domingo, 5 de diciembre de 2021

Luto (Pablo Weber) / El cine canta

por Oscar Cuervo

Estos meses ya demasiado largos están atravesados por el luto y la inminencia de la muerte. No solo por la pandemia: en el plano colectivo y en el social estuvimos tratando de asimilar demasiadas pérdidas y nuestro mapa afectivo fue despoblándose de manera inquietante, con esa sensación de que la muerte pica cerca. Siempre fue así, pero hay algo en la época que ahora impide olvidarlo. En otros momentos el ajetreo diario nos hacía olvidar la inminencia pero en estos días los lutos se hicieron cotidianos. A veces pensé que era solo un problema mío o generacional -Pino Solanas, Horacio González, Gabo Ferro, Palo Pandolfo, Rosario Bléfari murieron en el término de pocos meses, sin dejarnos bajar la guardia, y ellos han sido pilares de nuestra historia. Un desconsuelo detrás de otro. Desde que escuché "Murder most foul", la última gran canción de Bob Dylan hasta el momento, me convencí de que el duelo responde más bien a un colapso epocal. Las muertes son también la extinción de una era. Se está muriendo una manera de habitar el futuro: el siglo xxi nos resultó complicado. La historia se afana en mostrarnos su lado más horrendo.


Quizás la película Luto, del gran cineasta Pablo Weber, vino a traer la pieza que me faltaba. Un año atrás ni conocía a Weber y de pronto en estos meses de confinamiento e incertidumbre hizo ya tres películas breves que lo volvieron ineludible. Forma parte de una generación novísima, ya no guarda lazo alguno con ese espectro denominado Nuevo Cine Argentino -especialmente él, no todos sus coetáneos, muchos de los cuales siguen pegados a las taras del cine noventista. Su cinematografía está enteramente concebida desde las posibilidades de la actual tecnología de la imagen. Más decisivo aún: no solo aprovecha de esa tecnología sino que la piensa: en sus tres películas esta imagen se presenta como tal y no como una simulación de la imagen cinematográfica anterior. Maneja diestramente esa tecnología, le sabe extraer su gélida belleza, por lo cual alguien lo podría llamar "cineasta experimental". Por las ideas que involucra su manejo de la imagen digital y su disposición hacia el futuro posible de eso que todavía se llama cine -a pesar de que nunca vi una película suya en una sala cinematográfica-, podríamos rotularlo como un cineasta inteligente. Pero hay un plus: en Luto Weber detecta algo que está ahora en el aire y lo transforma en una pieza emocionante. No hay que formar parte de ninguna secta cinéfila ni estar suscripto a revistas científicas para advertirlo. Luto es compleja y rigurosamente contemporánea pero también se siente con sencillez, está abierta a espectadores de cualquier palo, deletrea una lengua popular. Luego: la tercera obra de Weber lo consolida simplemente como artista.


La pieza que me faltaba: Luto evidencia que alguien de su edad (veintipico) percibe la inminencia de la muerte tanto como yo. Sin embargo, no cede a una atmósfera fúnebre. Al contrario, Luto rebosa de experiencias cercanas a la primera juventud, la mirada de la madre está continuamente presente. 

Weber tiene como disparador la muerte de Diego -así se dice-, por una serie de fotografías tomadas el día que todos vivimos. A partir de ahí conjuga un verbo colectivo y popular. Algo muy difícil de lograr, más difícil que inventar una historia ingeniosa o diseñar una forma excéntrica, Luto acierta rotundamente en su entonación. Nunca se dará suficiente relevancia al rigor de la entonación -Stimmung dijeron los filósofos alemanes, Stemning escribió Kierkegaard. Toda obra artística, musical, literaria o cinematográfica juega su suerte en encontrar su tonalidad. En días de ver muchas películas, como los del reciente Festival de Mar del Plata, uno sufre mucho el tránsito por películas desafinadas: con conceptos novedosos, voluntad de innovación, búsqueda del impacto sofisticado, la mayoría de las películas encallan en una tonalidad desafinada. Cuando aparece una como Luto, que desde el primer al último minuto encuentra su entonación precisa, se agradece mucho. Weber en sus cortos anteriores había mostrado manejar muy bien el diseño de imagen digital pero es más decisivo su modo de marcar el ritmo, elegir el matiz de color exacto y encontrar el tono de voz necesario para que una meditación sobre la experiencia colectiva e íntima de la muerte no se vuelva solemne ni impostora: todas estas dimensiones forman un acorde.


Con un recurso que supo usar en Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse (2020), Weber vuelve a encarnar al protagonista desde el espacio off, es decir con su voz, narradora y protagónica. Bresson  dijo que una voz falsa puede arruinar una película. Son centenares las películas arruinadas por voces falsas. Más allá de una psicodelia de la imagen que ya mostró manejar, Weber entona en sus dos películas recientes una voz cautivante. Logra la tonalidad precisa para decir el dolor y la angustia ante el ser frágil, usa un dialecto cordobés que hasta ahora nadie había hecho lucir en el cine como él, un acento que suma connotaciones y gracia al sentido de lo que relata. Ensaya una apariencia de deriva de la memoria que no respeta una linealidad y deja muchos huecos de sentido y muchos silencios, va hacia el núcleo candente de la emoción y del sentido mediante un merodeo de asociaciones que se acercan al dolor de dejar morir sin caer en la solemnidad. Logra pronunciar las sonrisas más melancólicas que hayamos escuchado en las películas argentinas. 

Luto es una película sobre la memoria guardada en tiempos en los que el olvido nos acosa: con cada noticia de una muerte nos vemos urgidos a guardar una voz en la memoria, escuchar esa voz que corre el riesgo de borrarse. ¿Hay indicio más preciso de la finitud que la ansiedad por seguir escuchando la voz que se apaga en la memoria? En un precioso pasaje, la voz narradora de Luto entona los acentos cambiados de una canción del Ricky de Flema. ¿Cuántas voces se superponen ahí? Este conjuro supone la advertencia de la precariedad de la voz propia. 


Weber parte de las imágenes tomadas el día de la muerte de Maradona pero suavemente se desliza hacia otras pérdidas más íntimas. Ya había planteado en sus películas anteriores el conflicto de cómo guardar en la memoria de las máquinas los archivos de existencias pretéritas. Acá la voz de Pablo dice que teme ir perdiendo paulatinamente los archivos fotográficos de una chica que acaba de morir. Construye una voz que dialoga con imágenes  provenientes de representaciones científicas del siglo xix o actuales, como en sus cortos anteriores. Despliega la narración con destreza notable, con un efecto de verdad en la ficción que hizo vacilar a uno de los críticos más abombados que padecemos entre darle el pésame al cineasta o denunciarlo por estafador. Weber hizo vibrar una cuerda de la fantasmagoría que el arte logra solo ocasionalmente.  

Hay algo en su poética que puede reconocerse como su singularidad: las experiencias que enuncia -humanas o alienígenas- fulguran en un contraste vertiginoso entre la pequeñez de la existencia individual y la inmensidad de la memoria geológica: tiempo condensado en un espacio geográfico. En Fragmentos desde el exilio, su primera película casi ni comentada, Weber creaba la perspectiva de una mirada alienígena que venía a observar los comportamientos humanos -y caía en Córdoba capital en la semana del triunfo del macrismo, es decir, en el mismo centro del infierno- y enviaba sus informes a una Central distante en años luz. El objetivo final de la Misión quedaba sin decirse pero uno de los archivos encontrados guardaba un episodio insignificante: un camionero que transportaba tecnología de punta hacía un alto en la ruta y se ponía a escuchar una canción que lo llevaba a recordar un momento feliz de su pasado. La conjunción entre la misión comandada desde la lejanía y la minúscula anécdota humana, la aguda disparidad de escalas, desataba un vértigo emotivo. ¿Qué podría comprenderse en la salvaje lejanía sobre esa memoria mínima de un humano incierto? En Luto Weber vuelve a recurrir a estas complejas mediaciones pero lo hace con aparente sencillez, como esas canciones que uno aprende a entonar en seguida a pesar de desconocer lo intrincado de su estructura armónica o la polirritmia de la voz cantada. El cine de Weber canta.

6 comentarios:

mundoextraño dijo...

Oscar, ¿sabés de alguna vía para llegar a Luto?
Gracias.

Oscar Cuervo dijo...

Mundoextraño: no por ahora, se acaba de dar en el Festival de Mar del Plata. Cuando sepa, lo anuncio en el blog. Saludos

Nico Noviello dijo...

Que hermosos texto Oscar.
Es impresionante como la película comprende tan bien esto que decís "Las muertes son también la extinción de una era. Se está muriendo una manera de habitar el futuro: el siglo xxi nos resultó complicado."
Cuando Pablo manifiesta el temor a que se le formatee el disco duro rompí en llanto. Suena tonto dicho así, pero al verla creo que se entiende el porque.
Así es lindo confiar en los estafadores como Weber.

Oscar Cuervo dijo...

Muchas gracias Nicolás. Lo que distingue la película de Weber es la emoción y eso no se puede falsear. Abrazos

David dijo...

Oscar, luego de leer este texto me dan muchas ganas de ver la pelicula. Que hermosos fotogramas que abstrajiste, son de la misma pelicula? Si es así, definitivamente voy a esperar a que este disponible para poder verla.

Un saludo y gracias!
David.

Oscar Cuervo dijo...

David: qué bien, escribí el texto para que alguien tenga ganas de ver las películas, esta y las dos anteriores. Las imágenes son efectivamente extraídas de las películas. No es fácil que los cortos estén disponibles, pero cuando me entere lo informo en el blog.