasar tanto tiempo.


Ilustración: “The Vampire”, Philip Burne-Jones (1861–1926)

3 comentarios:

Liliana dijo...

Una vampira respetuosa...

Continuará?

julieta eme dijo...

gracias por pasar y leer, lili. besos!

julieta eme dijo...

continúa acá:

http://tallerlaotra.blogspot.com.ar/2015/04/vampira-10-un-jardin.html

:)