Cadete





Hormiguita Ocaña, primera candidata a diputada nacional de Cambiemos por la provincia de Buenos Aires,
desconoce el caso Maldonado: "Ni el gobierno va a durar...".

jueves, 7 de marzo de 2013

Qué duda cabe, todos estamos hablando de la muerte de Chávez, los argentinos. Estamos hablando entonces de nosotros.






Es difícil sustraerse a las imágenes que continuamente produce la muerte de este hombre. Ha vivido, este hombre, Chávez, y ha dejado una huella fuerte. Se nota en la multitud que lo llora, pero se nota más en que esos funerales son la cifra de un futuro y, si se me perdona el atrevimiento, de la alegría que contiene ese llanto: la manera en que va a ser visto en los tiempos que vienen, la certeza de que su huella quedará por mucho tiempo, porque la sentimos en nosotros, la tarea que nos concierne ahora, la fuerza que nos da vernos acompañados en el sentimiento.

La muerte le llegó a él ahora, como me llegará puntualmente a mí y a vos. Y cuando le llega a un hombre querido por muchos y odiado por tantos otros, por ser un líder popular, cuando le llega la muerte personal que nos espera también a vos y a mí, ahí se siente el roce que se produce entre la Historia y las personas, y ahí se siente entonces un leve escalofrío.

Si nosotros no podemos sustraernos de velar a este muerto, de ver sus fotografías, de volver a escuchar sus palabras (las palabras tienen otra vida, más larga que el cuerpo que las dice), de contar anécdotas, eso que se hace en todo velorio, es porque intuimos sin equivocación que la muerte de Chávez se enlaza con la vida nuestra. No se trata de analogías forzadas: hay un vínculo real. Lo tuvimos acá cerca cuando los líderes sudamericanos le dijeron "No" al ALCA que venía a imponer George Bush. Fue en 2005 y fue un momento cuya importancia se advirtió de inmediato y el tiempo solo hizo crecer. Estaban ahí Néstor y Hugo. Y todos hemos sabido cómo se pusieron de acuerdo, hasta con picardías de compinches, para desbaratar los planes de la derecha republicana para Sudamérica. Cada vez más desde entonces se volvió a hablar de América del Sur, de América Latina, del Mercosur, del Unasur. Los líderes políticos que forjaron esa alianza se fueron encontrando en estos años cada vez que pasaba algo, se movieron rápidamente cuando se produjeron intentos de golpes de estado, algunas veces, como en Ecuador, lograron ayudar a desbaratarlos, otras veces, como en Honduras o Paraguay, el anillo de solidaridades continentales no alcanzó. Se juntaron para caminar por la Avenida de Mayo la noche del Bicentenario y para despedir los restos mortales de Néstor. Por eso hoy resulta tan natural que Pepe Mujica venga a Buenos Aires a viajar junto a Cristina en nuestro avión presidencial, porque el Pepe no tiene avión. Llegan a Venezuela juntos y ahi se los ve junto a Evo, velando por los restos mortales de Hugo. Es un gesto, una pavada dirán algunos, los símbolos no importan dirán algunos, y lo equivocados que están: la historia se hace de gestos y de símbolos.

Un funeral es un símbolo: el ataúd, la bandera que lo envuelve, el cortejo en el que participan millones cuando muere un líder querido por su pueblo, o el otro cortejo en el que va solo un puñado de amigos cuando muere cualquiera; incluso también la falta de un cortejo en esos funerales en los que nadie se presenta. Todos símbolos. La tele, porque vivimos en un mundo televisado, las redes, porque vivimos en un mundo conectado, nos hacen partícipes a todos de estos símbolos: ese río de gente que despide en la calle a Hugo es una señal. Los que desprecian los símbolos porque creen que no tienen el peso de las cosas materiales recuerden: un símbolo es una señal y una señal tiene destinatarios. En este caso: ese río de gente, esos millones que salieron a las calles de Caracas, están ahí, vivos, perdieron a su líder, pero no lo perdieron del todo: lo tienen en su memoria y en algo más: lo comparten con otros. Quiero decir: estos símbolos hacen política.

La derecha lo sabe, por eso está tratando de sobreimprimir sus sentidos sobre estos símbolos tan potentes. Quiere, la derecha, hacerle decir algo a esta multitud que ella, la multitud, no sepa. Hay que poner un minuto apenas Telenoche para ver cómo se preocupa la derecha asesina por el líder popular muerto y por el pueblo que lo llora, cómo necesita la derecha traducir esos símbolos a su lenguaje. Porque sabe la derecha asesina (la que festeja la muerte de Evita, de Néstor o de Chávez, la que le desea la muerte a Cristina, esa derecha que ha sabido matar sin pudor cuando sintió sus privilegios cuestionados) que con signos como estos, los de los funerales de Chávez, la hermandad de los líderes sudamericanos que lo están velando junto a su pueblo, se está escribiendo la historia. Qué notable que algunos desdeñen los símbolos, sin ver que son ellos y no los objetos meramente físicos los que hacen la historia. Los objetos, las cosas: un ataúd, un pedazo de trapo convertido en bandera, el agua de una fuente, las patas en la fuente, el agua potable que sale de una canilla, un cuadro descolgado están ahí pidiendo a gritos que le demos sentido, que sepamos leerlos, con el silencio incluso, que muchas veces es un símbolo poderoso. Porque el silencio no es la mera ausencia de palabras, no es solamente quedarse callado la boca: silencio se hace cuando, habiendo mucho por decir, se prefiere postergar la palabra por un momento. O dos momentos. Después está el otro silencio: el del hombre que ha hablado mucho, como Chávez lo ha hecho, y de pronto muere. Entonces Chávez hace silencio. Acordémonos de aquella exhortación del rey de España hacia Hugo, ese "por qué no te callas". Pensemos en eso: en la monarquía, en la vieja y ruinosa Europa, esa civilización tan presuntuosa y tan senil, pensemos en la Unión Europea premiándose a sí misma con el premio Nobel de la Paz, cayéndose a pedazos, publicando fotos falsas sobre el hombre agonizante, deseándole la muerte, anunciando a destiempo la muerte del hombre, haciéndolo callar. Si comprendemos el sentido de esa súplica, esa grosería impertinente del viejo rey de un reino decadente haciéndolo callar, queriéndolo acallar, ahí nos podemos empezar a dar cuenta de la necesidad que tiene la historia de símbolos y de palabras.

Por eso, ahora que Chávez ya no puede hablar, estamos hablándolo.