viernes, 17 de febrero de 2017

Un rayo misterioso

Sobre Luz de luna (Moonlight, Barry Jenkins, 2016)

[Atención: este texto está lleno de spoilers. Recomiendo la película y vuelvan a leerlo]

Son varios los pequeños detalles que me gustan de Luz de luna, pero lo que termina inclinando mi balanza es su capacidad de crecimiento: Moonlight es, algo raro en el cine actual, una película que va de menos a más. Su última media hora es lo mejor de la película. Y eso hace que uno salga del cine finalmente convencido. Dividida en tres partes que marcan los tres momentos del crecimiento del protagonista: su infancia (lo llaman Little y así es como se titula esta parte); su adolescencia (Chirom es su nombre real y así se titula la segunda); y su juventud (Black, el nombre que antes le puso su best friend Kevin, será la identidad que adopte al dejar de ser chico; y también el título de la tercera parte), hay algo que se juega en cómo el personaje es nombrado por los otros. Sus compañeros de escuela lo llaman faggot, antes de que él tenga la posibilidad de preguntarse por su sexualidad. Kevin, en cambio, a veces le dice Chirom, a veces Black y otras nigger, lo que sorprende a Chirom. Sin saber del todo por qué, intuimos que hay algo subterráneo que se juega entre ellos dos al cambiarle el nombre. 

La película parece ir ganando en misterio a medida que las etapas pasan. Su primera media hora es la más convencional, sobreexplicada y conmiserativa. De niño, Little parece tener todas las fichas para transformarse en una víctima perfecta: negro, flacucho, temeroso, introvertido, hijo de una adicta, padre ausente, destinatario del bullying de sus compañeros de escuela, matones, homófobos y despiadados, oprimido entre los oprimidos, último orejón del tarro, el patito feo. 


Parecería que a los efectos de plantear un pacto con su espectador, Barry Jenkins tiene que concentrar en ese arranque todas las desgracias que puede sufrir su personaje para arrojar sobre él la crueldad del mundo. No es que esos primeros treinta minutos sean un desastre, hay toques de pequeña delicadeza que empiezan a transformar a Moonlight en otra cosa que un drama social que denuncia discriminaciones. Pero una descripción prosaica de las coordenadas sociales en las que se desenvolverá la historia es la forma que elige el director para arrancar. Así, corre el riesgo de hacernos reforzar las imágenes que consolidan nuestros prejuicios acerca de los seres débiles. Conociendo la tendencia dominante del cine norteamericano actual, uno podría presuponer que lo que resta de película no nos ahorrará sufrimiento por padecer. 

Pero con "Chirom", la segunda parte, todo empieza a ganar otro vigor: el adolescente tiene su sueño húmedo y luego tendrá su noche buena, la clave para impulsar la mutación que vivirá entre ser una víctima, descubrir la dimensión gozosa de su cuerpo y alzar la cabeza con orgullo en el contundente final de esta parte.


El último capítulo, Black,  es prodigioso en el manejo de las elipsis, el suspenso, la emoción pudorosa y la tensión romántica y erótica que se juega en el reencuentro de los dos amigos, varios años después. Cuando empieza esta parte Chirom se ha convertido en Black, su cuerpo parece haber dejado atrás la vulnerabilidad que lo signaba en los capítulos anteriores. El patito feo es ahora un hermoso cisne negro. La sagacidad del director se juega en esa elipsis que permite una audaz decisión de casting que repercute en el sentido mismo de la película: el actor que hace de Chirom a los 27 cuesta ser identificado con los que lo encarnaron en los capítulos anteriores. Esta audacia muta no solo el físico del personaje, sino el modo de identificación que tenemos con él. El poder de la narración hace que primero vacilemos y luego aceptemos que se trata del mismo personaje. El hiato temporal genera un fuera de campo del que empieza a brotar un misterio. ¿Qué pasó acá? Es notable que un personaje que habíamos aceptado como la víctima con la que íbamos a sufrir ahora se nos vuelva misterioso. La misma reacción va a tener Kevin cuando lo vea. ¿Sos el mismo? Ese juego de desconocimiento/reconocimiento va a sostener la tensión que despliega cada plano de la última media hora. A diferencia de algunas decisiones formales un poco redundantes y convencionales que la película planteó en su primer capítulo, ahora la dirección del relato queda en suspenso. Ni el espectador, ni Chirom, ni Kevin sabemos hacia dónde se dirige la cosa, ni quién es exactamente cada uno. 

A esta altura se me ocurre que lo que yo percibí como redundancia y previsibilidad en la primera media hora es la condición para que Jerkins subvierta el mecanismo de identificación al llegar el tramo final de la película. Quizás, aventuro, no sea solo una pequeña trampa narrativa, sino una astucia más política, en la medida en que se propone producir un extrañamiento en nuestra mirada hacia una película que se supone cuenta la vida de un negro doblemente oprimido. Este giro imprevisto también cambia el sentido de lo que se entiende por "final feliz". Por una vez esta felicidad no suena a un cierre, sino a una apertura, también sutilmente política.


Lo mejor es que Moonlight replica la mutación de su protagonista. ¿Puede una película que no empieza muy interesante ir mejorando a medida que avanza? No es lo que suele suceder: más bien vemos películas que tienen un planteo inicial prometedor que luego se va esfumando: se me ocurre el ejemplo de Boyhood de Linklater (una película que puede vincularse con Moonlight, para ver cómo hace el camino inverso, en cuanto su interés decrece). Es posible que en el cine industrial impere un criterio que dice que hay que conquistar al espectador en los primeros 15 minutos y, una vez logrado eso, el resto se hace solo, a golpes de efecto de edición. La película de Jenkins contradice esa regla: cuando la mayoría de las películas se van desinflando y defraudan la expectativa inicial, Moonlight nos reclama paciencia para que el patito feo se convierta en cisne. Y lo que empezó como un film de denuncia social deviene una película de amor.

Ahora vacilo en pensar si el director se equivocó en la primera media hora o si esa era la forma necesaria para hacerme pensar en todas estas cosas.

jueves, 16 de febrero de 2017

Fassbinder no descansa ni estando muerto

La angustia corroe el alma - Los cines posibles - Sábado a las 19:39 - Alvarez Thomas 1093


Justo en la semana 7 de Los cines posibles *, cuando le toca a Fassbinder, nos llega desde Alemania esta noticia: "Lucha de clases en la pantalla chica". La miniserie Ocho horas no hacen un día, que Fassbinder filmó en 1972 a los 27 años, cuando ya tenía en su haber 15 largometrajes, se convirtió en el gran acontecimiento cinéfilo de esta edición del Festival de Berlín. Se acaba de presentar una versión remasterizada de la serie con 5 capítulos de 90 minutos cada uno, originalmente filmados en 16 mm para televisión.

Por aquel tiempo, la cadena Westdeutscher Rundfunk le encargó el programa al joven cineasta, que venía del teatro de vanguardia y la agitación política, y que había causado revuelo en los festivales con su estilo revulsivo y desconcertante. El proyecto formó parte del ciclo de Familienseries, melodramas populares que se exhibían en la tele en horario central. Fassbinder aceptó la oferta e hizo, con su clan de actores favoritos, una comedia centrada en personajes obreros. Lo que arranca como un romance entre un obrero metalúrgico y una empleada de oficina (Gottfried John y Hanna Schygulla), apelando a los enredos de rigor para este tipo programas populares, se va poblando, a medida que los capítulos avanzan, de los conflictos que a Fassbinder le interesaba contrabandear para llegar a públicos masivos: la explotación de los trabajadores, la opresión de la mujer, la discriminación de los inmigrantes y las personas mayores y las posibilidades de todos ellos de rebelarse. Fassbinder estaba pensando en conectar sus inquietudes políticas y personales (él nunca separó estos dos planos) con las audiencias populares.


Admiraba del cine norteamericano su capacidad de plantear una visión ideológica para públicos muy amplios, aunque deploraba la orientación política capitalista, machista y chauvinista que predominaba en el cine hollywoodense. Parece que en el quinto capítulo de Ocho horas no hacen un día le dedicó una secuencia entera a una discusión de los trabajdores sobre la teoría marxista de la plusvalía. Esto le habrá parecido demasiado a la Westdeutscher Rundfunk, porque el ciclo fue cancelado en ese quinto capítulo, cuando en realidad estaban previstos ocho.


La noticia es feliz, porque significa que aún hay mucho Fassbinder por delante, pero a la vez los detalles de este proyecto olvidado por décadas confirman lo que sabíamos de Fassbinder: su inventiva genial, su audacia, su capacidad productiva, su lucidez política. Después de su muerte en 1982, cuando tenía solamente 37 años y más de 40 largometrajes, no apareció otro cineasta capaz de abarcar todos los frentes en los que Fassbinder descolló. Una singularidad irrepetible, su cine sigue estando ahí, a tiro de ser descubierto, señalando futuros posibles que desde entonces no fueron transitados. Su inconformismo radical  lo llevó a crear no un estilo, sino varios: hay cuatro o cinco quiebres estilísticos en su obra, en los que, una vez que lograba plasmar un par de obras maestras, barajaba y daba de nuevo, volviéndose a preguntar qué puede el cine, respondiendo con películas memorables, intensas, perturbadoras. Cuando la muerte lo frenó ya se había hecho famosa una frase suya: Ya dormiré cuando esté muerto. En la cama en la que lo encontraron, su cuerpo atiborrado de alcohol, cocaína y pastillas, estaba rodeado por los papeles de varios proyectos en ciernes, el más inmediato se llamaba Yo soy la felicidad del mundo. Todavía estaba en proceso de edición Querelle, basada en la novela de Jean Jenet, que anunciaba un nuevo giro en sus planteos estéticos.

Nuestro ciclo de verano se titula Los cines posibles porque queremos demostrar con películas que no hay una única esencia del cine, sino varios caminos posibles, algunos de ellos apenas explorados por las películas realmente existentes. Ahora que lo pienso, este ciclo podría haber constado solamente de películas de Fassbinder. Por la cantidad de obras maestras tan distintas unas de otras que el nos dejó: Katzelmacher no se parece a Río das mortes, y ninguna de ambas a Reclutas en Ingolstadt, ni a El por qué de la locura del señor R, ni a Las amargas lágrimas de Petra von Kant, ni a Martha, ni a Alemania en otoño, ni a Lola, ni a En un año con trece lunas ni a El anhelo de Veronika Voss... Creanmé que todas ellas podrían haber estado para presentar una versión lograda de un tipo de cine distinto, y por las que nombré hay otras tan buenas o mejores. Si alguna vez me obligaran a reducir la enorme lista de todos los cineastas de la historia a solo cuatro, no tengo dudas de que uno de ellos sería Fassbinder.


Ahora pasemos a la película que vamos a ver este sábado:

La angustia corroe el alma (Angst essen Seele auf, 1973) es uno de sus films más bellos, contundentes, precisos, accesibles, cálidos y tristes de toda su obra. Por su temática y su simplicidad formal parece estar muy cerca de las preocupaciones que lo llevaron a hacer la ahora redecubierta Ocho horas no hacen un día. Al momento de filmarla, Fassbinder ya era una personality en la cinematografía europea, con títulos como Katzelmacher (donde por primer vez abordaba el tema de los inmigrantes en Alemania), El mercader de las cuatro estaciones, y la también genial Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, aunque era más apreciado por la critica y los festivales que por el gran público de su país.

A fines de los 60 Fassbinder había descubierto la obra de Douglas Sirk, nacido en Hamburgo como Detlef Sierck, criado en Dinamarca y luego emigrado a Hollywood, donde desarrolló el género del melodrama con un estilo personalísimo, con estrellas como Rock Hudson, Lauren Bacall, Lana Turner o Jane Wyman, que en los puritanos años 50 lograron sugerir un subtexto de crítica corrosiva al american dream


Fassbinder estaba deslumbrado por la complejidad escondida en la aparente simpleza de la obra de Sirk, por lo que decidió hacer una serie de films a los que llamó "melodramas distanciados". Al igual que su admirado director, pero con otros recursos escénicos, más realista y más crudo, dirige una mirada muy ácida contra su propia sociedad. No parodia el melodrama, sino se reapropia de alguno de sus mecanismos y motivos argumentales, para hacer una intervención política sobre su contemporaneidad, no para simplemente "celebrar el género". El más sirkeano de todos sus film es La angustia corroe el alma, una versión libre de All heavens allows (Sirk, 1955), mixturada con la crítica del racismo que Sirk había planteado en Imitation of life (1959). De las fuentes sirkeanas queda el motivo argumental, el subtexto político y la intención popular. Fassbinder es políticamente más radical y estéticamente más realista.

La angustia corroe el alma es una de las mejores películas de uno de los mayores cineastas de todos los tiempos: es decir: una obra imprescindible.

La vemos y la debatimos este sábado a las 19:30 en Red Colegiales, Alvarez Thomas 1093. Comienzo puntual.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Sombras terribles - Cuatreros online

(Sobre Cuatreros, de Albertina Carri)


"Más importante que la crónica de los sucesos es la significación actual de los mismos. Este estudio de la rebeldía popular debería conectarse con el estudio de las formas políticas que la expresan. Toda política tiene una ideología, Velázquez es una forma política de rebeldía y el sentimiento popular es en cierto modo la ideología. Aquí hay que escapar del formalismo 'civilizado' de considerar formas políticas exclusivamente a los partidos e ideologías a sus programas. Esta concepción falla cuando se quiere analizar este problema en el presente y desde la perspectiva de la liberación nacional. El formalismo positivista se basa en los hechos; la resistencia popular, en todas sus etapas desde la más incipiente, los niega. Al resistir la opresión, niega los hechos que la producen. Con esto, siguiendo a Fanon quiero decir que la certeza es adecuación a los hechos pero la verdad para el pueblo es aquello que perjudica al enemigo. (...) Y Velázquez hoy ya es parte de la cultura de nuestro pueblo, el sentimiento que despertó su acción, su práctica concreta, son patrimonio de los oprimidos de las áreas rurales del Chaco".

La certeza positivista de los hechos o la verdad de la resistencia popular en la negación de los hechos que producen la opresión: esta perla epistemológico-práctica refulge en el comienzo de Cuatreros y se convierte en su principio poético, dicha por la voz en off de su autora, Albertina Carri. La autora de Cuatreros, no de la frase. Frase de la que se apropia al decirla sin previas referencias, al comienzo de su película. La voz de Carri, Albertina, en off, mientras en la pantalla se disparan varios registros documentales simultáneos, con los contornos difusos y sucios y la inmaterialidad áspera del fílmico. La voz será la portadora de la función novelesca que estructura la película, mientras la multiplicidad de pantallas en la pantalla, con registros de diversa procedencia, que muestran la evidente textura de los años 60 y 70, propone un contrapunto que la des-estructura, y se hace cargo de la negatividad que corroe a la novela y desplaza a Cuatreros en direcciones que la palabra no abarca.


Lo primero que hace Albertina, luego de decir esa tesis que instaura una noción de verdad que impregnará al resto de la película, es reponer las palabras en su contexto inicial: son palabras de Carri, Roberto, su padre, escritas en el prólogo de Formas prerrevolucionarias de la violencia, Sudestada, 1968. Pero no por eso dejan de ser palabras suyas. Negación que repite y recupera en una unidad superadora, el tipo de ironía que establece ese juego de máscaras de la enunciación no pasa nunca por anular lo dicho en el decir, sino por dejar aparecer el espesor de la distancia histórica. ¿Qué hace Carri, Albertina, con las palabras de Carri, Roberto? No ciertamente aniquilarlas mediante una distancia sarcástica que las expulse hacia el escepticismo post-político que tantos aplaudieron en Los rubios (es muy probable que muchos de quienes aclamaron Los rubios detesten Cuatreros o, peor todavía, la ninguneen): acá no se trata de ponerse pelucas e inventarse una familia sustituta. No. Si hay algo que Cuatreros niega, no es la política: Cuatreros niega a Los rubios, a condición de que se tome esta negación en el sentido que la frase inicial propone: como una posición de verdad que supera los meros hechos, para recuperarlos en un trayecto que recorre la historia que va desde Cuatreros (2016) hacia Los rubios (2003), desde ahí hacia Formas prerrevolucionarias de la violencia (1968), y desde el libro de Carri (que ya aparecía en la película de 2003) hacia la emboscada en la que muere Isidro Velázquez (1967). No se trata de un retroceso historiográfico, menos aún de nostalgia por lo desaparecido, sino de una negación actual que resiste a las formas de opresión del presente meramente fáctico, una recuperación que se produce hoy, cuando Carri (ambos, hija y padre) nos hablan a nosotros, extemporáneos al atreverse siquiera a sugerir una forma prerrevolucionaria de la violencia popular, negación de los hechos que hace aparecer lo incipiente. Lo desaparecido vuelve.


Veamos.

Se diría que Cuatreros es la película en la que Albertina Carri narra la historia de Isidro Velázquez, un legendario bandido rural que tuvo sus andanzas por la zona del litoral allá por los años 60, hasta ser muerto en una emboscada que facilitaron una maestra y un cartero conocidos suyos, con la participación de 800 policías, y por encargo de la Sociedad Rural, que lo estuvo persiguiendo por años.

Podría decirse eso, pero es cierto apenas.

Porque Cuatreros es la película en la que Albertina Carri narra la historia de por qué no llegó a hacer la película que narra la historia de Velázquez.

Hace unos años, la hermana de Carri le dijo que ella debería hacer esa película, pero Albertina dice que nunca se llevó bien con los "debería". Cosa que iba quedando en claro en Los rubios, la película que Carri hizo hace 13 años, de la que Cuatreros es una secuela, una reprise, una repetitio, y, como dijimos, una negación. Alguna de esas cosas y todas ellas juntas. Podría decirse también, o con más justicia, que Cuatreros es la respuesta de Albertina Carri a la cineasta que en 2003 hizo Los rubios.

Sin embargo, no es Los rubios el precursor más remoto de Cuatreros. La película que cuenta la historia de Velázquez ya se hizo. La hizo entre los años 1970 y 1972 Pablo Szir. Que está desaparecido. La película se llama Los Velázquez y también está desaparecida. Dicen que la película y su autor desaparecieron juntos, en 1976, por obra de la represión de la dictadura, porque el negativo lo tenía el director. Lita Stantic, la pareja de entonces de Szir y su colaboradora, dice que hubo un positivo que fue destruido por el compaginador, porque tuvo miedo; aunque circula la leyenda, nunca verificada, de que podría haber una copia escondida en alguna parte, quizás entre las miles de latas del archivo fílmico del ICAIC, en Cuba. Los Velazquez, la película de Szir, comparte el destino de leyenda del personaje que la inspira. Carri incorpora la ausencia y la leyenda a la trama de Cuatreros.


Hay un antecedente más remoto, más cercano de la vida de Isidro Velázquez. Ya lo mencioné: el libro de 1968, un año después del asesinato de Velázquez, Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia. De Roberto Carri, un célebre sociólogo insurgente, también desaparecido en 1977, esposo de Ana María Caruso, los padres de Albertina, los rubios.

Así de enroscada es la historia. Volvamos a Los rubios, aquella película en la que Carri, Albertina, intentaba ajustar cuentas con su destino de ser la hija de Carri, Roberto, y Caruso, Ana María. Cuando ellos se proletarizaron, se fueron a vivir a un barrio popular -proletarizarse era el proceso que hacían en los 60 y 70 los hijos de la burguesía que se comprometían con un proyecto revolucionario, un proyecto por el que pretendían cortar los lazos con su clase para fundirse con la de los oprimidos. Cuando Albertina emprende la realización de su película de 2003, descubre que los vecinos de sus padres desaparecidos todavía seguían recordándolos como "los rubios", es decir: esos extraños que habían llegado al barrio. Los rubios es, por lo tanto, la historia de una proletarización fallida. Una ruptura no consumada. Los padres de Albertina son secuestrados por la dictadura; su crianza (tenía solo 3 años) queda en manos de su abuela, que la va a reponer en su clase de origen. Es desde esa posición que Carri indaga los hechos que le sustrajeron a sus padres. Según la interpretación de Gonzalo Aguilar en Otros mundos, con Los rubios Albertina Carri logra salir del duelo mediante procedimientos estéticos y artilugios vanguardistas, el trash y la parodia. Es probable que Carri haya intentado "salir del duelo" mediante el trash y la parodia, condensados en las pelucas rubias que al final se calzan los miembros de la "familia sustituta", artefacto que ella intenta fundar a voluntad. Es improbable que en el final de Los rubios haya logrado "salir del duelo": la existencia de Cuatreros parece desmentir a Aguilar. Los rubios no fue ninguna salida, sino una estación de un viaje que conduce hacia Cuatreros. La historia, el destino, los padres, el duelo, lo desaparecido, nada de eso se deja conjurar mediante artilugios paródicos ni pelucas rubias. Lo desaparecido resiste. En 2006, cuando Aguilar escribió Otros mundos, podría parecer plausible que la historia desembocara en un gesto paródico, pero esa percepción está fechada: nada parece hoy más lejos del presente que 2006. El fin de la historia terminó. Cuatreros parece registrar ese acontecimiento.


En Los rubios Albertina Carri quiso erigirse desde la obsesión de un "sin": "Construirse a sí mismos sin aquella figura que fue la que dio comienzo a mi propia existencia se convierte en una obsesión, no siempre muy acorde a la propia cotidianeidad, no siempre muy alentadora, ya que la mayoría de las respuestas se han perdido en la bruma de la memoria.(...). Vivo en un país lleno de fisuras. El centro clandestino en el que permanecieron secuestrados mis padres hoy es una comisaría. La generación de mis padres, que vivieron una época terrible, reclaman una historia que no les pertenece. Los que vinieron después, como Paula L. o mis hermanas, quedaron en el medio, heridos, construyendo sus vidas desde imágenes insoportables". El camino propio, que se proponía suturar las fisuras y heridas que ella señalaba en los otros, no "quedar en el medio", era un artificio, ponerse las pelucas y caminar hacia un horizonte que en realidad la replegaba hacia su mundo privado, junto a sus pares de la FUC, su familia artificial. Una privacidad que le demandaba una privación. El artefacto tuvo éxito, si esto se mide por la recepción crítica de la que gozó Los rubios. Fracasó por razones constitutivas que la crítica especializada es incapaz de percibir (o incluso quizá esté especializada en no percibir). 

Cuatreros mantiene la rabia de Los rubios pero la desencadena, la vuelve torrente. Por un lado, con su verborragia y su iconorragia, lanza un reto a tanta discreción que campea en el cine argentino actual. Cuatreros es desmesurada en su forma, en su materia y en sus ambiciones. Pretende tantas cosas que una actitud precavida aconsejaría esquivar, pero su clave es el triunfo mediante sucesivas derrotas paradójicas. No es la menor de sus paradojas el secreto clasicismo novelesco que organiza su apariencia caótica y torrencial. El punto de enunciación de todos los relatos que Carri engarza es su propia voz, la voz que parece finalmente haber encontrado, que contiene muchas otras voces, en primer lugar la de su padre. Pero también la de su hermana, que le pide que haga la película de Velázquez, pedido al que Albertina se resiste pero no tanto; la de Lita Stantic, quien la conecta con su colega y precursor Pablo Szir, el autor de Los Velázquez, la película; la voz de Fernando Martín Peña, quien le abre las puertas de los archivos fílmicos de la Argentina de los 60 y 70, rústica y siniestra, en cuyos fotogramas oscuros y borrosos ella busca un rastro de sus padres; la voz de Mariano Llinás -gorila pero no boludo, dice Albertina que dice Peña-, quien la impulsa a dar la cara por Los rubios en un momento en el que ella quiere rajar; la voz de su esposa (así nombrada), que está escribiendo su propia novela familiar, con padres también desaparecidos (Aparecida), con quien atraviesa una crisis matrimonial que la lleva a cuestionar la ilusión pequeño-burguesa de una familia con roles establecidos, una familia imperfecta y real, no ilusoria, como la que inventa al final de Los rubios. En el soliloquio que constituye la espina dorsal de Cuatreros, ella contiene incluso la voz de su hijo, que al final, con su anticolonialismo, la remite otra vez hacia el futuro pendiente de su padre.


Cuatreros es la continuación por otros medios de la lucha emprendida en Los rubios. Carri menciona varias veces su película de 2003 como el vehículo espacial que la conduce a Cuatreros. Cuando en una proyección de Los rubios en Chaco Mariano Llinás la empuja a presentarse ante el público, que constaba de apenas 7 personas, uno de los asistentes se acercará al final de la proyección y tenderá un puente hacia la historia de Isidro Velázquez. Los rubios también la lleva al Festival de La Habana, otra ocasión para deprimirse, en este caso por el lúgubre resultado de la revolución que sus padres habían tenido como faro. Albertina sabe que, al deplorar los hechos de la Cuba actual, va a ganarse el mote de tilinga o de pequeño-burguesa, cuando se encuentre con sus padres en el cielo o el infierno, de encontrarse. Ella es la hija desobediente que nunca se llevó bien con los "debería". El formalismo positivista se basa en los hechos; la resistencia popular, en todas sus etapas desde la más incipiente, los niega. Ella se atreve a impugnar Cuba para reivindicar la negación que constituye toda revolución. Ese rechazo que le produce su lúgubre mirada sobre la Cuba real es su camino paradójico para encontrarse, no en el cielo ni en el infierno, sino en Cuatreros. En Cuba que tanto la enerva, Albertina encontrará a Peña y Lucía Cedrón; con ellos va a entrar al ICAIC a ver Hoy es tiempo de violencia, la remota película argentina que a partir de ese momento se constituirá en la tradición en la que ella decide insertarse. Para poder acceder al archivo del ICAIC, Albertina tiene que ser presentada por Peña ante los guardias como "la hija de Carri". 

Por su aversión a los "debería", su enemistad con las certezas fácticas, su inclinación antipositivista a introducir la negación como motor de su historia, es que Carri discrepa siempre con todo antecedente: incluso consigo misma, la que en Los rubios se propuso dejar de ser la hija de Carri. Cuando a principios de siglo tuvo que conseguir una vacante en la FUC, ella, a instancias de su abuela, tuvo que asumir una filiación incompatible con la de ser la hija de Carri. La abuela quería meterla en la FUC por dos razones: para que no fuera a la UBA y para que el mundo dejara de llamarla la hija de Carri. En el consejo asesor de la FUC estaba Adolfo Bioy Casares, el tío abuelo de Albertina. La abuela quiso, y ella obedeció, que Albertina pasara a ser la sobrina de Adolfito. Durante sus años FUC fue la sobrina de Adolfito, de una extirpe en abierta beligerancia con la hija de Carri. Los Bioy Casares y los Carri pelean por tomar el comando de su identidad en la época que ella hace Los rubios. Esos fueron sus años obedientes.


En Cuatreros, mientras su voz compone la novela familiar, la pantalla se descompone en un prisma de imágenes que remiten de manera simultánea a los pasados posibles, a los reales y los ficticios. Aparecen el campo, los caballos, la Sociedad Rural, los milicos, los Ortega, Videla, Massera, Rojas, Aramburu, Campolongo, la Legrand, Pousá, la propaganda antisubversiva, el robo a una tienda de venta de pelucas, la casa de un "terrorista" recién fugado, los policías gordos que contestan con su extraña jerga a las preguntas de los periodistas de la tele. La imagen -las imágenes- en Cuatreros tienden a abrir, contradecir, burlar, parodiar, dejar en suspenso lo que su propio relato novelesco intenta definir. Albertina dice que la película es un tributo no tanto a Isidro Velazquez como a Fernando Peña, ese héroe desaliñado que, en un país que quiere borrar constantemente sus huellas, lucha denodadamente para rescatar de todos los containers las latas de películas que guardan la memoria a punto de extinguirse. En esos rollos ella espera encontrar el rastro borroso de sus padres.

Al final, carece de toda certeza de hallarlos en ninguno de tantos fotogramas. Es en la película misma, en Cuatreros, en los huecos que deja, fuera de cuadro, en la historia de sus fracasos paradójicos, donde ellos vuelven.  


Cuatreros, de Albertina Carri from El Cohete A La Luna on Vimeo.

martes, 14 de febrero de 2017

Macrismo averiado

Solo un error muy grueso del peronismo y el kirchnerismo podría lograr que la derrota del régimen en octubre no sea aplastante



La difusión del acuerdo leonino del grupo macri por la deuda que tiene con el estado argentino, acuerdo firmado por el propio gobierno macrista en perjuicio del estado cuyos intereses debería defender, saca a la luz del día la matriz de negocios que cimentó la fortuna de los macri a lo largo de décadas. Los macri se hicieron ricos estafando al estado, desde la dictadura hasta hoy, sin interrupciones. La novedad de estos últimos 15 meses es que la misma familia atiende a ambos lados del mostrador. Mientras propone paritarias a la baja y un aumento bestial ya anunciado de las tarifas de luz, gas y agua. E inminentes aumentos del pan ($ 50 el kilo en pocos días) y el colectivo ($ 11 a partir de abril). La proyección de una inflación anual del % 17 es una nube, no hay duda. El sindicalista que lo tomara como una referencia válida perdería autoridad ante sus bases

El blindaje mediático puede seguir repiqueteando indefinidamente con la reapertura del Caso Nisman o la filtración bizarra de escuchas de conversaciones entre dirigentes opositores. El efecto que puede lograr esta insistencia en un contenido fatigado por el abuso es el descrédito de los emisores: no protegerán al gobierno, como pretenden, sino le mostrarán a sus receptores, "la gente", que les brindan una fantasía disociada de lo real.

Como no había sucedido antes con la difusión de los Panamá Papers o con las denuncias de delitos económicos de Gustavo Arribas (director de la Agencia Federal de Inteligencia y testaferro del propio macri), el escándalo del Correo tocó y dejó averiado al régimen. La noticia trascendió hace 6 días en el pequeño portal de noticias Nuestras Voces (Macri se autoperdonó 70 mil millones). En un primer momento el régimen apostó a que la noticia se disiparía gracias a las cortinas de humo de sus medios guardianes. Después salieron voceros de tercer y cuarta línea a ningunear la gravedad de la estafa en los programas de debate político. Estas primeras reacciones se muestran a esta altura ineficaces. La prueba: se trató de preservar la figura de macri, beneficiario y ejecutor de este "acuerdo" entre macri presidente y macri empresario. Como la noticia persiste en el comentario de la población azorada y agredida por medidas económicas antipopulares, hoy tendrá que ser la primera línea la que ponga la cara: el jefe de gabinete Marcos Peña dará dentro de un rato una conferencia de prensa desde la misma quinta de Olivos. Se esconde a macri pero se admite el peso institucional del escándalo.

Una encuesta de Analogías realizada este fin de semana muestra el grado de daño que el escándalo causó a la imagen del macrismo:

El 65% de los consultados está enterado: la noticia atravesó el blindaje clarinista. La mayoría de los que se mostraron enterados pertenecen a las clases medias y medias altas, la principal base social del oficialismo.

El 80 % de los que están enterados se manifestaron en desacuerdo con el arreglo entre macri y macri.

El 64% piensa que es un acto de corrupción.

La imagen positiva del presidente bajó en estos días 9 puntos y alcanza apenas al 43% (es decir: una parte significativa de quienes lo votaron en octubre de 2015 ya no le creen).

La imagen negativa de macri asciende hoy al 54%. 

Y las facturas con aumentos, el boleto, el pan todavía no llegaron.

Solo un error muy grueso del peronismo y del kirchnerismo podría lograr que la derrota del régimen en octubre no sea aplastante.