lunes, 19 de septiembre de 2011

La política cambió, chabón

Más sobre El estudiante


por Oscar Cuervo

El estudiante, la película de Santiago Mitre co-producida por Mariano Llinás, Pablo Trapero y la FUC, pone en marcha una sofisticada operación estética para envasar una posición política ordinaria.

Política y ficción: El estudiante, en parentezco directo con Secuestro y muerte (Filippelli, Sarlo, Llinás, Oubiña) practica ese jueguito lleno de vericuetos que consiste en decir sin decir diciendo. La política forma parte del universo ficcional de Mitre y Llinás; por eso, la sucesión de traiciones y desfalcos que se narran es "tan solo ficción"; el robo de dinero en la fotocopiadora o la artimañas del veterano militante progre son "meros McGuffins". 

Pero "la política cambió, chabón". Y el cambio consiste en que ahora política es sinónimo de transa, de discurso progresista declamado con fines espurios, de trapicheo de cargos, becas, ayudantías, concursos académicos y negociados entre ministerios y laboratorios.

La impostura del McGuffin: para Hitchcock el McGuffin era pura nada, un recurso estructural que sólo permitía poner en marcha el mecanismo narrativo: por eso, en Notorious, con las botellas de champagne rellenas de uranio, Hitchcock no pretendía decir nada acerca del peligro atómico ni del resurgimiento del nazismo en Latinoamérica. Ese McGuffin está enteramente subordinado al juego de reflejos esquivos del encantamiento amoroso (que es lo que a Hitchcock le ha interesado a lo largo de toda su filmografía). Muy distinto es el caso de El estudiante, donde el fraude, la traición y la transa política constituyen la sustancia misma del relato. Por eso, cuando Mitre dice "McGuffin", a duras penas logra borrar las marcas de su enunciación, ineludiblemente política. Este McGuffin es un algo.

SetentistasEl estudiante, como Secuestro y muerte, revelan un malestar con el presente político que procura evadirse entre las hendijas de un espacio off sin lograrlo jamás. Ambas películas operan de manera oblicua sobre la política actual, sin poder decir las cosas por su nombre. Perón no era en el film de Filippelli el General  sino el Jefe; Aramburu no era un dictador asesino sino un estadista descarnado. Brecha es, en El estudiante, una agrupación imaginaria, sin referencias explícitas a ningún grupo real, comandada por un setentista quebrado que utiliza a militantes idealistas incautos; Acevedo, el villano rotundo de la película, fue peronista por un rato en los 70, aunque haya visto la llegada de Perón por la tele: setentista del orto

La caja. Opino que ese coqueteo con las marcas históricas concretas delata una imposibilidad auténtica, embellecida tras un gesto de distancia irónica: la imposibilidad de abrir su juego político, de blanquear su cualunquismo vergonzante. Su intervención en la coyuntura actual no termina de ser asumida por las propias películas (Secuestro y muerte, El estudiante), si bien es explicitada por las declaraciones periodísticas de sus autores y por la traducción burda de sus apólogos. Es así como Mitre necesita auto-interpretarse en los reportajes: el enfretamiento final entre Roque, el joven militante engañado, y Acevedo, el setentista quebrado: “Es un duelo retórico entre el viejo político y el joven, al punto que para mí ni siquiera son los personajes los que están hablando sino dos generaciones: los militantes de los ’70 y sus hijos, que creo que es la discusión que está sucediendo actualmente. Cabría preguntarse dónde halla Mitre expresadas estas posiciones en discusión "actualmente": ¿quiénes encarnan hoy a esos militantes de los 70 y a sus hijos?. Gustavo Noriega acude presuroso a revocar con brutalidad toda distancia ficcional y todo McGuffin: "la caja de la fotocopiadora como eco de la caja del Anses" (!).

Cualunquismo exquisito. Una idea que extraigo de mi conversación de anoche con Emilio Bernini en La otra.-radio: El estudiante expresa la cohabitación de dos modelos narrativos antagónicos: 1) el aprendizaje que hace el novato de los códigos de una organización criminal (como Pablo Trapero en El bonaerense y Leonera); y 2) la distancia sarcástica del discurso impugnador de la política desde una superioridad moral (el relato en off, a la manera de Llinás). El problema es que la asimilación entre política y organización criminal es un giro demasiado abrupto para ser neutralizado como "mera ficción"; no hay manera de despolitizar ese giro. Yo me apoyo en la idea de Emilio para señalar la ambivalencia con que el film trata al espectador: nos invita a descubrir junto con el estudiante los códigos criminales de la política, a la vez que la voz off nos señala desde el comienzo la impostura. Esto produce un punto de vista falsamente inocente, nos pide que aprendamos lo que la voz off sabe desde el principio: "la política es así". 

La cuestión de la técnica. Hay, sí, una pericia técnica en El estudiante que disfraza el sentido común rasante de su política: actuaciones notables, un montaje preciso, de ritmo sostenido. Estas destrezas disimulan las rusticidades del guión: Roque induce con trucos obvios a un militante trosquista ingenuo para que denuncie públicamente a un "traidor"; la denuncia hace saber lo que se sabría de todos modos (el "traidor" pasa de un bando al otro); con eso Roque logra una victoria que lo encumbra como el preferido de su jefe político. El trosquista es lo suficientemente bobo como para prestarse a una manipulación que será capitalizada por otros. El truco de Roque es demasiado burdo para hacerlo aparecer como un destello de talento táctico. Hay entonces una política de la película para con sus espectadores, que consiste en desplegar recursos distractivos que hacen pasar lo burdo como genial y el moralismo antipolítico como lucidez descarnada. En términos generales, los personajes que rodean al protagonista oscilan entre la estupidez y la abyección, ignorantes o canallas (más ignorantes cuanto más cerca se hallan de las bases; más abyectos cuanto más encumbrados: Acevedo y el secretario del ministro son las cumbres de la abyección, así como el trosquista es el extremo del idealismo inepto). En ese contexto, Roque pasa de ser un aprendiz de canalla a una especie de héroe moral, sin que el relato dé cuenta del proceso de transformación. El "no" que corona la súbita conversión de canalla en héroe funciona como un típico deus ex machina.

6 comentarios:

Leandro Hanc dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Leandro Hanc dijo...

Yo debo ser muy boludo porque Acevedo jamás me pareció setentista, no capté eso en la película.


Los dialogos son poco verosímiles. Por lo menos en mi carrera (y curso en la facu de Sociales), esas discusiones apasionadas nunca se dan.
Como dijo el Chipi Castillo, es mas una vision de "afuera" de lo que es la Universidad. Así nos ven, es el sentido común.

Con respecto a la pelicula. No me resulto ni buena ni mala. Se me pasó rápido, pero cuando terminó senti que no pasó nada relevante.

La verdad que la pelicula hubiese estado bien si no fuese tan inflada. Realmente no me explico porque causó tanto revuelo la película.

César dijo...

Lo que no entiendo es el porquè de las críticas que nos advierten sobre el peligro de la "antipolitica". ¿Cuàl es la antipolitica? ¿El señalamiento sobre las prácticas? ¿la descripcion de procedimientos? Yo creo que deberíamos decir, sin riesgos a ser tildados de "antipolítica" que la política es tambien la transa, el toma y daca, el oportunismo, la corrupción y la concesión. Y también la traición. Es mas, diría que la traición hasta es necesaria (¿que sería de la historia si Nestor no hubiera traicionado a duhalde?). La lealtad es un valor medieval, o sea: prepolitico. Si hay algo propio de esta época es la red de precausiones que se tejen alrededor de ciertos temas; como si una nueva corrección política delimitara los campos de lo permitido y lo obliterado.
Me parece que "El Estudiante" no se propone presentarnos el oscuro mundo de la política universitaria desde la visiòn moralista y superadora. La pelicula muestra lo que encuentra en un pequeño reducto donde los nichos de poder estan claramente delimitados y la puja por su dominio es lo que motiva la acción. La pelicula juega con algunos estereotipos, pero no se conforma con ellos. Soy de sociales y conozco el mundillo que relata la película. Es eso: pegar carteles, cogerse minitas, discutir absolutamente todo, pelear por un puestito, acercarse al que tiene poder, hacer asambleas, concursar, ganar influencia, hacerse amigos, juntar gente, cogerse minitas, tomar cerveza, participar de movilizaciones y cagarse de risa.
¿Hubiese sido mejor si La Brecha era La Mella? ¿Obviamos el superavit de la caja de las fotocopias y dios proveera el financiamiento? No me como la oposición del militante de los 70 vs. el actual. Por ahi no pasa y si Mitre plantea eso, le erra.La politica excede a "El Estudiante" pero también es eso que muestra y no deberíamos armarnos de tantas precausiones para contarla.

Oscar Cuervo dijo...

Leandro:
creo que hay algo en la retórica de la película que lleva a que el espectador se plantee "esto es así en la facultad" (César) o "esto no es así en la facultad" (vos). Es decir, el problemas de si se trata de un reflejo fiel de los hechos. Ahora bien, una película de ficción no tendría que someterse a esa instancia de validación, porque no hay necesidad de adecuación en el arte, como sí la habría si se tratara de un estudio sociológico. Creo que hay una verdad del arte que no es la verdad representativa de la ciencia: es una verdad donde la propia obra muestra lo que ella es. Justamente, ahí, es donde creo que El estudiante es engañosa, usa una retórica del documental para instalar una tesis que está decidida de antemano. "La política es así" es una frase dicha varias veces, o la oposición entre hacer política y estudiar que la voz en off plantea desde el principio; también el duelo entre Irigoyen y De la Torre "por honor", para ironizar acerca de que el honor ya no existe en la política actual. Es decir: la película ilustra las ideas más vulgares de un taxista cualquiera acerca de que "los políticos son todos chorros" y las reviste de verismo documental. Pero cuando se la intenta discutir por ese lado, el realizador se defiende diciendo que es sólo ficción (a pesar de que después él mismo interpreta que la película refleja una discusión entre los militantes de los 70 y los jóvenes). Este vaivén es lo que yo llamo histeriqueo; creo que la película sostiene una política de engañar al espectador con este tipo de trucos.

Oscar Cuervo dijo...

César:
cualquier película, cualquier obra de arte, es interpretable; más aún, es imposible no interpretarla. Señalar un halo de cualunquismo que la impregna no es "advertir el peligro de la antipolítca". Yo no advierto ningún peligro: interpreto lo que veo. No me parece peligroso que la película sea afín con esa posición política que a veces se denomina antipolítica, me parece que es posible reconocer esas marcas. Vos decís "la película muestra lo que encuentra" y creo que esa es la prueba de su mayor engaño, el efecto que te produce de que se trata de un reflejo neutro de la "verdad de la militancia universitaria". Discutir políticamente esas tesis que la sobrevuelan no es tomar precauciones para mantenerse en el terreno de la correción política; es continuar la lucha por el sentido que la película propone (propone sin asumir del todo). Si una película está escrita desde ciertas tesis (digo escrita porque las frases tienen en EL ESTUDIANTE un peso indicativo, funcionan como consignas), el espectador puede seguir discutiéndolas en el mismo terreno en que ella se intala. No hay por qué quedarse con ojos de rumiante diciendo "es verdad, los militantes se afanan la guita de la fotocopiadora, y después cuando llegan al gobierno se afanan la caja del Ansés", como hace Noriega. Eso no es "encontrar" nada; es esconder algo de antemano y después sorprenderse al encontrarlo en el lugar donde se lo puso.
En cuanto a la dupla traición-lealtad, no creo que El estudiante propicie esa problematización que vos proponés. Acevedo funca claramente como el villano manipulador, al que se lo dota con un discurso y un look vagamente "progre", para después escracharlo como un corrupto. Mitre no es Jean Genet ni Roberto Arlt, para darle al traidor una dimensión trágica. Si la película lo hiciera, sería interesante discutirlo. Pero Acevedo no muestra ninguna de esas marcas y es solo un cagador unidimensional.
La política que me interesa discutir no es la de las cajas de las fotocopiadoras de las facultades, sino la política con que EL ESTUDIANTE trata a sus espectadores.

César dijo...

Si, cuando yo decía "muestra lo que encuentra" me refería -no a la pretensión objetivista de retratar la "realidad" tal cual es, si no la de ofrecer una mirada amplia y diversa sobre las distintas formas de la militancia universitaria, no quizá haciendo foco en las clases de militantes, sino en ciertos recorridos que incluyen, como decia antes, divertirse, hacerse amigos, novias, discutir, posicionarse, pelearse, etc. Yo rescato ese estado de ánimo, esa edad. Sobre la presunta manipulación del espectador, sí, hay marcas que nos pueden hacer pensar en esa dirección (p.e. la voz en off que nos explica y nos guia como si lo necesitáramos) y seria de inocente negarlo. No obstante me parece importante resaltar la diferencia con Secuestro y Muerte, donde la mirada se presenta por un lado es condecendiente con el fusilador fusilado y groseramente sarcastica con los secuestradores, lo que claramente nos indicaria que estamos ante un Estadista en manos de 4 pelotudos.
Con lo demas, de acuerdo: se trata de la discusión sobre el sentido y esa es la pelea. Si los significantes fueran fijos, estaríamos todos felices remontando barriletes, pero aca estamos. (Despues de ver la pelicula, pensé que estaba buena, ahora tengo algunas dudas, de lo que estoy seguro es de que podría haber sido mucho peor y eso no es poco).