sábado, 5 de mayo de 2018

Si te vas a Italia, no tengo más nada




[Simón Poxyran]
Mi cabeza es una heladera
desenchufada
todo lo de adentro
se está derritiendo
y cuando no quede más nada
voy a ir a comprar más ganas
todo lo de adentro
se está pudriendo.

Qué mierda pasa
no tengo más nada
si te vas a Italia
o a donde sea que te vayas
qué mierda pasa
no tengo más nada
si te vas a Italia
o a donde sea que te vayas.

Me duele la cabeza
y no es con certeza
me duele la cabeza
por fumar tanta yerba
ya no entiendo nada
quiero acostarme
y taparme con una frazada
cerrar los ojos y no estar más acá
estar en la concha de tu madre
fumando un poco más
sí, ya me cansé de esta mierda
terminemos esta vida chupapijas.

[Louta]
Pasa el tiempo y no perdona
el inconsciente me hace falta siempre a toda hora
incandescido en el silencio
rápido me pierdo
te hago tantos planes que me quedo en el intento
horas que me quedo acariciando el tiempo
duermo en el espacio entre tus pensamientos
estaba amaneciendo y me quedé despierto
pasa que no puedo dedicar-me-pierdo.

[Juan Saieg]
Qué mierda pasa
no tengo más nada
si te vas a Italia
no tengo más nada
no tengo más nada
no tengo más nada
si te vas a Italia
qué mierda pasa
no tengo más nada
si te vas a Italia
o a donde sea que te vayas.

Pasa el tiempo y no perdona
el inconsciente...
qué mierda pasa
no tengo más nada
si te vas a Italia
o a donde sea que te vayas.

viernes, 4 de mayo de 2018

Corsario

La antepenúltima? maravilla de Perrone


por Oscar Cuervo

¿Cuándo, dónde transcurre Corsario, la reciente película de Raúl Perrone, todavía inédita, que tuve oportunidad de ver hace pocos días? Por la textura de su imagen de baja resolución y foco imposible, parece tratarse de la copia de una copia de algún registro fílmico de un soporte no profesional tomado durante los años 60, con la fragilidad que tienen los materiales en proceso de corrosión. Aparece el ícono de Pier Paolo Pasolini aunque nunca se lo mencione así. Camina por las calles de un suburbio y se detiene a observar y capturar con su cámarita a sus ragazzi di vita. Se les acerca, conversa, camina, fuma o toma con ellos, se retira con alguno a un descampado o una obra en construcción. La rusticidad de la imagen produce por sí misma una vibración emocionante para un ojo endurecido por la imperiosa nitidez del digital.

Pero Corsario no es una simulación paródica de los 60. Los espacios que recorremos son los de Ituzaingó, según elocuentes marcas callejeras, grafitis y pizarras de kioscos del conurbano. No es un suburbio romano. Lxs chicxs a lxs que el Pasolini icónico mira con amor y deseo (ágape y eros) lucen un estilo actual: tienen piercings, van en skate, ostentan con orgullo queer una androginia típica de hoy que Pasolini no debe haber imaginado. Primera distancia entonces con el espectro invocado -ya por tercera vez en los últimos films por Perrone- del poeta corsario. 

Entonces: ¿Roma o Ituzaingó?


Corsario tiene un prólogo que instaura esta vacilación y la deja en suspenso. Con una textura diferente del resto de la película, con el filo cortante del digital, los primeros minutos bailan con la cadencia áspera de la voz del asistente de Pasolini -¡vuelven las voces naturalistas al cine de Perrone!-, encarnado con mesura por Alejandro Ricagno, también él un ícono de la cinefilia porteña, poeta, ensayista y actor de filiación pasoliniana. ¿Quién si no Ricagno podría oficiar de mediador del friulano en su arrime a la juventud bonaerense? Hasta quienes nunca se hayan cruzado con Ricagno podrán sentir en el grano de su voz, en su acento de calle Corrientes, en su pelambre seca y en los pliegues de su cara las marcas de la historia que corre desde el momento en que Perrone empezó a filmar hasta hoy, cuando el fantasma de Pasolini lo visita. Este prólogo transcurre durante un casting al que el venido asiste silencioso o solo habla al oído del asistente. Lo chicxs que se presentan leen con la dificultad de una escuela pública complicada algunos versos de Dylan Thomas. Las indicaciones de Ricagno apuntan a la busca de una fotogenia o una gracia en los desplazamientos que se sobreponga a los tropiezos de dicción. Lxs chicxs encarnan el registro estrictamente documental de Corsario. Desde P3ND3JO5, hace precisamente cinco años -lo que en Perrone equivale a una era geológica-, el cineasta bajó a 0 el volumen de la banda de los diálogos y lo sustituyó con artilugios sonoros diversos, hasta dar con las tonalidades declamadas o reacias a todo naturalismo en las voces de Cínicos y Expiación.

En 2013, si la memoria no miente, Perrone dijo algo como que estaba cansado de la palabra, después de que durante su era anterior hubiera llegado a un registro exquisito del habla del conurbano, que tuvo su versión más depurada en el Tríptico de Ituzaingó. Desde entonces vino preguntándose perplejo qué hacer con las voces en su cine, como si el problema se lo planteara un director de comienzos del sonoro. Si P3ND3JO5 es el año cero de algo, a partir de ahí su historia del cine se desacomoda y reacomoda en cada uno de sus movimientos: va descubriendo con la curiosidad de un extraterrestre el claroscuro, los intertítulos, el doblaje, el reverse, los loops, la fricción de la banda magnética, la imagen plana, la profundidad de campo, el color, el panfocus, las sobreimpresiones, el back projecting, las incrustaciones en el plano que violentan las escalas, el ralentí, el travelling, el volumen espacial, la cámara en mano, el ilusionismo... 

 P3ND3JO5

Favula

SAMURAY-S

En Corsario hay desajustes cronológicos que desalientan una determinación unívoca del tiempo histórico y disparan flechas inciertas, como si viéramos el presente a través de un prisma que nos aleja de él, como la subjetiva de un viajero distante. O como si el alma errante de Pasolini viniera a buscar a los chicos del siglo xxi argentino como objeto de su mirada deseosa. La voz que acompaña el paseo por la tarde de Ituzaingó ya no proviene del espacio intradiegético, otra vez se fuga hacia un espacio lírico y pronuncia en italiano el amor (eros) a los muchachos:

Mis amantes no pertenecen a las clases ricas,
son obreros de barrio o peones de campo;
nada afectados, sus quince o sus veinte años
traslucen a menudo fuerza brutal y tosquedad.
Me gusta verlos en ropa de trabajo, delantal o camisa.
No huelen a rosas, pero florecen de salud
pura y simple. Torpes de movimientos, caminan sin embargo
de prisa, con juvenil y grave elasticidad. (...)


Podrían ser versos de Pasolini pero no: se trata de un poeta maldito que había profesado antes el amor por los muchachos. Pasolini es hablado por Verlaine. Para abrir el rango de referencias, entre el paseo conurbano en blanco y negro desenfocado se intercalan planos de derroche cromático, flores que parecen enviarnos al fin de Expiación, exhalar el aroma embriagador de la juventud o quizás simplemente te regalen una ofrenda fúnebre. Como si Pasolini hubiera llegado acá a hacer una remake de Caravaggio, otro que amaba a los muchachos  e iba por suburbios peligrosos en los que encontró su muerte violenta, lxs chicxs posan en medio de tableaux vivants renacentistas. ¿Demarcan Pasolini, Verlaine y Caravaggio el volumen de un cono temporal en alguno de cuyos puntos busca situarse la mirada de Perrone? ¿Cómo filmar con nitidez desde distancias focales tan escurridizas? El desenfoque es precisamente la clave productiva de Corsario, el recurso con que el autor se para de manos ante la prepotencia de la nitidez en la era digital. Como diciendo: estas máquinas nos ofrecen imágenes tan nítidas que no nos dejan ver.

Estas referencias textu(r)ales son necesarias para escribir sobre Corsario, porque a la vez su forma es sencilla en extremo y solo en la indeterminabilidad de situación de su mirada crece el enigma. La película lleva como subtítulo "Un poema de Perrone" y su juego de repeticiones y rimas y su austeridad narrativa nos invitan a recorrerla como un poema visual. Cine de poesía, en el léxico pasoliniano. Poesía no es escribir en versos, corto y para abajo, sino sacarle lustre a la materialidad del significante. Son pocos los cineastas que pueden transmitir emoción solo con la vibración de una imagen en vías de extinguirse, con la fragilidad y las resonancias que invoca. Esa fragilidad alcanza momentos de tensión erótica apenas con el balanceo de un alambrado o el roce de unas manos. 

Ragazzi

CUMP4RSIT4

 Hierba

 Expiación

Expiación

Perrone viene trabajando con la materia del significante al menos desde el año cero de P3ND3JO5, su segundo comienzo. Su cine fuerza los soportes materiales y bosqueja una y otra vez sus formas -como un dibujante incurable-, para después hacer un bollo de papel y empezar de nuevo. En cada película que hizo -cuyo número nadie, ni siquiera él mismo, debe saber- movió alguna o todas las fichas: SAMURAY-S, Fávula, Hierba, Ragazzi, CINICOS, Expiación son estaciones de una deriva cuya dirección y posición futura no podemos predecir. ¿Cierra un ciclo con Corsario? ¿Forma parte de una trilogía pasoliniana junto con la coda de P3ND3JO5 y Ragazzi? No sé. La simplicidad formal de Corsario, unida al temblor de su ingavidez -como un cadáver exquisito que flota en una pista de skaters-, configuran una síntesis de todas sus búsquedas previas.


Perrone se mueve contra la corriente de la nitidez digital: Corsario guarda una rusticidad figurativa que es su forma de ser extemporáneo. Según pude enterarme, la más frágil de las texturas visuales con las que jugó en toda su filmografía resulta del uso de una cámara estenopeica. No voy a extenderme sobre especificidades técnicas que se me escapan y que cualquiera puede buscar en google. La palabra misma habla de una apertura estrecha: ὀπή quiere decir agujero y στένω significa estrecho. Esta angostura renuncia a una profundidad de campo aceptable según los hábitos de mirada actuales. La cámara estenopeica nos arroja brutamente hacia atrás, a la prehistoria del cine: Aristóteles y Euclides ya hablaban del agujero estrecho por el que entra la luz a una cámara oscura hace casi 2500 años. Este es el gesto técnico-político al que Perrone apela en la era de la nitidez. Él me manda un manuscrito explicando el por qué:


¿Está Perrone todavía ahí, donde yo lo ubico, en Corsario? ¿Será su penúltima película hasta la fecha o la antepenúltima? Hace unas semanas se estrenó Expiación en el BAFICI, en la competencia nacional de largometrajes, en un contexto creo yo impropio para un autor que desenvuelve su obra en mutación continua. Perrone no tiene que competir ni siquiera consigo mismo. La idea misma de competencia le es ajena. Desde el catálogo del festival se promovieron errores comparativos que desencadenaron una serie de despistes en la recepción crítica que parecen desconocer de qué autor están platicando. Esta semana, Expiación se vuelve a exhibir en el FICIC. Entre el 24 de abril y el 6 de mayo se están proyectando en la Cineteca Nacional de México diez de sus más recientes largometrajes, desde Las pibas (2012) en adelante, en una retrospectiva titulada "P3rron3: el último de los independientes" en la que se estrena Sagrada (2016), una película que no vi ni tal vez nadie haya visto acá .



Sé que hay otras esperando verse. Alguna vez alguien debería programar una retro que arranque con sus primeros cortos en VHS, U-Matic y Betacam y que incluya películas que nunca se estrenaron o cuyos restos reaparecieron trasmutados en otras películas -yo vi al menos un par así. Sería una manera de abarcar a un autor que se mueve por fuera del concepto de obra cerrada y para el que "ahora" es una noción problemática.

Corsario apela a la técnica de registro de imágenes más primitiva que hasta ahora haya usado. En su simplicidad esquiva, es una de sus obras maestras.

jueves, 3 de mayo de 2018

Netflix, el deseo y la compulsión


por Lidia Ferrari

Los productos del cine y la televisión se modifican, pero el cambio actual más importante es la manera en la cual tenemos acceso a ellos, correlativa a cómo se nos presentan las “cosas” en el mundo. Cada vez más se elimina la intermediación entre nosotros y las cosas del mundo, si es que sigue siendo posible delimitar esta separación.

Existe una clara diferencia entre ver una película que dura dos horas en el cine y la posibilidad de ver 15 horas seguidas al adicto de una serie favorita. Lo que lo hace posible es el dispositivo tecnológico que le permite a alguien obtener de manera inmediata el objeto que anhela. Comprando los DVD o abonándose a una proveedora como Netflix puede elegir (o cree que está eligiendo) ver lo que quiere y cuando quiere, sin mediación alguna. ¿Qué es lo que se juega en esta inmediatez de acceso al objeto? En primer lugar, habría una relación más directa entre ese ser hablante y el objeto de su deseo. ¿Podemos caracterizar a este objeto (una serie, un film) como un objeto de deseo? La misma película o serie puede oscilar entre ser algo deseable o transformarse en un objeto de la compulsión. Ahora bien, el sujeto está inerme frente a esta capacidad tecnológica puesta a su servicio. Inerme en tanto la pulsación temporal necesaria para que haya un espacio entre el deseo y su objeto se elimina o se dilata; espacio que debe soportar un vacío para sostener precisamente su estatuto de deseo. El objeto se presenta de tal manera que no aparece una escansión entre el sujeto y el objeto. De allí que alguien no estará sólo determinado por su estructura y su posición subjetiva, sino que sufrirá la impronta del acceso directo al recurso tecnológico. Así es que podemos pensar que esta tecnología fomenta la producción de un sujeto compulsivo. Ahora bien, este sujeto se encuentra inerme frente a los dispositivos tecnológicos. Una de las pocas operaciones con que puede responder a este carácter invasivo de lo tecnológico es la abstinencia. Así, en la abstinencia, dar lugar a la separación con ese objeto de goce.

¿Cuál sería una pérdida infringida con este nuevo sistema de consumo ilimitado de series en el living de la casa, a la medida del consumidor (una de las ficciones que ofrecen es esta idea de “a medida del consumidor”)?

La pérdida del «rendez-vous». Se pierde la cita en un tiempo establecido por el Otro. Durante un tiempo esperaba con anhelo la cita de los domingos a las 19:30 de la serie Columbo o la de los sábados la tarde con el Inspector Morse. Había allí la promesa de un encuentro con algo o alguien que no me había faltado “en sí”, sino que había producido la falta de ese “rendez-vous”.

Era el momento donde mi fantasma se tomaba una pausa y se dejaba conducir por los fantasmas que creaba el film. En la actualidad falta el momento en el que uno “se hace la película”. Ya no te hacés ninguna película, pues las encontrás hechas y, con su potencia tecnológica, se imponen. La cita con Columbo era promesa de un momento de reclusión en la intimidad de la casa, con ese personaje con el cual convivir una experiencia de hora y media para luego seguir con la vida cotidiana, es decir, recuperar los propios fantasmas y la propia realidad. Este rendez-vous suponía que entre el sumergirme en los fantasmas que me propone la serie y yo había un tiempo de espera, un tiempo de deseo, un tiempo para que se reconstituyan las ganas.

No sólo se trata de una diferencia en la cantidad del tiempo cronometrado. El estatuto de esa temporalidad es bien diferente, porque esperando al Inspector Morse algo se impone del lado del Otro que me barra en tanto me obliga a esperar. Esa condición estructural de la cita es la que me alivia de la posibilidad de sumergirme en un goce sin límite alguno.


La satisfacción de ver el film en el día y hora en que se da en el cine y no en cualquier momento proviene del encontrarse con una ficción en la cual entro y también salgo a una hora determinada. Es una satisfacción ligada al principio del placer que empieza y termina en esa cita, que precisamente porque termina me hace desear volver a tenerla. Cuando puedo ver la serie en cualquier momento, las ganas se opacan. No hay la pulsación temporal del deseo como insatisfecho.

Estas posibilidades tecnológicas no tienen acceso directo a la singularidad inconsciente del sujeto sino que lo interceptan, le imponen tiempos que incidirán en sus síntomas y por qué no, en sus fantasmas. Será un sujeto permanentemente interceptado por fantasmas de formato establecido. Formato que también engaña cuando impone series y películas que “denuncian” este mismo formato. La crítica a estos dispositivos está presente en el contenido de muchas series y películas. Se trata de una reflexión crítica seguramente pensada para captar a todo el espectro del público, es decir, también dirigida a personas esclarecidas y críticas del sistema. Pero el problema no es el contenido de la serie o película, pues su potencia radica en el formato que anula la experiencia de la distancia con el objeto de goce.

El rendez-vous con Columbo [1] se aproxima a la experiencia del ritual. Adolecemos de rituales colectivos que nos convoquen desde ese Otro que nos podría llamar periódicamente a una reunión para restablecer el sentido de nuestros lazos.

El ritual de la sala de cine y de la serie semanal conservan el estatuto de ese lugar en el cual nos sumergimos en una experiencia virtual ficcional, pero lo hacemos de modo acotado.

En la maratón de series, ese atracón sin parar, el objeto puede devorar al sujeto [2]. Como en toda ficción, uno se sumerge en el relato que le oferta la identificación con los héroes y personajes para olvidarse por un rato quién es, para jugar a ser otro. Pero si se trata de un atracón de 15 horas, la separación entre ese objeto virtual y el sujeto se aplaza tanto que podríamos preguntarnos cómo se recupera el sujeto después.

La ficción es uno de los más ancestrales modos de huida de los propios fantasmas neuróticos y también de la realidad que angustia. Pero con el atracón de series aparece una manera de ser otro que no nos obliga a retornar a la realidad. Quizá algo similar a las experiencias terapéuticas del siglo xix donde se proponían curas de sueños que podían durar días, esto es, escapar a los propios fantasmas productores de sufrimiento y reposar de ellos por bastante tiempo, ininterrumpidamente. Una pregunta permanece: ¿qué es lo que resta del sujeto cuando está inmerso en estas ofertas fantasmáticas intensivas y sin cortes?

Estas reflexiones se entrecruzan con algo que dice Jorge Alemán [3] en una entrevista donde preconiza practicar el ascetismo, pues frente a lo esperpéntico de la manipulación mediática debemos hacer un ejercicio de renuncia, nos dice, para poder sustraernos a ella. Creo que hay otras renuncias que podemos y debemos realizar. Cristian Salmon habla de cómo miles de jóvenes indios quieren ser empleados de call centers para clientes de Inglaterra y Estados Unidos, porque su modelo identitario son los yanquis o ingleses, aunque nunca hayan estado en esos países. Una de las formas por las cuales se produce esta identificación es, dice Salmon, a través de las series. Considero que no sólo los jóvenes de los call centers de la India están siendo intervenidos por las series. Creo que una gran parte del mundo está bajo la misma influencia. Me temo que Netflix sea una de las caras visibles de esa operación. De hecho, en los nuevos televisores “smart”, el control remoto tiene un botón central que dice Netflix.

Vengo pensando sobre estos nuevos formatos tecnológicos desde hace tiempo. Pensando en la posibilidad de resistir a través de la abstinencia, recordé que mi amigo Acho Manzi, durante varios años, me enviaba sus mails con una frase como firma final: "vivir es aprender a abstenerse". Nunca la entendí y no sé por qué nunca le pregunté la razón de esa frase. Creo que hoy es una frase iluminante para mí, porque se trata de preservar la vida y nuestros singulares fantasmas vitales en esa abstinencia.




NOTAS

[1] Podemos poner como ejemplo cualquier otra serie de la televisión. Esta es muy antigua, por cierto. Sin embargo, aún hoy se retransmite en la televisión italiana y francesa.

[2] Sabemos que el sujeto dividido del psicoanálisis dificulta pensar esta tajante separación entre sujeto y objeto, pero la operación de separación es necesaria para producir la posibilidad de la propia pérdida para el Otro.

[3] ¿Cómo no volvernos locos? –le pregunta Cynthia García a Jorge Alemán y J. A. responde: “Tenemos que hacer un ejercicio de renuncia para nosotros mismos y por ejemplo no seguir escuchando tonterías, no prestarnos y condescender a ser parte de las tonterías que se pronuncian. Hay que hacer como un ejercicio de ascetismo, de estudio, de trabajo, de sostener las experiencias que valgan la pena, de prestar atención a aquellos discursos que necesitamos más que nunca sostener, de sostener a todos los compañeros y compañeras que están trabajando por transmitir otra cosa, es decir, no hay que prestarse al baile esperpéntico que está organizando la corporación mediática en este momento. Esa sustracción me parece importantísima”.

martes, 1 de mayo de 2018

Roger Koza: la pregunta por el cine

Anticipo del Festival de Cosquín en una conversación con Roger Koza en La otra.-radio, para escuchar clickeando acá 



La razón por la cual las intervenciones de Roger Koza son tan relevantes, tanto su escritura filosa en el blog Ojos abiertos como su rol de programador de festivales -especialmente el entrañable Festival de Cosquín (FICIC),-, así como los debates, los programas de tele y radio en los que participa y las conversaciones amistosas que tengo el gusto de compartir con él, radica en la pasión con la que trabaja por el cine. Roger mira, piensa, escribe y habla el cine con pasión, con todo su ser y no con una parte. Es la única explicación por la que uno necesita visitar su blog diariamente y leer con atención sus textos urgentes desde los festivales internacionales a los que va. Por el mismo motivo, su encuentro es el que yo busco al salir de la proyección de alguna película en el BAFICI. Conversar de cine con él es una experiencia iluminadora en una época de mezquino oscurantismo.

Yeah, mis palabras están dictadas por el entusiasmo que Roger me contagia. Por eso aspiro siempre a entrevistarlo en La otra.-radio. Porque, aunque él esté en Galicia o en Shangai, si la conexión funciona, seguimos nuestra ya larga conversación. Eso es lo que hicimos este lunes a la 1 AM hora argentina. Él estaba en ese momento en el Play Doc gallego. Ahora ya debe andar por Córdoba, preparándose para abrir el FICIC mañana a la noche. Ustedes pueden descargar nuestra conversación completa clickeando acá. Hablamos de películas, autores, festivales y textos. Y de las preguntas que esto suscita acerca de la relación entre cine y experiencia del mundo, de políticas de la mirada, de imágenes y técnica, sensibilidad e historia. No son muchos los críticos y programadores con los que uno puede hablar de estas cuestiones con tanto provecho. Acá transcribo solo una parte de lo que conversamos, pero hay mucho más en el audio.

- Roger, vos te preguntás, y siempre me interesa mucho cuando te escucho preguntarte, sobre las posibilidades de la ficción y el documental en el cine y sus relaciones con lo real.

- Desde mi punto de vista hay un problema bastante enmarañado en relación con las imágenes en general. Nuestras formas de comunicación y de información están relacionadas con la imagen y me parece que lo que está sucediendo por fuera del cine son formas de comunicación que no instan a un pensamiento crítico ni a una mirada donde lo real no se clausure en sí mismo. Por lo contrario, el cine, más allá de que sea ficción o no ficción, puede hendir las formas en que la realidad se le presenta a cualquiera. Por eso insisto en los últimos tiempos, cuando escribo, hablo o doy clases, en repensar la relación entre el cine y la verdad. En el caso de la ficción, será una forma de interrogarse sobre el imaginario que está sosteniendo la verdad. Si se trata de la no ficción, hay otro tipo de encuentro entre lo que se ve, lo que se escucha y lo que se filma. Pero hay que persistir en pensar sobre eso y no naturalizar nada. Yo creo que un gran problema de las prácticas culturales actuales es que se naturaliza todo, sin preguntar por qué algo llegó a ser lo que es. ¿Por qué se naturalizó que la imagen tiene que ser digital y no analógica? ¿Por qué hay que sustituir el 35 mm? No digo que haya o no haya que hacerlo. Simplemente me llama la atención la forma en que ese enunciado se naturaliza y pareciera que es casi una voluntad de la evolución que tenga que ser así. Por ejemplo, hay un fundamentalismo de la nitidez, el concepto de nitidez no está permitiendo pensar la imagen, porque las propias cámaras digitales regalan de inmediato una mímesis casi perfecta de lo que uno ve y entonces no se piensa la cuestión de la textura de una imagen. Un cineasta como Perrone viene trabajando sobre eso y lo va haciendo con distintas posibilidades. Es un cineasta rarísimo, que no deja de preguntarse sobre lo que hace. Yo creo que esta también es una cuestión fundamental en los festivales. Hay festivales que trabajan desde un conjunto de certezas y otros festivales que trabajan no tanto desde incertidumbres, pero sí de conjeturas y preguntas sobre qué es el cine.

- Supongo que esta pregunta sobre qué es el cine es algo que tendrás presente cuando programás un festival como el de Cosquín.

- Sí, lo tengo presente, siempre trato de pensar mi programación como formas de preguntar. En el libro de Jonathan Rosenbaum sobre Kiarostami hay un fragmento en el que dice que en ciertos cineastas sus planos funcionan como preguntas, mientras que en otros los planos funcionan como afirmaciones. Yo cuando escribo trato de pensar con preguntas. Y cuando programo también. El otro día alguien me consultaba sobre la programación del festival de Cosquín, me preguntaba qué quiero decir respecto de las películas elegidas para la competencia. Cosquín no tiene muchas películas, es un festival que no solo es austero en su presupuesto sino también en su extensión. Entonces hay que aprovechar cada película para algo. En este sentido, no hay películas de relleno. Esto implica pensar con mucha precaución cómo una película se relaciona con otras, qué se quiere plantear con el conjunto de películas. Pienso que programar un festival es bastante cercano a trabajar sobre el montaje de una película. Cada película es como el plano de una película y un festival es un organismo cinematográfico que está compuesto por estos planos. Por eso la competencia es el rostro de un festival. No se puede poner cualquier película, no solamente porque en un festival de la dimensión de Cosquín no hay lugar, son pocos los espacios, sino porque esos espacios deben de algún modo enunciar algo. Las películas de este año tratan de plantear algún tipo de discusión sobre lo que está sucediendo en el mundo del cine, entre nuestra época y el cine, lo que te decía antes acerca de la relación de la verdad y la imagen. En esta edición hay una película extraordinaria que se llama La imagen imposible (The Impossible Picture) de Sandra Wollner. Uno no sabe si lo que está viendo es un documental hallado, si es el registro diario de una jovencita filmando a su familia en la posguerra en Austria; uno empieza a intuir que hay algo ominoso hasta que descubre de qué se trata. La película juega con el orden de la representación, no solamente de la representación casera, doméstica, porque ella está filmando su cotidianeidad y en eso encuentra las consecuencias de la segunda guerra, entre otras cosas; sino que además hay una textura, una coloración de la imagen por la que uno es llevado a creer que esa imagen es de hace 60 o 70 años atrás, pero es una película que está hecha ahora. En primer lugar es una película notable, pero además uno la elige porque ahí hay un problema a pensar. Inmediatamente la relacioné con El silencio es un cuerpo que cae, la película de Agustina Comedi que también trabaja sobre el orden del registro y plantea cómo en las imágenes, si uno las sabe leer, se puede divisar aquello que no se habla, lo que se trata de suprimir. En este caso, es una historia familiar, pero a la vez siempre existe el problema de cuáles son los límites del deseo en una sociedad específica, hasta dónde se toleran ciertas formas del desvío de lo que entendemos como una "normalidad" que no es tal. Una vez más ahí la imagen está jugando un desvío frente a un discurso que clausura. Así es como uno va eligiendo una serie de películas para la programación de la competencia. Hay otra zona de la competencia que remite a la relación del cine con su historia y de la relación del cine con la historia, en ambos sentidos. Y después hay una zona más vinculada al cine de la percepción, como la película alemana Deriva o también Córdoba sinfonía urbana. Son formas de pensar la programación en una tensión que trate de conjeturar qué podría llegar a ser el cine contemporáneo.









En esta edición del FICIC también hay un foco del cine en 35 mm co-programado junto a Fernando Martín Peña, integrado por tres películas de la historia del cine argentino: Amorina (Hugo del Carril), No abras nunca esa puerta (Carlos Hugo Christensen) y Pajarito Gómez (Rodolfo Kuhn). Hay un espacio para autores argentinos contemporáneos como Raúl Perrone (se verá Expiación) y Gustavo Fontán (de quien se proyectará la Trilogía del Lago Helado).



Trilogía del lago helado (Gustavo Fontán)





Y también hay restrospectivas completas de dos cineastas argentinos como Ana Poliak y Martín Farina. En la conversación radial, Roger explica por qué eligió programar a estos dos autores. Entre las películas de Farina está la notable Mujer nómade, el retrato de Esther Díaz, quien además se va a hacer presente en el FICIC a sostener con Koza una conversación sobre cine y filosofía. La programación completa, acá.

Esther Díaz en Mujer Nómade (Martín Farina)