El exiliado político Pepín Rodríguez Simón, la periodista Luciana Vázquez y mi maestro en la crítica cinematográfica Gustavo Noriega. Clickear en la imagen.

sábado, 18 de enero de 2020

La calumnia


por Lidia Ferrari, desde Treviso
Ilustración: Carmen Cuervo

“No es, sin embargo, cosa insignificante y sencilla [la calumnia], como cabría suponer: requiere gran destreza, no poca astucia, y cierto grado de precisión; pues la calumnia no causaría tantos males de no producirse con cierta verosimilitud, ni triunfaría sobre la verdad, que es más fuerte que todo, de no cuidar previamente su atractivo, su verosimilitud y otros mil detalles frente al auditorio. Suele sufrir la calumnia con especial frecuencia quien goza de favor y es por ello envidiado de quienes deja tras de sí. Todos apuntan sus flechas contra él, por considerarlo un impedimento y obstáculo, y cada cual espera ser el primero tras expugnar al gran encumbrado y privarle del favor”.

Así habla de los males de la calumnia Luciano de Samosata en el siglo segundo después de Cristo. Nada ha cambiado. Ahora hay más dispositivos para que la calumnia se expanda y se convierta en una única voz, pero el funcionamiento es el mismo. Luciano advierte que la calumnia prospera donde no puede funcionar la justicia, esto es, donde no hay posibilidad de la parresía, esto es, escuchar a ambos contendientes, en igualdad de condiciones. No funciona: “Y no dictes sentencia, hasta escuchar de entrambos el relato”.

Así han operado y siguen operando contra Cristina, Alberto y todos los que quieren modificar algo el programa neoliberal. Así se hace en todos lados, en Inglaterra y Francia, acusando a Corbyn y a Melénchon de antisemitas, por ejemplo. Así lo hacen ahora, salvajemente en Italia contra Luigi di Maio, el capo político del M5S. Lo hacen contra todas las medidas populares que toman o que intentan tomar. Pero tienen la hegemonía de los medios y, sobre todo, ese semblante de verosimilitud que exige la calumnia. También porque toca puntos sensibles en la idiosincrasia de algunos pueblos: su necesidad de mirar alto porque se sienten bajos, o el provincialismo que impera en Italia, país en el que vivo; este provincialismo no creo que pueda adjudicarse al pueblo argentino *. Pero, sobre todo, la calumnia es calumnia porque no rige, como dice Luciano, una emisión justa e imparcial de acusaciones con derecho de defensa del acusado. 

El calumniado está inerme, en nuestros tiempos, ante la potencia de la prensa hegemónica, ante la corporación periodística y política que no deja casi resquicio para que se filtren otras voces y, sobre todo, no se vea el gesto escondido de la calumnia. Pues la calumnia se viste de santa, esconde sus malas intenciones. La calumnia es una acusación sin fundamento, injusta e impía. Pero se reviste de santa verdad. En nuestros tiempos, pero también en tiempos de Luciano, la calumnia servía y sirve a los poderosos y prospera en los ambientes donde “cobra más fama el más adulador y el más experto en esas infames prácticas”. En este mundo de la potencia colosal de las redes sociales y de los aparatos mediáticos concentrados sería una buena práctica sospechar cuando frente a alguien se disparan calumnias, maledicencias y acusaciones de manera compacta y unívoca y, sobre todo, cuando no se tiene acceso a la voz del calumniado.

* Como decía Borges: “Uno de los mejores rasgos del alma argentina es la generosa curiosidad por lo que ocurre no sólo aquí, sino en cualquier lugar del planeta. La modestia de nuestra tradición nos obliga a ser menos provincianos que los europeos”.

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