jueves, 25 de septiembre de 2008

Conociendo a Jacques Rivette



Por Eduardo D. Benitez

A propósito de Celine y Julie van en barco (Celine et Julie vont en bateau, Francia, 1974) que se proyecta este sábado 27 en la sala Lugones, en el marco del ciclo de los 40 años de la Quincena de los Realizadores de Cannes.
La obra de Jacques Rivette tal vez sea la más desconocida entre ese grupo de jóvenes turcos que a finales de los 50 hicieron su transición histórica de críticos de Cahiers du cinéma a directores de la Nouvelle vague.

Dos o tres cosas que sabemos de él: que como crítico escribió algunos textos memorables (“La era de los directores de escena”, “La mano”, “De la abyección”); que le adjudicaron un padre “autor” llamado Jean Renoir; que, después de mostrar desnuda a Emmanuelle Beart durante cuarto horas en La bella mentirosa (1990), convenció al mundo de que era la musa perfecta para cualquier Michel Piccoli pintor que se precie, y para cualquier espectador que se precie.

Sabemos también que en 1974 hizo una de sus películas más importantes: Celina y Julia van en barco, la que se podrá ver este sábado en la Lugones. El escenario es un parque soleado. Julia, bibliotecaria, lee un libro sobre magia sentada plácidamente en un banco. Celina (interpretada por Juliet Berto) atraviesa el espacio envuelta en tules. Un cruce azaroso que dispara la intriga y las va a mantener unidas como dos hermanas siamesas.

Si algo puede decirse acerca de Celina y Julia es que son felices. ¿Por qué? Porque hacen magia. Dotadas de un poder imaginativo que zigzaguea entre el encantamiento y el sopor ante la realidad, Celina y Julia figuran mundos posibles. Una fuga de ficciones que se encastran como piezas de rompecabezas. Una gran mansión que hace de tablero y cuatro piezas móviles: un hombre viudo, su hija y dos mujeres “al acecho”. La figura de ese puzzle va mutando al pulso caprichoso del dueto autoral. Celina y Julia son chicas traviesas que juegan a manipular sus criaturas, a cambiar el curso de sus acciones día a día. Rivette hace aquí honor al cuento popular que se va hilando de boca en boca, un relato de hadas abierto a perpetuas modificaciones.

Celina y Julia van en barco contiene algunas marcas que venían apareciendo desde su primer largometraje, París nos pertenece (1960), y que van a ser constantes en la filmografía de Rivette. Marcas que lo hacen un cineasta encantador, que extrae del espectador una sonrisa sutil allí donde se espera una carcajada a viva voz:

1) Una obsesión por la puesta en escena en la que los movimientos hiperquinéticos de los personajes en el interior del plano hacen que sus películas puedan verse como obras de danza u operísticas.

2) La representación de representación. Rivette hace películas sobre el propio proceso creativo, con una preocupación sobre algo que se está gestando, ya sea una obra plástica (La bella mentirosa), una obra de teatro (El amor por tierra, La banda de las cuatro) o el relato alocado de Celina y Julia.

3) Una cierta propensión a unir personajes disparatados y de polos bien opuestos. Al decir de Serge Daney: “El juego consiste en combinar histéricas… con obsesivos… en un mundo adulterado”.

4) Desde El amor por tierra (1984) a esta parte, una reflexión cada vez mayor sobre el lenguaje teatral como elemento organizador de sus “historias”.

No está nada mal espiar un poco el mundo que Celina y Julia van tejiendo, comprobar que las chicas sólo quieren divertirse y que tal vez durante tres horas podamos embarcarnos con ellas en su curiosa epifanía, para salir más tarde a buscar la parte gruesa del iceberg-Rivette que está escondida bajo el agua, en algunos empantanados y cinéfilos videoclubes.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

CHE CUERVITO!!!!!AHORA QUE LE PEGAS A QUINTIN MANDAS PUBLICIDAD PARA MONTEAGUDO....

Anónimo dijo...

anónimo:
su comentario me ha llevado a pregunartme lo siguiente: ehhhhhhh????????????

Anónimo dijo...

que buena pelicula la de rivette! yo la vi en un bafici y me encanto.
habia dos viejas en la sala que cuando escucharon cuanto duraba se levantaron y se fueron, yo despues pensaba que mejor se hubieran quedado porque las horas se pasan volando.
Erica.

Oscar Cuervo dijo...

Erica:
que llegues a ser vieja es sólo cuestión de tiempo, las horas se pasan volando.
Hace falta poner algo más que la edad para sentirse superior.

Anónimo dijo...

Despues de lo dicho por el Don, habra q ir a verla. Espero q este buena, y si no, no hay nada más lindo q contradecir a los q saben.

Sldos.

Anónimo dijo...

Las horas se pasan volando cuando te estás divirtiendo..Es lo que se llama " tiempo psicológico", ese fenómeno.
El otro día una sra. me decía que le había parecido eterna "una mujer sin cabeza" porque la aburrió. No la entendió. La sensación de que duró una eternidad ( lo que para mí fue una excelente película y no me pesó para nada) tiene que ver con eso. Es una pena, no saben lo que se pierden.
Marthe