The wild blue yonder (Werner Herzog, 2005). Este sábado a las 18:00 en Uriburu 1345 - 1° p. Informes: 4823-4941

martes, 24 de abril de 2012

Tabú

La memoria del mundo


por Eduardo Chinaski

Un párpado que se abre compensa a un ojo que sueña, y el otro párpado completa el ciclo, cerrándose. Una historia nos mueve, y habita en nuestro pecho: es voluptuosa e irredenta como una ola en la rompiente. Furor de ahogo llevando a cuestas lo inhallado, lo innombrable.

A manera de prólogo, una imagen en blanco y negro nos presenta a una suerte de explorador, de pie, parado, en plena sabana africana, mientras una pareja de siervos negros pasa a su lado. La textura del plano evoca rápidamente al cine mudo de los años 20. Luego se nos contará como ese explorador buscó la muerte, por no poder olvidar a su mujer.

Como el filme de Murnau, el Tabú de Miguel Gomes también está dividido en dos segmentos, incluso comparten títulos: “Paraíso” y “Paraíso perdido” (sólo que aparecen en orden inverso). A continuación, el relato nos presenta a Pilar, una mujer de unos cincuenta años de edad, muy devota, que pasa su vida intentando hacer el bien a su alrededor. El film, durante esa primera parte nos ofrece una austera radiografía de la incomprensible soledad de esta mujer y la anciana vecina de Pilar –Aurora- que vive cuidada por una criada de Cabo Verde y que parece decidida a gastar todos sus ahorros en el casino de Estoril. Luego de la muerte de Aurora, la historia da un giro radicalísimo gracias a un personaje que aparece en el entierro: un anciano llamado Luigi Ventura, que esconde un par de terribles secretos sobre Aurora y él mismo. La aparición de Ventura en la película da pie a un viaje en el tiempo, contándonos un amor de adulterio con Aurora, un apasionado amour fou en la África colonial. Todo este segundo capítulo estará narrado sin diálogos, sólo con la voz en off del anciano Luigi. Pero no es estrictamente cine mudo, sino una forma de narración más relacionada con los discursos de la memoria y la nostalgia, de la fantasmagoría onírica. La presencia del corazón nos va envolviendo en su dolor, y cada recuerdo es un aniversario que una memoria infiel no conmemora: remembranzas de lejanas dichas, de sueños, de inquietudes. Pero el pecado original sigue viviendo, enterrado bajo insondables capas de tiempo que han ido disolviendo su rastro presente. La confesión del anciano, entonces, no tiene tanto de redención como de lamento, de canto del cisne, de última voluntad.

“La memoria de los hombres es limitada, pero no la del mundo”, dice en un momento dado Ventura, narrador y protagonista de su propia tragedia. Lo esencial en Tabú es que toda existencia está basada en un crimen, que todos matamos a alguien, de alguna forma, para ser quienes hoy somos. Mundos rotos, heridas en el pecho, y un olor como a selva concentrada; gritos en la cumbre del paisaje cansado. Un dolor de siglos en las aguas impuras que arrancaron raíces, que ahogaron besos, música, jardines y selvas. Hay un salmo en el viento, y un soplo de amargura. Y donde antes fluía el licor de las rumbas, de las canciones de amor, ahora sólo queda un gemido donde el aire se infecta. En la furtiva comunión de los labios de los amantes escondidos bajo los mosquiteros, acecha el infortunio. Y la noche blanca del recuerdo, hendida hacia atrás, apela a rostros que persisten, ya lejos, lejos…