lunes, 18 de julio de 2016

La noche de los cuerpos

A propósito de La Noche (Edgardo Castro, 2016) *



por Gabriel Giorgi

Sería un error, creo, suponer que la presencia cada vez más frecuente de sexo explícito en el cine obedezca solamente a una nueva permisividad que empujaría una vez más la frontera de lo que llamamos pornográfico u obsceno. Una serie de películas de bastante repercusión,y de la más diversa índole -desde El Anticristo de Lars von Trier a L’inconnu du lac, de Alain Guiraudie o el reciente Boi neon, de Gabriel Mascaró- incluyen registros visuales que hasta no hace mucho hubiésemos identificado con el territorio obvio del porno: penetraciones, eyaculaciones, una nueva intensidad de lo visible sexual. No cabe duda de que hay en juego una cierta expansión del ver -dado que ¿por qué el grado de explicitud de lo sexual marcaría géneros y jerarquías estéticas?, ¿cuál sería la lógica de esa interdicción en sociedades cada vez más saturadas de imágenes porno?-, pero tengo la impresión de que en ese recurso al registro de lo porno se juega algo más, algo que la noción de una nueva transparencia o libertad en torno al sexo visible no termina de capturar.

La noche (2016), de Edgardo Castro, nos permite pensar algunas cuestiones en torno a esta nueva relevancia del registro porno en el cine contemporáneo. El film de Castro, que, como se sabe, ganó el premio del jurado en el BAFICI de este año, presenta una secuencia de salidas nocturnas del protagonista, interpretado (y volveremos sobre esto, que es sin duda clave) por su mismo director. Criatura nocturna -las pocas escenas durante el día están saturadas de luz: para él, como para nosotros como espectadores, la luz diurna es tan hostil como inútil-, lo vemos noche tras noche comer solo, arreglarse rápidamente, y salir de caravana que termina, invariablemente, en escenas sexuales con amantes ocasionales -varones, mujeres cis y trans, por lo general en tríos- rigurosamente acompañadas por alcohol y cocaína. Una cámara que lo sigue a los escenarios reales donde tiene lugar este circuito: boliches donde varones “maduros” como el protagonista, muchachos y mujeres de toda edad persiguen una diversión que tiene dos nombres: droga y sexo. No es el circuito de los “chicos jóvenes”: los signos de la madurez, especialmente (pero no exclusivamente) masculina, se hacen ver por todos lados. Una decadencia física, pero también del aguante van puntuando las salidas: la inminencia de un derrumbe nos acompaña durante gran parte de la película.

Si en muchas instancias el recurso a la visibilidad porno apunta a reforzar una cierta retórica de lo real o incluso de lo hiperreal, aquí, al contrario, lo pornográfico funciona como instancia de un cierto distanciamiento, de una nueva extrañeza ante lo real, y que pasa justamente por una sexualidad “fuera de sí”, es decir, fuera de los protocolos, las coreografías y las secuencias que asociamos con lo sexual. Contra el porno mainstream -que lleva hasta el extremo la normativa de lo que constituye una “relación sexual”, sus rigurosas reglas, los signos de su realización, su gimnástica-, estos registros de la sexualidad explícita parecen apuntar más bien hacia una cierta desrealización, o al menos hacia una tensión de las retóricas de lo real a partir de una nueva visibilidad de los cuerpos, sus deseos y sus placeres. Esto funciona de modos bastante nítidos, por ejemplo, en el reciente film del brasilero Gustavo Vinagre, Nova Dubai, del 2014, donde la visibilidad porno entra en sintonía con el despliegue de esa otra producción de realidad que son los “proyectos habitacionales” de la era neoliberal, aislados y alejados da la ciudad y centrados en sí mismos: edificios fantasmales, fantasías de la “calidad de vida” (la referencia, evidentemente, es Dubai como utopía neoliberal) en sincronía con un registro porno que parece querer desfondar la textura misma de esa fantasía. En La noche lo porno funciona, como veremos, en otra dirección pero aun así comparable: una pornografía en los contornos de sus propias fantasías, un porno de lo que queda cuando la “fantasía sexual” no llega a desplegarse, y quedan los cuerpos en un cierto abandono, deshabitados, una especie de despojo que no se deja capturar por los deseos y sus ensoñaciones. Quizá pueda hablarse de “posporno” pero no en el sentido que habitualmente le damos a esa noción -como politización explícita de la tensión con el porno mainstream, y como exploración de formas alternativas, no-normativas de lo visible sexual-, sino más bien en términos de una cierta distancia y extrañamiento respecto de las fantasías de la pornografía, fantasías que en sociedades como las nuestras, saturadas de imaginería explícita, básicamente coinciden con las retóricas disponibles y normativas de lo sexual, con los modos en que se subjetiva y se construye el cuerpo y el sujeto sexual. Imantados por la sexualidad, pero revelando (y trabajando, digamos) lo que en ella no se cumple: ese revés, o esa periferia, ese “fuera de campo” de la pornografía: eso es lo que aparece en La noche.

Afterlife del chongo

La noche retorna una y otra vez a una figura que insiste en el circuito nocturno que despliega: el chongo. Personaje que en la cultura argentina es inseparable de la escritura de Perlongher, y cuyo contraste con la película de Castro resulta iluminador. Se recordará que muchos de los textos de Perlongher trabajaron ese nudo de deseo que es la figura del chongo: la teatralidad del gesto masculino, el relieve de la clase social, la ambivalencia de las intensidades que lo constituyen, y que arma su coreografía con la loca para tramar una línea de fuga respecto de las identidades sexuales que hacia los ’80 ya se instalaban como nuestra nueva normatividad. El chongo como foco de luz y como engaño; como núcleo de la escritura y trayectoria urbana; línea ambivalente de “vida intensa” y de microfascismo; como fantasía y grieta. Ese chongo, que ya venía trazando sus itinerarios en la cultura argentina desde antes de Perlongher, será, a partir de él, una figura acaso necesaria para trazar recorridos libidinales que movilizaran la distribución entre lo hetero/homosexual como matriz normalizadora de la sexualidad. Recorridos que llegan más allá de Perlongher: pensemos en el maravilloso “Pibe de oro” de Mariano Blatt. El chongo, de teatralidad hetero pero siempre con su escapada gay, o al menos homoerótica: una salida, una “línea de fuga” a las disciplinas de la identidad, la cárcel de la monogamia, a la transparencia de un cuerpo ante su deseo. Una cierta disponibilidad de los cuerpos, ante el cierre normativo que parecía anunciarse desde los ’80.

Perlongher hace del chongo un personaje, es decir, una herramienta formal para mapear modos de subjetivación (que implican, evidentemente, ejercicios de desubjetivación respecto del “hetero”, lo “gay”, el “prostituto”, etc.) Y para ello, escribe principalmente desde su fascinación con esa figura: para explorar sus posibilidades, lo que ilumina y su línea de imantación sobre los vocabularios disponibles de la sexualidad. Escribe, sin duda, sus límites y sus riesgos (“la oscura circunstancia en que el encuentro entre la loca y el macho deviene fatal”); pero precisamente, el chongo es un nudo de ambivalencia y de matices porque está atravesado por líneas de intensidad posibles. El chongo promete esa ambivalencia, esa línea de pasaje, esa desubjetivacion porque es flujo. Está hecho de eso, y de las ambivalencias que vienen con eso -pasajes, desestabilización de las identidades dadas-; la versión prostibularia y clandestina, minorizante, de la libertad. Llega a la escritura como índice de intensidad, como anudamiento y pasaje de fuerzas entre cuerpos.

La noche orbita, casi todo el tiempo, en torno a esa figura, pero bajo una luz muy diferente, una luz más bien terminal, de cierre. Noche tras noche el protagonista está imantado por la figura del chongo. Y va construyendo su relieve: el callejeo, el arreglo por dinero o por un par de saques. Siempre en tensión con la mujer: un trío con una chica trans (Guada, que se revelará central a medida que avanza la película), o, al menos su presencia como imagen (en la primera escena con un chongo solo, se habla del culo de las mujeres en la película que proyecta la televisión). Incluso cuando vemos al protagonista levantarse a una mujer, la escena terminará en casa de un amigo de ella: protagonista y amiga comparten al dueño de casa; queda la promesa, vaga, de que los dos varones se verán solos, promesa sobre la que el protagonista insiste. La presencia femenina será, digamos, la garantía del chongo: de que no estamos en un mundo gay, del deseo y el lazo exclusivamente entre varones. El chongo trafica intensidad justamente porque permite que la heterosexualidad se vuelva otra cosa, que pase algo que no es inmediatamente reconocible: tal, al menos, la fantasía, la promesa que el protagonista quiere arrancarle al chongo.

Sin embargo -y aquí la diferencia con Perlongher es clara- en La noche el chongo no parece poder canalizar eso. Más que índice de intensidad deseante, es una figura laxa, interrumpida, arrastrados por una indolencia que no trafica ni conecta -desde lo más gráfico: cuerpos sin erecciones ni orgasmos, disponibles pero con retaceos, y atravesados por un deseo del protagonista que no encuentra, nunca, aparentemente satisfacción-. La noche realiza la proeza de un registro porno donde no hay ningún orgasmo: el goce, aparentemente, está en otra parte. El deseo fuera de foco: no se sabe qué desean los personajes, qué los mueve, en esa deriva siempre saturada de cocaína y que los vuelve, frecuentemente, figuras espectrales, perdidas en una ciudad que poco los acoge, pero que tampoco los persigue ni los sanciona. El chongo de la primera noche es el más propicio: por la paga ofrece erección y abrazo, que es lo que se le pide. Desde ahí, los que suceden van derrumbando la fantasía sexual: son escenas sin goce, apenas puntuadas por un erotismo débil, donde la escena sexual deja lugar a otra cosa: una charla, un juego (como el del trío con la mujer cis y su amigo: pasados de cocaína, se divierten con ropa interior del hombre araña, más que con el trío sexual). El film dramatiza, en sus silencios, en su cámara siempre muy cercana, en los fragmentos de cuerpo a la intemperie que repetidamente pone en escena, la conformación de ese abismo entre el protagonista y esa noche en la que su deseo parece no tener lugar, línea de satisfacción. Hay, sí, una escena donde el chongo adquiere su antiguo esplendor: una orgía de una mujer trans con varios hombres, en un boliche. Pero el protagonista queda afuera de ese circuito de goce, rechazado, justamente, por el pibe al que se quiere acercar. La noche toma las medidas de esa nueva distancia entre el deseo del protagonisa y esos chongos con los que, aquí, no pasa nada: ninguna intensidad, ningún goce, más bien los restos, ese desenfoque de una fantasía que no puede anclarse en estos cuerpos. Incluso en la última escena -el último chongo, digamos-, lo que podría ser una extática lluvia dorada (un “regalito”, dice el pibe), aquí se vuelve una escena disonante, más bien inofensiva y donde nadie parece gozar demasiado: como si los cuerpos no pudiesen encarnar, canalizar las fantasías que los reúnen. Esa obturación, ese flujo trabado, eso que no termina de pasar: La noche pone ahí a sus chongos.



* NOTA DEL EDITOR: Este texto de Gabriel Giorgi es un fragmento del ensayo que está completo acá, en la página digital de KILOMETRO 111 (un sitio de crítica cinematográfica en el que, por otra parte, pueden leerse otros interesantes ensayos de Emilio Bernini, Javier Trímboli y Gabriel D’Iorio). Con ocasión de su proyección en el BAFICI ya habíamos publicado acá un post sobre La noche, escrito por Javier Rossanigo. A la espera de su estreno oficial, prometo escribir también yo sobre esta notable película de Edgardo Castro, la gran revelación del cine argentino de este año. (oac)

domingo, 17 de julio de 2016

La Izquierda Diario dialoga con Blank, Verbitsky y Pagni

Hoy a la medianoche viene Fernando Rosso a La otra.-radio (FM 89,3) a hablar de sus entrevistas





- Macri dice que quiere terminar con dos mafias: la sindical y la empresaria -le dice Julio Blank, editor en jefe y columnista principal del Grupo Clarín al periodista Fernando Rosso en una entrevista publicada hoy por La Izquierda Diario-. Para él la mafia sindical, hoy es el “Caballo” Suárez procesado [dirigente del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos-SOMU, NdR], no los que estaban asociados a él de los sindicatos tradicionales, con los cuales viene hablando y armando una negociación global desde hace dos años por lo menos.

- ¿Eso incluye a Moyano?- pregunta Rosso.

- Moyano y todos los que tengan plata en el sistema de salud. El tema de las tarifas lo puede demorar, pero hay un acuerdo para la devolución de 29 mil millones de pesos que son para programas de prestaciones especiales, que están retenidos por el Estado y son de las Obras Sociales. No les van a dar todo, pero hacen un sistema en el que “te voy dando”: te doy un bono, te doy efectivo. Eso es parte del acuerdo.

"Te voy dando" es una lógica de negociación que un tipo que confecciona desde hace más de una década la tapa de Clarín conoce bien. El Grupo -que se asume como pilar de la gobernabilidad de la nación- participa evidentemente de estos regateos con el gobierno de turno, haciendo valer un poder extorsivo análogo al que pueden ejercer las cúpulas sindicales. Macri "le va dando" cosas a Clarín y el Grupo le asegura gobernabilidad, pero también puede fomentar la ingobernabilidad, como lo hizo durante los dos períodos enteros de la presidencia de Cristina. ¿De qué depende la oscilación de este poder extorsivo persistente? El propio Blank confiesa:

- A ver: ¿hicimos periodismo de guerra? Sí. Eso es mal periodismo. Fuimos buenos haciendo guerra, estamos vivos, llegamos vivos al final, al último día. Periodismo eso [sic] no es como yo lo entiendo, no es el que me gusta hacer. Y yo lo hice, no le echo la culpa a nadie, yo lo hice. Eran las circunstancias e hice cosas que en circunstancias normales por ahí no hubiese hecho, en términos de qué posición tomar o de cierta cosa terminante.

Blank admite con la soltura del que siente que ganó la guerra que eso no es lo que a él le gusta, pero "eran las circunstancias". Según las circunstancias, entonces, el pilar de la gobernabilidad puede transformarse en un tanque de guerra. No creo que se pueda entender del todo la historia argentina del último medio siglo -por poner alguna medida- si no se atienden los movimientos por los cuales Clarín pasa de la prudencia amigable de titular "La crisis causó dos nuevas muertes" para narrar el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán cometido por policías bonaerenses el 26 de junio de 2002 a hacer esa guerra que a Blank no le gusta pero se jacta de haber ganado.

Blank amplía el concepto:

- Macri les dijo a los dirigentes gremiales desde que largó la campaña presidencial, cuando empezó a hacer reuniones en el sindicato de municipales de la Capital: “Ustedes me conocen desde antes de entrar a la política, vengo de una familia que siempre se ocupó de inversión y trabajo; nosotros invertimos, sacamos nuestras ganancias y damos trabajo genuino y tratamos de que la gente tenga buenas salarios. Ustedes me conocen, yo soy eso. Además los voy a ayudar a luchar contra los troskos en sus sindicatos”. No sé cuál de las cosas le interesó más a la dirigencia sindical. Esto yo lo escribí y nadie lo desmintió, así que lo doy por bueno.

¿Dijo Macri eso que Blank le atribuye, acerca de la "familia que siempre se ocupó de inversión y trabajo"? ¿Asintieron los jefes sindicales que presuntamente escucharon esas palabras? ¿Cree Blank de verdad que los Macri siempre tratan de que "la gente tenga buenos salarios"? ¿o esa semisonrisa con que refiere la negociación es una burla? Pero ¿de quién se burla sino de sus lectores? La nota hecha por Fernando Rosso contribuye a enfocar la mirada sobre los procedimientos de administración de la verdad -es decir: de lo que se miente, se deforma o se calla- por parte de uno de estos generales que cancherea haberle ganado la guerra al anterior gobierno con tapas de diario y zócalos de pantalla. Entre la gobernabilidad y la guerra, Clarín consigue, igual que los burócratas sindicales, que cada gobierno "les vaya dando", un poco o mucho. Lo que queda fuera de escena en el relato de estos regateos entre el gobierno y el Grupo -o entre gobierno y sindicalistas- son los lectores -esto es: el pueblo-, la verdadera mercancía de esta transacción perpetua entre poderes.

El reportaje forma parte de una serie que Rosso viene haciendo para el portal La Izquierda Diario desde hace ya algunas semanas. El domingo pasado apareció una nota a Horacio Verbitsky (que citamos en parte en un post anterior). Verbitsky le había dicho a Rosso:

- Durante la campaña, cuando él [Macri] hizo la referencia al “círculo rojo” hubo una especie de confusión generalizada en el sentido de que era él quien expresaba el “círculo rojo”. En realidad, él estaba denunciándolo, no expresándolo. La expresión del “círculo rojo”, en la política argentina hoy, es Sergio Massa; es allí donde está el “círculo rojo”. La transnacional italiana Techint, los grupos económicos locales, el grupo Clarín, están allí, no están en el gobierno de la alianza Cambiemos. Por supuesto, frente a los sectores populares todos cierran filas y son uno, pero hay contradicciones entre ellos que yo creo que se van a desarrollar y se van a expresar a lo largo de los meses y los años próximos.

La presunción de Verbitsky parece consolidarse por la consideración con que Blank se refiere a Massa en la entrevista aparecida hoy:

- El problema de la pérdida de atractivo de Cristina -sostiene el editor en jefe de Clarín- es que el peronismo no la ve más como la llave para ganar a las elecciones y acceder cada uno a la porción que le toque: el gobernador, el intendente, el diputado, el concejal, el ministro. Ese es un problema para Cristina, el peronismo está buscando detrás de quién ir para que lo ayude a ganar. Hoy el que más parece cumplir ese papel es Massa. Está fuera del peronismo formal, pero bueno, eso es para nosotros, los que estamos en la política como observadores o los que están como actores. Para el público en general y sobre todo para el que se identifica como peronista, según las encuestas que yo he visto, Massa es el dirigente peronista más aceptado. Te dicen que “no está en el PJ”, pero es peronista. Si está o no en el PJ es un problema de la política, no del público.

Rosso, que hoy viene a La otra.-radio a conversar sobre este ciclo de entrevistas (a las 12 de la noche en Radio Gráfica, 89,3, online acá) también entrevistó a Carlos Pagni, el tenebroso columnista de La Nación, que tiene su programa en el cable del Grupo Clarín y está más entusiastamente alineado con el gobierno macrista. En un clima de distensión, Pagni incluso le regala a Rosso el reconocimiento de una única virtud del kirchnerismo:

- Ahora, sin duda hay una polémica respecto del problema fiscal y el Gobierno creo que ahí tiene un plan clarísimo -revela Pagni-, que es apalancarse en la única virtud macroeconómica que deja Cristina Fernández: una capacidad de endeudamiento impresionante. Entonces, cuando miremos la historia, como si nos pusiéramos en el lugar, en la piel de un historiador del año 2090, y veamos este periodo, diremos que estos tipos aprovecharon la ventaja casi única que les dejó Cristina dentro de este orden económico, como para poder hacer un ajuste menos doloroso.

La capacidad de endeudamiento es el botín estratégico que los sectores trasnacionales de los cuales Pagni es vocero apasionado quieren saquear. Macri se encuentra con una Argentina extraordinariamente desendeudada y su rol es endeudarla extraordinariamente por las próximas generaciones. Pagni proclama ese objetivo con tonalidad mesiánica.

Los periodistas dicen un poco de la verdad en el momento en que les resulta conveniente decirla y de la manera en que suene tolerable para los oídos adecuados. El sinceramiento de Pagni nunca será un sincericidio. Esto es lo que puede apreciarse en el trabajo que están haciendo Fernando Rosso y La Izquierda Diario en los llamados “Diálogos sobre la transición argentina”: que, en todos los casos, los periodistas no son meros transmisores de los hechos sino que participan de su producción, colaboran para configurarlos. Lo hacen a su modo y desde diversas éticas profesionales y posicionamientos políticos Pagni, Verbitsky y Blank. También lo hace La Izquierda Diario, un portal de noticias que por estos días es de lectura imprescindible, tanto como lo son la Agencia Paco Urondo o La Señal Medios. Medios digitales que tienen una llegada mucho menor que las grandes corporaciones, pero que ensayan formas novedosas del periodismo y declaran con veracidad su posicionamiento político, lo que es un dato vital para la comprensión de sus lectores. En el caso de La Izquierda Diario, se trata de un proyecto realizado con mucho profesionalismo y rigor por militantes trosquistas del PTS. Periodismo militante ante cuya frescura y seriedad se rinden tipos como Pagni o Blank, que no escatiman elogios para una izquierda a la que consideran necesaria, ahora que creen que el kirchnerismo ha dejado de ser peligroso para ellos. Esa amigabilidad de trato que el establishment le dispensa a la prensa trosquista es aprovechada con sagacidad por esta izquierda que empieza a usar mejor los instrumentos de la tecnología política del siglo xxi.

Hoy a la medianoche en la radio vamos a conversar con Fernando Rosso para que nos explique la óptica desde la cual encara estos diálogos y cuáles serán los próximos entrevistados.


sábado, 16 de julio de 2016

Un especialista (la banalidad del mal)

El film de Eyal Sivan y Rony Brauman sobre el juicio a Adolf Eichmann



por José Miccio *

El protagonista es Adolf Eichmann. Sivan trabajó con 350 horas de filmación del juicio de 1961 al oficial nazi. Como el material no estaba en buen estado y carecía de orden, el director tuvo que hacer la tarea del archivista antes de concentrarse en la del cineasta, que compartió esta vez con Rony Brauman. La manipulación de las imágenes es radical: todos los travellings y los reflejos – del público, de los testigos, de las proyecciones fílmicas usadas como pruebas - sobre la cabina donde está encerrado el acusado fueron generados digitalmente. No se trata de una intervención entre otras: ataca el estatuto mismo del registro, su primacía ontológica. Hay una segunda operación, también destinada a remover certezas. Verdugo de la imagen, Sivan va en busca de la imagen del verdugo. Una vez más (...) el problema es cómo hacer visible lo que se ha mostrado demasiado. Si el nazismo se ha convertido en una serie de tópicos (o peor aún: en un álbum de postales del horror), y los espectadores ya no sentimos nada frente a ellos, tal vez sea necesario, para reencontrar la inquietud que reclama el hecho de que todo eso que vemos haya efectivamente sucedido, retirarlos de la pantalla o quitarles su aire familiar y doméstico. La sustracción de los campos, y especialmente la presentación de un nazi que parece un oficinista son las formas que Sivan propone como antídotos. Para él, esto constituye una certeza. Para nosotros, una posibilidad [*].


Un especialista es también – y no hay que ruborizarse por ello - la ilustración de un libro: el célebre ensayo de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. El plano de apertura corresponde al juzgado, pero su semejanza con una sala teatral o cinematográfica permite a los directores establecer, desde el comienzo, el dominio de la representación. El recurso es muy usual, y Sivan, que confía en las virtudes de un vínculo a cierta distancia entre espectador y película, acostumbra llamar la atención sobre el carácter no inmediato de las imágenes. Acerca del lugar del juicio escribe Arendt: “Quien diseñó esta sala (…) lo hizo siguiendo el modelo de una sala de teatro, con platea, foso para la orquesta, proscenio y escenario, así como puertas laterales para que los actores entraran e hicieran mutis”. Del hecho de que el juicio fuese una puesta en escena oficial y David Ben Gurion [**] su director en las sombras, Sivan no señala más que su dimensión dramática. Tampoco parece preocupado por la verdad de los testimonios ni la justicia de la condena. Su interés es ese hombre pequeño que, en una cabina de cristal, rodeado de papeles, parece repetir en escena aquello que lo llevó ahí: la dedicación, la eficiencia, la operatividad del burócrata.



La obediencia es el mayor talento de Eichmann, y las frases hechas son su lenguaje. Hay un horror nuevo en la sala, distinto del que se vio en Nüremberg. “Cumplía órdenes” es su estribillo. Como retrato audiovisual de un nazi, el documental es bastante curioso. Conocemos bien el estereotipo: es el de las películas de Leni Riefenstahl o el del consenso antifascista de posguerra. En efecto, el cine ofreció de los nazis imágenes que los nazis se habían ofrecido a sí mismos. Olímpicos o infernales, sobrehumanos o inhumanos, eran, de cualquier modo, titánicos. Eichmann no es así. Lo vemos en pantalla tal como Arendt lo describe: como un hombre “de estatura media, delgado, de media edad, algo calvo, con dientes irregulares, y corto de vista, que a lo largo del juicio mantuvo la cabeza, torcido el cuello seco y nervudo, orientada hacia el tribunal (ni una sola vez dirigió la vista al público), y se esforzó tenazmente en conservar el dominio de sí mismo, lo cual consiguió casi siempre, pese a que su impasibilidad quedaba alterada por un tic nervioso de los labios, adquirido posiblemente mucho antes de que se iniciara el juicio”. Este hombre no es un monstruo, y sin embargo es responsable directo de la muerte de millones de personas. Lo que vemos, hay que decir, es en verdad horrible. Tiene las características de lo cotidiano y se parece un poco a nosotros.


NOTAS

[*] Hacemos en general caso omiso de lo que hubo antes de las películas que nos enseñaron que mostrar es dar lugar a un vínculo falso entre el espectador y las imágenes. Nada de archivos, decía Lanzmann. Nada de pornografía concentracionaria, decía, desde un lugar opuesto, Syberberg. Sin embargo, antes de que esa interdicción se volviera lugar común, fue necesario mostrar, y nadie dio a ese mandato una forma más genuina que un mal director de cine a cargo de un institucional tardío. En 1961 – el año del juicio a Eichmann, justamente - Stanley Kramer dirigió El juicio de Nüremberg y dejó al menos un momento extraordinario: ese en el que nos hace ser testigos, junto con los personajes reunidos en la sala, del parto de unas imágenes y una mirada. Spencer Tracy muestra (exige ver) al público (no casualmente en el lugar del juicio) lo que luego se creería necesario escamotear, tal como hace Sivan al dejar de esas imágenes sólo una huella digital en la cabina de Eichmann. En Ciudadano Welles, el libro de entrevistas con Orson Welles que publicó Peter Bogdanovich, se hace referencia al uso en El extraño de tomas documentales de los campos de concentración. Sobre el tema dice Welles: “En principio yo estoy en contra de ese tipo de cosas, de explotar la verdadera miseria, la agonía o la muerte, para un espectáculo de entretenimiento. Pero en este caso pienso que cada vez que se le dé al público la oportunidad de ver tomas reales de un campo de concentración con la excusa que sea, es un paso más hacia delante. La gente no quiere saber que esas cosas ocurrieron”. El tiempo de los tópicos llegaría luego y la sustracción o el tratamiento lateral de los temas contestarían esa explotación de la miseria a la que Welles hace referencia pero que él subordina todavía a una necesidad pedagógica. El problema no ha terminado aún, y no hace mucho Godard y Lanzmann polemizaron acerca de la imagen o su negación. Es importante reponer esta dialéctica de las formas. Suena evidente, pero el ruido de las frases célebres suele taparla. Existe el riesgo de que las maneras de no ser abyecto – al igual que la idea misma de lo abyecto - se vuelvan protocolares, si tal cosa no ha sucedido ya. Quitar la imagen solo tuvo sentido después de Noche y niebla, que es la película que ha ganado la batalla de la moral, pero también después de lo grabado por las cámaras aliadas, su incorporación casi secreta en El extraño y su escena de nacimiento público en El juicio de Nüremberg, que puede ser vista como la película que despide - unos años después de Resnais - una cierta idea sobre la representación del horror.

[**] El juicio tuvo, según Arendt, razones políticas claras, aunque su desarrollo siguió otros caminos. En palabras del propio Ben Gurion: “Queremos que todas las naciones sepan…que deben avergonzarse”. Arendt sigue su exposición incorporando en ella las citas del premier israelí: “Los judíos de la Diáspora debían recordar que el judaísmo, ‘con cuatro mil años de antigüedad, con sus creaciones en el mundo del espíritu, con sus empeños éticos, con sus mesiánicas aspiraciones’, se había enfrentado siempre con un ‘mundo hostil’; que los judíos habían degenerado hasta el punto de dirigirse obedientemente, como corderos, hacia la muerte; y que tan solo la formación de un Estado judío había hecho posible que los judíos se defendieran, tal como lo hizo Israel en su guerra de Independencia, en la aventura de Suez, y en los casi cotidianos incidentes de las peligrosas fronteras israelitas. Y si bien los judíos que vivieran fuera de Israel tendrían ocasión de ver la diferencia entre el heroísmo israelita y la abyecta obediencia judaica, también era cierto que los judíos de Israel aprenderían una lección distinta. ‘La generación de israelitas formada después del holocausto’ estaba en peligro de perder su sentido de vinculación al pueblo judío y, en consecuencia, a su propia historia. ‘Es necesario que nuestra juventud recuerde lo ocurrido al pueblo judío, y en consecuencia a su propia historia’”.

NOTA DEL EDITOR: Este texto es un fragmento de la nota Eyal Sivan: A contrapelo, que se puede leer completa en el blog Un Largo, clickeando acá.

Y clickeando acá se puede ver el film completo con subtítulos en francés.

Hay Superliga: el fútbol argentino está tomando la dirección del régimen macrista

Se logró con el beneplácito ignorante de hinchas manipulados por los medios prendidos en el negocio



El domingo pasado comenzamos La otra con un bloque inusual para nosotros: con la visita del periodista especializado en fútbol Carlos Aira (conductor de Abrí la cancha, el programa que los domingos a la noche nos precede en el dial de Radio Gráfica) estuvimos analizando el trasfondo de los intereses que se movían para la imposición de la Superliga, que todavía no se había concretado y se impuso en una negociación a mediados de esta semana. La idea que Carlos nos anticipó es que el motivo real de la Superliga no estaba relacionado con resolver las deficiencias organizativas de la AFA, sino con transformar la tradición social y deportiva del fútbol argentino hacia una lógica empresarial y trasnacional, en sintonía con el régimen económico que el macrismo está imponiendo en el país. Es mentira que el gobierno quiera que el estado ponga menos dinero para la televisación del fútbol, porque el arreglo ya consumado con los clubes es que el estado este año va a poner más. Lo que cambia es que la parte más grande de la torta se la van a quedar unos pocos clubes ricos. Eso es lo que desarrollamos el domingo y pueden encontrar acá: "Macri está dispuesto a que el estado ponga 2750 millones en la Superliga, en beneficio de unos pocos clubes grandes. Fútbol para Pocos (multimillonarios)".

Ahora que el hecho está consumado, Carlos Aira y su staff hicieron otra edición de Abrí la cancha (que pueden escuchar clickeando acá), de las que extraje algunas interesantes definiciones. Estas:

- Habrá Superliga en el fútbol argentino. Una organización autónoma, pero que va a seguir por dentro de la Asociación del Fútbol Argentino. Las dos categorías más importantes del fútbol, la primera División y la B Nacional, van a jugar a partir de ahora un campeonato organizado por una asociación autónoma, paralela, siguiendo una lógica de grandes negocios, no deportiva.

- La Superliga nació como una idea de ciertos dirigentes de los equipos más grandes del fútbol argentino, un proyecto para cambiar radicalmente ciertas prácticas heredadas de la gestión de Grondona. Tinelli, D'Onofrio, Angelici plantearon: "señores hay un negocio de $ 8000 millones, pero la única forma de concretarlo es bajo un formato que tenga otras reglas para el fútbol argentino". Pero la realidad es la siguiente: aprobada la Superliga, la organización no difiere en muchas cosas que ya conocimos y que el público futbolero ha criticado profundamente. No habrá un reordenamiento de las categorías del fútbol argentino ni a palos. 

- Lo único que sí cambia es que los que ya tenían estructura, los que ya podían generar un montón de dinero van a generar mucho más; y se acaban de caer al Averno un montón de clubes chicos que cumplían una función cultural y social en nuestra historia. Y algo más: van a quedar solo dos equipos grandes grandes: Boca y River, en ese orden (que se llevan tres millones más que sus inmediatos competidores); más atrás Independiente, Racing, San Lorenzo y Velez. En cambio, Huracán, los rosarinos, Gimnasia y Esgrima de La Plata y Estudiantes quedan afuera de la repartija grande (a pesar de lo mucho que muñequeó Verón para meterse en el reparto, lo dejaron afuera). En los primeros tiempos mucho no se va a notar, pero con el correr de los meses y los años se van a  ahondar las diferencias económicas. Y la posibilidad de que los equipos chicos les compitan de igual a igual a los grandes, como llegó a pasar en los últimos años, se va a volver imposible. 

- Vamos hacia el modelo español. La sociedad futbolera española acepta eso de que sea un juego de dos, el Real Madrid y Barcelona, a veces de 3, cuando se mete el Atlético. Pero nosotros tenemos una historia futbolera mucho más rica que la española. Hasta en los momentos en que los campeonatos se los llevaban los cinco grandes, había una enorme competitividad. Lo que a mí me asusta, y lo tengo que expresar claramente, es que el fútbol argentino está tomando la dirección del gobierno nacional: una transferencia de ingresos brutal en favor de los más ricos. Esto puede suceder porque ha cambiado el signo político el 10 de diciembre pasado. Por más que Angelici y D'Onofrio tuvieran su poder, estaban supeditados al poder político. Hoy estamos supeditados al poder de las multinacionales, tal como sucede en la economía nacional. Este es el verdadero motivo por el que se impulsa desde el poder político la instauración de la Superliga

- Aprobada la Superliga, hay que dejar claro que son una banda de mentirosos. Porque planteaban cambios estructurales profundos en la organización del fútbol argentino, pero la verdad es que no les importa la organización de los campeonatos. El presidente de la Superliga puede ser reelegido en forma indefinida: ¿no se quejaban por eso contra Julio Grondona?

- El dato clave, del que nadie está hablando es este: ¿nosotros somos concientes de que el contrato que firmó el estado nacional para la televisación del fútbol -lo que conocimos como "Fútbol para Todos"- es con la AFA y no con la Superliga? ¿nos damos cuenta de que la Superliga va a negociar sus propios derechos de televisación? Lo que se va a venir en un futuro próximo es la negociación individual de cada equipo de sus derechos de televisación. Algo que pide Boca desde hace muchos años. Boca tiene un contrato con el Grupo Clarín desde hace 15 años, por el cual da por televisión abierta partidos de Copa Libertadores de América. 

- ¿De ahora en más vamos a festejar campeonatos o balances en el fútbol argentino? Caminamos a romper modos culturales, porque el fútbol en Argentina es cultura. Y lo estamos haciendo con el beneplácito ignorante de una enorme cantidad de socios e hinchas manipulados por los medios prendidos en el negocio.  La prensa deportiva involucrada en el gran negocio está llevando de las narices hacia donde quieren a los socios e hinchas de fútbol argentino.

Clickeando acá escuchan este análisis con lujo de detalles oor parte de Aira y su staff de Abrí la cancha.