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viernes, 6 de mayo de 2016

¿Amar al prójimo? ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos?




El malestar en la cultura:

Uno de los pretendidos ideales postulados por la sociedad civilizada, el precepto «Amarás al prójimo como a ti mismo», que goza de universal nombradía y seguramente es más antiguo que el cristianismo, a pesar de que éste lo ostenta como su más encomiable conquista, sin duda no es muy antiguo, pues el hombre aún no lo conocía en épocas ya históricos. Adoptemos frente al mismo una actitud ingenua, como si lo oyésemos por vez primera: entonces no podremos contener un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca por cualquier título. (Descarto aquí la utilidad que podría reportarme, así como su posible valor como objeto sexual, pues estas dos formas de vinculación nada tienen que ver con el precepto del amor al prójimo.) Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. En cambio, si me fuera extraño y si no me atrajese ninguno de sus propios valores, ninguna importancia hubiera adquirido para mi vida afectiva y entonces me sería muy difícil amarlo. Hasta sería injusto si lo amara, pues los míos aprecian mi amor como una demostración de preferencia, y les haría injusticia si los equiparase con un extraño. Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?

Examinándolo con mayor detenimiento, me encuentro con nuevas dificultades. Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio. No parece alimentar el mínimo amor por mi persona, no me demuestra la menor consideración. Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona. Más aún: ni siquiera es necesario que de ello derive un provecho; le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona, y cuanto más seguro se sienta, cuanto más inerme yo me encuentre, tanto más seguramente puedo esperar de él esta actitud para conmigo. Si se condujera de otro modo, si me demostrase consideración y respeto, a pesar de serle yo un extraño, estaría dispuesto por mi parte a retribuírselo de análoga manera, aunque no me obligara a ello precepto alguno. Aún más: si ese grandilocuente mandamiento rezara «Amarás al prójimo como el prójimo te ame a ti», nada tendría yo que objetar. Existe un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible y que despierta en mí una resistencia más violenta: «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero.

Llegado aquí, creo oír una voz que, llena de solemnidad, me advierte: «Precisamente porque tu prójimo no merece tu amor y es más bien tu enemigo, debes amarlo como a ti mismo.» Comprendo entonces que éste es un caso semejante al Credo quia absurdum [«Creo porque es absurdo»].

Ahora bien: es muy probable que el prójimo, si se le invitara a amarme como a mí mismo, respondería exactamente como yo lo hice, repudiándome con idénticas razones, aunque, según espero, no con igual derecho objetivo; pero él, a su vez, esperará lo mismo. Con todo, hay ciertas diferencias en la conducta de los hombres, calificadas por la ética como «buenas» y «malas», sin tener en cuenta para nada sus condiciones de origen. Mientras no hayan sido superadas estas discrepancias innegables, el cumplimiento de los supremos preceptos éticos significará un perjuicio para los fines de la cultura al establecer un premio directo a la maldad.

La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus [el hombre es el lobo del hombre]: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la Historia? Por regla general, esta cruel agresión espera para desencadenarse a que se la provoque, o bien se pone al servicio de otros propósitos, cuyo fin también podría alcanzarse con medios menos violentos. En condiciones que le sean favorables, cuando desaparecen las fuerzas psíquicas antagónicas que por lo general la inhiben, también puede manifestarse espontáneamente, desenmascarando al hombre como una bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie. Quien recuerde los horrores de las grandes migraciones, de las irrupciones de los hunos, de los mogoles bajo Gengis Khan y Tamerlán, de la conquista de Jerusalén por los píos cruzados y aun las crueldades de la última guerra mundial, tendrá que inclinarse humildemente ante la realidad de esta concepción.

La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en el prójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. El interés que ofrece la comunidad de trabajo no bastaría para mantener su cohesión, pues las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales. La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. De ahí, pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin; de ahí las restricciones de la vida sexual, y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo, precepto que efectivamente se justifica, porque ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana. Sin embargo, todos los esfuerzos de la cultura destinados a imponerlo aún no han logrado gran cosa.
Sigmund Freud, 6 de mayo de 1856 - 23 de septiembre de 1939

Pero ayer mismo Kierkegaard decía:

La hazaña suprema que un hombre puede realizar es sin duda alguna la del amor al prójimo, por muy ridícula, humillante e inoportuna que esta hazaña pueda antojársele al mundo. Después de todo, lo supremo tampoco ha sido nunca algo que se adecuara muy bien a las circunstancias de la vida en el mundo, sino que siempre será algo que al mismo tiempo es muy poco y demasiado.

1 comentario:

Charlie Boyle dijo...

Estimado Oscar. Este escrito de don Sigmund esta concebido desde dentro de un romanticismo tardío. La mirada moral con la que banaliza el principio de coexistencia mutua, una especie de reciprocidad social de suma cero. No ha sido ésta la única mirada y mucho menos la última. De lo que se está hablando acá es de la fraternidad.
Zizek en “La guía perversa de la ideología” recuerda que el “Himno a la alegría” ha sido utilizado por todas las ideología porque justamente apela a lo mismo que ese mandamiento de “amaras al prójimo como a ti mismo”. Nuevamente a la fraternidad.
Pero en qué consiste una fraternidad desapasionada y vista desde la postmodernidad del siglo XXI. La teoría de redes y la de juegos ha tenido mucho que ver en echar luz sobre este principio de no exclusión del otro. Desde el tit fot tat hasta el equilibrio de Nash iterado hablan que “una situación en la cual todos los jugadores han puesto en práctica, y saben que lo han hecho, una estrategia que maximiza sus ganancias dadas las estrategias de los otros. Consecuentemente, ningún jugador tiene ningún incentivo para modificar individualmente su estrategia”. Ergo la única posibilidad (estable) es que el grupo mejore como conjunto ya que cualquiera que se corte solo y quiera aventajar a los demás caerá en una situación de quedarse solo en poco tiempo. Fuera de juego.
La fraternidad es un concepto jacobino del siglo XIX, rescatado de los griegos y concebido en pleno romanticismo. Pero también el republicanismo español de la mano de Antoni Domenech se ha encargado de estudiarlo desde un punto de vista actual, y se han dado cuenta que esa divisa de la revolución francesa ha ido cayendo en desuso durante los últimos dos siglos. Pero ahora parece que quiere reflorecer. Pero no desde una óptica ideológica ni romántica como la de los jacobinos, sino desde la posmodernidad más dura.
Amar quiere decir no joder al otro, al no poder ignorarlo, al menos tolerarlo y convivir. Una tolerancia, no basada en la libertad, tampoco en la igualdad sino en la diferencia. Es por eso que requiere de “algo más” de nosotros para bancarnos el olor a chivo del vecino.
Entonces la fraternidad no es más ahora buscar el bien. Los sistemas sociales modernos debido a la información que manejan del otro resuelven la tensión social de la diferencia, como dice Juan Urrutia Elejalde al describir el concepto de Fraternidad, como una conveniencia de los agentes en la búsqueda de un equilibrio de sus necesidades dentro de la red: "cada hermano está dispuesto a no ser el más listo que el otro para permanecer unido a su hermano". Hermano en este sentido puede ser el prójimo, el próximo.
Entonces no era que la reciprocidad del amor es un ideal al que el ser humano debía tender por “amor” sino por “conveniencia”. Más como una autoprotección y estrategia de red para no caer del mapa. Tampoco es una cuestión ligth, descafeinada, La confederación de los pueblos iroqueses mantuvo unida a esos cinco pueblos durante tres siglos y nadie puede decir que eso indios eran amorosos.
Como dijo Felipe, en la política (y en la vida) para mantenerse hay que hacerse un poco el boludo. El amor al prójimo es la estrategia de equilibrio para mantenerse en la red.