Dan vergüenza





viernes, 11 de enero de 2013

Militantes y vergonzantes

Fotografías: M.A.F.I.A.


Me acuerdo de que cuando explotó el conflicto político con las patronales agrarias en otoño de 2008 se hicieron los primeros tímidos intentos de movilización en favor de un gobierno que creíamos asediado. La iniciativa, loable, fue de un grupo de intelectuales que había hecho su experiencia militante en los 70 y estaba empezando a considerar eso del regreso de la política y la posibilidad de marchar en defensa de algo que valía la pena pero parecía frágil y expuesto a los ataques del sector más reaccionario de la sociedad. Fue la gente de Carta Abierta, siempre se lo tendremos que agradecer. También aparecieron los francotiradores solitarios de los blogs, que estaban instituyendo una praxis de comunicación hoy ya consolidada. Hicieron punta cuando a muchos les daba vergüenza decir que estaban a favor del gobierno y contra la oligarquía. Sufrieron, era de esperar, la burla que en política se usa para demoler al que primero asoma la cabeza. Se burlaron diciendo que la marchas de Carta Abierta eran tristes, que el promedio de edad de los asistentes de las reuniones era de 65 años, que eran vejetes convocados por la nostalgia que les producía el humo del choripán que los retrotraía a su lejana juventud  setentista. En esa burla asomaba la hostilidad del neoconservadurismo que detesta la dimensión callejera de la política, que a esta altura del siglo XXI preferiría que todo se resolviera por el televoto y las encuestas de opinión: que el pueblo en la calle (ya solo decir la palabra pueblo era motivo de burlas) debe ser suplantado por las consultoras políticas y que uno debería enterarse qué piensa "la gente" cuando en los diarios del domingo nos lo cuenten Management & Fit o Poliarquía.

Por izquierda se criticaba al kirchnerismo por no haber emprendido una construcción política, por haber apostado a ensayos de laboratorio como la transversalidad, la cooptación del radicalismo k o el repliegue posterior sobre los intendentes del pejotismo bonaerense. Y esas críticas tenían algo de justo. La falta de presencia territorial del kirchnerismo después de 5 años de gobierno parecía un síntoma de que los Kirchner se habían achanchado en un esquema de emergencia, que había funcionado para reconstruir una autoridad política que había nacido prematuramente y y había tenido que pasar por la incubadora del duhaldismo, del clarinismo, del moyanismo. Nunca dejaremos de deplorar que Néstor firmara la fusión entre Cablevisión y Multicanal en diciembre de 2007, en uno de sus últimos actos administrativos, suponiendo quizá que con eso se aseguraba una relativa paz en el frente mediático, uno de los más grandes errores de su presidencia. 

Pero a los 5 años la criatura tenía que empezar a caminar sola. Recuerdo que se decía que el kirchnerismo era un populismo frío, incapaz de despertar pasiones. Quizá el haber confiado en el poder prestado por Duhalde, por Clarín, por Moyano o el pejotismo hizo olvidar a los Kirchner un cierto tiempo de la necesidad de apuntalar una gestión transformadora con el pueblo en la calle. Con militantes.

Si me acuerdo de todo esto es porque hoy algunas de estas cosas parecen muy lejanas. Hay rupturas irreversibles. Hay alianzas que fueron tácticas y que se fueron vaciando de sentido a medida que el kirchnerismo tuvo que sostener en los hechos lo que Néstor había declarado en su discurso de asunción: eso de no dejar las convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno, eso de cortarle el rostro a Claudio Escribano, jefe de redacción de La Nación, que pretendió imponer un pliego de condiciones de gobernabilidad cuando Kirchner ni siquiera había asumido. Duhalde más rápidamente, Clarín muy tardíamente, salieron del esquema de poder que el gobierno necesitó para apoyarse en sus momentos más precarios. Cristina hoy tiene lo que Néstor no llegó a lograr: una potente legitimidad política expresada a través de la impresionante mayoría lograda en las últimas elecciones, que a su vez superaron los resultados que se habían logrado en las urnas en 2007.

El recuerdo de la idea de "liderazgo frío", de un gobierno incapaz de despertar pasiones, hoy suena hasta gracioso. Ahora acusan a los kirchneristas de fanáticos y se culpa al kirchnerismo de haber traído la división al seno de la familia argentina. La militancia kirchnerista se fue templando en situaciones adversas, en medio de operaciones golpistas que empezaron a instalar la idea de fin de ciclo ya antes de que Cristina asumiera su primer mandato. Es una militancia que se hizo primero en la sensación de aislamiento, en la percepción de que eso que uno apoyaba estaba a punto de desmoronarse, de que todas las voces que podían escucharse en los medios confluían en el repudio de un gobierno aislado. Diana Mafía venía a nuestro programa de FM La Tribu y se daba el lujo de decir que Néstor dominaba a Cristina. La entusiasta seguidora de Lilita Carrió hasta fue capaz de comparar con sorna la capacidad política de Cristina con la de Isabel Martínez. En ese momento de avance de la reacción conservadora, creo que nada hizo más por fortalecer el impulso militante que la pantalla dividida de TN, cuando en las tardes de zozobra de 2008 Cristina salía a hacer algún anuncio de gobierno y le ponían al lado a De Angeli y el grupo de matones que cortaban las rutas del país a hacerle burla a cada palabra de la presidenta. La brutalidad de esa operación golpista engendró está militancia´kirchnerista: "vamos a dejar de apoyar a Cristina cuando ella deje de hacer eso para lo que la votamos, no cuando la aprieten los sectores del privilegio" pensamos en ese momento frente a los embates de la Rural y lo mantenemos ahora, contra la Rural y también contra Moyano y Micheli, sus nuevos aliados.

Antes de ayer hubo cien mil, doscientos mil personas en la costa marplatense, celebrando no precisamente la belleza abstracta de un barco de la Armada Argentina, sino la mucho más concreta decisión de sostener una política de autonomía frente al poder financiero internacional y sus voceros locales. No nos falta la memoria inmediata: hace poquito la derecha se entusiasmó con la retención de la Fragata en Ghana y quiso convertirla en símbolo de la imposibilidad de la política soberana de reestructuración de la deuda, una de las medidas claves de la década K. Los fondos buitres fueron aplaudidos en los medios y en los foros de discusión locales. La Fragata, retenida en Ghana, era el símbolo de una nación aislada internacionalmente. Una chica se acercó la noche del cacerolazo a decir que era familiar de un tripulante de la Fragata y que le pedía a la Presidenta que haga algo para traerla de vuelta. La derecha especuló con que una declaración de default a fin de año -combinada con saqueos programados por el moyanismo y Libres del Sur- aceleraría el trámite que no pudo lograr con el voto no positivo de Cobos: la salida anticipada del poder de Cristina, un sueño al que nunca renunciaron (ni ahora) en todos estos años. Pero una cosa es armar la tapa de Clarín del domingo, que convence a los caceroleros de lo que de antemano están convencidos, y otra cosa es vérselas con el kirchnerismo. 

Algún día extrañaremos la agitación de esta época. Ya nadie habla de populismo frío ni de marchas tristes. Ahora se apela a figuras más impactantes: chavo-estalinismo, nazismo sin campos de concentración (se agrega: "todavía"), fuerzas de choque, fanáticos de la Cámpora que adoctrinan a nuestros niños en la escuela primaria. Es decir: pasamos a la fase del populismo caliente.

Cristina en el último mes encabezó dos movilizaciones multitudinarias, que en todas las estimaciones superan las 100.000 personas. Personas que fueron a apoyar su gobierno, el rumbo que sigue, a respaldarla contra los intentos de hacerla aparecer como aislada políticamente. Ayer la nota de Nicolás Wiñazki en Clarín se titulaba: "Rodeada por la militancia, Cristina recibió a la Fragata". Es la manera que tiene la derecha de reciclar su idea -reñida con la empiria- del aislamiento político. "Si tiene cientos de miles a su alrededor, es porque son todos fanáticos militantes". Se extraña, claro, la Argentina Normal, cuando un Magnetto o un Escribano podían aislar al presidente, un puesto menor. 

¿Cristina tiene cientos de miles de militantes dispuestos a poner el cuerpo en la calle cuando hace falta? La derecha debería repensar el argumento. Es exagerado creer que la marcha a Plaza de Mayo de diciembre y el acto de antes de ayer en Mar del Plata se nutrieron exclusivamente de militantes. Pero si así fuera, la noticia es magnífica para los que estamos a favor. El ejercicio de la movilización enamora, nos conecta con una zona de la experiencia humana que no se puede suplir por las pantallas táctiles, crea lazos que desbordan el ámbito privado de lo familiar, pone la vida del individuo en un marco más amplio y más espacioso: las calles.

Supongamos que es verdad lo que dice la derecha: que hay 150.000, 200.000 militantes K: militontos los llaman en twiter los vivarachos. "Cabezas de termo" les dice un tipo profundamente marcado por el resentimiento del fracaso alfonsinista como Esteban Schmidt. Ok: tenemos 100.000 militontos dispuestos a salir a la calle. Salen con banderas. Están a favor de algo: se les puede preguntar a cada uno de ellos y seguro que va a explicar qué quiere, qué apoya, a quién vota, qué está defendiendo.

Hubo antes de ayer un escarceo de construir un cacerolazo marplatense: las pocas fotos que aparecieron son patéticas no solo por la insignificancia de la convocatoria, sino más aun por la sordidez de sus consignas. El 8N no eran pocos los antiK, eran muchísimos. Pusieron toda la carne en el asador: el cacerolazo "espontáneo" tenía un organigrama que se actualizaba día a día en Clarín y La Nación. Pero ahí no había militantes. Ni siquiera adherentes o simpatizantes. Había vergonzantes. Yo estuve ahí y hablé con la gente: no quiero ofenderlos, sino más bien comprender qué tipo de sujeto social constituyen. Digo vergonzantes porque les daba vergüenza decir a quién habían votado o a quién pensaban votar. De decenas de interlocutores tomados al azar, solo logré que una señora me dijera que le gustaba Duhalde. En cambio, se apasionaban al putear a Cristina y al despreciar a sus partidarios: son -los que apoyan a Cristina- analfabetos, bolivianos y paraguayos a los que el gobierno les da un DNI falso, vagos que gozan de planes sociales, chicos con el cerebro lavado, militantes rentados. Y las propuestas de los caceroleros para el futuro inmediato tenían una violencia a la altura de ese desprecio: que se muera la Yegua, que vayan todos presos, que se deje de mantener vagos, que vote la gente que tiene un cierto nivel de educación. Como el odio de clase, la violencia y la identificación con valores sociales que expresan eran muy avergonzantes, la política de los medios de derecha fue no acercarles el micrófono.

La derecha tiene 200.000 vergonzantes, que no pueden decir a quién votan, qué proyecto apoyan, vergonzantes a los que no pueden hacer hablar porque expresan racismo, violencia, antipolítica. Y presentan esa afasia como una virtud ciudadana... Entonces quiere hacer pasar a la militancia como una categoría degradada del republicanismo.

Quizá tengamos que asumir que es así: la derecha vergonzante, la que no se anima nunca a decir qué es, que se apropie del concepto de república, de la institucionalidad, de la alternancia y del control del poder judicial (el menos democrático de los tres poderes de nuestro sistema). Admitamos su necesidad de eufemismo, que es un especie de homenaje involuntario a la democracia. Una profundización democrática, un crecimiento del igualitarismo, un proyecto transformador que avanza con sus dirigentes a la cabeza o incluso dejando atrás a sus dirigentes, necesita conquistar otras bases: la movilización, la militancia, la politización de los vínculos, el cuestionamiento al sentido común cualunquista y la producción permanente de liderazgos que desborden la inercia conservadora del republicanismo.

Les aconsejamos a nuestros hermanos de la derecha que traten de superar la vergüenza y que militen.

7 comentarios:

La Corriente Kirchnerista de Santa Fe dijo...

Excelente, Oscar, como siempre

Carlos G. dijo...

Yo creo que, a su modo, militan.
Es una militancia negativa, militan en contra del gobierno.
Son militantes del resentimiento, del racismo y del institucionalismo vacío.
Y sus candidatos lo son en la medida en que representan lo opuesto al gobierno.
Macri es el mejor de todos sus candidatos, por eso no importa si habla boludeces o si cierra el subte A, o si está procesado, o si es un inútil, porque lo (único) que importa es que representa lo opuesto a CFK y a su proyecto.

Carlos dijo...

Debe ser joda, muchachos, no se gasten, ya nos dimos cuenta, la militancia K es tetra y chori a full.

Y en general los más entusiastas tienen TODOS cargos públicos muy bien remunerados, déjense de joder y búquense un trabajo de verdad, piensen que el kirchnerismo no va a durar para siempre.

Jack Celliers dijo...

Che, estos descerebrados no tienen otro CD: "tetra, chori, cargos públicos", y la patética espera de que "se termine". A veces pienso que los comentarios antiK los escribe todos la misma persona.

No se va a terminar, mi querido imbécil fotocopiado, principalmente porque ya nadie se come ese verso estúpido del tetra y el chori. Está recontramil gastadísimo. Sigan apostando a los buitres, a la catástrofe, a los saqueos y a que se mueran todos, y el kirchnerismo va a sacar el doble las próximas elecciones. En otras palabras: leé el post, forro, te están explicando el porqué de tu fracaso.

Olga dijo...

No militan. Sólo hacen antikichnerismo. Muy buena la nota.

César dijo...

el antikirchnerismo vulgar no tiene posibilidades de gestar una militancia fiel, activa y propositiva, porque la paja de sus voluntades no les permite separarse del calor del sillon, el control remoto o el teclado de la pc. "el gobierno" es la sede de sus resentimientos, angustias y frustraciones. estan perturbados y esa es su militancia.

JP dijo...

Yo creo, como Carlos G., que si se podría llamar militancia al accionar de algunos cacerolos y de lo peor de la derecha : los neonazis de Biondini, los familiares y amigos de los represores, los agrogarcas como Buzzi,etc. Es una militancia que solo resulta del odio que tienen por el peronismo y por las transformaciones realizadas por el kirchnerismo en estos años, pero militancia al fin. Por supuesto que no es comparable con aquellos que destinan una parte considerable de sus vidas a realizar actividades tendientes a mejorar la situación de las mayorías, de los postergados economica y socialmente (que es la verdadera militancia). La "militancia" de los cacerolos y de los fachos es destructiva, antidemocrática y solo para mantener el estado actual de las cosas (o sea reaccionaria y conservadora)