viernes, 1 de marzo de 2013

Cine, política y violencia: una historia de Alemania

Ulrike, Rainer y la primera generación


por Esteban del Valle

El cine suele ser a veces mi puerta de entrada al conocimiento político. Hace unos cuantos años tomé conocimiento sobre la historia del RAF (Fracción del Ejército Rojo) de Alemania, a través de las biografías y el pensamiento de Rainer W. Fassbinder y de alguna manera mi punto de vista sigue gravitando desde su óptica.

La carrera artística de Rainer, originada al calor de los fervores revolucionarios de fines de los 60, integrando y luego liderando la comunidad teatral llamada Action-Theatre (Teatro de Acción), tuvieron estrecha ligazón en sus comienzos con toda la diversidad de tendencias. Así es como Andreas Baader, posterior líder de la organización armada, concurría asiduamente a las obras montadas por Fassbinder y a menudo se suscitaban controversias y debates a viva voz durante las funciones. Su posterior integración de la RAF junto con Ulrike Meinhof, periodista y una de las intelectuales de izquierda más comprometidas de su tiempo, hace que prevalezca el nombre de "banda Baader-Mainhof" en la etapa en que el grupo pasa a la clandestinidad y se aisla en su obcecada idea de la violencia como único recurso. De hecho previamente, la primera acción revoltosa durante el 68, que consistió en incendiar varios centros comerciales, incluyó primero el incendio y destrucción total del teatro donde exhibía y convivía el grupo de Fassbinder, como una clara exhortacion a abandonar el Teatro de Accion, para pasar directamente a la acción. El teatro quedaba así visualizado como un hecho "burgués". De nada servía que Rainer argumentara su revolución por medio del arte.

A dos años de haber pasado a la acción desde clandestinidad, los cuatro líderes fueron detenidos en 1972 en la carcel de Stammheim, y sometidos a un juicio absurdo, que equivalió a una especie de tortura pública, en la que Ulrike se veía obligada a ejercer su propia defensa luego de pasar largos meses en un cubículo minúsculo sin ningún contacto con el exterior, hasta dejarla en estado psicológico deplorable. Ulrike muere en 1976 luego de un largo cautiverio en una dudosa escena de suicidio que casi nadie creyó.

Mientras tanto afuera, las acciones de la "segunda generacion revolucionaria" se había concentrado en actos terroristas para negociar la libertad de los integrantes que se encontraban en cautiverio, logrando el efecto contrario. Cada una de éstas acciones parecía soterradamente utilizada para justificar ante la opinión pública el uso discrecional del terrorismo de estado. En 1977, luego del secuestro de un avion de Lufthansa por parte de un grupo árabe para pedir la liberación de los presos de la RAF, los restantes prisioneros de Stammheim, incuído Baader, mueren mediante otro supuesto "suicidio" simultáneo.

Fassbinder entonces recuerda y se lamenta no haber respondido a un sincero pedido de diálogo por parte de Ulrike desde la clandestinidad, en los tiempos previos a aquel trágico desenlace, obviamente por sus antiguos enconos y consecuentes desacuerdos. Pero entonces pensaba que quizás un diálogo podría haber disuadido a Ulrike en su accionar.

Ésto no le impidió a Rainer poner en tela de juicio la indiferencia mayoritaria de la sociedad frente a semejante atropello, de lo que a todas luces parecía una ejecución. De ésta angustia, adherezada por el estado policíaco reinante en Alemania que amenazaba el estado de derecho y oprimía la libertad de expresión, surge la idea de proponer a siete u ocho realizadores del llamado Nuevo Cine Alemán, para filmar versiones libres ficcionales sobre los acontecimientos de Stammheim, ante lo cual Fassbinder se permitía bromear: "A ver quien es el que filma la versión del "suicidio".

El proyecto, políticamente audaz en tal coyuntura, no logró concretarse de esa forma, pero Rainer logra expresar el dilema en un episodio del film "Alemania en Otoño"(1976) en el que se expone crudamente a él mismo en un estado de angustia y paranoia ante la noticia, cuestionando entre otras cosas a su propia madre en su clásica y conocida indiferencia doñarosista del estilo "algo habrán hecho".

Posteriormente postula en un film surrealista y performático, La tercera generación (1979), la siguiente tesis, según sus propias palabras: “El título se refiere a las tres generaciones del terrorismo, un tema que lamentablemente está de moda. La primera generación fue la del 68. Idealistas que querían cambiar el mundo y que creían que podían hacerlo con palabras y manifiestos. La segunda, la del grupo Baader-Meinhof, pasó de la legalidad a la lucha armada y a la total ilegalidad. La tercera es la actual, la que actúa sin pensar, la que no tiene ni una ideología ni una política y que, sin saberlo, se deja manejar por otros como una sarta de marionetas”. Con el incisivo bisturí que caracteriza la vision fassbinderiana, en la película puede verse cómo finalmente la supuesta célula revolucionaria termina siendo funcional o sirviendo a los intereses del poder y las multinacionales, sin ningún objetivo real.

Recordando todo ésto, descubro hace poco el documental Ulrike Marie Meinhof. Carta a su hija de Timon Koulmasis (1994). Simple, biográfico y parcial, muestra algunos aspectos íntimos de la vida de Ulrike en el trancurso desde su militancia pacifista hasta su radicalización. Lo curioso es que a pesar de no ser en absoluto apologético, ni mucho menos avalar los medios elegidos por aquella juventud y ni siquiera cuestionar la hipótesis del suicidio -que aún hoy sigue siendo la versión histórica oficial en Alemania- el tema sigue siendo algo tabú para los medios, las televisoras alemanas se negaron a coproducirlo y cosechó fuertes críticas tanto desde derechas como de izquierdas. Los unos por "humanizar" una figura peligrosa, los otros por soslayar sus móviles políticos. Mientras se trata de echar un poco de luz sobre la historia de un personaje altamente demonizado por los medios y ante una historia tan controvertida, lo que nos queda -como se declara en el film- es una "interesante tragedia, agitada y triste". Pero al fín, pareciera que ese pasado no está pisado, sino que en alguna forma sigue resultando incómodo para el estado de cosas del presente.

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