miércoles, 2 de agosto de 2017

Soltar la lengua



NOTA DEL EDITOR: Mi amigo Paulo Manterola está por empezar su propio taller de escritura y le pedí que escribiera algo que transmitiera de qué cómo lo está pensando. Y esto fue lo que me mandó: (toda la información la encuentran en el flyer de abajo)

A la hora de escribir, pueden surgir muchas dificultades. Algunas nos resultan familiares y aprendemos a transitarlas. Otras nuevas, surgen de este mismo aprendizaje. Lo importante, como en cualquier cosa que emprendamos, es no detenerse, no quedarse paralizado, avanzar. Con seguridad, confianza y cautela también, pero avanzar.

Muchas veces somos víctimas de nuestra propia exigencia. Este proceso quizá tenga que ver con esto de que, cuando terminamos algo, tenemos que pensar en otra cosa para hacer y, a veces, esta idea puede resultar aterradora. No queremos dejar ir. Nos sentimos seguros corrigiendo una y otra vez nuestra obra maestra.

También, puede suceder que no confiamos en nuestro propio criterio, y así pensamos que todo lo que hacemos lo hacemos mal, o debería estar mejor. Es la autocensura. O nos pasa que no tenemos idea de cuándo algo que hacemos está bien o mal, o dudamos.

Y, lamentablemente, estas cuestiones no se resolverán nunca, debo decirles. Pero, como aliciente, les puedo asegurar que todos se sienten así, desde cualquier escritor novato o principiante hasta el más experto y el más publicado.

Mientras más aprendemos, más dudas nos surgen y menos certezas tenemos.

¿Cuándo debemos dar por terminado un escrito, o una corrección? ¿Cómo logramos un buen escrito? ¿Cómo lo hacemos interesante, o fluido? ¿Cuánta información debemos dar, y cuánta guardarnos? ¿Qué es lo que queremos trasmitir? ¿Cómo construimos nuestro propio estilo? Todas preguntas válidas para las que existen respuestas. Y la pregunta última: ¿Cuándo podemos darnos por satisfechos? Ese es el asunto.

La esencia del ser humano es la insatisfacción. Siempre buscamos más, queremos más, deseamos más, en el ámbito que sea. Claro, hay algunos más saludables que otros. Pero nuestra energía siempre está enfocada en lo que nos falta, en lo que nos queda pendiente, en lo que queremos lograr, nuestros desafíos. De otra forma, nuestra existencia sería más aburrida.

Lucio Mansilla decía: "No aspiro a escribir bien, aspiro a comunicar". Yo creo que ahí está el secreto, en entender cuál es el sentido verdadero de la escritura, del lenguaje, antes de ponernos a escribir una pila de quinientas páginas, que tal vez sea el plomo más grande de la historia o el libro más vendido del año.

Siempre que hacemos uso del lenguaje, queremos decir algo a alguien. Quizá no sabemos qué o a quién, quizá encontramos formas más directas o indirectas de decirlo. Sin embargo, lo realmente importante es tener en claro lo que queremos decir; después, saber cómo expresarlo.

Vayamos de mayor a menor. El lenguaje es un sistema de símbolos aceptados por convenciones y destinados a la comunicación. Los símbolos del lenguaje decodifican un mensaje, y lo codifican también. El arte es una retórica de este y tiene procedimientos parecidos a los de los sueños, de alguna forma. La escritura, por último, es una de las formas del arte. Su intención, como la de cualquier forma de arte, es trasmitir, exteriorizar una o más sensaciones o pensamientos, conmover, generar un cambio, una reflexión, ya sea hacia el propio autor o hacia otros.

De este modo, siempre que escribimos, lo hacemos con una idea de exteriorización de algo que no podemos expresar de otra forma: es una idea de transformación. Para que esto tenga lugar, la comunicación, el lenguaje, la idea que queremos trasmitir debe ser efectiva. Debemos saber cómo, cuándo y dónde decir. Ya que, sépanlo, repítanlo, como si fuera un procedimiento matemático: narrar es administrar información.

Se escribe de a poco, de a una palabra a la vez, de párrafo a párrafo, hoja por hoja, un poco cada día, sin esperanza ni desesperación, dicen. No es aconsejable que apuremos este proceso, ni ningún otro en general. Una idea debe poder fluir, y crecer.

Hay una planificación, consciente o inconsciente, que es necesaria. Y, en general, la inconsciente es la más extensa, y la más fructífera. Por eso, también resulta importante otra cuestión: conocernos a nosotros mismos, o tener mucha mucha suerte.

Felizmente, las respuestas a las preguntas planteadas párrafos más arriba, y otras que quizás se planteen por su cuenta (y que quizá sean las causantes de esa parálisis que todos sufrimos), como les dije, existen. Pero es poco probable que nos las enseñe alguien, que otra persona nos diga “¡ahí está!, y nos restriegue la cara contra ellas hasta que lo entendamos. Lo más factible, y natural quizá (si podemos llamarlo así), es que provengan de un aprendizaje interno y reflexivo.

Por eso, siempre me gustó ir a talleres. En estos, no nos dicen adónde tenemos que mirar, sino que nos muestran el paisaje. No nos adoctrinan, nos dan herramientas. No nos enseñan lo que hay que hacer, nos hacen descubrirlo por nosotros mismos. Por eso, ahora hago mi propio taller, donde comparto mis experiencias.

E intento ayudar, mostrar, y aprender también. Juntos.

Mi propuesta es jugar con el lenguaje y explorar diferentes herramientas a través de ejercicios, consignas y otros disparadores, e interactuar también con otras ramas del arte. Abrir el camino. Transitar nuestras dificultades y superarlas.

Uno nunca sabe lo mucho que tiene para dar hasta que lo intenta.

Paulo Manterola