sábado, 9 de julio de 2016

Pudimos echar a Lopérfido del Ministerio: ahora falta que lo echemos del Colón

Renunció Lopérfido: una conquista de la comunidad artístico-intelectual, contra el desdén macrista por los derechos humanos. Gracias a tu apoyo y a la movilización permanente de distintos sectores de la cultura, pudimos echar a Darío Lopérfido.




En una charla pública el lunes 25 de enero del corriente año, el entonces Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires y actual Director del Teatro Colón, Darío Lopérfido, se refirió a las desapariciones forzadas de personas en manos del terrorismo de Estado entre los años setenta y principios de los ochenta en términos por demás erráticos y falaces, difamando la lucha histórica y ejemplar de los organismos de Derechos Humanos de nuestro país. Lopérfido sostuvo que la cifra de desaparecidos “fue una mentira que se construyó en una mesa para obtener subsidios que te daban” (sic). En esa misma charla, habló además de “un enfrentamiento entre dos bandas armadas”, reflotando para nuestro espanto la peligrosa y perimida “teoría de los dos demonios” según la cual la violencia de las guerrillas de aquellos años resulta equiparable al exterminio sistemático de todo tipo de disidencia por parte del Estado. Mencionó también que “si algún error cometió la dictadura militar enorme, fue no hacer un proceso legal” contra los militantes, en un intento de instaurar en la opinión pública la legitimidad de la represión política por vías legales, sentando las bases para acciones inauditas en la democracia, como la prisión política de Milagro Sala.



Casi al instante, tanto los organismos de Derechos Humanos (Madres y Abuelas de Plaza de Mayo e HIJOS, entre otros) como diversos sectores de la comunidad artístico-intelectual y de la sociedad civil en su conjunto manifestaron su repudio a los dichos de Lopérfido y exigieron al jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta su inmediato alejamiento del cargo. Nuestra carta circuló por ese entonces a través de la plataforma Change.org y llegó a casi 8000 firmas de prestigiosos académicos nacionales e internacionales. Mientras tanto, la comunidad artística hizo circular su propia carta alcanzando un número de firmas semejante, y una tercera carta de la sociedad civil superó --también en Change.org-- las 10.000 firmas. A raíz de estas misivas, Rodríguez Larreta recibió a representantes de los organismos de DDHH y de la comunidad artístico-intelectual, pero ratificó a Lopérfido en su cargo. Ante la negativa del gobierno de la ciudad, la comunidad teatral comenzó a movilizarse incansablemente, a la par de organismos de DDHH. Varias obras de teatro reprodujeron las deplorables declaraciones del entonces Ministro al final de la función. En el último Festival de Cine Independiente de Buenos Aires un conjunto de directores de cine se sumaron al repudio. Muchísimos intelectuales y artistas se manifestaron en este mismo sentido desde columnas en los periódicos, en discursos públicos o a través de las redes sociales.

Fueron largos meses en los que, no contento con evitar cualquier intento verdadero por disculparse públicamente tras sus dichos, Lopérfido se mantuvo firme en su provocación y profirió nuevas ofensas en contra de los organismos de Derechos Humanos y de la comunidad artística. Así pues, cada vez más alienado de vastos sectores de la cultura y en una situación virtualmente insostenible desde el punto de vista de la gestión, Lopérfido finalmente presentó su renuncia como ministro de cultura de la ciudad de Buenos Aires el pasado 6 de julio.



Lopérfido fue sin duda la figura más perniciosa y avergonzante en ocupar ese cargo, y el único en tener que abandonarlo en circunstancias semejantes. A pesar de lo abrupto y extremo de sus dichos y comportamientos, su actuación no tomó del todo desprevenidos a quienes recordaban su papel en momentos aciagos de nuestra historia. Desde su lugar de asesor perteneciente al círculo íntimo del presidente Fernando De La Rúa, y como miembro del llamado “Grupo Sushi”, Lopérfido fue el encargado de redactar el decreto de Estado de Sitio con el que el gobierno intentó responder al estallido de la crisis de 2001, decreto que dio pie a la represión brutal que resultó en la muerte a mano de fuerzas estatales de 38 manifestantes entre el 20 y el 21 de diciembre de aquel año, fechas que quedaron marcadas a fuego en la memoria de todos los argentinos.

La salida de Lopérfido es sin ninguna duda producto del trabajo infatigable de la comunidad artística e intelectual local --con el apoyo extendido y contundente de la comunidad internacional-- que desde un primer momento repudió sus dichos y pidió su remoción en forma sostenida, a pesar de la negativa constante del gobierno de la ciudad. No ignoramos que las rencillas internas entre diferentes sectores del partido gobernante pueden haber catalizado esta salida. El mismo Lopérfido, fiel a su estilo falaz y desdeñoso, un día antes de presentar formalmente su renuncia atribuyó los rumores acerca de su partida a una "operación" en su contra y más tarde, cuando finalmente renunció, se refirió al excesivo trabajo que le demandaban sus dos cargos simultáneos. Ninguna de estas posibles explicaciones sobre su salida se sostienen, sin embargo, si no es sobre el clima de enorme y vociferante repudio por parte de amplísimos sectores de la cultura y la sociedad en su conjunto.



Celebramos, por tanto, la salida de Lopérfido como una conquista de todos los argentinos que apuestan por la continuidad de las políticas de Memoria, Verdad y Justicia devenidas pilares fundamentales de la democracia argentina.

La dicha que esta noticia nos genera no nos hace perder de vista ni mucho menos subsana las respuestas difamatorias del ex-ministro a lo largo de estos meses, amparado por el poder político y mediático en estos tiempos de enormes retrocesos en el ámbito de las conquistas sociales y en materia de derechos humanos.

No olvidamos que el ex-ministro recibió el apoyo de las más altas autoridades hasta último momento, cuando su situación se volvió a todas luces insostenible, tras generarse consensos en repudio a su figura pocas veces vistos en la historia cultural de nuestro país.

No olvidamos cómo, firme en su actitud difamatoria, el ex-ministro se dedicó en estos cinco meses a desacreditar y ensuciar a todos aquellos que se manifestaron en su contra. En reiteradas ocasiones, cuestionó la veracidad de las firmas de apoyo a las cartas en repudio a sus dichos. En otra declaración que no debería pasar inadvertida para nadie, Lopérfido calificó a la infinidad de artistas, académicos y trabajadores de la cultura como "stalinistas" y “fascistas” por repudiar sus dichos. Mintió al señalar las protestas y movilizaciones como provenientes de "fanáticos kirchneristas", cuando claramente se trató de una gesta transversal y motivada sencillamente por sus palabras inaceptables bajo todo punto de vista. Más aún, Lopérfido no tuvo empacho en ensuciar a actores que participaron de su repudio en tanto beneficiarios de producciones audiovisuales en la anterior gestión. Finalmente, en un gesto nuevamente deplorable, el ex-Ministro de cultura de la Ciudad de Buenos Aires instó a la comunidad artística a "no hablar de política, [porque] la política es muy complicada".



Consideramos que merece una mención aparte la complicidad de los medios de comunicación hegemónicos, a sabiendas de que uno de los principales diarios está ligado a Lopérfido por directos lazos familiares. Desde sus editoriales, La Nación se ocupó sistemáticamente de difamar y minimizar estos repudios. Peor aún, se tergiversaron en todo momento sus dichos, insistiéndose en que Lopérfido había declarado que el número de desparecidos "se arregló en una mesa cerrada", cuando según sus verdaderas palabras "fue una mentira que se construyó para cobrar subsidios que te daban", omitiendo además partes importantes de la charla de contenido igual de pobre y ofensivo, un desplazamiento nada casual cuando lo que estaba en discusión eran precisamente esas declaraciones.

Por otro lado, queremos manifestar que el bienestar que nuestra comunidad siente en estos momentos solo puede ser parcial en la medida en que Darío Lopérfido sigue desempeñándose, avalado por las autoridades nacionales y municipales, como director artístico del Teatro Colón. Seguimos reclamando su alejamiento de todo cargo de la función pública. Consideramos que las operaciones mediáticas de Lopérfido no son inocentes ni casuales, sino que buscan instalar en el sentido común un cuestionamiento de las políticas de derechos humanos que hemos logrado articular en los últimos 13 años, así como habilitar nuevas violaciones a estos como algo “normal” y éticamente aceptable en nuestro país. Esta operación no puede considerarse fuera del contexto de decisiones políticas del gobierno del que forma parte, como la prisión de Milagro Sala y otrxs dirigentes de la Tupac Amaru, que sienta las bases para futuras maniobras de ese tipo; la instauración del protocolo que criminaliza la protesta social; la autonomización de las Fuerzas Armadas; así como ciertas acciones al estilo de los viejos “grupos de tareas”, como los ataques a la redacción de la cooperativa de trabajo del diario Tiempo Argentino, recuperado por sus trabajadorxs, a la parroquia Nuestra Señora de Fátima en la Isla Maciel, las balaceras contra un local de Nuevo Encuentro, las constantes amenazas de bombas a la ex ESMA, entre otros hechos lamentables y alarmantes.

Firman:
Germán Garrido
Cecilia Palmeiro
Mariano Lopez Seoane
Gabriel Giorgi
(Fuente: acá)