Santiago Maldonado

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sábado, 5 de abril de 2014

Más sobre El rostro (Gustavo Fontán) y nuevas recomendaciones


por Oscar Cuervo

Un balance provisorio de los primeros días del BAFICI $ 26: buena programación, hasta ahora tuve la fortuna de toparme con películas mayormente interesantes y algunas excepcionales.

Entre las excepcionales está El rostro (Gustavo Fontán, Argentina, 2014). Este director tiene una obra considerable y no recibió aún toda la atención que se merece. Pero sus rasgos autorales son fuertes, el conjunto de su obra es orgánica y parece regirse exclusivamente por una necesidad de poetizar las posibilidades del cine y su relación con el mundo. El título abarcador de su filmografía podría ser Construir, habitar, pensar. "Poéticamente habita el hombre...", como un poema de Holderlin o un ensayo de Heidegger. Pero con una forma y una materia específicamente cinematográfica. Descubrir el hilo que une todas sus películas (entre las que se cuentan la notable trilogía de la casa: El árbol, Elegía de abril y La casa; y esa joya secreta que es La orilla que se abisma, líbremente inspirada en la poesía de Juan L. Ortiz) requiere un espacio más extenso que un post como este, pero es evidente que Fontán usa su cine para propiciar una experiencia del habitar que solo el cine puede brindar. Lo más familiar se vuelve extraño. No simplemente "siniestro" en el sentido freudiano. Quizás sería mejor decir que el cine de Fontán vuelve extraordinario lo ordinario. La manera como potencia la función del sonido, en una tensión muy particular con la imagen, hace que sus películas señalen hacia lo invisible. La cualidad hipnótica de sus películas no reside en una belleza autónoma de la imagen, sino en su poder alusivo. El rostro, significativamente, no es una película de primeros planos. En cambio, es el río, el cielo, la tierra, los árboles y solo en medio de ellos los cuerpos humanos y en ellos los rostros de visión fugaz. El paso por las distintas texturas fílmicas, la sutil inserción de material de archivo en medio de las imágenes "nuevas", la esquiva pero persistente sensación de que lo que organiza el cuadro es una mirada subjetiva que comparte el espacio con los personajes y habita con ellos el paisaje (pero dudo en usar la palabra "paisaje" para referirme al lugar que, más observar, habitamos junto a la cámara), todo habla de un continuo trabajo de Fontán con el cine como una extensión de la experiencia del mundo. Hay cineastas que en la era de la desaparición del fílmico encontraron un camino posible para el cine, que no rompe con su pasado ni se niega al futuro posible. Fontán es uno de ellos. Para él, como para Perrone o para Raya Martin, no parece haber un dilema entre aferrarse al fílmico u olvidarse de él y entregarse alegremente al digital. El cine puede abrirse a las posibilidades tecnológicas actuales, no para celebrarlas ni para sepultar el pasado, sino para abrirlas: es decir, hacerlas ver y hacernos ver con ellas. Y, agregaría Fontán: señalarnos hacia lo que incluso para las nuevas tecnologías o a partir de ellas permanece invisible. Para seguir en el mundo y en el cine se puede tener un trato poético con un siglo de imágenes fílmicas. Un trato poético no consiste en una actitud museística, ni un conservacionismo reactivo. 

Se trata de filmar el aire, la brisa, el hálito, la vacilación, la danza del grano de la imagen y las ausencias que dejan huellas en el plano.

Fontán hace un cine de fantasmas que no da miedo.

Otras recomendaciones sobre las que ampliaremos en  próximos post (que ya comentamos):
O corpo de Afonso, Mahjong (ambas de Joao Pedro Rodrigues) , Our Sunhi (Hong SAng-soo)
La excepcional La últimoa película (Raya Martin).
Fullboy (Martín Farina)
Cheating (Bill Plymton)
Big Eyes (Uri Zohar)

ULTIMO MOMENTO: Si je suis perdu, c'est pasa grave, de Santiago Loza es, hasta ahora, la mejor película de Loza y lo mejor que vi en este festival.

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