domingo, 5 de octubre de 2014

Repetición para esperar a que llegue la noche

La otra.-radio del domingo pasado para escuchar clickeando acá:

Primera parte

Segunda parte



"También el que ha perdido una pequeña cosa puede afirmar con razón que lo ha perdido todo..." 

Constantin Constantius, La repetición

Los psicoanalistas me invitan seguido para que hable del concepto kierkegaardiano de repetición. Su interés se origina en las alusiones que hace Lacan en su obra a esa noción de Kierkegaard, noción que el francés vincula con una idea de repetición que aparece en la teoría de Sigmund Freud. Lo primero que hago siempre es advertir que desconozco prolija y firmemente a Lacan y que de Freud sé poco y sé mal. Así que lo mío se limita a reponer el contexto en el que Kierkegaard habla de la repetición. Lo segundo que hago es remarcar que Kierkegaard no es un autor sistemático y que no es sensato ir a sus libros en busca de una "teoría" de la repetición. Y esto porque Kierkegaard no tiene en gran estima la actitud teórica, muy por el contrario. Finalmente, como para empezar, desaliento toda expectativa de que en el libro La repetición se pueda hallar una definición de ese concepto. De hecho, La repetición no es un tratado sino una novela. Y su autor, estrictamente hablando, no es Soren Kierkegaard, sino un pseudónimo suyo llamado Constantin Constantius. Kierkegaard mismo avisó con mucha claridad que no debe adjudicarse a los libros que firma con pseudónimos la expresión de su propio pensamiento. El lleva a cabo una estrategia de comunicación indirecta por la cual no pretende nunca trasmitir un saber (contemplativo, teórico, desencarnado) sino un poder: que el lector pueda encontrar en su escritura la ocasión para pensarse a sí mismo, que pueda hacer patente el pensamiento de su corazón.

En La repetición Constantín Constantius, el narrador, se hace amigo de un joven que está enamorado de una chica. Lo que cuenta el libro es la relación de confidente entre Constantin –que es un hombre adulto, tenemos que calcularle unos 40 o 50 años– y el joven -que tendrá unos 20. El muchacho está en el momento más dichoso del amor, un amor correspondido. Pero justo en medio de la dicha se dispara en él una melancolía extraña: siente que, teniendo a su amada, ya la perdió. Empieza a proyectar con su imaginación las posibilidades hacia las que se dirige su relación y se le aparece la idea de que el amor, al estar pasando por su mejor momento, de ahora en más solo puede deteriorarse; que la próxima vez ya no se quieran tanto, que ella se aburra de él o, lo que es peor, que él se aburra de ella, que él mismo ocasione la ruina de la dicha que está gozando. Teme que cada vez que se acerca a ella sea una pérdida de la primera intensidad, que la primera vez sea la mejor. Empieza a sufrir la finitud de la relación amorosa, el terror a perder lo que tiene. Lo curioso es que el joven vive este amor presente como si fuera un recuerdo, es decir, como si ya hubiera terminado. Y se coloca subjetivamente en una posición en la cual el amor ya se perdió. Lo único que hace cuando está con ella es recordarlo: recordar, paradójicamente, lo que tiene, como si ya formara parte del pasado. Por eso, cuanto más dichoso se siente, más sufre. Llega al extremo de acercarse a la puerta de la amada y retroceder, por miedo a que ella abra la puerta y el amor empiece a arruinarse, que la vez siguiente sea el comienzo del fin. Dice Constantín Constantius:

“Nuestro joven, pues, estaba profunda e íntimamente enamorado. De esto no podía caber la menor duda. Y, sin embargo, ya en los primeros días de su enamoramiento se encontraba predispuesto no a vivir su amor, sino solamente a recordarlo. Lo que quiere decir que, en el fondo, había agotado ya todas las posibilidades y daba por liquidada la relación con su novia. En el mismo momento de empezar ha dado un salto tan tremendo que se ha dejado atrás toda la vida” .

Constantín no objeta que el joven atraviese esta experiencia, a la que considera típica de esa disposición erótica. Pero se sorprende de que no pueda contraarrestar esa melancolía con otras disposiciones:

“Cada uno debe de hacer verdad en sí mismo el principio de que su vida ya es algo caducado desde el primer momento en que empieza a vivirla, pero en este caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar esa muerte propia y convertirla en una vida auténtica. En el alborear de la pasión amorosa luchan entre sí el presente y el futuro con el fin de alcanzar una expresión eternizadora”.

No voy a seguir contándolo, pero quiero decir que el relato de La repetición es endemoniadamente vueltero y después de leerlo varias veces uno tiene la sensación de que hay algo que se le escapa. Parece que Kierkegaard escribió una versión que contenía un pasaje que le parecía demasiado explícitamente ligado a su autobiografía: él había vivido una historia amorosa bastante complicada con una chica llamada Regina Olsen y , después de haber sido aceptado por ella, él sintió la necesidad de romper el compromiso por motivos nunca del todo claros. No es mi intención reducir el significado del libro a esta cuestión autobiográfica. De hecho, creo que la clave autobiográfica no ayuda a comprender el sentido del libro ni, en general, el pensamiento de Kierkegaard. La cosa es que ese tramo presuntamente explícito fue arrancado por él en la versión definitiva del libro y yo diría que eso se nota: en algún punto, que nos resulta imposible determinar, falta algo. Mi hipótesis de lectura es que el narrador Constantín Constantius no entiende bien lo que le pasa al joven, a pesar de que cree que se las sabe todas. Y que de modo irónico Kierkegaard nos da indicios de la falta de comprensión profunda del narrador del sentido de lo que cuenta.

Si algo original aporta Kierkegaard a la historia de la filosofía europea es la intención de hacernos sospechar de la sapiencia de los narradores. Y eso se aplica especialmente a los libros de filosofía. Los tratados de filosofía están escritos por una especie de narrador omnisciente: en la Fenomenología del Espíritu Hegel intenta hacernos creer que es el Espíritu Absoluto mismo quien narra, así como en la Crítica de la Razón Pura Kant pretende dejarnos la impresión de que es la Razón la que examina sus propios límites. Kierkegaard, con su juego de máscaras, autores ficticios y comunicaciones indirectas, nos invita a desconfiar de narradores sapientes y teóricos impasibles. A él le gusta desconcertar a sus lectores. El humor y la ironía son claves que nunca hay que perder de vista cuando se lo lee.

Por la misma época que apareció La repetición, también editó un libro con otro pseudónimo, El concepto de la angustia, firmado por Vigilius Haufniensis, "un mero análisis psicológico en dirección del problema dogmático del pecado original", según dice su estravagante subtítulo. No voy a desarrollar ahora el tema de ese libro. Solo quiero destacar que en una nota al pie, Vigilius se refiere al problema de la repetición, al libro La repetición y a su autor, Constantín Constantius.

"A propósito de esta categoría, se puede consultar La repetición de Constantín Constantius -Copenhague, 1843. Este último libro, desde luego, es una obra estrafalaria, y lo curioso es que así lo quiso el autor intencionalmente. Sin embargo, en cuanto se sepa, él ha sido el primero que con energía se ha fijado en la repetición y nos la ha puesto delante de los ojos con la carga peculiar de su concepto. (...) Pero C. Constantius vuelve a ocultar en seguida lo que ha descubierto, camuflando el concepto con el ropaje bromísitico de la correspondiente descripción. Es difícil decir por qué ha hecho semejante cosa, o más bien es difícil de comprenderlo. Claro que él mismo nos afirma con la carta con que cierra el libro que ha escrito de esa forma 'para que no puedan entenderle los herejes'".

Pasajes como estos son de máxima importancia para orientarse en ese laberinto literario que Kierkegaard construyó. Lamentablemente los estudiosos concienzudos suelen pasárselos por alto. De modo que el intríngulis de la repetición no es resuelto ni en un libro ni en el otro; ni siquiera en un tercero. Pero Kierkegaard logra dejarnos picando esta inquietud: cómo hacer para que el amor no se arruine, cómo lograr que la segunda vez no sea un poco peor que la primera, y así resignarse que a que de a poco el amor se vaya trastocando en hastío o en odio.

En el programa pasado de La otra.-radio hablamos de este tema y estuvimos escuchando el gran disco que acaba de sacar Robert Plant, lullaby and... The Ceaseless Roar.

La otra.-radio primera parte (Carlos García López, Federico Kucher, Robert Plant): clickear acá

Segunda parte (Kierkegaard, Robert Plant): clickear acá



Ahí está la pequeña Maggie
con el vaso en la mano
está con otro
está con otro hombre.

La última vez que vi a Maggie
estaba sentada a orilla del mar
con su 44 alrededor suyo
y un banjo en sus rodillas.

Oh, cómo podré soportar
sólo ver sus ojos azules
brillando como un diamante
como un diamante en el cielo.

Ahora parto para la estación
con mi maleta en la mano
me voy lejos para dejarte, niña,
me voy a una tierra lejana.

2 comentarios:

julieta eme dijo...

tremendo...

julieta eme dijo...

estoy leyendo a Pizarnik, que era una deuda que tenía pendiente, y leí este poema y me acordé de este post:

dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe