lunes, 23 de abril de 2018

Un elefante sentado y quieto






por Oscar C.

Para mí el BAFICI  20 ya había casi terminado. El último domingo, después de 10 días de corridas frenéticas, contracturas y cafés malos entre películas, sueño y obligaciones laborales, es siempre una opción que a último momento se puede desechar, estás cansado, mañana es lunes, a la noche tenés la radio y ya viste todo o casi, pensás. Error: si te queda por ver una película, entonces te queda por ver una película. Esa película puede ser la que te cambie la perspectiva del cine de este año. Un elefante sentado y quieto, de Hu Bo, es esa película. Queda para el último domingo porque dura cuatro horas y empieza a proyectarse a una hora razonable de la tarde y entonces vemos qué onda. Siempre se puede suspender.

Un elefante sentado y quieto es una experiencia arrasadora. Un desbalance en el balance de un festival. El descubrimiento de un autor debutante que no tendrá segunda película.

Hay varios parámetros con los que puede medírsela, el más inmediato es el de los maestros del lejano oriente que en las últimas décadas se consagraron a filmar la mutación de su territorio en tiempo real. Inmediatamente pienso en Jia Zhang-ke, sus primeras películas, las más ásperas, lo mismo con Hou Hsiao-hsien, el tramo realista de su obra, desde Los chicos de Feng Kuey a Adiós, sur, adiós. Incluso el primer Tsai. Y en el  documental, Wang Bing. Son referencias bastante obvias: un territorio violentado por la aceleración brutal de la historia, donde el tiempo existencial no puede seguirle el rastro a las alteraciones del paisaje y todo horizonte se parece a un abismo. Sin sorpresas, el realismo cinematográfico es la única manera verdadera de filmar esta mutación: la majestad del paisaje devastado, los cielos abiertos a la nada, los departamentos oscuros, las paredes rugosas, la basura, la mirada triste de los perros, el mundo disponible que no puede simularse. Hay que ubicar a los personajes sobre ese territorio y dejar que la cámara los siga largamente.

Muy cerca de ese eje está el del cine post-comunista. ¿Qué es China? Al cine occidental siempre le intrigó ese misterio, hasta que los grandes maestros contemporáneos vinieron a mostrarnos que es el lugar en el que la historia llegó a vía muerta. El futuro llegó rápido y se fue. Bajo esta categoría, o cerca, puede ubicarse la Polonia de Kieslowky, la Lituania de Sharunas Bartas, la Hungría de Bela Tarr, la Alemania de Kelemen. Y después los rumanos, que son un poco eso y un poco otra cosa. El horizonte vital del post-comunismo asoma en el cine como el de una civilización que no simplemente extravió su presente, sino, cosa más difícil de soportar, se quedó sin futuro.







Hu Bo tiene todo eso en dosis altas. Con el agravante de que llegó último y para colmo se fue primero. Su estado de las cosas es terminal. Es la versión dura y oscura de Xiao Gu, o peor: Xiao Gu 20 años después. Los jóvenes tardíos, los viejos precoces, los perros heridos. Y un elefante sentado y quieto. Que remite también a la ballena de Werckmeister harmóniák o a El caballo de Turín. Animales por medio de los que la naturaleza pega su grito de angustia. El barrito final de Un elefante sentado y quieto es, lo sé cuando acabo de verlo, un momento inolvidable del cine.

Hu Bo se inicia en el cine con esta película mostrando un precisión dramática pasmosa. El tiempo cauto de los silencios que sus jóvenes se toman para pensar y el rapto de violencia que no se anuncia. La notable inteligencia y la piedad de Hu Bo para encuadrar los pasajes anímicos de sus criaturas y para asordinar la violencia en los desenfoques. Esto queda claro cuando en el primer acto el cuerpo yacente del suicida se vislumbra como un bulto borroso, como si la cámara no quisiera mirar lo que se muestra. 

La proeza artística no es sentirse tan mal como los personajes de Un elefante sentado y quieto se sienten y, por lo visto, Hu Bo también, sino encontrar el arco narrativo justo para filmar ese recorrido agónico. Los jóvenes de Hu Bo deambulan, pero no como los del nuevo (viejo) cine argentino, ¡a Dios gracias! Los personajes de Hu Bo están vivos y su aliento se imprime aunque Hu Bo ya haya  muerto.

Lo que en la película conmueve es el resto de amor que los protagonistas aún conservan, su candor que no desconoce la desesperación pero la atraviesa continuamente. Esos personajes están a punto de salvarse, de encontrar un motivo para seguir. Ir a ver al elefante sentado y quieto condensa esa apertura que nunca se pierde mientras se respira.

Hu Bo tuvo muchos problemas para que su versión de 4 horas fuera aprobada por los productores, jerarcas de la industria establecida. Peleó el último año de su vida por defender su versión íntegra, frente a una de duración convencional a la que los productores querían forzarlo. La tozudez con la que defendió el derecho al aliento de sus personajes es también un acto de amor. Los beneficiarios de esta generosidad somos nosotros, que nos encontramos un domingo de estos con su película, una vez que Hu Bo decidió que no podía más y se fue.

Qué pena que esta sea su última película. Qué gracia que nos la haya dejado.

domingo, 22 de abril de 2018

Las buenas maneras: BAFICI 20 (La mejor)


Cuando llega la época del destete, 
la madre ennegrece el seno, 
porque conservar su atractivo sería perjudicial 
para el niño que debe dejarlo. 
De este modo cree que su madre ha cambiado;
 pero el corazón de ella es siempre el mismo,
 y su mirada está siempre llena de ternura y de amor. 
¡Feliz aquel que no tiene que recurrir 
a medios más terribles para destetar al niño!
Johannes de Silentio, Temor y temblor

por Marcos Perilli

Dos directores brasileños, Juliana Rojas y Marco Dutra, trajeron al Bafici 20 una película excepcional, desde mi punto de vista la mejor de esta edición. No es posible exagerar los elogios hacia As boas maneiras, porque contiene todos los condimentos que sazonan un cine exquisito. El planteo narrativo juega con el uso de varios géneros (terror, fábula, musical, drama, comedia, melodrama, dibujos) sin que de esto resulte un pastiche. El juego con los géneros está pasado por el filtro de una estilización que los transforma, ante la mirada del espectador, en otra cosa que lo que uno espera. Es notable la manera en que, para lograr esta depuración, los realizadores se valen de una dirección de arte que cuida hasta en los más mínimos detalles el color, la luz, los fondos pintados y la caracterización de los personajes. Los aciertos de casting empiezan por la elección de una protagonista, Clara, que desde la secuencia inicial de la película fascina por su belleza misteriosa, andrógina e inquietante; también es genial la actuación de Joel, el niño al que en este cuento de hadas contemporáneo le va a tocar ser el portador de la otredad.




Por medio del recurso de un mito popular que aquí no revelaremos, As boas maneiras nos cuenta una historia que transita por varias etapas y produce giros sorpresivos, cambios de tonalidad que los realizadores logran con una delicadeza asombrosa. A pesar de estas alteraciones, hay un hilo conductor que rige su unidad y lleva hacia la temática del amor al prójimo, desligado de todo cliché y encarnado en el personaje menos esperado. Los autores desechan todos los lugares comunes hacia los que podría derivar una película que, valiéndose de estas mitologías populares, les diera un tratamiento más convencional o cediera a las trampas del espectáculo, lo que podría terminar en resultados catastróficos.

Pero el amor que los autores exaltan en el funcionamiento del universo -humano y animal, poético y político- se materializa también en el cuidado amoroso de las formas cinematográficas usadas y en la apuesta por la sensibilidad de los espectadores.



Los directores también asumieron el desafío de exponer las diferencias sociales que subsisten en su país de una manera sutil, eligiendo como protagonistas a dos mujeres de diversa procedencia social, Ana, una chica burguesa que al principio espera un bebé, y Clara, una joven negra que se postula como su empleada doméstica. La acción transcurre entre las dos regiones de la enorme ciudad de San Pablo: la parte rica y la parte pobre. Hay un plano general que muestra el puente que une esas dos regiones, separadas a la vez por un abismo social y cultural, clases que en la película se van a encontrar sin conciliarse. Esta divergencia entre ambas escapa a la lógica convencional del melodrama primero y del cuento de horror después.

As boas maneiras rompe con todas las reglas y por eso es digna de ser considerada un ejemplo de creatividad a seguir por el cine latinoamericano.

Prince vuelve a casa

Especial La otra.-radio. Hoy 12 de la noche. Radio Gráfica 89,3. Online acá o acá


Nunca quise una vida típica
un rol guionado, uh, una esposa de trofeo
todo lo que siempre quise fue quedarme solo
ver a la noche mi cama ordenada
porque en mis sueños voy deambulando
solo trato de encontrar
de encontrar
mi camino de regreso a casa
tantas razones por las que
hay tantas razones por las que
yo no soy de aquí
pero ahora que soy yo
ya sin miedo, yo
voy a conquistar sin miedo
mi camino de regreso a casa.

La mayoría de las personas
en este mundo nacen muertas
pero yo nací vivo
(nací con este sueño)
que podría encontrar mi camino de regreso a casa
mi camino a casa
¿esta es la forma? (¿es esta?)

El poder a los que podrían tener a un chico como yo
el camino está dado
pero si ves la verdad nos liberarás
escuché sobre esos happy endings
aunque sigue siendo un misterio
dejame decirte algo de mí
soy más feliz cuando puedo ver
mi camino de regreso a casa
¿podés ver
mi camino de regreso a casa?


sábado, 21 de abril de 2018

Transit: BAFICI 20




por Marcos Perilli

Basada en la novela homónima de la escritora judeo alemana Anna Seghers, Transit, la última película de Chirstian Petzold, que transcurre durante la ocupación Nazi en París, está sin embargo  situada en un limbo intemporal, que bien podría ser también contemporáneo. Los personajes, si bien usan vestuario de época, caminan por calles actuales y, en lugar de tanques y ejércitos con cascos nazis, vemos furgonetas cargadas de fuerzas policiales, taxis y autos modernos. Una astuta decisión del director para señalar que nada esencial ha cambiado en el mundo desde esa época hasta el presente respecto del trato a refugiados o perseguidos, salvo los motivos coyunturales que provocan su migración. El relato que en Transit se narra bien podría pertenecer a una condición permanente de Europa.

Almas acosadas por un monstruo llamado fascismo transitan y se ocultan en las bellas calles de una París sitiada y después en Marsella. Nadie quiere saber de sus penas como refugiados; los pocos con los que toman contacto les devuelven una cara aun más cruenta que la de sus cazadores. En ese panorama desolador, Petzold nos lleva de la mano a palpar la humanidad de esos seres a los que la historia les asignó un papel cimarrón, haciendo uso de una narración lírica y emotiva.

Georg es un refugiado alemán que se encuentra con la posibilidad de cambiar su identidad por la de un escritor fallecido al que debía entregarle unas cartas. A partir de ahí vemos al protagonista lidiar con su condición encontrándose con otros como él, que buscan escapar hacia América. En Marsella se cruza con una mujer fantasmal que parece confundirlo con alguien y de la que él queda prendado. Esta mujer trae una historia que le concierne.

Los personajes de Transit se mueven sigilosamente por una ciudad de ensueño, hostil a su presencia, lo que les impide entregarse al romanticismo que evoca el lugar. Los asuntos amorosos que afligen a los protagonistas los separan a la vez que los unen. Rondan calles, consulados y hoteles lúgubres en busca de respuestas por parte de burócratas que conocen sus angustias y juegan hipócritamente con sus anhelos.

Este es un rasgo muy particular del cine de Petzold, que a través de sus historias logra mostrarnos la sujeción de los destinos personales a las tensiones políticas que asedian el mundo en que viven. Con la peculiar distinción de su elegancia poética para mostrarlo.