Foto: Nadia Albarracin


miércoles, 16 de mayo de 2012

Marfici 2012: Fantasy es el lugar del que nadie puede regresar

por Martín Farina



El Mocito, de Marcela Said y Jean de Certau (Chile, 2010).

Esta coproducción franco fhilena es de lo mejor que pude ver en el Marfici hasta la fecha. Lo primero que pensé antes de entrar a la sala fue ¿qué querrá decir "mocito"?, suponiendo algún ignoto coloquio chileno. Pero no, "mocito" es el diminutivo de "mozo" nomás. En este caso, el protagonista del film era un joven mozo, que con apenas 17 años les servía el café a los torturadores de la brigada Lautaro, donde trabajaba para los aparatos de represión del régimen pinochetista, mientras ellos hacían su trabajo, literalmente. Y no solo eso, sino que además servia la comida de los detenidos, los conducía hasta el lugar donde se bañaban y ocasionalmente cargaba sus cadáveres en las bolsas donde eran puestos para luego ser arrojados en el mar. La película es un testigo de la vida de este hombre en su soledad más absoluta. Alejado de cualquiera, sin familia, devenido cazador, aseándose en arroyos silvestres, y convertido a la fe de una religión cristiano profana, Jorgelino vive un silencioso grito desesperado. Una especie de humanidad oscilante entre dos polos que lo rechazan en igual medida. El peso de su verdad ya no le permite seguir viviendo como lo hizo hasta ahora. Necesita hacer algo para dejar de ser un fantasma. Para recuperar alguna parte de la interioridad que le fue quitada, no sabría si por abandono de persona post dictadura o por dificultad para expersar y pronunciarse hacia algún lado de esos dos polos que lo rechazan con igual vehemencia. En este punto la película se vuelve algo más que un testigo; es una posibilidad de ser. La posibilidad de dar cuenta de que aún sigo siendo mientras muero incomprensible.

Pienso que el cine tiene en estos casos la misma potencia que la angustia reparadora. Ese dolor histórico que nos reconforta sabiéndose libre de sí, en los momentos en que me encuentro más cerca de mí. Esta película le da la posibilidad a Jorgelino de encontrar una salida a su angustiosa situación. El tiene dudas. No se le hace sencillo inclinarse hacia uno de los polos que lo rechazan. Porque ninguno de ellos lo invita a acercarse. En realidad es al revés: ¡lo están invitando los dos! Es una lucha despiadada dentro suyo por hacer lo correcto. Hacer lo que se debe hacer. Y en general parece que las cuestiones del deber están más cerca de uno de estos polos. Jorgelino tiene que encontrar un móvil para tomar una decisión y entregarse plenamente a la difícil tarea de sentar posición y asumir las consecuencias. Como sucede con  muchos sectores desatentos y conformados, siempre es preferible estar más o menos de acuerdo con lo que sucede, sin hacer mucho espamento, y cambiar en el momento indicado para no perder nada del terreno ganado, casi nunca en buena ley. Jorgelino se propone hacer las cosas de una vez y para siempre.


La caza del león con arcos y flechas, de Jean Rouch (Francia, 1965).

Conversando con Diego Menegazzi, programador del Marfici, me cuenta que un amigo suyo define un problema que aqueja a los marplatenses como "el mal del los topos marplatenses". Esos que no salen, que prefieren quedarse en sus casas, ya sea por el frío, la distancia, el dinero o la inseguridad. Los amargos. Esto me hizo pensar en una realidad de los tiempos que vivimos, en la cual pareciera que todo ritual social está vinculado al consumo o al espectáculo, que en verdad son dos caras de la misma moneda. Y no mucho más que eso. Los shoppings están preparados para ser lugares de tránsito o de consumo. La oferta cultural es justamente eso, una oferta. ¿Dónde se detiene la gente a conversar? Como dijo Raúl Perrone hace un par de domingos en La otra.-radio, la gente no se escucha, todos hablan al mismo tiempo... ¿Sabés qué me pasó el otro día? ¿Ah! Yo no te conté que me dijeron que no podía…? Sí, pero a mi me paso lo contrario... Y así avanzamos y retrocedemos al ritmo del no sé qué por no sé cuánto tiempo.

Jean Rouch el antropólogo, el ingeniero, el cineasta, nos sumerge en un tiempo inmemorial, cuando la tierra y el cosmos todavía participan del sentido único de la vida en el hombre. Jean Rouch despliega un canto digno de los tiempos de Homero, donde todo es parte de una sola cosa. La vida de la comunidad no está fragmentada de acuerdo a los intereses de sus individuos, sino que todo forma parte de un gran ritual del que nadie queda excento. El único ritual es pertenecer.

Es una maravillosa experiencia que durante una hora y media nos sumerge en el más allá de la sabana africana. Donde no hay nombres, ni calles, ni pasado. Nada tiene de distinto a una experiencia sobrenatural, colmada de duendes, magos, hadas y unicornios. Pero no. Son hombres y mujeres de no hace mucho tiempo, que posiblemente hoy sigan haciendo lo mismo de la misma forma. Seres humanos para quienes el destino que se juega en unas pequeñas piedras determinará el éxito de la cacería, y si los presagios no son favorables, entonces empuñamos el violín y cantamos para ahuyentar el miedo a perder la vida. Porque cuando demos con el león, todos estarán esperándonos.

Las cosas que pasarán serán inolvidables, y no tenemos miedo de vivir esa experiencia. Se lo debemos a los que estuvieron antes. Tenemos que hacerlo bien, porque eso es lo que todos esperan de nosotros. Y seremos amados. Nuestras mujeres dirán que somos sus esposos guerreros. Nos recordarán por siempre, y nuestros hijos harán lo mismo con sus nietos. Porque así fue y será siempre.


Bachelor Mountain, de Yu Guangey

Está película es la última parte de la trilogía del director chino Yu Guangey -Timber Gang (2006), Survival Song (2008)- y está filmada en la provincia de Heilongjiang, en el noreste más alejado del país.

Bachelor mountain quiere decir en español "la montaña del hombre soltero", o quizás se puede decir mejor "la montaña de solteros", o tal vez "la montaña soltera". La cosa es que en este pueblo chino todos son solteros. Aunque nos importa uno en especial. San Liangzi, 46 años, desempleado y divorciado por 12 años. Hombre de valores inalcanzables (justamente), que ama incondicionalmente a una sola mujer, sin prostitutas de por medio. Esta mujer es 16 años más joven que él, y a pesar de la enorme preocupación de sus padres, ella no piensa casarse. Solo quiere hacer dinero (es el problema de haber sido pobre, dice).

Todo esto es cierto. Se trata de una enigmática película documental que podría haber sido filmada en cualquier sitio del mundo, por una persona sensible e inteligente con una pequeña cámara de video y bastante tiempo libre. Durante todo un año de trabajo la nieve que se acumula dificulta la tarea de los hombres que recogen leña en las laderas, a lomo de potrillo. Advertidos de las nuevas reglamentaciones que protegen los bosques de la tala masiva, muchos se van a la gran ciudad, quedando así los cabezaduras como San Liangzi. Estos que no conocen de cambio de circunstancias. Los que para todos no aprendieron nada y siguen pensando lo mismo, desde que tienen memoria. Los hombres de pocas palabras. Tan pocas que se animan a hacer no mucho más que lo que dicta la orden del día, dejan los sentimientos más profundos vaya uno a saber dónde, y terminan después del rato hablándole a su sombra por las noches, pero con los valores intactos.

Qué extraña y conmovedora es esta película. Para pensar mejor al personaje sugerí una pregunta bien intencionada: ¿hasta dónde puede llegar un hombre enamorado que no se anima a confesar su amor a la enamorada? Y un amigo que no vio la película me contestó: ese hombre puede llegar hasta el final. No habla porque prefiere la fantasía, a que le digan que no. Fantasy es un lugar, del que nadie puede regresar. Nuevamente Charly García, esta vez sí que es extraño. Tan extraño como el momento de la película (perdón pero se los tengo que contar) en que llegan los turistas de la capital china al hostal que lleva adelante Wang Meizi -la enamorada de San- y, con fuegos artificiales de por medio, se ponen a bailar con musica de ¡¡King Africa!! Sí, imposible. Saltando sin parar en la montaña más recóndita del planeta, al noreste de Heilongjiang . De este mundo sí que no habla Jean Rouch, quién nos habla es el chino Yu guangey, en un relato que muestra -como dice Roger Koza- el desamparo infinito en el que vive una gran mayoría silenciosa.

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