miércoles, 8 de octubre de 2008

Las huellas (I)



Por Oscar A. Cuervo

“«Papá, explícame para qué sirve la historia», pedía hace algunos años a su padre, que era historiador, un muchachito allegado mío. Quisiera poder decir que este libro es mi respuesta”.

Así comienza el historiador Marc Bloch su libro Apologie pour l'Histoire ou Métier d'historien.

El problema que plantea -acota Bloch respecto de la pregunta del niño- con la embarazosa desenvoltura de esta edad implacable, es nada menos que el de la legitimidad de la historia”. Se trata de un libro inconcluso, ya que la muerte alcanzó a su autor mientras estaba escribiéndolo, por lo que la pregunta que se plantea en las primeras páginas no ha sido completamente respondida. Pero puede decirse que la presencia del libro ante nosotros, el hecho mismo de que hoy estemos citándolo, responde en acto a la pregunta. Este libro es la huella de una existencia.

Y así es la manera como Bloch concibe a la historia: como un conocimento por huellas: “¿qué entendemos por documentos sino una «huella», es decir, la marca que ha dejado un fenómeno y que nuestros sentidos pueden percibir?”. Con la idea de “huella”, Bloch cuestiona la tesis habitual de que del tiempo pasado sólo tenemos un acceso indirecto y que apenas podemos podemos aspirar a representarnos lo que ha sido. Pero el pasado está en el presente, parece decirnos hoy Bloch. Porque para que la representación sea posible, tiene que estar fundada en una presentación: la huella misma, que es huella para nosotros.

Es que la huella tiene un modo de existencia especial, que se resiste a ser reducido a una cosa. Una huella es algo que se nos presenta y nos remite a un tiempo anterior. La huella tiene una temporalidad densa, porque coexiste con nosotros pero viene del pasado. El sentido común nos hace creer que vivimos rodeados de cosas, pero en realidad existimos en un mundo de huellas. En todo lo que nos rodea están presentes las huellas de los que nos antecedieron. Los útiles a los que recurrimos son manufacturas, es decir: han sido hechos por las manos de hombres. Más aún: no sólo por las manos: la forma de las cosas que nos rodean son huellas de las ideas que otros hombres tuvieron, lo mismo que la casa que habitamos, la calle por la que transitamos y la ciudad en la que se encuentran la casa y la calle, todas son huellas que nos han dejado. Las palabras mismas que ahora estoy escribiendo no son sino huellas, las aprendimos de otros y estos a su vez de otros y otros.

El propio libro de Bloch al que me estoy refiriendo es una huella de su vida y su carácter inconcluso es una huella de la muerte de su autor.

Bloch distingue entre los diversos tipos de huellas con los que tiene que habérselas la historia, por un lado, a aquellas que han sido dejadas para la posteridad con el expreso propósito de guardar una memoria: los testimonios voluntarios, de los cuales el ejemplo paradigmático es el texto de Herodoto, que empieza diciendo:

“Herodoto de Turios expone aquí el resultado de sus búsquedas, para que las cosas hechas por los hombres no se olviden con el tiempo y que las grandes y maravillosas acciones llevadas a cabo tanto por los griegos como por los bárbaros no píerdan su esplendor”.

Pero antes de que Herodoto escribiera la primera página de su clásico tratado, los hombres ya habían dejado -y hasta el día de hoy siguen dejando- innumerables huellas involuntarias: Bloch cita las fórmulas de los papiros de los muertos egipcios que estaban originalmente destinadas a ser recitadas por el alma en pena y a ser oídas sólo por los dioses. Cuando hoy estas huellas son halladas y descifradas por historiadores y arqueólogos, cuando son traducidas y citadas para nosotros, hacemos que esas palabras hablen de un modo diferente del previsto. Las almas en pena querían hablarles a los dioses y ahora sus textos nos hablan a nosotros de cómo aquellos mortales querían vincularse con la inmortalidad.

Pero -nos dice Bloch-, desde otra perspectiva, incluso los testimonios voluntarios pueden considerarse a la vez bajo la categoría de involuntarios: “hasta en los testimonios más decididamente voluntarios, lo que nos dice el texto ha dejado de ser, hoy, el objeto preferido de nuestra atención. Nos interesamos, por lo general y con mayor ardor, por lo que se nos deja entender sin haber deseado decirlo”. Podríamos decir esto mismo con un leve matiz psicoanalítico: cualquier testimonio y cualquier testigo dicen más que lo que saben, porque dicen algo a su pesar. Un testimonio es entonces también una huella en un sentido más propio, es decir: es un síntoma, una significación que va más alla de lo que el sujeto pretende decir, una indicación no prevista y a veces directamente rechazada por la voluntad conciente. Bloch cita algunos ejemplos de esta comunicación involuntaria que producen los documentos cuando se los piensa como huellas:

“Entre las vidas de santos de la alta Edad Media, por lo menos las tres cuartas partes son incapaces de enseñarnos algo sólido acerca de los piadosos personajes cuyo destino pretenden evocar; mas si, al contrario, las interrogamos acerca de las maneras de vivir o de pensar correspondientes a las épocas en que fueron escritas -cosas todas ellas que la hagiografía no tenía el menor deseo de exponernos- las hallaremos de un valor estimable”.

Se trata, según Bloch, de una lucha con el pasado, porque por un lado estamos obligados a conocerlo por sus rastros sin poder apartarnos del camino que ellos nos señalan, pero por el otro podemos conseguir saber mucho más del pasado que lo que él tuvo a bien dejarnos dicho. “Bien mirado -concluye Bloch- es un gran desquite de la inteligencia sobre los hechos”.

Bueno, resulta que ahora podemos aplicar al propio texto de Bloch, con el cual estamos dialogando, el tratamiento que él propone.

Marc Bloch nació en el seno de una familia judía alsaciana en el año 1886. En la primera guerra mundial fue condecorado con la Legión de Honor de la República Francesa. En 1929 fundó, junto con Lucien Febvre, la revista Annales d'histoire économique et sociale, que tuvo una enorme influencia en la historiografía del siglo XX. Fue profesor de historia en la Universidad de Estrasburgo y, a partir de 1936, en la Sorbona. Pero en octubre de 1940 el gobierno colaboracionista de Vichy lo expulsó de su cargo universitario por su condición de judío. A partir de entonces, Bloch comenzó a escribir el libro que estamos comentando, la Apologie pour l'Histoire. En 1942 los nazis allanan su departamento de París y le confiscan gran parte de su biblioteca, sus fichas y sus notas de lectura. Irá desplazándose entonces por distintas ciudades de Francia, hasta que las fuerzas nazis ocupan totalmente el territorio francés. Bloch se instala clandestinamente en la ciudad de Lyon, participando en los Movimientos Unidos de la Resistencia.

La pregunta “¿para qué sirve la historia?” adquiere entonces una resonancia especial, porque no es planteada desde la serenidad del hombre que ha logrado desarrollar una profesión que goza del reconocimiento de la comunidad. Es la pregunta angustiada de un hombre en la resistencia, empujado a radicalizar su posición por obra de las circunstancias dramáticas que lo asedian. Bloch no expone en la obra solamente el escrúpulo del erudito. El método crítico que esboza en ese libro no nace meramente de una serena reflexión epistemológica y no obedece simplemente a un valorable impulso de sistematización de su labor de años, aunque también logre llevar a cabo todo eso. Bloch se pregunta para qué sirve la historia en medio de un mundo que se derrumba y cuando su vida corre peligro, cuando la barbarie nazi amenaza con borrar toda huella y toda memoria.

El 8 de marzo de 1944 es apresado en Lyon, es encerrado en un campo de concentración; es torturado y finalmente fusilado el 16 de junio del mismo año en las afueras del pequeño pueblo de Saint-Didier-des-Formans. Su libro queda inconcluso y será publicado años después de su muerte por su amigo y colega Lucien Febvre, quien al cabo de la guerra había rescatado los manuscritos de Bloch.

De la presencia de esos manuscritos ante nosotros, de las huellas de la existencia de Marc Bloch, de ese libro trunco, de la pregunta respondida sólo a medias en el texto pero quizá completamente por sus huellas estamos hablando.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Digamos que hay muchos académicos que criticarían a Bloch justamente por el carácter "subjetivo" de su testimonio, como algo que opera en contra de la ciencia histórica y como material peligrosamente obstinado en infatuar la cultura de la memoria. Suelen ser las joyas más preciadas, estos libros escritos al margen de la academia, con toda la sangre, en medio del fuego.

Oscar Cuervo dijo...

Vera:
evidentemente estos académicos entienden mucho de academias y poco de historias. Seguramente ellos no quieren ser alineados con su pasado
saludos!

Anónimo dijo...

José María Ramos Mejía escribió en 1878 “Las neurosis de los hombres célebres”.
Transcribo parte de su texto:

“En 1838-agrega Rivera Indarte en “Rosas y sus opositores”- expiró su inquieta mujer. En sus últimos momentos se vio rodeada, no de profesores que aliviaran los dolores de su cuerpo, ni de la amistad, ni de la religión, sino de una profunda y desesperante soledad, interrumpida por las risas y las obscenidades de los bufones del tirano. Ellos le aplicaban algunas medicinas y muchas veces desgarraba los oídos de la pobre enferma, la voz satírica de su marido que gritaba a alguno de los locos -¡Ea!,acuéstate con Encarnación, si ella quiere y consuélala un poco.
La infeliz se sintió morir y pidió un padre para confesarse.
Rosas se lo negó pretextando que su mujer sabía muchas cosas de la Federación y que podía revelárselas al fraile.
Cuando le avisaron que había expirado ,mandó venir un clérigo para que le pusiera la extremaunción, y para que no creyera que el óleo santo se derramaba sobre un cadáver,y si sobre un moribundo, uno de los locos, puesto debajo de la cama en que estaba el cadáver, le hacía hacer movimientos, pero con tal torpeza, que el sacerdote, después de haber fingido que nada comprendía, salió espantado de aquella caverna de impiedad y reveló la escena infernal en que había sido involuntario actor, a un eclesiástico venerable de cuyos labios tenemos esta relación.
Al día siguiente de su muerte se encerró en su cuarto con Viguá y Eusebio y lloraba a gritos la muerte de su Encarnación. En algunos momentos daba tregua a su dolor, pegaba una bofetada a uno de aquellos y con voz doliente preguntábales:¿Dónde está la heroína?- Está sentada a la diestra de Dios Padre Todopoderoso,-respondía Viguá y volvían a llorar.
Esta mezcla horrible de la burla y la ferocidad mas inauditas, son rasgos frecuentes en su vida. Todo lo grotesco halagaba aquella naturaleza lapidada con los estigmas de una inferioridad moral deplorable…

A mí me interesa la huella que deja Ramos Mejía, su “elección” del objeto de su estudio.
Si a alguien le interesa saber de Rivera Indarte, encontré un sitio donde se pueden seguir las posibles huellas de Rivera o, -mas que interesante - la posibilidad de seguir las huellas de los que escribieron sobre el.
www.lagazeta.com.ar/tablasdesangre.htm

Hugo.