Dan vergüenza





martes, 11 de febrero de 2014

El misterio de la felicidad



por Lautaro García Candela *

Siempre (o casi siempre) lo que dice un director de cine  –en una entrevista, en un libro-ayuda a que se le pueda dar una nueva mirada a toda su obra. Quizás una más acertada o más cercana a la intención, a lo que las películas quisieron proponer. Y puede pasar que los textos, las ideas expresadas allí, sean incluso mejores que las propias películas. En los textos de Glauber Rocha o de Robert Bresson (sus Notas sobre el Cinematógrafo) intuyo un cambio de paradigma respecto de las cinematografías de donde provienen, pero en sus películas podemos ver sólo un camino de los infinitos que abrieron en la teoría. Pero en ese sentido, ya es cuestión de gustos.

De ninguna manera puede situarse a Daniel Burman entre los nombres de arriba, porque con cada declaración suya parece querer apegarse más a teorías ya pre-establecidas. Pareciera incluso ser más conservador a medida que se asienta como un director clásico e industrial. Cuando presentó La suerte entre sus manos dijo que el cine comercial es el más sincero porque los que trabajan en él lo hacen para vivir, para poder llenar el changuito del supermercado (!). No está mal que se plantee que tiene que haber una industria sostenida que crezca junto al cine y que hay películas que sólo generan su subsidio, pero ese argumento no se sostiene: porque con ese criterio ir a trabajar en un mina o pasar ocho horas en la fábrica también son actos sinceros.

Es que uno no quiere sentarse a ver las películas como un sociólogo o un semiólogo y ver en todos lados la explotación de los medios de producción o cómo la estructura contiene a la superestructura y queseyó. Eh, vos, Burman, careta ¿¡cómo vas a decir que el cine es un invento burgués!?, ¡¿cómo vas a decir que filmás como si el travelling no fuese una cuestión moral!?

El travelling es una cuestión moral y habría que ver si el cine es un invento burgués. Pero ante una buena película esas cuestiones casi personales entre director y espectador se desvanecen, gracias a la magia aristotélica de una buena narración. Por un lado está la trilogía judeo-hendleriana: lo mejor que hizo y en donde, si se quiere llamarlo así, forma y fondo están en armonía. Después están las demás, menos personales: la demasiado kitsch Todas las azafatas van al cielo, la arbitraria La suerte entre tus manos, la anodina Dos hermanos y la nada misma que representa El nido vacío. Y cuando falla como narrador, cuando utiliza el trazo grueso, es cuando se le notan las hilachas.

Se dice que el cine de Burman es costumbrista. Es verdad. En sus películas más logradas lo que se destaca es la descripción de ambientes, de pequeños sistemas de convivencia común. Es un cine de exposición, de desglose de las interacciones –familiares o no. Sus protagonistas siempre se encuentran en crisis (no necesariamente esta palabra connota algo negativo) respecto de su relación con el entorno. Siempre están yéndose o escapando de algo. En Esperando al Mesías se recluye en la sala de edición (quién no lo haría si sabemos que está Dolores Fonzi esperándonos); en El abrazo partido el destino de Hendler está en Polonia, porque allí están sus orígenes. Gente que, por gusto o por obligación, sale de su zona de confort.

Sin embargo, esta salida de la comodidad no implica ningún cambio en el ritmo, en el montaje, en lo cinematográfico. No hay rupturas en lo estético ni en ningún otro orden. Burman nunca se pone por delante de la historia y siempre da la sensación de que su talento está en encontrar justo el tono para la fluidez de la narración. Casi de manera natural, sin recurrir al virtuosismo o a las proezas técnicas: es un cine que apunta a despojarse de la artificiosidad.

Y ocupado en ocultar las marcas de enunciación que estaban bien presentes en, por ejemplo, Derecho de familia, cae en otra trampa: la de acercarse demasiado al formato televisivo. Y eso nos lleva a su última película, El misterio de la felicidad. Se nota que tiene talento y sabe filmar; para muestra está la primer escena (la mejor) en la que, prescindiendo de la palabra, muestra la simetría de la amistad entre Francella y su socio. Porque el problema es ese: luego de esa primera secuencia, los diálogos sobreexplicativos siguen recordando lo que ya quedó muy claro. Como en la épica griega, los personajes no tienen interioridad porque todo lo que piensan o sienten lo dicen al instante, su objetivo está claro y no hay dudas.

Se ha dicho que sus mejores películas eran una superación del costumbrismo, ya que prescindía del aspecto edificante de éste: si había siquiera un esbozo de enseñanza o moraleja, ésta no podía ser reducida a una frase común a todos los espectadores. Quedaba más bien flotando en el aire una pregunta o una sensación. En cambio aquí hay el recurso burdo de que a la gran escena final, con música clásica y etcétera, le suceda un cartel que dice -no estoy dando ningún spoiler- “La Felicidad”, que después se completa con el resto del título. (Digresión: es como mínimo perturbadora la similitud entre el último plano de la película y la imagen ídilica de Australia que tienen los personajes de El Séptimo Continente de Haneke; ver acá).

Hay trazo grueso en esta película, sobre todo en un personaje en particular: el del portero que trabaja en la casa de electrodomésticos del personaje de Francella. Lo invita a comer un asado a su casa, muy lejos, como nos hacen entender los planos de él en la ruta, quizás en el segundo o tercer cordón del conurbano. Y entre parlamentos del tipo “la familia, el asado, los domingos, la familia, el asado, vo sabes cómo es esto”, le cuenta la historia de un affaire que tuvo con una cuñada o algo así. Y esa es la escena en la que Francella resuelve el misterio planteado en el título. En el elogio del costumbrismo, la reflexión que propone la película es de la felicidad de la rutina, de las pequeñas cosas. No está mal a priori: el problema es que no puede diferenciar entre clases sociales y sus implicaciones. No es la misma rutina la de Francella que la del portero: desconocer eso no es inocente.

Es casi imposible comparar formalmente El misterio de la felicidad con L’avventura (Antonioni), debido a que son dos registros completamente diferentes aunque sus argumentos estén calcados. Ambas están marcadas por la desaparición de una persona, que deja a su pareja y a su amigo solos y con la tarea de buscarlo. Sin embargo, no me parecería arriesgado pensar que El misterio... es una reinterpretación de la película de Antonioni. Es decir, Burman, en su cruzada por hacer un cine burgués le quita todo lo “moderno” y le devuelve la convención teleológica, las progresiones causales y el mensaje aleccionador. El problema es que, queriendo llenarle el carrito a los técnicos y hacer que el cine sea una industria, se olvida de hacer una buena película. Y en ese olvido vuelve dicotomía lo que antes no lo era.

* Editor del blog Cuando el arte ataque

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