domingo, 24 de enero de 2016

La grieta, modelo 2007

Scott Fitzgerald, Gilles Deleuze, Andrés Calamaro: un programa de colección de La otra.-radio para escuchar clickeando acá


Muy pronto va a volver a emitirse La otra.-radio en vivo, en nuestro querido horario de los domingos a medianoche, en otra radio que oportunamente anunciaré. Mientras tanto seguimos con la práctica de subir al blog cada domingo a última hora un programa de colección de nuestros primeros años. Esta vez es un programa que hicimos en verano de 2007, cuando La otra.-radio no había cumplido siquiera un año y duraba solo una hora. Estamos solo Maxi Diomedi y yo, con Carmen Cuervo en la producción, por lo que infiero que es de febrero de ese año. Desde el inicio del ciclo tuvimos la idea de hacer programas que cruzaran a personajes a veces distantes, pero que era posible vincular con un eje temático. Los protagonistas de este programa fueron Francis Scott Fitzgerald, Gilles Deleuze y Andrés Calamaro. Y el hilo conductor es "La grieta", que en 2007 tenía resonancias diferentes a las actuales.

Dice Scott Fitzgerald en The Crack up

Febrero de 1936

Evidentemente toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea —los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de afuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, eso golpes que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, esos golpes no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay golpes que vienen de adentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente.

...Y me rompí como un plato viejo.

Me di cuenta de que en esos dos años, con objeto de preservar algo —tal vez un sosiego interior, tal vez no—, me había apartado de todas las cosas que acostumbraba amar, que cada acto de la vida, desde lavarse los dientes por la mañana hasta la cena con un amigo, se habían convertido en un esfuerzo. Comprendi que durante largo tiempo no me habían gustado personas ni cosas, sino que sólo seguía con la vacilante y vieja pretensión de que me agradaban. Incluso comprendí que mi amor hacia los que me eran más cercanos se había convertido sólo en un intento de amar, que mis relaciones informales —con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo —eran solamente lo que yo recordaba de antes que debían ser, de otros dias. En el mismo mes llegaron a molestarme cosas tales como el sonido de la radio, los anuncios de las revistas, el chirrido de las vías de tren, el muerto silencio del campo —sentía desprecio ante la blandura humana, y de repente (si bien secretamente) sentía hostilidad hacia el esfuerzo—, odiaba la noche en la que no podía dormir y odiaba el día porque se encaminaba hacia la noche. Ahora dormía sobre el lado del corazón, porque sabía que cuanto más pronto lo cansara, aunque fuera un poco, más pronto llegaría esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me permitiría encarar mejor el nuevo día.


Dice Gilles Deleuze en Lógica del sentido, "Porcelana y Volcán":

«Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición». Pocas frases resuenan tanto en nuestra cabeza con este ruido de martillo. Pocos textos tienen este irremediable carácter de obra maestra y de imponer silencio, de forzar un asentimiento aterrado, como la novela corta de Fitzgerald. Toda la obra de Fitzgerald es un único desarrollo de esta proposición y sobre todo de su «Evidentemente». ¿Qué pasó exactamente?

(...) Por supuesto que sucedieron muchas cosas, tanto en el exterior como en el interior: la guerra, la quiebra financiera, un cierto envejecimiento, la depresión, la enfermedad, la pérdida del talento. Pero todos estos accidentes ruidosos ya produjeron sus efectos en su momento; y no serían suficientes por sí mismos si no socavaran, si no profundizaran algo de toda otra naturaleza y que, por el contrario, no ha sido puesto de manifiesto por ellos sino a distancia y cuando ya es demasiado tarde: la grieta silenciosa. «¿Por qué hemos perdido la paz, el amor, la salud, una cosa tras otra?» Había una grieta silenciosa, imperceptible, en la superficie, único Acontecimiento de superficie como suspendido sobre sí mismo, planeando sobre sí, sobrevolando su propio campo. La verdadera diferencia no está entre lo interior y lo exterior. La grieta no es ni interior ni exterior, está en la frontera, insensible, incorporal, ideal. Con lo que sucede en el exterior y en el interior tiene relaciones complejas de interferencia y cruce, de conjunción saltarina; un paso aquí, otro paso allí, a dos ritmos diferentes: todo lo que ocurre de ruidoso, ocurre en el borde de la grieta y no existiría sin ella; inversamente, la grieta no prosigue su silencioso camino, no cambia de dirección según las líneas de menor resistencia, no extiende su tela sino bajo el golpe de lo que ocurre. Hasta el momento en que los dos, el ruido y el silencio, se unen estrechamente, continuadamente, en el crujido y el estallido del fin, que ahora significa que todo el juego de la grieta se ha encarnado en la profundidad del cuerpo, a la vez que el trabajo del interior y del exterior ha distendido sus bordes.

(...) Cuando Fitzgerald habla de esta grieta metafísica incorporal, cuando encuentra en ella, a la vez, el lugar y el obstáculo de su pensamiento, la fuente y la desecación de su pensamiento, el sentido y el sinsentido, es porque ha efectuado la grieta en el cuerpo con todos los litros de alcohol que ha bebido. Cada uno arriesgaba algo, ha ido lo más lejos posible en este riesgo, y extrae de ahí un derecho imprescriptible. ¿Qué le queda al pensador abstracto cuando da consejos de sensatez y distinción? ¿Hablar siempre de la herida de Bousquet, del alcoholismo de Fitzgerald y de Lowry, de la locura de Niestzsche y de Artaud, permaneciendo en la orilla? ¿Convertirse en el profesional de estas charlas? ¿Desear solamente que los que recibieron estos golpes no se hundan demasiado? ¿Hacer investigaciones y números especiales? ¿O bien ir uno mismo para ver un poquito, ser un poco alcohólico, un poco loco, un poco suicida, un poco guerrillero, lo justo para alargar la grieta, pero no demasiado para no profundizarla irremediablemente? Donde quiera que se mire, todo parece triste. En verdad, ¿cómo permanecer en la superficie sin quedarse en la orilla? ¿Cómo salvarse salvando la superficie, y toda la organización de superficie, incluidos el lenguaje y la vida? ¿Cómo alcanzar esta política, esta guerrilla completa?


Me agarró la lucidez total
y quiero perderme un poco.
Para no ser un recuerdo
hay que ser un reloco.

Lo dijo Peralta Ramos
y lo transcribió Martínez,
y lo leí y tengo mala memoria
pero lo aprendí,
de acuerdo y poco a poco.

Para no ser un recuerdo
habrá que ser un reloco.
Y quién te va a perdonar
no hacer exactamente lo mismo.
Todos los abismos están
prohibidos o mal vistos,
es lo mismo.

Es sábado a la noche,
apenas me enteré, eso calculo.
No veo la televisión ni disimulo,
vos estarás rascándote el culo.
Yo no hago nada más
que lo que me corresponde
y es verdad, hago demasiado
a veces del otro lado.

Debo ser un bohemio,
una especie de otro milenio,
un maldito que pasó a la acción armada,
fue un desastre o no pasó nada.
Es otra cosa que el tiempo dejará enterrada.

Vuelvo por Cabildo
como cuando era potrillo,
no uso color amarillo, pero brillo
a cambio de algo por determinar.
Otro contrato sin firmar,
y sin hogar y sin soportar una cocina,
pero el tiempo no se termina.
Y queda gasolina y futuro,
el futuro.

El presente es duro,
se presenta
con su chicle de menta,

Verano 2007: Oscar Cuervo, Maxi Diomedi. Productora: Carmen Cuervo. Operador: Miguel. Lo podés escuchar ahora mismo clickeando acá.

1 comentario:

julieta eme dijo...

qué bueno el texto de Fitzgerald...