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domingo, 12 de agosto de 2012

Gabo: tan frágil en tu acento




por Oscar Cuervo

Mucha gente en La oreja negra en la noche del sábado, gente apilada por los rincones, olor a fritanga y alto ruido. En la pantalla se proyecta What's Up, Tiger Lily?, la primera de Woody Allen, de 1966 (en realidad lo que hizo Woody es tomar una película japonesa de espías, re-editarla e inventar un doblaje que altera los diálogos originales). Como sea, casi nadie le pasa bola a la película porque toda esa gente se acercó en esta noche de lluvia de agosto para ver a Gabo Ferro. Viendo la bulliciosa y aceitosa condición ambiental del local, se me ocurrió pensar que ni bien Gabo pisara el escenario, todo se transformaría mágicamente.

En efecto. Cuando Gabo apoyó el pie derecho sobre el escenario de La oreja negra  todo se transformó mágicamente. La primera victoria de un músico cuando pisa el escenario es el silencio. En estos años de ver músicos tocando en boliches donde se sirven comidas y tragos durante el show pude ver a más de uno luchar contra el murmullo, el choque de tenedores y cuchillos y el clinck de la caja registradora. Bueno: Gabo logra que el silencio se haga al pisar el escenario. Es parte del trato con su público, que escucha con unción lo que sale de su garganta, se prende a cantar en algunos momentos señalados en un susurro delicado y afinadísimo y estalla en ovaciones cortas al final de cada tema.

Todo esto tiene una explicación. La garganta poderosa de Gabo. Hacía como tres años que no lo veía en vivo y ayer pude confirmar que este tiempo de mi distracción en otros quehaceres le sirvió a él para dos cosas. Una. Reunir un repertorio importante: Gabo no paró de hacer discos en todo este tiempo y en cualquiera de ellos hay algunas canciones notables (La aguja tras la máscara, el último, me pareció brillante desde que dice el primer verso del primer tema, el excepcional "Lo que te da terror"; pero ahora veo que el disco que lanzó en 2009, Boca arriba, es otro discazo). Entonces, Gabo tiene hoy canciones para tirar para arriba. Y efectivamente, las tira para arriba. Dos. El arte del cantor ha madurado. Ya dije que su garganta es poderosa, pero esta manera de hablar puede ser un poco imprecisa. Porque su voz es un instrumento finísimo, ductil, frágil y feroz. Con esta seguidilla de adjetivos quiero dar a entender la capacidad para recorrer con gracia un rango muy amplio de intensidades, timbres y matices. Por momentos, de la boca de Gabo sale la sección de cuerdas de una orquesta sinfónica; en otros, una banda de Death Metal o música de las esferas. Así de mágica puede ser una voz humana. Y en estos años Gabo fue puliendo el arte de manejar esa dotación natural, ganando en expresividad y en sutileza. Su afinación es perfecta y se luce en esos pianíssimos, muuuy agudos y muuuy laaaargos que requieren el contexto de silencio que el cantor conquista.

Pero no hay que olvidar que esas dotes vocales son voz humana y por ende palabra. Y las canciones de Gabo recorren todas las variantes del amor y el desamor, del despecho y el odio, del desgarro de la separación y el abismo de los celos. Amor significa muchas cosas de acuerdo con sus canciones, también un asunto político. No es uno de sus logros menores que el tema del florecimiento y el deterioro de la pareja, de la casa y las cosas que quedan tiradas después de que el otro se fue, de la tierra arrasada, los frutos envenenados y las flores perfumadas y el olor de lo muerto, salga de su garganta en variaciones inagotables.

Todo el despliegue escénico está centrado en esa lengua amorosa pronunciada con exquisita musicalidad. Por eso es que Gabo se da el lujo de llenar el espacio escénico con movimientos y gestos muy discretos, casi tímidos.

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