Cadete





martes, 1 de septiembre de 2015

Una genuina alegría


por Lidia Ferrari

“Hay políticos a los que les gusta amargarle la vida a la gente, a mí me encanta alegrárselas.” dice Cristina cuando inaugura la estación de tren Ciudad Universitaria. Viajé casi treinta años todas las semanas a trabajar como docente en Ciudad Universitaria. Conozco bien el problema de viajar hacia allí desde distintas partes de la ciudad y de la provincia. Conozco bien la cantidad de alumnos que alberga esa gran ciudad dentro de la ciudad. Sabemos la enorme utilidad y comodidad que significa una estación de tren para los 40 mil alumnos que visitan diariamente ese gran complejo. ¿Alguien se puso a pensar cómo es que no se hizo antes una estación de tren en semejante lugar? Claro, debería hacer la reconstrucción histórica del país y, no sólo navegar por los vaivenes político-económicos, sino encuadrar esta inauguración en la historia de los trenes en la Argentina. 

Entonces podemos entender muy claramente la frase de Cristina. Alegrarle la vida a la gente es brindarle un servicio para que pueda estudiar, crecer, trabajar de la mejor manera. Entonces, la alegría que proviene de esta obra (como las de las innumerables tantas obras que ha llevado a cabo su gobierno) es una alegría genuina, no producto de un Emperador que quiere congraciarse con el pueblo a través de “Panem et Circenses” (pan y circo) o aquel que inundaba y se inundaba de Pizza y Champagne, mientras destruía lo que la gente tenía como fuente de subsistencia: el trabajo, las escuelas técnicas, la privatización del transporte y de los recursos naturales del país. Conocemos esa historia. La gente podía divertirse con Pizza y Champagne, mientras las calles se inundaban de cartoneros y de pobres que habían perdido su trabajo y de empresarios que habían fundido sus fábricas. Conocemos esa historia. También hay una alegría que los medios de comunicación inoculan a las gentes para que no se diviertan de otra manera que viendo estupideces. O la nueva manera de alegrarse la vida a través de video-juegos alienantes y empobrecedores. 


Por eso, la alegría que Cristina ofrece a la vida de las personas es la del confort al servicio de la inteligencia, del estudio, del trabajo. Para que el país crezca con alegría y no sea inundado de pensamientos destructivos, que son las únicas armas con que cuenta el establishment mediático para poder convencer al pueblo de que tener trenes, recursos propios, dignidad, trabajo y poder estudiar no son fuentes de alegría, y que sólo la alienación a la estupidez lo es. Por eso, la alegría de la que habla Cristina es genuina, es la que le “dona” a la gente instrumentos para tener una mejor vida, no diversiones para que olvide sus penurias. Tiene razón, muchos políticos le amargan la vida a la gente intentándolos convencer de que no es una buena causa tener trenes nuevos, seguros y que funcionen para la vida cotidiana. Ahí es donde entramos a dudar si la gente cree más en los cantos de siniestras sirenas que le dicen que todo está mal o si es capaz de discernir que ahora viaja en trenes decentes, que tiene un trabajo, que como docente recuperó su poder adquisitivo y que puede viajar como nunca antes lo hizo. Entramos a dudar si la gente conserva o no su capacidad de sentido crítico de lo que le dicen; si es capaz de discernir entre lo que vive y lo que le cuentan que vive. Esta duda no es personal, el poeta latino Juvenal ya en los comienzos del siglo II afirmaba que el pueblo sólo dos cosas ansiosamente deseaba: el pan y el circo. Pero parece que aún hay bastante gente que es capaz de discernimiento y eso se refleja en las urnas, algo que vuelve locos a los siniestros presagiadores de la mala onda porque no tienen otra cosa para donar.

1 comentario:

McName dijo...

Todo bien, de acuerdo con el sentido de la nota,
pero no se puso una estación en el medio de la
nada: la estación Saldías, a unos metros, permitía
ir a la Ciudad Universitaria desde que esta fué
creada. Yo hice el recorrido Retiro-Saldías entre
1966 y 1974, para cursar, sin ningún problema...