
por José Miccio
Entre otras, numerosas cosas, un festival de cine es un conjunto de películas y una serie de mapas cambiantes. Las películas son elegidas por los programadores, en circunstancias que desconocemos pero que incluyen, sin dudas, algunas de estas variables, entre muchas otras menos previsibles: el presupuesto, la división del trabajo, la relación con la autoridad del festival, la disponibilidad del material, la posición frente al horizonte de expectativas que se tejen en torno a estos eventos, la sensibilidad a las fuerzas del campo cinematográfico que jerarquizan unas opciones sobre otras, las ideas de cada uno sobre el cine y los festivales de cine. Los mapas, por su parte, son trazados por los espectadores, sobre otros propuestos ya por los límites de la selección y la división del programa en secciones.
Está, en primer lugar, el mapa del comienzo, cuando se eligen las prioridades. Fuera de algunos imponderables, como el horario de las proyecciones y la disponibilidad de entradas, cada uno busca en el catálogo –para el cinéfilo la grilla viene después, y vaya uno a saber de qué es capaz este curioso ejemplar de lo humano para llevar adelante su plan– su colección de películas para los días de festival: las imperdibles, las sugerentes, las curiosas. Lógicamente, esta jerarquía no proviene de la nada sino de preferencias, intereses y costumbres (no sólo) personales. Hay quien sigue a un director, hay quien se interesa por determinados asuntos, hay quien prefiere un género o una cinematografía nacional o regional, hay quien hace caso a los premios, a la crítica, a los festivales que exhibieron antes las películas que están ahora en la ciudad, tal vez por única vez. Y hay quien tiene en cuenta todo lo anterior, como es mi caso y, me parece, el de muchos de los que nos formamos en la idea del cine como país, surgida, como buena parte del lenguaje que hablamos y nos habla, del cahierismo que no nos animamos todavía a abandonar.
En este marco, todo parece posible, todo interesa en principio. Para el director, aprendimos en esta escuela, el estilo o alguna otra forma de la repetición es un mandato; para el espectador, la coherencia no es necesariamente una virtud. No al menos para el cinéfilo, que se mueve en un universo categorial reducido pero elástico y que, en general, considera dudosa la gramaticalidad de una frase como placeres culpables. La influencia de este modo de ver cine es bella y perniciosa. Una vez soñé que todas las películas dirigidas por William Wellman y Jacques Tourneur –dos de mis directores preferidos– tenían “constantes temáticas y estilísticas”; y otra, que el contraplano de Bogarde en el final de Muerte en Venecia no mostraba al jovencito en la playa sino a Patrick Swayze barrenando su última ola en Punto límite. Un montaje así tiene algo de indecente, pero el cine es un viento caprichoso que sopla en todas partes; el oro fundido que baña el rostro de un villano en un mediocre western-spaghetti es una imagen de la codicia mucho más poderosa que la que el año pasado en este mismo festival ofreció Vegas: based on a true story, la celebrada y muy seria película de Amir Naderi. Los festivales son lugares ideales para sueños de este estilo. El domingo, último día de proyecciones, salgo del delirio musical de los Muppets y entro a ver la melancólica y autoindulgente Irène, de Alain Cavalier, así como un par de días antes caminé con buen ritmo de la sala donde se proyectaba el último Rivette hasta la que ofrecía en trasnoche un largometraje belga relacionado con el giallo italiano.
Sobre ese mapa inicial -y excepto que uno sea un fanático de sus corazonadas, un esclavo del deber ver o una persona muy poco comunicativa- se suceden correcciones en medio del festival, como consecuencia de la conversación y de acuerdo con la confianza que se tenga en el interlocutor. La ampliación es la modificación más sencilla, aunque a veces la resta es posible: esta, que no elegí, parece muy buena; aquella, que tengo para el miércoles, parece muy mala; mejor la cambio por otra o aprovecho para dormir la siesta y ponerme en condiciones para la trasnoche, cuando se proyecta una de zombies que escuchan Mendelssohn. Vi, debido a cambios de este estilo, L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot, documental sobre un fallido proyecto del director de El salario del miedo y Las diabólicas, cuya historia de celos en hipérbole filmaría muchos años después Chabrol, con Emmanuelle Béart en lugar de Romy Schneider. No es una buena película; su destino ideal es el disco dos de una edición especial en DVD dedicada a Clouzot; pero los experimentos con el color recuperados de las cintas originales y, sobre todo, los últimos minutos, con unos primeros planos gloriosos de la Schneider, sencilla e inteligentemente montados en sucesión, son antológicos y refuerzan esa sensación de cinefilia completa que dominó el festival.

Por último, está el mapa de cierre, que es el que suele retener la memoria, tan poco sensible a veces a los procesos, a la dinámica, al tiki-tiki de la experiencia. Este mapa es terminante. El festival marplatense de 2009 es ante todo el que programó The time that remains (Suleiman) y 36 vues du Pic Saint Loup (Rivette). Y en segundo lugar, Unmade beds (Dos Santos), Vikingo (Campusano), Yuki y Nina (Suwa y Girardot). Pero no es así; el festival no es esa fría enumeración, ni un balance en el que se agrupan títulos en columnas diversas (decepciones: She, a chinese; confirmaciones: Nanayo; sorpresas: Unmade beds; curiosidades: Amer). Es también –entre muchas otras cosas– un tiempo de encuentros y conversaciones, un espacio institucional en que tiene lugar un acontecimiento como la edición de las primeras 1000 páginas de las Obras incompletas de Alsina Thevenet y otro round dentro de un combate bastante amargo por el sentido del cine que parece estar librándose desde hace un tiempo y que tiene, sin dudas, su interés. En For the love of movies: the story of american film criticism -el documental sobre la crítica de cine de los Estados Unidos (es decir, sobre Kael, sobre Sarris)- se llora un pasado de gloria y se declara la barbarie de un presente en el que cualquiera puede escribir. Esta cinefilia tanática, para la que todo lo excelente es añoso e irrepetible, es insoportable; pero también lo es la otra, la livianita, para la que todo lo que existe bajo el sol es vida nueva: ¿quién programó el cortometraje argentino Las aventuras de Jovic, en el que un pibe nos muestra que a su entender el mundo tiene, fundamentalmente, dos características: es pequeño como su habitación y torpe como su cámara?

Un octogenario y un treintañero dieron por tierra con las divisiones fáciles. Sus películas no se parecen entre sí. No se trata de la relación entre un aprendiz y su maestro, aunque el más joven ha visto el cine que se filmaba cuando el viejo tenía su edad. “Somos los últimos clásicos”, dice un personaje de Rivette, payaso en un circo con pocos espectadores, responsable de un número que repite y pule desde hace años, como el director que hace siempre la misma película, según dice un elogio habitual. 36 vues du Pic Saint Loup es excelente, profunda y ligera; sabia, como La regla del juego. Cuenta, entre secuencias que se reúnen en series (la del número de los payasos, la de los cuadros circenses, la de las conversaciones entre Jane Birkin y el notable Sergio Castellitto) la historia de una curación: la de la conciencia de Kate, atrapada por la culpa (que es esta vez la forma que adoptan los fantasmas que abundan en el cine del francés) y liberada por la ficción.

Unmade beds, el segundo largometraje de Alexis Dos Santos (director de Glue, vista hace un par de años en el Bafici), es la película del treintañero. Escribo esto mientras escucho el único disco de los Moldy Peaches. Dos Santos hizo referencia a él en la charla que siguió a la proyección de su película como una de sus fuentes de inspiración principales. Es un disco hermoso, a veces triste, a veces optimista, de instrumentación simplísima y espíritu punk. Unmade beds es parecida, aunque hay en ella más arreglos. Dos Santos filma con gracia y con una atención tal vez excesiva por el cine de Wong Kar-wai. Tiene un estupendo oído para las canciones y los diálogos y conoce su tema: la vida bohemia de los jóvenes del East Side londinense. Su comunidad de okupas está en las antípodas de las que Campusano pone en escena en Vikingo, pero su registro es igual de convincente. Axl busca a su padre; Vera olvida un amor. Él es español, ella es francesa; y en sus idiomas maternos –decisión simple, verdadera- hablan sus conciencias cuando ocupan el off (el inglés es su koiné). Como fresco de una vida sin ataduras, anárquica y burguesa, Unmade beds trabaja un verismo de los ambientes; como colección de dramas juveniles, intenta un registro de la inestabilidad sentimental de unos personajes que viven su vida entre la ligereza y la gravedad. Sus formas pretenden un realismo naif, y en varios momentos lo consiguen. Anda el erotismo del cine por este largometraje imperfecto, como lo hace por el notable último film de Rivette. Hay que brindar por ello.




