Santiago Maldonado

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Con vida te queremos

jueves, 30 de octubre de 2014

Los trenes en mi vida

por Lidia Ferrari

Quizá se pueda narrar la historia de un país de acuerdo a cómo se ha viajado y se viaja en tren.

Me llamó la atención una nota sobre los trenes en Estados Unidos, pues es extraña a la idea que se hacen las colonizadas cabezas que piensan que en USA todo es mejor. A partir de allí no pude dejar de hacer una retrospectiva de mi historia con los trenes, que es también reflejo de la historia de Argentina.



Estación de tren abandonada en Oakland, California

En los ’70 viajaba todos los fines de semana de Retiro a San Pedro, a 170 km de la capital, donde vivían mis padres. Tomaba el tren el viernes a la tarde o el sábado a la mañana y regresaba los domingos a la tarde. Había varios horarios disponibles y elegía aquellos que se adecuaban mejor a mis actividades. Vivía con zozobra sacar el pasaje de ida en la estación Mitre, de Retiro, pues llegaba con los minutos contados y la billetería siempre cambiaba de lugar. Para el viaje de regreso se había institucionalizado un procedimiento que sólo después de mucho tiempo juzgué como debí haberlo juzgado en ese momento. El tren que venía de Rosario tenía varios coches. Los que subíamos en San Pedro nos agrupábamos en un mismo vagón y uno reunía el dinero de la “coima” de cada uno de nosotros que, en algún momento, sería depositado en la mano del guarda. No recuerdo quiénes eran los recaudadores pero sí que no nos parecía nada anormal. La evidencia de que no era tan normal era que el dinero se lo daban al guarda a escondidas. Pero se había naturalizado esta costumbre. Ignoro cómo había comenzado. Un tanto como me ha ocurrido en algún ómnibus de Roma, en el cual me he sentido sapo de otro pozo cuando me veo la única que validó el boleto. Tanto el chofer como los romanos que suben están de acuerdo en la cuestión de no pagar. Algo que no me ocurre en la ciudad donde vivo; la única vez que mi tarjeta no funcionó, el chofer me hizo bajar sin opción a reclamo. La diferencia entre el guarda del tren de los ’70 y el chofer de Roma es que éste no parecía recibir ninguna dádiva por hacerse el sota.

Así las cosas, aún en esas condiciones, teníamos varios trenes para elegir. A partir de la década del ’80 las frecuencias ralearon hasta llegar a esa década nefasta de los ’90, en la que los trenes a San Pedro y a tantas ciudades del interior desaparecieron. No había más trenes. Sólo ómnibus y no demasiados. Fue la década en la que comenzaron a funcionar los minibuses, muchos de ellos truchos, cuando los hombres casi no tenían otra opción de trabajo que hacer de remiseros.



San Antonio de Areco

A fines de la década del ’80 me tocó visitar en los fines de semana el pueblo de Abbott, en la próspera zona agraria de la provincia, a 80 km de Buenos Aires. Ya para ese entonces no llegaban los trenes a ese pueblo que comenzó a formar parte de la serie de pueblos fantasmas. Una señora que allí había vivido su infancia y juventud contaba que de joven concurría todos los días, si, “todos los días” a su trabajo en la capital pues los trenes no sólo eran más rápidos que como lo fueron después, sino que siempre salían a horario. Calculo por su edad que debe haber viajado cotidianamente en las décadas del ’40 o ‘50. Pasados unos 40 años, no sólo ya no había trenes en el pueblo, sino que faltaban las gentes para habitarlo. Destino inevitable cuando un tren deja de circular: la muerte del pueblo.

En los ’90 viajaba a la zona sur del Gran Buenos Aires en tren. Con el correr del tiempo tuve que dejar de hacerlo debido a su mal funcionamiento y deterioro. La última vez que tomé el Roca para ir a La Plata recuerdo muy bien la congoja que me produjo espiar desde la ventana esas estaciones grises y desmanteladas, donde pocos seres taciturnos parecían esperar algo que nunca llegaría. Dejé de tomar el tren y con el tiempo se volvió un objeto inexistente en mi vida. La molestia o el disgusto de no tener un tren para tomar desaparecieron, para dar lugar al vacío de lo que uno ya no espera, como si los trenes nunca hubieran existido. La única vez que viajé al gran país del Norte estuve en Los Angeles. Un amigo me mostró las vías de ferrocarril fuera de uso mientras me contaba cómo en Estados Unidos hubo una intención explícita de anular los trenes, construyendo grandes carreteras para incentivar la industria automovilística y las ganancias de las petroleras.

Y así el círculo se cierra. Cuando leo esta nota sobre los trenes en USA, viene a mi mente esta historia mía con los trenes, una historia que me es tan personal y emotiva como lo es para la realidad de un país cuando, desde una voluntad política, se elige tener o no tener trenes. Como la vida mía, la de cada uno de nosotros se transforma de acuerdo a la voluntad política de algunos que van a decidir si en tu vida vas tener que andar en carro, de a pie, en tren, en auto, en bicicleta.



Montgomery, Alabama

La nota que disparó estas reflexiones se titula: “El suplicio (o no) de viajar en tren en EEUU: 614 kms en 11 horas”. [Acá]

En la nota se narra la aventura de quien la escribe, que para recorrer poco más de 600 km desde Los Angeles a San Francisco, el viaje en tren le tomó más de 15 horas, sin tener otra opción que la de ir en coche o en avión. Se pregunta cómo se llega a esta situación en Estados Unidos y dice que en el año 2000 había los mismos kilómetros de vías de tren que en el año 1881. Esto, en el país más desarrollado de la tierra es, sin duda, una decisión política. La misma que se tomó en nuestro país en la década del ’90. La nota se ocupa del tema porque parece que ahora, los yanquis, quieren tener un tren de alta velocidad y parece que le piden asistencia a los españoles. Suena increíble que un recurso maravilloso como el tren haya sido totalmente dejado de lado en el país del Norte, cuando no hay ningún otro medio de transporte que cumpla con objetivos de sostenibilidad, rapidez y seguridad, como lo hace el tren. Pero claro, es un medio público, que ofrece un servicio social a los que trabajan o deben viajar y que no garantiza rentabilidad económica, único motor de la vida del país del norte.

Estación abandonada en Cincinatti

La del tren es una inversión que se debe hacer por la sola intención de ofrecer un servicio público, uno de los mejores que tiene la sociedad para ofrecer. No puedo dejar de pensar, frente a esta noticia sobre los trenes en Estados Unidos que me ha hecho recordar mi historia con los trenes, en el impresionante cambio que vive nuestro país con una política de Estado que ha decidido recuperar un bien tan preciado para el pueblo, sobre todo, para el pueblo trabajador, como son los trenes. Los que usan el tren diariamente saben muy bien de lo que estamos hablando.

1 comentario:

Carlos G. dijo...

Si bien la política de los 90 terminó con el desguace de los ferrocarriles argentinos, en realidad la decisión política original de desatender a los ferrocarriles se remonta al gobierno de Arturo Frondizi.
Fue durante su gestión que "especialistas", precisamente estadounidenses, consultados por el gobierno de entonces dictaminaron que los trenes eran cosa del pasado (y los tranvías también) y que debían construirse rutas porque el futuro del trasporte era el camión y no el tren.
No sorprende esta novedad en EEUU.
Nosotros, afortunadamente, vamos ahora (más vale tarde que nunca) a contramano del "progreso"