El exiliado político Pepín Rodríguez Simón, la periodista Luciana Vázquez y mi maestro en la crítica cinematográfica Gustavo Noriega. Clickear en la imagen.

jueves, 25 de marzo de 2021

Un 24 de marzo cristinista


La derecha tímida nucleada en la revista digital Seúl -retaguardia pusilánime de la derecha brutal que cuelga bolsas cadavéricas en las rejas de la Casa Rosada- deplora que la conmemoración del 24 de marzo y la bandera de los derechos humanos haya sido asumida por el peronismo kirchnerista. Lo deplora con razón, aunque no por motivos confesables. Los escribas de Seúl quisieran que una desertora de la causa de los derechos humanos como Graciela Fernández Meijide se transformara en el emblema de la historia de las luchas de la "vuelta de la democracia", tan emblemática como le resultaba a Alfonsín cuando la invitó a integrar la CONADEP, mientras el Padre de la Democracia nunca recibió a las Madres de Plaza de Mayo -al contrario, se dedicó a reprimirlas mientras pactaba la impunidad con los sublevados carapintadas. Lo que encuentran en Meijide de ejemplar es su defección. La CONADEP era la salida política -radical- para controlar los daños de la postdictadura: las clases dominantes que promovieron y auspiciaron el terrorismo de estado iban a hacer de cuenta durante un cierto tiempo que aceptaban la institucionalidad formal que el radicalismo teatralizaba, mientras les garantizara la continuidad del plan económico e intentaban desperonizar a la sociedad argentina. Y, lo que es decisivo: dejar impunes a los mentores auténticos, los beneficiarios del terrorismo de estado, las clases dominantes, las fuerzas vivas. Encarcelar durante algunos años a las cúpulas, acotar la investigación de la masacre a un sector mínimo del conjunto de los represores, perdonar al resto y continuar los objetivos económicos del golpismo por otros medios, los medios radicales, a los que se dejaría simular  que tenían el poder durante un cierto tiempo para ir limándolos de a poco, hasta que, antes de finalizar el mandato, como corresponde a toda solución radical, huyeran desordenadamente.

La historia del terror de estado en Argentina y la consecuente lucha por los derechos humanos nunca fue un conflicto a-partidario: los que dieron el golpe del 76 eran la continuidad perfecta de los que habían bombardeado la Plaza en el 55. Los radicales también habían consentido en la época de la fusiladora el bombardeo y los fusilamientos y se habían prestado a simular que tenían el poder por un  rato mientras el peronismo estaba proscripto, como hizo Illia. Siempre se trataba y se sigue tratando de desmantelar el estado que instituyó el peronismo: la dictadura del 76 no se hizo con la finalidad de desaparecer y torturar militantes, sino que desapareció y torturó militantes para desmantelar los derechos laborales y sociales establecidos por el peronismo. Esta secuencia indica que ni la violación de los derechos humanos fue a-partidaria ni la lucha por su defensa lo fue. En Argentina los derechos humanos tienen una genealogía trazada a la luz de la lucha política y partidaria. De ese lado siempre está la Embajada, la Rural, La Nación, los intereses financieros internacionales empeñados en que Argentina permanezca en su rol de granero del mundo. Sin estas pujas, las violaciones de los derechos humanos no harían falta. 

Las clases dominantes son feroces: usaron a los milicos como forros y cuando cumplieron sus objetivos mortíferos y económicos entregaron a las cúpulas a un simulacro de justicia restringida, ejecutada por los radicales. Esa es la clave para entender la CONADEP con Fernández Mejide, la rebelión carapintada, las leyes de la impunidad y la estampida atolondrada del alfonsinismo en el 89. Cuando la vía radical se agotó, las clases dominantes se deshicieron de Alfonsín con el mismo desdén con que antes lo habían hecho con Videla y compañía. Los aliados son circunstanciales, pero los intereses son permanentes. La Sociedad Rural y La Nación de 2021 pueden ser alineadas con las que intentaron derrocar a Cristina sin éxito en 2008, con las que putearon a Alfonsín en el 88, con las que mataron y torturaron en el 76 y con las que bombardearon en el 55. A pesar de Beatriz Sarlo, que dice que esas continuidades son impensables. No es raro que diga eso: ella es la guionista de una película dirigida por el inepto de Filippeli, Secuestro y muerte, en la que la figura del fusilador Aramburu se asimila en su extraña caracterización actoral con la de un Alfonsín vencido. Sarlo no se equivoca al negar las continuidades: ella las encarna y a su vez elabora el relato negacionista.

La historia de la postdictadura es la de la semi-impunidad de los represores militares, siempre salvados mediantes subterfugios leguleyos, y sobre todo la intocabilidad absoluta de los cerebros civiles de los golpes. En eso, Alfonsín no sería el Padre de la Democracia, sino de la Postdictadura. Es el rol histórico del los radicales. Por eso la lucha de los derechos humanos siempre fue partidista, por eso Alfonsín nunca recibió a las Madres y puso en su lugar a una madre trucha como la Meijide. Por eso los radicales nunca organizaron marchas conmemorativas para mantener viva la recusación del terrorismo de estado y de la subordinación nacional a los intereses imperiales. Fueron los propios radicales los que partidizaron la lucha por los derechos humanos, al tratar de resolver el problema del terrorismo de estado mediante una solución cosmética que dejara a salvo a los beneficiarios del golpe.

Para las clases dominantes, Alfonsín no es una figura maldita sino un forro que usaron y tiraron cuando ya no lo necesitaban porque encontraron más eficaz a Menem para vaciar el peronismo por dentro. Y fue partidista el indulto de los 90: lo hizo la derecha peronista, como queda plasmado en el beso de Menem al Almirante Rojas. Por eso, Menem y Alfonsín fueron los eficaces instrumentos de las clases dominantes para sellar el Pacto de Olivos, la institucionalización de la República diseñada entre las misiones del FMI y las mazmorras de la ESMA. El Pacto de Olivos es la continuidad de la postdictadura, con esa imagen de Alfonsín vencido, que se parece tanto al personaje de Aramburu en la película de Sarlo y Filippelli. Por eso ni Alfonsín ni Menem fueron malditos para las clases dominantes en alianza  con el poder financiero internacional.

En 2004, un 24 de marzo, Néstor pide perdón a las víctimas de la dictadura en nombre del estado. Es algo más que un gesto: es un corte simbólico con efectos reales. Inmediatamente se lo criticó porque se dijo que en ese discurso en la ESMA recuperada para la democracia Néstor se había olvidado de nombrar el valor del Juicio a las Juntas de Alfonsín. Néstor dijo que el estado postdictatorial era cómplice de la impunidad y quiso con ese pedido de perdón hacer cesar históricamente la continuidad del terrorismo de estado. Se dice que la propia Cristina le marcó esa noche el olvido a Néstor y que Néstor lo llamó privadamente a Alfonsín para reparar el olvido. Sarlo fue una de las voces más indignadas por la omisión. Yo no sé qué sucedía en la cabeza de Néstor, pero ese fallido tenía sentido: Néstor acertaba al decir que el alfonsinismo fue una continuación de la dictadura, aún a pesar del Juicio a las Juntas, o más bien porque todo se limitó al Juicio a las Juntas. 

Los derechos humanos en Argentina tienen una historia no solo política sino partidaria: es Néstor el que recibe a las Madres, el que descuelga el cuadro de Videla que todos los presidentes postdicatoriales hasta él habían dejado, el que pide perdón en nombre del estado y el que impulsa decisivamente los juicios contra los genocidas. Videla sabía mejor que los pusilánimes de Seúl que los derechos humanos en Argentina son partidarios, porque dijo antes de morir que con los Kirchner vivió su peor momento: no culpó ni a Alfonsín ni a los beneficiarios del golpe que lo entregaron, sino al presidente que produjo el cese del terrorismo de estado que permaneció impune por décadas. Los Kirchner no solo son figuras malditas para Videla, sino sobre todo para sus mandantes, que son los mismos que sostuvieron el gobierno de macri que la retaguardia de Seúl reivindica. Los Kirchner son intolerables todavía porque las clases dominantes, con todo el despliegue de su poder imponente, no lograron extirparlos del cuerpo de la República, como verbalizaron los dictadores y el propio macri en sus metáforas quirúrgicas.

Por eso el 24 de marzo de 2021, el segundo en medio de la pandemia, el segundo sin la posibilidad de marchar a la Plaza como la tradición de las Madres, las Abuelas y los Organismos de DDHH instauraron hace décadas -marchas a las que nunca asistió el radicalismo- fue tan partidario como siempre, como deploran los de Seúl.

El discurso de ayer a la tarde de Cristina en La Plata iluminó el 24, lo transformó en continuidad presente y cuentas pendientes para el futuro: los verdaderos autores del golpe siguen impunes. No se trata de revolver un álbum de fotos viejas, como el macrismo tímido quisera. No se puede borrar de un plumazo, como el macrismo brutal se propuso. La derecha tímida querría una conmemoración encarnada en la figura de Meijide, pero es demasiado tarde: esa pobre mujer hace años que deshonra la memoria de su hijo. Aunque la verdad es que los de Seúl tampoco quieren conmemorar el 24 de ninguna manera: quieren el olvido, sin éxito por ahora. Porque los derechos humanos en Argentina son políticos y partidistas.

1 comentario:

Jose Luis Visconti dijo...

Oscar, más allá de lo impecable del texto, una sola observación: el discurso de Cristina no fue en La Plata sino en Las Flores. Puede ser mínimo, pero en un distrito que está en el centro de la producción agropecuaria, es un detalle a tener en cuenta. Más allá de eso, veo quienes escriben en Seúl -Iglesias Illa, Levy Yeyati, Quintin, Villegas, D'Esposito, Novaro entre los que conozco- y ya me da náuseas. Un abrazo.