Cadete





jueves, 3 de enero de 2013

La bestia debe morir

Asesinato Utópico (¿en ausencia de las instituciones?)
por Gabriela Zubiría

I. Cine y Literatura, las adaptaciones


En general se entiende que ‘adaptar’ una obra literaria a la pantalla es hallar un conjunto de analogías audiovisuales dentro del texto, partiendo del presupuesto de que no se trata de una réplica exhaustiva. No se trata, pues, de respetar término a término el argumento original, ya que eso sería, de hecho, imposible. ¿En qué consiste, entonces, una buena adaptación? (…) En el respeto por los núcleos significativos e ideológicos fundamentales del texto al que se apela y no la sujeción al detalle argumental” .
(Eduardo Romano, "Entre cine y literatura" en Medios de Comunicación y Cultura popular. 
A. Ford, J. B. Rivera y E. Romano. Ed. Legasa. Buenos Aires, 1985)


La bestia debe morir es una adaptación de la novela homónima de Nicholas Blake (seudónimo del poeta Cecil Day Lewis) y es, además, el libro que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares eligieron para iniciar la colección El Séptimo Círculo en 1945. La bestia debe morir, la película estrenada en 1952 que se estuvo proyectando por estos días en el MALBA y también en INCAA TV, es una adaptación de la novela dirigida por Román Viñoly Barreto y protagonizada por Narciso Ibáñez Menta, ambos además, responsables del guión. Ibáñez Menta es, junto a Laura Hidalgo, productor de la película. Una curiosidad: Haroldo Conti (sí, el mismo de Sudeste y La Balada del Alamo Carolina) es asistente de director. Es muy difícil pararse casi 60 años después frente a un relato y observarlo con una mirada despojada. Además, como muchos, soy una lectora del Séptimo Círculo desde los 12 años, Esta colección fue mi primera aproximación al género policial y este título en particular, por ser el primero e inconseguible (hasta su reedición en 2003) siempre fue casi un fetiche.

II. Conociendo a la bestia… y a los otros.

¿Qué tan malo puede ser un hombre malo? ¿No es suficiente con haber atropellado a un niño y huir? Jorge Rattery será nombrado por los diferentes personajes como “la bestia”, “canalla”, “un animal” y otros epítetos por el estilo. Golpeaba a su mujer y a su hijastro, acosaba a su cuñada Linda, flirteaba descaradamente con la mujer de su socio: un ser absolutamente deleznable. Guillermo Battaglia está gigante en este personaje, despectivo, sostiene una mueca de asco y fastidio que no se le borra del rictus. Su cara es una máscara de malo, bien malo, que roza la caricatura. En el primer encuentro entre Jorge y Félix, en el marco de una conversación social y tras enterarse de que escribe novelas policiales, le espeta un: “me tranquiliza, pensé que Linda iba a traer un escritor de verdad”.

Su contraparte, Félix Lane (Narciso Ibáñez Menta) parece un hombre bueno, aunque en más bien es un hombre desapasionado y calculador. Es casi cruel la forma en que abandona a Linda a los maltratos de su cuñado, nunca interviene y cuando ella se lo reclama alega que “no es para tanto”. Distinta es su actitud con el niño Ronnie, aunque tampoco interviene cuando este es objeto de la crueldad y el maltrato de su padrastro. Ibáñez Menta es una máscara inconmovible de voz susurrante.

En esta adaptación hay una necesidad manifiesta de generar culpas (¿en la tradición judeo-cristiana?) logradas a través de modificaciones y omisiones en apariencia, menores. El primer ejemplo: inicia la proyección. Música incidental. Un camino arbolado por el que se acerca un auto deportivo, llega a una casa majestuosa, el conductor desciende y aparece la cita sobreimpresa: “La bestia debe morir, el hombre muere también; sí, ambos deben morir. Eclesiastés 3, 19”. Esta cita, en el libro aparece al final, son de hecho las últimas líneas y claro, dichas en otro contexto. Hasta aquí los espectadores no tenemos ni idea de que es lo que sucederá, pero ya nos están contando el final. En el original el accidente sucede cuando el niño va a comprar caramelos (no los cigarrillos del padre) en pleno día. El hecho de que en el film el desencadenante sea comprar los cigarrillos del padre en medio de la noche es una elección culpógena manifiesta.

Siguiendo con el niño, en el libro Ronnie es hijo de Jorge y Violeta, mientras en la versión cinematográfica es hijastro de Jorge, lo que nos permitirá deliciosos diálogos en referencia a su padre muerto (llamado “el finado”), que darán cuenta de la inagotable crueldad de Rattery. Las mujeres: Linda (Laura Hidalgo) hermana de Violeta, la mujer de Rattery (Josefa Goldar), ha sido amante de su cuñado y lo menciona sin culpa, tampoco es juzgada por ello. En la película es una víctima acosada por “este ser sin alma ni compasión por nadie al que ni siquiera le importa matar”, quien la persigue como una bestia, persecución a la que ella, claro, se resiste. La madre de Rattery (Milagros de la Vega), una mujer autoritaria que conserva esa dignidad de los aristócratas en desgracia, lejos está de ser una arpía consumada y cruel: ella protagoniza un diálogo antológico con el pequeño Ronnie, tras el asesinato de su padrastro. El plano abre con el rostro del niño desencajado por el temor y se escucha la voz de la abuelastra:

Abuela: Tarde o temprano la policía sabrá que tu madre envenenó a mi hijo…
Ronnie: Mi madre no, usted miente, mi madre no fue…
Abuela (mientras lo zamarrea): Ella lo odiaba por lo de Rhoda. ¿Sabes que tienes que decírselo a la policía? Júrame que lo dirás.
Ronnie: Déjeme. ¡La odio, la odio!
Abuela: No te dejo hasta que lo jures. Toda la vida te remorderá la conciencia por ocultar a una asesina.

En líneas generales, los personajes femeninos aparecen desdibujados, salvo el caso de Laura Hidalgo, que es reformulada como víctima pero que, por otra parte, es la única que increpa a “la bestia”. Es imposible que la cámara se sustraiga de esta morocha imponente, sus ojos y su porte. Carfax, el socio interpretado por Nathán Pinzón, no es en el libro el pusilánime complaciente que nos muestra la pantalla. En la novela inclusive ejerce un cierto poder -aunque no lo use- sobre Rattery: él con su dinero salvó a la familia de Jorge de la ruina.

II. Similitudes y diferencias

La novela está dividida en tres partes, la primera es el diario minucioso de un escritor de policiales (Félix Lane, seudónimo de Frank Cairnes) cuyo hijo (Martie) ha sido atropellado por un desconocido que se da a la fuga (“la bestia”). Allí se registra la búsqueda del culpable y cada instante de la planificación de la venganza de este padre desencajado por el dolor. La segunda parte cambia de tono, es en presente y registra un asesinato. Finalmente, la tercera, que responde absolutamente a los códigos del género, es la investigación del crimen llevada adelante por el investigador Nigel Strangeways (habría que dedicarle un capítulo a la elección de los nombres de los personajes) que, acompañado por su esposa Georgia resolverá el caso. Una primera observación: en la película Nigel no sólo no tiene nombre sino que se convierte en el “abogado defensor” y Georgia, sencillamente, desaparece.

La película recrea diálogos textuales pero, en la elección de la presentación de los acontecimientos se ve obligada a revelar aspectos de la trama que la vuelven didáctica y previsible. Es un extraño camino el que decide recorrer esta adaptación. Podemos desglosarla en capítulos: en el primero se nos presentan los personajes y su perfil, se comete un crímen (Jorge Rattery muere envenenado), se descubre la trama de la venganza y aquello que la originó (todos leen el diario de Félix Lane, dónde él da cuenta de sus planes y del asesinato de su hijo Martie) y alguien (Ronnie, el hijastro) confiesa ser el autor del crimen de su padrastro. El protagonista (Ibáñez Menta) sólo en su cuarto retoma el diario y escribe en él: “Ronnie me recordaba a Martie y lo que Martie hubiera podido ser”. Este es el final de este primer episodio. Este recurso de la imagen de la escritura permitirá narrar la historia.
La imagen funde a negro…

III. Las razones, en el pasado

En el nuevo capítulo la pantalla abre a un mar embravecido rompiendo contra las rocas (esta imagen se convertirá, por repetición, en una fuerte metáfora de la muerte). Por el mar, cerca de la costa, navega un pequeño velero (el Tessa, como la mujer muerta del protagonista). Un primer plano nos muestra a un niño sonriente y oímos que se lo nombra: Martie. Se trata de un flashback que nos cuenta la idílica relación de este padre con su hijo. La tragedia sucede precisamente, el día del cumpleaños del padre: lo que la desencadena es que al quedarse sin cigarrillos el niño se ofrece para ir a comprarlos al pueblo. Recordemos que es de noche y la casa está algo alejada. En esta secuencia aparece el General (Ricardo Argemí), el amigo más cercano de Lane, quién ya ha sido mencionado, porque es el nexo entre éste y el abogado, entre otros.

Martie se demora y su padre preocupado decide salir a buscarlo en medio de la noche, la música no presagia nada bueno. Lo primero que verá Lane serán los cigarrillos destrozados, luego al niño. Otra vez las olas que rompen contra el acantilado, ¿una metáfora de que algo se ha destrozado en el protagonista? Como un autómata lleva en brazos a su hijo y en un raro efecto en espiral (cómo el del túnel del tiempo) vemos y oímos al médico que dice: “si lo hubieran atendido a tiempo, se habría salvado”. Lane sale de este trance –elipsis temporal durante la cual ha permanecido internado y le ha crecido la barba- y en un diálogo con el General se nos revela el que quizás sea el nudo de la cuestión. La investigación no avanza y Félix concluye que si quizás atrapan al responsable “lo acusarán de imprudencia, le impondrán una multa, acaso un par de años de cárcel, pero eso no le devuelve la vida a Martie y el que lo mató volverá a salir libre para matar a otro… salvo que…”. Frente a la ausencia de respuesta por parte de las instituciones, en su desesperación, este padre elige hacer justicia por su mano. Este plan lo mantienen cuerdo.

La vuelta a casa no es fácil, menos aún volver al cuarto del hijo. Allí encuentra lo que fuera su regalo de cumpleaños: se trata nada menos que de un diario. La dedicatoria se vuelve premonitoria: “Si no quieres llevar un diario puedes usarlo para las notas cuando escribas otro asesinato. Como siempre los estás planeando…”. La venganza ya cuenta, además, con la bendición del hijo muerto. Otra vez el recurso de la escritura que va marcando avances en el relato. La escena cierra con lo que será la declaración de principios de la novela: “Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo idea de su aspecto. Pero voy a encontrarlo y lo mataré…” Esta imagen cierra el segundo episodio.

IV. De la búsqueda al presente

La búsqueda es infructuosa hasta que una casualidad lo pone sobre la pista de Linda, una reconocida actriz. Con la ayuda del General, Lane se pondrá en contacto con ella, con la excusa de preparar el material para su próximo libro, Asesinato en el set (Félix Lane no es un autor muy creativo a la hora de titular sus obras, que van de Asesinato en el tren hasta el inquietante Asesinato utópico). No le resulta nada difícil a nuestro galán llegar a la actriz, el romance surge y el plan avanza. Una llamada de auxilio inesperada de su hermana Violeta lo pondrá cada vez más cerca de su objetivo. Antes asistimos a un extrañísimo paso de comedia en el departamento de soltero de Félix Lane (al que ella quiere ir, aunque él no encuentra adecuado llevarla “a estas horas”), que termina con ella llorando y el casi pidiéndole matrimonio. En esta secuencia, además, queda establecido el carácter de víctima de la bellísima y provocativa Linda, que ha bebido demasiado, porque “a veces necesita aturdirse para no pensar”. Parece que va a confesar, pero no, casi.

Llegan a la casa, se instalan, se suceden una serie de situaciones sumamente violentas, siempre protagonizadas por Rattery, el victimario de todos, hasta que parece que cristaliza la posibilidad de asesinarlo. Félix es un experto navegante, y en una de sus excursiones el niño le había comentado que su padrastro no sabe nadar. Tras una provocación, esas cosas de hombres, logra que Jorge acepte la salida al mar y así el plan va tomando forma. Fracasa en el intento, la bestia es mala pero muy astuta. Además ha encontrado el diario de Félix Lane y está al tanto de sus intenciones. Le prohíbe volver a poner un pie en su casa.

-Usted mató a mi hijo.
- Sí, lo maté y usted no puede probar nada. Nunca podrá hacer nada.
-Nunca puede ser muy pronto…

Un fundido da cuenta de los acontecimiento con los que se inicia la película; la voz de Ibáñez Menta en off nos devela la trama: “el veneno ya estaba allí, él creía que nunca iba a pasarle nada y nunca fue muy pronto”. Y otra vez el protagonista escribe, probablemente eso que acabamos de oir. “Parece que Félix Lane ha terminado su novela”, dice el abogado, con el diario en la mano. Lo próximo que sabremos de él es que se aventuró a la mar en un frágil velero, y con los ojos en el horizonte se le aparece el rostro sonriente de su hijo. Las olas de un mar embravecido rompen contra las piedras: la metáfora de la muerte, otra vez. Estalla la tormenta, los rayos atraviesan el cielo. El nuevo día trae la calma y los restos del barco a la playa. La cámara recorre con lentitud el paisaje y se detiene en la sombra en forma de cruz que proyecta el mástil del barco sobre la arena, suena un coro y otra vez aparece la cita bíblica, la misma que abre el relato: “La bestia debe morir, el hombre muere también; sí, ambos deben morir. Eclesiastés 3, 19”.

Hijo, bestia, hombre; todos muertos. La justicia divina es inapelable.

Fin

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