lunes, 22 de febrero de 2016

Borges y Perón: “Hacer creer”.



por Lidia Ferrari

Borges escribe una fuerte diatriba contra Perón en 1955, año en el cual festejaría el derrocamiento del gobierno de uno de sus enemigos ideológicos. Su texto intenta mostrar el procedimiento por el cual alguien puede hacer creer cosas que no son ciertas. Lo que dice en ese pequeño texto para denostar al fenómeno peronista, utilizando la lábil frontera entre ficción y realidad y su manipulación, podría ser utilizado para analizar su propia invectiva. También Borges está proponiendo una lectura y tratando que le crean. Hay un fragmento particularmente provechoso cuando dice que su propósito es “denunciar la ambigüedad de las ficciones del abolido régimen, que no podían ser creídas y eran creídas” .

Para explicar este “no podían ser creídas y eran creídas” encuentra razones: “Ya Coleridge habló de la willing suspension of disbelief (voluntaria suspensión de la incredulidad) que constituye la fe poética, ya Samuel Johnson observó en defensa de Shakespeare que los espectadores de una tragedia no creen que están en Alejandría durante el primer acto y en Roma durante el segundo pero condescienden al agrado de una ficción. Parejamente, las mentiras de la dictadura no eran creídas o descreídas; pertenecían a un plano intermedio y su propósito era encubrir o justificar sórdidas o atroces realidades” .

Se trata de un pequeño texto que Borges escribió para la revista Sur y que se llamó Por la reconstrucción nacional. “L’illusion comique”. Borges nos habla de la frontera entre ficción y realidad usada tanto en el teatro como en la vida cotidiana, también para “justificar atroces realidades”. El centro de la cuestión sigue siendo el problema de la creencia y la posibilidad de manipular esta relación entre ficción y realidad para “hacer creer” alguna cosa.

Parecería excesivo que Borges relacione la maniobra de un recurso de la política a través del engaño con la noción de fe poética de Coleridge cuya eficacia está en relación a ciertas condiciones por las cuales el sujeto voluntariamente suspende su incredulidad, conociendo el estatuto de ficción y de “no real” de lo que se le presenta. Es preciso que el espectador o el lector sepan que no es verdad para que sea verdaderamente libre, dice Mannoni, y se emocione. Como veremos más adelante en el capítulo de la dimensión dramática, la ficción tiene un papel simbólico a partir del cual se recupera lo imaginario y se recrea artificiosamente la confusión, supuestamente original, entre lo real y lo imaginario. El sujeto entra en el juego de la ficción y sale de él sabiendo que lo era.

En el caso de la fe poética no hay engaño ni mentira sino un artificio que convoca a la ilusión del lector o espectador que se entrega a sabiendas de lo que se trata. En la construcción de un discurso engañoso en política, sin embargo, se trata de hacer creer algo que es una mentira, lo que significa una voluntad de engaño. Es cierto que los mecanismos psíquicos son similares, en tanto el sujeto siempre se aferra a “algo que no engañe”, a lo verosímil, a la credibilidad general, más allá de los innumerables engaños a los que está expuesto en su vida cotidiana. Es por esta vocación hacia la credulidad que hay eficacia en el engaño pues, como dirá de Certeau, mientras haya muchos que creen, habrá creencia.

El uso del engaño y la mentira en política como en las bromas pesadas tienen similar estatuto, ya que la voluntad de engaño toma toda su potencia de la ignorancia del engañado. Por lo tanto, en los dos casos de Borges, ya sea en el de la radio que inventa un fútbol que no existe, como en un régimen político, cualesquiera fuese, que inventa una realidad para engañar, no se está en el terreno de la ficción o de la ilusión teatral, sino en la dimensión del engaño y la mentira, lisos y llanos.
En estos dos textos borgianos aparece la problemática relación entre la realidad y los enunciados que intentan capturarla. El problema no es que se expulse a la realidad del relato, sino que se vulnera el estatuto de la verdad.

La permeabilidad entre estos registros participa de lleno en un dispositivo de la diversión de la vida cotidiana como las bromas pesadas. Una de las inestables consistencias en las que se sostiene el mundo es precisamente la del sostén de la frontera entre realidad y ficción que puede asumir perfiles dramáticos cuando se dialectiza en la oposición entre engaño y verdad o mentira y verdad. Si aceptáramos que estas fronteras son tan laxas como para que desaparezcan las diferencias entre ellas, la lucha sería sólo por la hegemonía de los relatos que quieren aparecer como reales o verdaderos. En un siglo XXI dominado por los medios de comunicación como creadores de la realidad, la lucha por la hegemonía no se jugaría tanto en el campo de la política o de las acciones “reales” como en la capacidad para dar a creer lo que se quiere hacer creer.

Una de las conclusiones a que nos conduce el estudio de la estructura de las bromas pesadas en la cotidianeidad es que quien se ubica desde una posición de privilegio y poder y desconoce escrúpulos éticos para la mentira y el engaño está en condiciones de atrapar en su red comunicacional a quienes ocupan el lugar de incautos de la verdad, “crédulo imaginario” o quienes son practicantes de una ética en la cual la verdad aún tiene lugar, lo que engendra ocasiones para dominar los sentidos o hacer valer su posición.

El bromista pesado instaura un dispositivo que es mucho más poderoso que el de su incauta víctima, quien cree en la palabra del Otro. El bromista pesado y todos aquellos que inescrupulosamente pueden manipular cierto orden de creencia que construye la realidad pueden fácilmente ocupar una posición dominante sobre los demás, en particular porque la ética de la verdad no los limita.


[Fragmento inédito del capítulo “Creencia, credulidad y bromas pesadas”, del libro Entre bromas y crueldades. Psicoanálisis de una pasión argentina].