¿Esto no es un golpe?

Son crímenes de Lesa Humanidad de los que los gobiernos sudamericanos son cómplices.

sábado, 21 de abril de 2018

Transit: BAFICI 20




por Marcos Perilli

Basada en la novela homónima de la escritora judeo alemana Anna Seghers, Transit, la última película de Chirstian Petzold, que transcurre durante la ocupación Nazi en París, está sin embargo  situada en un limbo intemporal, que bien podría ser también contemporáneo. Los personajes, si bien usan vestuario de época, caminan por calles actuales y, en lugar de tanques y ejércitos con cascos nazis, vemos furgonetas cargadas de fuerzas policiales, taxis y autos modernos. Una astuta decisión del director para señalar que nada esencial ha cambiado en el mundo desde esa época hasta el presente respecto del trato a refugiados o perseguidos, salvo los motivos coyunturales que provocan su migración. El relato que en Transit se narra bien podría pertenecer a una condición permanente de Europa.

Almas acosadas por un monstruo llamado fascismo transitan y se ocultan en las bellas calles de una París sitiada y después en Marsella. Nadie quiere saber de sus penas como refugiados; los pocos con los que toman contacto les devuelven una cara aun más cruenta que la de sus cazadores. En ese panorama desolador, Petzold nos lleva de la mano a palpar la humanidad de esos seres a los que la historia les asignó un papel cimarrón, haciendo uso de una narración lírica y emotiva.

Georg es un refugiado alemán que se encuentra con la posibilidad de cambiar su identidad por la de un escritor fallecido al que debía entregarle unas cartas. A partir de ahí vemos al protagonista lidiar con su condición encontrándose con otros como él, que buscan escapar hacia América. En Marsella se cruza con una mujer fantasmal que parece confundirlo con alguien y de la que él queda prendado. Esta mujer trae una historia que le concierne.

Los personajes de Transit se mueven sigilosamente por una ciudad de ensueño, hostil a su presencia, lo que les impide entregarse al romanticismo que evoca el lugar. Los asuntos amorosos que afligen a los protagonistas los separan a la vez que los unen. Rondan calles, consulados y hoteles lúgubres en busca de respuestas por parte de burócratas que conocen sus angustias y juegan hipócritamente con sus anhelos.

Este es un rasgo muy particular del cine de Petzold, que a través de sus historias logra mostrarnos la sujeción de los destinos personales a las tensiones políticas que asedian el mundo en que viven. Con la peculiar distinción de su elegancia poética para mostrarlo.

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