Santiago Maldonado

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Con vida te queremos

lunes, 27 de octubre de 2014

Latinoamérica: nos alegran las derechas derrotadas y nuestros populismos imperfectos


por Oscar

"No coincido con los 'izquierdistas' que dicen que hay que votarlos (a los del Frente Amplio uruguayo) porque son lo menos malo, no. El FA es la mejor herramienta que ha construido el pueblo uruguayo para conquistar derechos, por eso hay que mantenerlos en el poder político" escribía Willy Villalobos anoche desde la orilla oriental. Su afirmación tiene una aplicación directa a la realidad política local. No solo porque cualquier resultado en los países cercanos repercute sobre los procesos de toda la región, sino porque en la valoración de la experiencia del Frente Amplio se ponen en juego cuestiones análogas a las que nos llevan a decidir si apoyamos o no apoyamos al kirchnerismo.

Willy no esquiva ninguna crítica hacia la experiencia frentista uruguaya, ni menos aún a un político tan conservador y poco amigo de Argentuna como es Tabaré. Pero puede reconocer que hay una continuidad histórica en la construcción de la "mejor herramienta" con que el pueblo uruguayo conquista sus derechos. En estos días hemos visto cómo algunos uruguayos queridos entre nosotros, como la cantante Ana Prada o el actor Mateo Chiarino, les pusieron el cuerpo y el alma a la campaña por la victoria del Frente. Se ve más clara la necesidad de posicionarse en estos escenarios si iluminamos el caso uruguayo con el triunfo de Dilma en Brasil y si vinculamos los embates de las derechas en esos países con la derecha argentina.

A Dilma parecía que se le haría cuesta arriba, pero llegó, contra las predicciones y los anhelos de la prensa y el establishment continentales, que trataron de dibujarles un aura ganadora, primero a Marina y luego a Aécio Neves. "Ganó Dilma en Brasil y también el estatismo; mercados preocupados" titula Ambito Financiero, cada día un poco más corrido a la derecha, equiparando el valor del voto de decenas millones de ciudadanos brasileños con el nuboso ánimo de mercados intangibles e iracundos. Tan iracundos como los expositores del coloquio de IDEA de este fin de semana en Mar del Plata, que no quieren esperar que el actual gobierno cumpla la totalidad de su mandato y quiere imponer una agenda de transición que viola toda normativa institucional y le marca la cancha a los futuros ocupantes de la Rosada, a quienes suponen más dóciles.

Imaginen lo que sería la derecha argentina si en estas últimas semanas hubieran perdido el PT, el Frente Amplio o Evo.

Imaginen la tapa de La Nación si ganaba Neves o Marina, o si ayer en Uruguay ganaba Lacalle. O si la quincena pasada perdía Evo en Bolivia.



"En Latinoamerica se acaba el turno de los populismos": hubiera sido el título clavado de Carlos Pagni del día después que no llegó. No pudo ser. Ahora la redacción de La Nación se las va a tener que ingeniar para decir por qué Dilma, el Frente Amplio o Evo sí son auténticas experiencias populares y el kirchnerismo no. De hecho, Pagni, que en semanas anteriores se regocijaba con las complicaciones que aguardarían al gobierno argentino si Brasil daba por terminado su ciclo petista, olvida súbitamente su interés por la política regional y augura hoy que la probable reunificación de la CGT complicará seriamente al gobierno. En realidad, la unificacipon de la CGT será una buena noticia, porque se volverá un obstáculo para cualquier intento de que el establishment local e internacional intenten imponer un ajuste drástico a un futuro gobierno. Massa y Macri son los que deberían preocuparse por un sindicalismo unido.

Y esta amargura cegadora del periodista-espía de La Nación no es patrimonio exclusivo de la derecha derecha explícita. También hay mezquindad en los desencantados, que desde una supuesta crítica por izquierda niegan legitimidad a la política kirchnerista. Siempre es más fácil saludar a la distancia a gobiernos populares mientras se se hurta el cuerpo a la disputa política cotidiana en la que uno está implicado. ¿Son Dilma o Tabaré demócratas más legítimos que Cristina?

Hace poco decía Claudio Scaletta"Brasil llegó a las últimas elecciones en recesión. (...). "Los números, que siempre aburren, son en este caso deprimentes: en el trienio 2008-2010, el PIB se expandió algo más del 4 por ciento anual. En los tres años siguientes, 2011-2013, el avance se redujo a la mitad, a un magro 2,1 por ciento, siempre anual, lo que significa estancamiento cuando la medición se realiza per cápita. Ya en 2014, la economía acumuló dos trimestres seguidos de caída, es decir, entró en “recesión técnica” de acuerdo con los estándares internacionales. Según el IBGE la contracción fue del 0,6 por ciento en el primer trimestre y del 2,4 en el segundo. En la macroeconomía, el PT no pudo ser más conservador. Privilegió la búsqueda de superávit fiscal, con un fuerte ajuste en 2011, y el combate a la inflación por sobre el crecimiento. Incluso si se toma el ciclo largo del viento de cola de los precios de las commodities, Brasil creció por debajo del promedio regional y alrededor de la mitad que Argentina". 

Los implacables críticos argentinos de Cristina tendrían muchos motivos para condenar "el relato del PT" si proyectaran su hostilidad local a la realidad brasileña. Pero seguro que hoy se congratularán por el triunfo de Dilma y seguirán manifestando su indiferencia ante los conflictos que atraviesan nuestra sociedad.

A pesar de esta mezquindad a izquierda y derecha del kirchnerismo, es notable que la propia encuestadora Poliarquía no pueda evitar reconocer, en La Nación de ayer:

"Cristina Kirchner se constituye en el primer jefe de Estado que transita su último año de mandato con niveles tan marcados de aceptación. La radicalización de muchos aspectos de la gestión y el casi exclusivo dominio de la agenda pública -que la transforman en la actriz exclusiva y excluyente del escenario nacional- explican en alguna medida estos indicadores. La fuerte polarización en su imagen y gestión también se visualiza en los más de 40 puntos de imagen negativa", evaluó Fabián Perechodnik, director de Poliarquía".

Yo puedo vislumbrar los límites y la endeblez de los oficialismos de Uruguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela o Argentina, pero no dejo de alegrarme por la derrota de las derechas latinoamericanas y un afianzamiento de nuestros populismos imperfectos. Por eso hoy estoy contento.

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