miércoles, 27 de febrero de 2019

El pobre siempre es el otro


por Lidia Ferrari

El mísero siempre es el otro. Pobres, sucios y malos siempre son los otros. La imagen de sí de cada quien –pobre o rico- no se ubica como siendo pobre, feo, sucio o malo. Cuando ocurre que nos identificamos con la humildad y la modestia siempre será desde un ángulo de dignidad y orgullo. Nadie va a ir a ocupar por sí mismo el lugar del indigno o del miserable. Quizás pudiera ser la del resto o del desecho, pero que tomará a la pobreza como nombre de una posición subjetiva neurótica o perversa.

La idea de miserabilidad puede ofrecer dos rostros. El del miserable en el sentido de lo abyecto que, obviamente, siempre será el otro. Pues aún el que pudiera reconocerse como indigno en un sentido moral, más bien sería un canalla que, como tal, jamás reconocería serlo. Por otro lado, está el rostro de miserable, adjudicado por quienes lo ubican en estado de desposesión, de escasez o de penuria. Tampoco aquí podríamos pedirle a alguien que se reconozca con el significante de pobre. El desprovisto, el carente, podrá reconocerse como tal en el momento de demandar algo a alguien. Esto es, usará un semblante con el que tampoco tiene por qué sentirse identificado. Mostrará su carencia cuando sea una imagen de sí que lo sostiene en lo social por alguna razón [1]. Pero ese semblante no tiene por qué identificarlo, nombrarlo o formar parte de eso en lo que se reconoce. Vive en una casilla de chapas donde pueden faltar cosas esenciales. Pero, como todo hogar, tendrá valor de refugio y no de pocilga. Estamos diciendo que el semblante de carente, pobre, sucio o malo casi siempre es puesto por el otro.

Alguien podrá sentirse víctima y entonces tampoco se sentirá intrínsecamente pobre, sucio o malo, sino víctima de un orden injusto. Y tendrá razón, pero entonces tampoco su lugar será el que se le adjudica. Se habla negativamente de la aporafobia: la fobia a los pobres. Quizá sea una fobia estructural, ya que nadie se ubica en el lugar de la pobreza. No sólo porque no se desea ocupar el lugar del pobre, de una imagen de pobre construida socialmente. El pobre siempre es el otro; al que se podrá rechazar o albergar, pero siempre como un otro.

Ahora bien, para que se pueda producir la operación de rechazo de la pobreza o del pobre, primero se debe haber tenido la experiencia de imaginarse en ese lugar rechazado. Ese lugar en el cual no se quiere estar, porque se comparte y se acuerda socialmente que es un lugar en el cual no se debe estar. Este rechazo es un fantasma ideológico pregnante que amenaza la imagen siempre frágil que cada uno puede tener de sí mismo. Con el rechazo se esquiva, se sortea la posibilidad de ocupar ese lugar que se imagina de escoria social. No es que haya consciencia de esta operación. De la misma manera, para aquel que aloja a la pobreza o al pobre, que no la rechaza, ya sea identificándose desde una piedad religiosa o desde un lugar ideológico de solidaridad, también “su” pobre es posible que sea otro de sí mismo.

De todos modos, hay una vía neurótica para la identificación con la pobreza. La analiza muy bien Sigmund Freud en La Novela familiar del neurótico. Pero se trata de un fantasma que puede habitar en personas de cualquier clase social. Se trata del fantasma de una pobreza que está al servicio de sostener al Otro como quien posee, como quien es poseedor de eso que el protagonista de esa novela familiar no posee. Con todas las variaciones imaginables: lo tiene y no me lo quiere dar; lo tiene porque me lo sacó; lo tiene y me lo enrostra; lo tiene porque lo merece más que yo; lo tiene porque nació en cuna de oro; lo tiene para que lo envidie; lo tiene porque el mundo es injusto conmigo, etcétera.

Se tratará de un fantasma que provocará padecimientos de diferentes formas y, también, las más diversas formas del goce en ese fantasma. Pero nadie hace uso de ese fantasma porque “realmente” ocupa un lugar determinado en la sociedad. Quizá pueda ayudar la mirada de los otros, pero no es condición suficiente. Una joven agraciada y rica ocupaba el lugar de la no querida en su numerosa familia porque estaba convencida –quizá haya sido así- de que no la habían amado. Por lo tanto, en su fantasma ella ocupaba el lugar de la pobre de una familia aristocrática.

Los pobres de los que se huye, a quienes se rechaza, no necesariamente son los seres de carne y hueso que duermen debajo de un puente. Ellos encarnan ciertos estereotipos que se organizan como lugares en la distribución de la ciudad. ¿Por qué se insiste en que la pobreza se encuentra en la villa o en la favela? Allí hay carencia de cosas desde la óptica del que mira la distribución de la riqueza en el mundo y sitúa geográficamente los lugares desde un postulado de la riqueza o del confort. Y es ese postulado el que conduce a “creer” que allí residen los pobres, los feos, los sucios, los malos. Se trata de una construcción fantasmática que organiza la geografía social ubicando en lugares determinados lo que rechaza de sí.

Ocurre en Argentina, en los últimos tiempos, una revuelta de estos pactos geográficos de consenso acerca de dónde está la pobreza y dónde la riqueza. Curiosamente, cuando por fórmulas político-económicas precisas la pobreza económica ha crecido y mucho. Se han vuelto famosos varios jóvenes que protagonizan la escena pública reivindicando su lugar de procedencia, ese que se supone debe ser excluido de la mirada y de la palabra. Son jóvenes que, por diversas razones, vienen a narrar de qué se trata vivir en la villa o en los lugares que soportan el estigma de ser allí donde "anida lo peor". Es una experiencia disruptiva escuchar a César González, Mayra Arena o Nacho Levy. Salen a la luz, en primer lugar por el “atrevimiento” de hacer oír su voz, no para contarnos las desventuras del lugar –aunque también- sino para decirnos que ellos pueden hablar desde otro lugar del que se lo espera. No lo hacen dando pasto a las fieras que se entretienen viendo la ruindad de los otros, o para contar su infortunio o su delito, confirmando los presupuestos de cómo se deben distribuir los lugares sociales. No, ellos hablan de manera inteligente, sagaz, subvirtiendo prejuicios y estereotipos. El valor de esa palabra no proviene del lugar de procedencia, sino porque intercepta todos los espacios. Conocen el territorio que habitan y hablan desde un lugar “culto”, entrecruzando los espacios geográficos y culturales de la ciudad. Desde la periferia, su voz se hace central. Tan central que no puede dejar de escucharse. En realidad, habitan una excentricidad que subvierte el espacio esperado del centro y de la periferia. Desde esos lugares vienen a decirnos cómo es una construcción fantasmática de lo social. Y surgen, curiosamente, en este contexto político-cultural que intenta imponer una ideología de exclusión de los sectores en los cuales nadie se quiere mirar.

Precisamente cuando parece triunfar la ideología de que el otro pobre debe ser excluido, estos jóvenes muestran su potencia, su riqueza, asumiendo su lugar de pertenencia como uno más posible para habitar la ciudad y tomar la palabra. Deconstruyen la ciudad cultural separada entre periferia y centro y, transversalmente, nos orientan a una ciudad en red donde se intercambian los bienes culturales. ¿Diríamos que es la voz de los que no tienen voz? No lo creo. Es la voz que denuncia que siempre hemos creído que las carencias, la desposesión, lo que no anda, sólo habita por esos lugares que no queremos frecuentar. Y ellos nos dicen que no es así, que se trata de un fantasma social que nos constituye.

Este fantasma social segrega espacios diferentes para formar una geografía de lo que vale o no vale en nuestra sociedad. Obviamente, esto no surge de la nada. La vida social está constituida por jerarquías y dominios de todo tipo que han conducido a una geografía territorial en la que la arquitectura traza los lugares valiosos (los que cuestan) y los rechazables (los baratos). Se podría estudiar cómo esa geografía humana representada en valores espaciales no es sino un entramado que muda permanentemente, aunque muchos creen en su fijeza. Los grandes inversores inmobiliarios transforman una zona de la ciudad devaluada para hacer pingües negocios. Lo hacen porque saben con certeza que cuando compran a precio vil una zona marginada y luego la llenan de “prestancia” para que crezca su valor, la ganancia será inmensa. Aquellos que antes rechazaban ese ángulo de la ciudad correrán presurosos a adquirir un lugar en la ahora próspera urbanización. Reconvertir lo que no vale en algo valioso, entonces, no es cuestión de cuna ni de dinero, sino de circulación de emblemas y condecoraciones que tanto se ponen como se sacan.

Esta manera de distribución de lugares y oportunidades es protegido a rajatabla por los defensores de las jerarquías fijas e inmutables. Los mismos que encuentran en la periferia o en las villas a los pobres, sucios, feos y malos consideran insoportable que esos lugares se intercambien o muden. Es así que podemos explicar el rechazo y a veces hasta el odio de muchos argentinos contra Maradona. Él podría haberse identificado con los poderosos de turno cuando salió de Fiorito y obtuvo riquezas, fama y fue amado por el mundo. Maradona eligió reivindicar su origen, seguir sosteniendo causas políticas e ideológicas de otro lado, el que debía haber dejado atrás. Para muchos ha sido y es insoportable esa posición, pues para las almas pro status quo (aunque también tengan origen humilde) Maradona se presenta como alguien capaz de resistir ese orden jerárquico que deberíamos respetar siempre. Maradona ha tenido el atrevimiento de invadir territorios, mezclar lugares y adoptar ideologías plebeyas siendo –o si alguna vez lo fue- inmensamente rico.

Esto no es gratis. Una legión de defensores de que los poderosos ocupen el centro y los pobres los márgenes se indignará frente a estos irreverentes autores de un guión diferente del que están acostumbrados. Quizá suponen que adoptando ideológicamente la voz del poderoso algún día quién sabe, ellos también llegarán a serlo. O, simplemente, por el hecho de pensar como piensan, ya se sienten ubicados en el centro, aunque habiten la periferia. O, quizás, como dijimos al principio, nunca se hayan identificado con el pobre, el feo o el sucio, a pesar de que habitan en los márgenes de la distribución de los bienes culturales. Porque, como creemos que sucede, el pobre siempre es y será el otro.

La distribución jerárquica espacial, arquitectónica, cultural y educativa existe y subsiste. No sabemos si esa jerarquía es eliminable y si algún día accederemos a habitar un mundo donde se distribuyan de otra manera los lugares. Lo que será necesario en aquel mundo es que la pobreza deje de ser un fantasma por el cual neuróticamente renegamos de lo que nos falta a cada uno, que para cada uno es diferente. Que dejemos de ubicarnos como “poseedores” sólo para separar a los “carentes” y así seguir creyendo que siempre el pobre es el otro.


[1] En Italia he hablado con inmigrantes africanos que venden o piden en la calle. Muchos de ellos plantean su lugar de carencia o de necesidad en el momento de la posibilidad de intercambio. Cuando se habla con ellos al margen del intercambio comercial, aparecen las personas con la dignidad alta y narrando su vida como cualquier persona.

Ilustración: Carmen Cuervo

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