por Liliana Herrero
Los festivales folklóricos en el verano argentino convierten los conocidos arquetipos de la cultura criolla en un caso de la industria cultural. Ubican la tradición en forma de ritual, con la reconocida atadura comunitaria que produce un acto de culto, con su fuerza recurrente y brillante. En el rito se cree que el pasado irrumpe entre nosotros diáfano, sin mediaciones, sin problemas, sin oscuridad, ya que está vinculado a la interpretación literal del pasado y a la creencia en la ausencia de conflicto, de ahí su fuerza y de ahí su admirable error. Todo aquel que intente señalar que el pasado es un debate o una querella comete de inmediato una herejía. Cuando ese público percibe que alguien quiere hacer del pasado otra cosa que no sea controlable o invocable fácilmente procede a hacerse cargo en la forma del repudio. Como lo expresan las locuciones que dan apertura a estos festivales, se revela una gran certeza en ese aquí y ahora que, con fatalismo espacial y temporal, enlaza generaciones de una manera ineluctable. En su nombre reaccionan agitadamente, no solo si parece amenazado el canon de la tradición, tanto en lo que se cante como en lo que se diga, sino el derecho de las masas a reformarlo. Porque es necesario advertirlo: el propio debate entre tradicionalistas y modernos pertenece al corazón mismo de la tradición entendida así, como construcción oficial, tanto del estado como de los medios de comunicación masivos. Se explicite o no, es un verdadero debate político.


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